Iniciación a la economía marxista (II)

tangentopoli-46 (Swarm)En febrero de 1992 se inició en Italia “la tangentopoli“, el mayor escándalo de corrupción política en la historia del país y que se llevó por delante a la I República y los dos principales partidos, el PSI y la DC. Tal y como está España, es inevitable establecer comparaciones, o por lo menos extraer ciertas lecciones.

En Italia, hubieron otras consecuencias: se cambió la ley electoral (se pasó de un sistema proporcional a un sistema mayoritario). Las consecuencias se pueden observar hoy: la izquierda fue barrida y hasta hoy ha detentado el poder el corrupto por excelencia: Berlusconi, en alianza con neofascistas y los xenófobos de la Liga Norte. Y el país con la organización comunista más potente de Occidente, una vez más, consiguió alejar cualquier influencia de los comunistas, hasta el punto de desaparecer el PCI.

Pues bien, vista la cantidad de mierda que es capaz de guardar el capital en los armarios de la Historia, no nos extrañaría que en España se estuviesen dando las claves para una salida de la actual crisis sistémica en forma de autogolpe o de reforma radical con “reminiscencias lampedusianas” del “cambiar todo para que nada cambie”. No se trataría tanto de un pronunciamiento militar con un bigotudo y chusquero guardia civil tomando el Parlamento. No, más bien pensamos en cambios que posibiliten la continuidad de los centros de poder en las mismas manos.

Y mientras permanecemos expectantes, hoy vamos a continuar con la segunda parte de Iniciación a la economía marxista.

Hasta pronto y buena lectura.

Antonio Olivé

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Acceso a la I Parte

Iniciación a la economía marxista (II)

Ernest Mandel

II. El capital y el capitalismo

El capital en la sociedad precapitalista

Entre la sociedad primitiva –todavía basada en una economía natural, en la que no se produce más que valores de uso destinados a ser consumidos por los mismos productores-, y la sociedad capitalista, se intercala un largo período de la historia de la humanidad que, en el fondo, abarca a todas las civilizaciones humanas que se han detenido al borde del capitalismo. El marxismo define dicho período como el de la sociedad de la pequeña producción mercantil. Se trata, pues, de una sociedad que ya conoce la producción de mercancías, de bienes, no ya destinados al consumo directo de los productores sino a ser intercambiados en el mercado, pero en el cual dicha producción mercantil todavía no se ha generalizado tanto como en la sociedad capitalista.

En una sociedad basada en la pequeña producción mercantil se efectúan dos clases de operaciones económicas. Los campesinos y los artesanos que acuden al mercado con los productos de su trabajo quieren vender sus mercancías –cuyo valor de uso no pueden utilizar directamente- a fin de obtener dinero, medios de intercambio para adquirir otras mercancías, de cuyo valor de uso carecen, o que, para ellos, es más importante que el valor de uso de las mercancías de que son propietarios.

El campesino acude al mercado con trigo; vende este trigo a cambio de dinero, y con este dinero compra tela, por ejemplo. El artesano llega al mercado con tela, vende su tela a cambio de dinero, y con este dinero compra trigo, por ejemplo. Se trata de la operación vender para comprar, Mercancías-Dinero-Mercancías, M-D-M, que se caracteriza por un hecho esencial: el de que, en esta fórmula, el valor de los dos extremos es, por definición, exactamente idéntico. Pero, al lado del artesano y del pequeño campesino, en la pequeña producción mercantil aparece otro personaje que realiza una operación económica diferente. En lugar de vender para comprar, va a comprar para vender. Es un hombre que acude al mercado sin llevar ninguna mercancía en las manos, acude como propietario de dinero. El dinero no se puede vender; pero se le puede utilizar para comprar, y es lo que este personaje hace: compra para vender, a fin de volver a vender: D-M-D’. Entre esta segunda operación y la primera existe una diferencia fundamental. La diferencia consiste en que esta segunda operación no tiene sentido si al cabo de ella nos encontramos exactamente con el mismo valor que al principio. Nadie compra una mercancía para volver a venderla exactamente al mismo precio que la compró. La operación “comprar para vender” sólo tiene sentido si la venta proporciona un suplemento de valor, una plusvalía. Por ello es lo que decimos aquí que, por definición, D’ es mayor que D, y que está compuesto de D + d, siendo d la plusvalía, el incremento del valor de D.

Definamos ahora el capital como un valor que se incrementa con una plusvalía, ya sea en la circulación de mercancías tal como se expresa en el ejemplo que acabamos de escoger, ya sea en la producción, como sucede en el régimen capitalista. Por consiguiente, el capital es cualquier valor que se incrementa con una plusvalía; dicho capital no sólo existe en la sociedad capitalista, sino también en la sociedad fundada en la pequeña producción mercantil. Hay, pues, que distinguir muy nítidamente entre la existencia del capital y del modo de producción capitalista y la existencia de la sociedad capitalista. El capital es mucho más antiguo que el modo de producción capitalista. Probablemente exista el capital desde hace cerca de 3000 años, mientras que el modo de producción capitalista apenas tiene 200 años.

¿Cuál es la forma del capital en la sociedad precapitalista? Esencialmente, el de un capital usuario y un capital mercantil o comercial. El paso de sociedad precapitalista a la sociedad capitalista se produce con la penetración del capital en la esfera de la producción. El modo de producción capitalista es el primer modo de producción, la primera forma de organización social en que el capital ya no desempeña sólo el papel de intermediario y de explotador de formas de producción no capitalistas –que siguen estando fundadas en la pequeña producción mercantil –sino en que el capital se ha apropiado de los medios de producción y ha penetrado en la producción propiamente dicha.

Los orígenes del modo de producción capitalista

¿Cuáles son los orígenes del modo de producción capitalista? ¿Cuáles son los orígenes de la sociedad capitalista tal como ésta se desarrolla desde hace 200 años?

Su origen radica, en primer lugar, en la separación de los productores de sus medios de producción. A continuación, en la constitución de estos medios de producción como monopolio en manos de una sola clase social, la clase burguesa. Y, en fin, la aparición de otra clase social que, al quedar separada de sus medios de producción, no tiene más recursos para subsistir que la venta de su fuerza de trabajo a la clase que ha monopolizado los medios de producción.

Consideremos cada uno de estos orígenes del modo de producción capitalista que son, al mismo tiempo, las características fundamentales del propio régimen capitalista. La primera característica es la separación del producto de los medios de producción. Esta es la condición de existencia fundamental en el régimen capitalista, y la menos comprendida. Tomemos un ejemplo que puede parecer paradójico, el de la sociedad de la Alta Edad Media, caracterizada por la existencia de siervos de la gleba.

Sabemos que en esta sociedad, la masa de los productores-campesinos son siervos sujetos a la gleba. Pero cuando se dice que el siervo está sujeto a la gleba, se implica en ello que la gleba está también sujeta al siervo; estamos en presencia de una clase social que ha tenido siempre una base para satisfacer sus necesidades, ya que el siervo disponía de una extensión de terreno suficiente para que el trabajo de dos brazos pudiera satisfacer las necesidades de un hogar, aunque fuera con los instrumentos más rudimentarios. No se trata aquí de gente condenada a morir de hambre si no venden su fuerza de trabajo. En una sociedad tal no existe obligación económica de ir a ofrecer los propios brazos, de ir a vender la propia fuerza de trabajo a un capitalista.

En otras palabras, en una sociedad de este tipo, el régimen capitalista no puede desarrollarse. Por otra parte, existe una aplicación moderna de esta verdad general, y es la manera cómo los colonialistas introdujeron el capitalismo en los países de África en el siglo XIX y a principios de XX.

¿Cuáles eran las condiciones de existencia de los habitantes de todos los países africanos? Practicaban la crianza de los animales, el cultivo del suelo, rudimentario o no según la región, pero caracterizado, en todo caso, por la abundancia de tierras. No había escasez de tierras en África, sino, por el contrario, una población que, con respecto a la extensión de tierra, disponía de reservas prácticamente ilimitadas. Desde luego, al contar en estas tierras con unos métodos de cultivo muy primitivos, las cosechas son mediocres, el nivel de vida extremadamente bajo, etc. Sin embargo, no hay fuerza material que empujara a esta población a ir a trabajar a las minas, en las granjas o en las fábricas de ningún colono blanco. En otras palabras, si no se cambiaba el régimen de propiedad de suelo en África ecuatorial, en África negra, no había posibilidad alguna de introducir allí el modo de producción capitalista. Para poder introducir este modo de producción se tuvo que separar radical y brutalmente a la masa de población negra de sus medios de subsistencia normales, mediante presiones extraeconómicas.

Es decir, se tuvo que transformar de un día para otro una gran parte de las tierras en tierras de dominio público, propiedad del estado colonizador, o en propiedad privada de las sociedades capitalistas, se tuvo que arrinconar a la población negra en reservas –como se las ha llamado cínicamente- con una superficie de tierra insuficiente para alimentar a todos sus habitantes. Y aún se tuvo que crear un impuesto en dinero por habitante, siendo así que la agricultura primitiva no originaba rentas monetarias. A través de estas diferentes presiones extraeconómicas se le creó al africano la obligación de ir a trabajar como asalariado, aunque sólo fuera dos o tres meses por año, para, a cambio de su trabajo, percibir un salario que le permitiera pagar el impuesto y comprar el pequeño suplemento de alimento sin el que la subsistencia ya no era posible, dada la insuficiencia de tierras que quedaron a su disposición.

En países como África del Sur, como las Rhodesias, como el Congo ex -belga, en los que el modo de producción capitalista se introdujo en una amplísima escala, tales métodos fueron aplicados a la misma escala y desarraigaron, expulsaron, arrancaron de su modo de trabajo y de vida tradicionales a una gran parte de la población negra. Mencionemos de paso la hipocresía ideológica que acompañó a este movimiento, las quejas de las sociedades capitalistas y de los administradores blancos para los cuales los negros serían unos perezosos ya que no querían trabajar, e incluso aunque se les diera la posibilidad de ganar diez veces más en la mina o en la fábrica de lo que ganaban tradicionalmente en sus tierras. Estas mismas quejas ya se les había oído a propósito de los obreros indios, chinos o árabes, 50 ó 60 años antes. Las mismas quejas se han expresado –y ello prueba la igualdad fundamental de todas las razas humanas- con respecto a los obreros europeos, franceses, belgas, ingleses, alemanes, a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Se trata simplemente de una constante, y es ésta: debido a su constitución física y nerviosa, a ningún hombre le gusta normalmente estar encerrado 8, 9 ó 12 horas por día en una fábrica, en una manufactura o en una mina; en realidad, hace falta una fuerza, una presión completamente anormales y excepcionales para coger a un hombre que no esté habituado a este trabajo de galeotes y obligarlo a realizarlo.

Segundo origen, segunda característica del modo de producción capitalista: la concentración de los medios de producción, en forma de monopolio, en las manos de una sola clase social, la clase burguesa. Esta concentración es prácticamente imposible si no se produce una revolución constante de los medios de producción, si éstos no se hacen cada vez más complejos y más caros, por lo menos cuando se trata de los medios de producción indispensables para poder comenzar una gran empresa (gastos de primer establecimiento).

En las corporaciones y en los oficios de la Edad Media, había una gran estabilidad de los medios de producción; los telares eran transmitidos de padre a hijo, de generación en generación. El valor de estos telares era relativamente reducido, es decir, que cualquier agremiado podía esperar adquirir el contravalor de estos telares después de un determinado número de años de trabajo. La posibilidad de constituir un monopolio se presentó con la revolución industrial, que desencadenó un desarrollo ininterrumpido, cada vez más complejo, del maquinismo, lo cual implicaba que hicieran faltas capitales, cada vez más importantes, para poder comenzar una nueva empresa.

A partir de ese momento, puede decirse que el acceso a la propiedad de los medios de producción se hace imposible a la inmensa mayoría de los asalariados, y que la propiedad de los medios de producción se ha convertido en un monopolio en manos de una clase social, de la que dispone de los capitales, de las reservas de capitales y que, por la única razón de que ya los posee, puede acumular nuevos capitales. La clase que no posee capitales queda condenada, por este mismo hecho, a permanecer siempre en el mismo estado de despojo, en la misma obligación de trabajar por cuenta ajena.

Tercer origen, tercera característica del capitalismo: la aparición de una clase social que, al no tener más bienes que sus propios brazos, no tiene más medios de satisfacer sus necesidades, que la venta de su fuerza de trabajo, y que, al mismo tiempo, es libre de venderla y, por tanto, la vende a los capitalistas propietarios de los medios de producción. Es la aparición del proletariado moderno.

Tenemos aquí tres elementos que se combinan. El proletariado es el trabajador libre; significa a la vez, un paso adelante, y un paso hacia atrás con respecto a los siervos de la edad media: un paso hacia delante porque el siervo no era libre (por su parte, el siervo era un paso hacia delante con respecto al esclavo) y no podía desplazarse libremente; y un paso hacia atrás porque, al contrario del siervo, el proletariado es igualmente “libre”, es decir, está privado de todo acceso a los medios de producción.

Orígenes y definición del proletariado moderno.

Entre los antecedentes directos del proletariado moderno hay que mencionar a la población desarraigada de la Edad Media, es decir, a la población que ya no estaba ligada a la tierra ni incorporada en los oficios, corporaciones y gremios de los municipios, que, por tanto, era una población errante, sin raíces, y que empezó a alquilar sus brazos por jornadas e incluso fuerzas_productivashoras. Hubo bastantes ciudades de la Edad Media, sobre todo Florencia, Venecia y Brujas, en las que, a partir del siglo XII, del XIV, o del XV, aparece un “mercado de trabajo” donde, cada mañana, se reúne la gente pobre que no forma parte de un oficio, que no pertenece a ningún gremio, que no tienen medios de subsistencia, y que esperan que algunos mercaderes o empresarios arrienden sus servicios por una hora, por medio día, por una jornada, etc.

Otro origen del proletariado moderno, más cercano a nosotros, es lo que se ha dado en llamar la disolución de las secuelas feudales, y entre ellas la larga y lenta decadencia de la nobleza feudal que comienza a partir de los siglos XIII y XIV y que se termina con la revolución burguesa que, en Francia, se sitúa hacia finales del siglo XIII. A lo largo de la alta Edad Media, alrededor de 50, 60 ó 100 hogares, e incluso más, viven directamente del señor feudal. El número de estos servidores individuales empieza a reducirse sobre todo durante el siglo XVI, siglo muy marcado por una elevación de precios, y, por consiguiente, por un muy acentuado empobrecimiento de todas las clases sociales que tienen rentas monetarias fijas, y, por lo mismo, también de la nobleza feudal en Europa occidental que, por lo general, había convertido la renta en especies en renta dineraria. Uno de los resultados de dicho empobrecimiento fue la liquidación masiva de los recuentos feudales. Así hubo millares de antiguos mayordomos, de antiguos servidores, de antiguos amanuenses de nobles que erraban en los caminos, que se hacían mendigos, etc.

Un tercer origen del proletariado moderno lo constituye la expulsión de los antiguos campesinos de sus tierras a consecuencia de la transformación de las tierras de labor en prados. El gran socialista utópico inglés Tomás Moro escribió ya en el siglo XVI esta magnífica fórmula: “los corderos se han comido a los hombres”.

Lo cual quiere decir que la transformación de los campos en prados para la cría de corderos junto con el desarrollo de la industria lanera expulsó a millares de campesinos ingleses de sus tierras y los condenó al hambre.

Hay también un cuarto origen del proletariado moderno, que ha desempeñado un papel menos importante en Europa occidental, pero ha tenido una enorme importancia en Europa central y en la Europa oriental, así como en Asia, en América latina y en el norte de África; y es la destrucción de los antiguos artesanos en la lucha de competencia entre este artesanado y la industria moderna que va abriéndose camino desde el exterior hacia estos países subdesarrollados.

Resumiendo, el modo de producción capitalista es un régimen en el que los medios de producción se han convertido en un monopolio en manos de una clase social, en el que los productores, separados de dichos medios de producción, son libres, pero están desprovistos de todo medio de subsistencia, y, por consiguiente, se ven obligados a vender su fuerza de trabajo a los propietarios de los medios de producción para poder subsistir. Lo que caracteriza al proletario, pues, no es tanto el nivel, bajo o elevado, de su salario, sino más bien el hecho de que está separado de sus medios de producción, o de que no dispone de rentas suficientes para poder trabajar por su propia cuenta.

Para saber si la condición proletaria está en vías de desaparición o, por el contrario, en vías de expansión, lo que hay que tener en cuenta no es tanto el salario medio del obrero o el sueldo medio del empleado sino la comparación entre el salario y su consumo medio, en otras palabras, sus posibilidades de ahorro comparado con los gastos de primer establecimiento de una industria independiente. Si se verificara que cada obrero, cada empleado, ha conseguido ahorrar después de diez años, una cantidad de, digamos, diez millones, veinte millones, o treinta millones, lo cual le permitiría comprar una tienda o un pequeño taller, podría decirse entonces que la condición proletaria está en regresión, y que vivimos en una sociedad en la que la propiedad de los medios de producción se está extendiendo y generalizando.

Si, por el contrario, se verificara que la inmensa mayoría de los trabajadores, empleados, obreros y funcionarios, siguen siendo tan “pelanas” como antes después de toda una vida de trabajo, es decir, sin haber podido ahorrar prácticamente nada, sin capitales suficientes para adquirir medios de producción, podría concluirse que, lejos de reabsorberse, la condición proletaria se ha generalizado, y que, actualmente, está mucho más extendida que hace 50 años. Cuando, a título de ejemplo, se toman las estadísticas de la estructura social de los Estados Unidos, se constata, que desde hace 60 años, y cada cinco años, y sin interrupción alguna, disminuye el porcentaje de la población activa norteamericana que trabaja por cuenta propia y que está clasificada como empresario o como ayuda familiar del empresario, mientras que, de cinco en cinco años, aumenta el porcentaje de esta misma población que se ve obligado a vender su fuerza de trabajo.

Si, por otra parte, se examinan las estadísticas de reparto de la fortuna privada, se verifica que la inmensa mayoría de los obreros, podría decirse el 95%, que una gran mayoría de los empleados (el 80 o el 85%) no consiguen ni siquiera constituir pequeñas fortunas, ni un pequeño capital, es decir, gastan todas sus rentas, y que, en realidad, las fortunas se concentran en una fracción muy pequeña de la población. En la mayoría de los países capitalistas, el 1%, o el 2, o el 2,5, 3,5 o el 5% de la población poseen el 40, 50 ó 60% de la fortuna privada del país, quedando el resto en manos del 20 ó el 25% de esta misma población. La primera categoría de poseedores la constituye la gran burguesía; la segunda categoría es la de la burguesía media o pequeña. Y todos cuantos quedan fuera de estas categorías no poseen prácticamente nada más que bienes de consumo (en los que a veces se incluye una vivienda).

Cuando las estadísticas de derechos de sucesión, de impuestos sobre la herencia, están confeccionadas honradamente, se muestran muy reveladoras al respecto. Un detallado estudio realizado por la Brookings Institution (una fuente que está por encima de cualquier sospecha de marxismo) por encargo de la Bolsa de Nueva York revela que, en los EUA, sólo hay un 1 ó 2 % de obreros que posean acciones y esta “propiedad” se eleva, como promedio, a 1000 dólares.

Casi la totalidad del capital, pues, está en manos de la burguesía, y esto nos desvela el sistema de auto reproducción del sistema capitalista: aquellos que detentan los capitales pueden acumularlos cada vez más; y aquellos que no detentan capitales apenas pueden adquirirlos. Así se perpetúa la división de la sociedad en una clase poseedora y una clase obligada a vender su fuerza de trabajo. El precio de esta fuerza de trabajo, el salario, se consume prácticamente por completo, mientras que la clase poseedora tiene un capital que constantemente se incrementa con una plusvalía. El enriquecimiento de la sociedad en capitales se efectúa, por así decirlo, en beneficio exclusivo de una sola clase de la sociedad, a saber, de la clase capitalista.

Mecanismo fundamental de la economía capitalista.

¿Cuál es, pues, el funcionamiento fundamental de esta sociedad capitalista?

Si uno llega cierto día a la bolsa del algodón estampado, uno no sabe exactamente si hay suficiente, si hay muy poco, o bien demasiado, con respecto a las necesidades que, en ese momento existen en el país. Uno no verificará la cosa sino después de cierto tiempo; es decir, cuando haya sobreproducción, una parte de la producción quedará invendible y los precios bajarán y, cuando, por el contrario, haya penuria, los precios aumentarán. El movimiento de los precios es el termómetro que nos indica si hay penuria, o bien plétora. Y como sólo se puede constatar a posteriori que toda la cantidad de trabajo gastada en una rama industrial ha sido gastada de manera socialmente necesaria o bien que ha sido  desperdiciada en parte, sólo se podrá determinar a posteriori el valor exacto de una mercancía. Este valor es, pues, si se quiere, una noción abstracta, una constante en torno de la cual fluctúan los precios.

¿Qué es lo que hace fluctuar estos precios y, pues, a más largo plazo, fluctuar estos valores, esta productividad del trabajo, esta producción, y esta vida económica en conjunto?

¿Qué es lo que hace moverse a Sammy? ¿Qué es lo que hace moverse a la sociedad capitalista? La competencia. Sin competencia no hay sociedad capitalista. Una sociedad en la que la competencia quede total, radical y enteramente eliminada, es una sociedad que ya no sería capitalista en la medida en que ya no existiría el móvil económico fundamental para acumular capital, ni, por consiguiente, para efectuar las nueves décimas partes de las operaciones económicas que efectúan los capitalistas. Y ¿qué es lo que constituye la base de la competencia? En la base de la competencia hay dos nociones que no se abarcan una a otra necesariamente. En primer lugar, hay la noción de mercado ilimitado, de mercado no circunscrito, no exactamente delimitado.

Seguidamente, hay la noción de multiplicidad de los centros de decisión, sobre todo en materia de inversión y de producción. Si se produce una concentración total de toda la producción de un sector industrial en manos de una sola firma capitalista, no existe todavía eliminación de la competencia, ya que sigue subsistiendo un mercado ilimitado y, por consiguiente, siempre habrá una lucha de competencia entre este sector industrial y otros sectores para acaparar una parte del mercado, más o menos grande. También existe siempre la posibilidad de que reaparezca en este mismo sector un nuevo competidor que se introduzca desde el exterior.

La inversa es igualmente cierta. Si se pudiera concebir un mercado que fuera total y completamente limitado, pero en el que, al mismo tiempo, hubiese un gran número de empresas que lucharan por acaparar una parte de dicho mercado limitado, subsistiría la competencia evidentemente. Por consiguiente, sólo en el caso de que los dos fenómenos sean suprimidos simultáneamente, es decir, que no haya más que un solo productor para todas las mercancías y que el mercado se haga absolutamente estable, rígido y sin capacidad de expansión, es cuando la competencia puede desaparecer totalmente. La aparición del mercado ilimitado adquiere toda su significación mediante su comparación con la época de la pequeña producción mercantil. Por lo general, una corporación de la Edad Media trabajaba para un mercado limitado a la ciudad y su entorno inmediato, y según una técnica de trabajo rígida y bien determinada. El paso histórico del mercado limitado al mercado ilimitado queda ilustrado por el ejemplo de la “nueva pañería” en el campo que, en el siglo XV sustituye, a la antigua “pañería” de la ciudad. Hay ahora manufacturas de tejidos, sin reglas corporativas, sin limitación en su producción y, por consiguiente, sin limitación de mercados, que intentan infiltrarse, que intentan buscar clientes en cualquier sitio, y ya no sólo en el entorno inmediato de sus centros de producción, sino que incluso intentan organizar la exportación hacia países muy lejanos. Por otra parte, la gran revolución comercial en el siglo XVI provoca una reducción relativa de los precios de toda una serie de productos que, durante la Edad Media, eran considerados como productos de un gran lujo y que sólo podía comprar una pequeña parte de la población. Estos productos se convierten ahora, bruscamente, en productos mucho menos caros e incluso en productos al alcance de una parte importante de la población. El ejemplo más evidente es el del azúcar que, actualmente, es un producto de uso corriente del que no se priva ni un solo hogar obrero en Francia o en Europa, pero que, en el siglo XV, todavía era un producto de gran lujo.

Los apologistas del capitalismo han citado siempre como una ventaja derivada de este sistema la reducción de los precios y la ampliación del mercado, en el caso de toda una serie de productos. Y éste es un argumento justo. Es uno de los aspectos de lo que Marx llama la “misión civilizadora del Capital”. Desde luego, se trata de un fenómeno dialéctico pero real, que ha hecho que, aunque el valor de la fuerza de trabajo tenga tendencia a bajar porque la industria capitalista produce cada vez más rápidamente las mercancías que son el equivalente del salario, por el contrario, también tienden a aumentar, porque dicho valor abarca progresivamente el valor de toda una serie de mercancías que se han convertido en mercancías de gran consumo de masas, mientras que, antes, eran mercancías de consumo para una muy pequeña parte de la población. En el fondo, toda la historia del comercio entre los siglos XVI y XX es la historia de la transformación progresiva del comercio de masas, en comercio de bienes para una parte de la población cada vez más amplia. Sólo con el desarrollo de los ferrocarriles, de los medios de navegación rápida, del telégrafo, fue cómo el conjunto del mundo pudo convertirse en un verdadero mercado potencial para cada gran productor capitalista. La noción de mercado ilimitado, pues, no implica sólo la expansión geográfica sino también la expansión económica, el poder de compra disponible.

Cojamos un ejemplo reciente, el del formidable desarrollo de la producción de bienes de consumo duraderos en la producción capitalista mundial durante los últimos 15 años; tal desarrollo no se ha debido en absoluto a una expansión geográfica del mercado capitalista; por el contrario, ha venido acompañada de una reducción geográfica del mercado capitalista ya que toda una serie de países se le han escapado a lo largo de este período. Hay muy pocos –si no ninguno- coches franceses, italianos, alemanes, británicos, japoneses, norteamericanos, que se exporten hacia la Unión Soviética, hacia China, hacia Vietnam del Norte, hacia Cuba, hacia Corea del Norte, hacia los países de la Europa oriental. Sin embargo, dicha expansión se ha producido a pesar de todo porque una fracción mucho mayor del poder de compra disponible, que, por otra parte, también se ha incrementado, ha sido utilizada en la compra de estos bienes de consumo duraderos. No es casual el que dicha expansión haya venido acompañada por una crisis agrícola más o menos permanente en los países capitalistas industrialmente avanzados, en los que el consumo de toda una serie de productos agrícolas no sólo aumenta en términos relativos sino que incluso empieza a disminuir en términos absolutos, tal es el caso, por ejemplo, del consumo del pan, de las patatas, de frutas como las manzanas y las peras corrientes, etc.

La producción para un mercado ilimitado, en condiciones de competencia, tiene como efecto el aumento de la producción, puesto que el aumento de la producción permite la reducción del predio de coste, y, por consiguiente, permite vencer al competidor que vende por debajo de dicho precio.

Es indudable que, si se considera la evolución a largo plazo del valor de todas las mercancías producidas a gran escala en el mundo capitalista, hay un descenso del valor considerable. Un traje, un cuchillo, un par de zapatos, un cuaderno escolar, tienen actualmente un valor en horas y en minutos de trabajo mucho más reducido que hace 50 ó 100 años.

Evidentemente, hay que comparar el valor real con la producción y no con los precios de venta que engloban, ya sea enormes gastos de distribución y de venta, ya sea sobrebeneficios monopolísticos exagerados. Consideremos el ejemplo del petróleo, sobre todo del petróleo que utilizamos en Europa, del petróleo que nos viene de Oriente Medio. Los gastos de producción son muy bajos, apenas se elevan al 10% del precio de venta.

Por consiguiente, es indudable en cualquier caso que esta caída de valor se ha producido realmente. El aumento de la productividad del trabajo significa reducción del valor de las mercancías, ya que éstas se fabrican en un tiempo de trabajo cada vez más reducido. Este es el instrumento práctico del que dispone el capitalismo para ampliar los mercados y vencer en la competencia.

¿De qué manera práctica puede el capitalista reducir mucho el precio de coste y, a la vez, aumentar mucho la producción? Gracias al desarrollo del maquinismo, gracias al desarrollo de los medios de producción y, por tanto, de los instrumentos de trabajo mecánicos, cada vez más complicados, movidos en un principio por la fuerza del vapor, después por el petróleo o la gasolina y, en fin, por la electricidad.

El aumento de la composición orgánica del capital

Toda la producción capitalista puede representarse en su valor mediante la fórmula

C + V + PL

El valor de cualquier mercancía se descompone en dos partes: una parte que constituye un valor conservado, y una parte que es un valor nuevamente producido. La fuerza de trabajo tiene una doble función, un doble valor de uso: el de conservar todos los valores existentes de los instrumentos de trabajo, de las máquinas, de las instalaciones, al incorporar una fracción de este valor en la producción corriente; la función de crear un nuevo valor, que incluye la plusvalía, el beneficio, constituye otra parte. Una parte de este nuevo valor va el obrero, y es el contravalor de su salario. La otra parte, la plusvalía, es acaparada por el capitalista sin contravalor alguno.

Llamamos V, es decir, capital variable, el equivalente de los salarios. ¿Por qué hay capital? Porque, efectivamente, el capitalista adelanta este valor, constituye, por consiguiente, una parte de su capital, gastado antes de que se realice el valor de las mercancías producidas por los obreros en cuestión.

Se llama capital constante C a toda la parte del capital que se transforma en máquinas, en instalaciones, en materias primas, etc., cuya producción no aumenta el valor sino que solamente lo conserva. Se llama capital variable V a la parte del capital con que el capitalista compra la fuerza de trabajo, porque es la única parte del capital que le permite aumentar el capital con una plusvalía.

Entonces, ¿cuál es la lógica económica de la competencia, del impulso hacia el aumento de la productividad, del impulso hacia el incremento de los medios mecánicos, del trabajo de las má quinas? La lógica de este impulso, es decir, la tendencia fundamental del régimen capitalista consiste en incrementar la importancia de C, la importancia del capital constante con relación al conjunto del capital. En la fracción C /C + V, C tiende a aumentar, es decir, la parte del capital total que está constituida por máquinas y materias primas y no por salarios, tiende a aumentar en la medida en que el maquinismo progresa cada vez más, y en que la competencia obliga al capitalismo a aumentar cada vez más la productividad del trabajo.

A esta fracción C /C + V la llamamos composición orgánica del capital: es, pues, la relación entre el capital constante y el conjunto del capital, y decimos que, en régimen capitalista, esta composición orgánica tiende a aumentar.

¿Cómo puede el capitalista adquirir nuevas máquinas? ¿Qué quiere decir que el capital constante aumenta cada vez más?

La operación fundamental de la economía capitalista es la producción de la plusvalía. Pero mientras la plusvalía no esté más que producida, permanece encerrada en las mercancías, y el capitalista apenas puede utilizarla; no se puede transformar zapatos invendidos en nuevas máquinas, en productividad mayor. Para poder comprar nuevas máquinas, el industrial que posee zapatos debe venderlos, y una parte del producto de esta venta le servirá para la compra de nuevas máquinas, de un capital constante suplementario.

En otros términos, la realización de la plusvalía es la condición de la acumulación del capital, que no es sino la capitalización de la plusvalía. La realización de la plusvalía es la venta de mercancías; pero la venta de las mercancías en condiciones tales que la plusvalía contenida en dichas mercancías sea efectivamente realizada en el mercado. Todas las empresas que trabajan al mismo promedio de la productividad de la sociedad –de la que el conjunto de la producción corresponde, por tanto, a trabajo socialmente necesario- se considera que realiza, a través de la venta de sus mercancías, el conjunto del valor y de la plusvalía producida en sus fábricas, ni más ni menos. Ya sabemos que las empresas que tienen una productividad por encima de la media acaparan una parte de la plusvalía producida en otras empresas, mientras que las empresas que trabajan por debajo de la productividad media no realizan parte de la plusvalía que es producida en sus fábricas, sino que la ceden a otras fábricas que, tecnológicamente, están en vanguardia. La realización de la plusvalía, pues, es la venta de las mercancías en condiciones tales que el conjunto de la plusvalía producido por los obreros de la fábrica que producen dichas mercancías es pagada en efecto por sus compradores.

En el momento en que se vende el conjunto de las mercancías producidas durante un período determinado, el capitalista se ve en posesión de una cantidad de dinero que constituye el contravalor del capital constante que ha gastado para producir, es decir, tanto materias primas para producir esta producción como la fracción del valor de las máquinas y de las instalaciones que queda amortizada por esta producción. Igualmente, se ve en posesión del contravalor de los salarios que había adelantado para hacer posible esta producción. Y, por otra parte, se ve en posesión de la plusvalía que sus obreros habían producido.

¿Qué sucede con esta plusvalía? Parte de ella es consumida improductivamente por el capitalista, porque el pobre hombre tiene que vivir, tiene que mantener su hogar, y a cuantos están alrededor de él; y cuanto gasta para estos fines se retira por completo del proceso de producción.

Una segunda parte de la plusvalía se acumula, se utiliza para ser transformada en capital; la plusvalía acumulada, pues, es toda la parte de la plusvalía que no se ha consumido improductivamente para las necesidades privadas de la clase dominante, y que se transforma en capital, ya sea en capital constante suplementario, es decir, en una cantidad (más exactamente, un valor) suplementaria de materias primas; de máquinas, de instalaciones, ya sea en capital variable suplementario, es decir, en medios para contratar más obreros.

Ahora comprendemos por qué la acumulación del capital es la capitalización de la plusvalía, es decir, la transformación de gran parte de la plusvalía en capital suplementario. E, igualmente, comprendemos cómo el proceso de aumento de la composición orgánica del capital representa una secuencia ininterrumpida de proceso de capitalización, es decir, de producción de plusvalía por los obreros, y su transformación por parte de los capitalistas en instalaciones, máquinas, materias primas y obreros suplementarios.

Por consiguiente, no es exacto afirmar que es el capitalista quien crea el empleo, puesto que es el obrero quien ha producido la plusvalía, y esta plusvalía producida por el obrero es capitalizada por el capitalista y utilizada sobre todo para contratar a obreros suplementarios. En realidad, toda la masa de las riquezas fijas que se ven en el mundo, toda la masa de las fábricas, de las máquinas y de las carreteras, de los ferrocarriles, de los puertos, de los hangares, etc.,etc., toda esta masa inmensa de riquezas no es sino la materialización de una masa de plusvalía creada por los obreros, de trabajo que no se les ha retribuido y que se ha transformado en propiedad privada, en capital para los capitalistas, es decir, toda esta masa es una prueba colosal de la explotación permanente sufrida por la clase obrera desde el origen de la sociedad capitalista.

¿Aumentan progresivamente todos los capitalistas sus máquinas, su capital constante y la composición orgánica de su capital? No. El aumento de la composición orgánica del capital se efectúa de manera antagónica, a través de una lucha de competencia dirigida por una ley ilustrada por un grabado de un gran pintor de mi país, Pierre Brueghel: el pez grande se come al chico.

La lucha de competencia va acompañada, pues, de una concentración constante del capital, de la sustitución de un gran número de empresarios por un número más pequeño de empresarios, y de la transformación de un determinado número de empresarios independientes en técnicos, gerentes, mandos intermedios, cuando no en simples empleados y obreros dependientes.

La competencia lleva a la concentración y a los monopolios

La concentración del capital es otra ley permanente de la sociedad capitalista, y va acompañada de la proletarización de una parte de la clase burguesa, de la expropiación de un cierto número de burgueses por un número más pequeño de burgueses. Por ello es por lo que el Manifiesto Comunista de Marx y Engels insiste en el hecho de que el capitalismo, que pretende defender la propiedad privada, es, en realidad, destructor de esta propiedad privada, y efectúa una expropiación constante, permanente, de un gran número relativamente reducido de propietarios. Hay algunas ramas industriales en las que dicha concentración es particularmente evidente, como las minas de carbón que, en el siglo XIX, pertenecían a centenares de sociedades en un país como Francia (en Bélgica había cerca de 200); así también la industria del automóvil, a principios de este siglo, contaba con 100 firmas o más, en países como los Estados Unidos e Inglaterra, mientras que actualmente ha quedado reducida a 4, 5 ó 6 firmas como máximo.

Desde luego, existen industrias en las que esta concentración ha sido menor, como, por ejemplo, la industria textil, la industria de productos alimenticios, etc. De manera general, cuanto mayor es la composición orgánica del capital en una rama industrial más fuerte es la concentración; y cuanto menor es la composición orgánica del capital tanto menor es la concentración del capital. ¿Por qué? Porque cuanto menos fuerte es la composición orgánica del capital, menos capitales hacen falta, en un principio, para penetrar en esta rama y constituir una nueva empresa dentro de ella. Es mucho más fácil reunir los 50 ó 100 millones de pesetas precisos para construir una nueva fábrica textil que disponer de los diez o veinte mil millones necesarios para construir una acería, aunque sea relativamente pequeña.

El capitalismo nació de la libre competencia, el capitalismo es inconcebible sin competencia. Pero la libre competencia produce la concentración, y la concentración produce lo contrario de la libre competencia, a saber, el monopolio. Allí donde haya pocos productores, éstos podrán fácilmente concertarse a expensas de los consumidores, poniéndose de acuerdo para repartirse el mercado o para impedir cualquier baja de los precios.

A lo largo de un siglo, parece que toda la dinámica capitalista haya cambiado de naturaleza. En primer lugar, tenemos un movimiento orientado a la baja constante de los precios mediante el aumento constante de la producción, mediante la multiplicación constante del número de empresas. La intensificación de la competencia provoca, a partir de un determinado momento, la concentración de las empresas, una reducción del número de empresas que, a partir de entonces, pueden concertarse entre sí para no reducir ya los precios, y sólo pueden respectar acuerdos de este tipo limitando la producción. De esta forma, la era del capitalismo de los monopolios sucede a la era del capitalismo de libre competencia a partir del último cuarto del siglo XIX.

Desde luego, cuando se habla del capitalismo de los monopolios no hay que pensar en absoluto en un capitalismo que haya eliminado la competencia por completo. Eso no existe. Simplemente, eso quiere decir que el capitalismo ha adoptado un comportamiento fundamental que se ha hecho distinto, es decir, que ya no va encaminado a una disminución de los precios gracias a un aumento constante de la producción, que utiliza la técnica del reparto del mercado, de la estabilización de las partes alícuotas del mercado. Pero este proceso lleva a una paradoja. ¿Por qué los capitalistas, que en un principio se hacían la competencia, empiezan a concertarse a fin de limitar dicha competencia así como también la producción? Porque, para ellos, es un medio de aumentar sus beneficios. No lo hacen más que en el caso de que ello les reporte más. ¿La limitación de la producción, al permitir aumentar los precios, reporta más beneficios, y, por tanto, permite acumular más capitales?

Ya no se les puede invertir en la misma rama. Porque invertir capitales significa precisamente incrementar la capacidad de producción, y por tanto, aumentar la producción, y por tanto, hacer bajar los precios. El capitalismo se pilló los dedos en esa contradicción a partir del último cuarto del siglo XIX. Entonces adquirió bruscamente una cualidad que Marx fue el único en advertir y que quedó incomprendida para economistas como Ricardo o Adam Smith: de repente, el modo de producción capitalista empezó a hacer proselitismo, empezó a extenderse por el mundo entero por el bies de las exportaciones de capitales, que permitieron establecer empresas capitalistas en países o en sectores en los que los monopolios no existan todavía.

La consecuencia de la monopolización de ciertas ramas y de la extensión del capitalismo de los monopolios a ciertos países es la reproducción del modo de producción capitalista en ramas no monopolizadas aún, en países no capitalistas aún. Así es como, a principios del siglo XX, el colonialismo y todos sus aspectos se extendieron como un reguero de pólvora en el espacio de algunas docenas de años a partir de una pequeña parte del globo, a la que antes había quedado limitado el modo de producción capitalista, hasta el conjunto del mundo. Así, cada país del mundo quedaba transformado en esfera de influencia y en campo de inversión del Capital.

Caída tendencial de la tasa media de beneficio

Hemos vimos antes que la plusvalía producida por los obreros de cada fábrica queda “encerrada” en las mercancías producidas, y que el problema de saber si esta plusvalía será, o no, realizada por el capitalista propietario de dicha fábrica quedará resuelto por las condiciones del mercado, es decir, por la posibilidad que esa fábrica tenga de vender sus mercancías a un precio que permita realizar toda esta plusvalía. Al aplicar la ley del valor de que ya hemos hablado esta mañana, se puede establecer la regla siguiente: todas las empresas que produzcan al nivel medio de productividad realizarán grosso modo la plusvalía producida por sus obreros, es decir, venderán sus mercancías a un precio igual al valor de dichas mercancías.

Pero no será éste el caso de dos categorías de empresas: ni el de las empresas que trabajen por debajo, ni el de las empresas que trabajen por encima del nivel medio de productividad.

¿Qué quiere decir la categoría de las empresas que trabajan por debajo del nivel medio de productividad? No se trata más que de una generalización del caso de nuestro zapatero perezoso de esta mañana. Es el caso, por ejemplo, de una acería que, frente a la media nacional de quinientas mil toneladas de acero producidas en dos millones de horas de trabajo/hombres, produce esa misma cantidad en dos millones doscientas mil horas, o en dos millones y medio, o en tres millones. Por tanto, desperdicia horas de trabajo social. La plusvalía producida por los obreros de esta fábrica no será realizada por completo por los propietarios de la misma; la fábrica trabajará con un beneficio que se situará por debajo de la media del beneficio de todas las empresas del país.

Pero la masa total de la plusvalía producida en la sociedad es una masa fija que, en último análisis, depende del número total de horas de trabajo proporcionadas por el conjunto de obreros enrolados en la producción. Lo cual quiere decir que, si hay un cierto número de empresas que, por el hecho de trabajar por debajo del nivel medio de productividad y de desperdiciar tiempo del trabajo social, no realizan el conjunto de la plusvalía producida por sus obreros, queda un resto disponible que será acaparado por las fábricas que trabajan por encima del nivel medio de productividad, que, por consiguiente, han economizado tiempo de trabajo social y, por ello, son recompensadas por la sociedad.

Esta explicación teórica no hace sino desmontar los mecanismos que determinan el movimiento de los precios en la sociedad capitalista. ¿Cómo operan tales mecanismos en la práctica?

Cuando se deja de contemplar varias ramas industriales para no considerar más que una sola, el mecanismo se hace muy simple y transparente. Digamos, por ejemplo, que el precio de venta medio de una locomotora se eleva a cincuenta millones de pesetas. ¿Cuál será, entonces, la diferencia entre una fábrica que trabaje por debajo de la productividad media del trabajo y una empresa que trabaje por encima de la productividad media del trabajo?

Para producir una locomotora, la primera habrá gastado cuarenta y nueve millones, es decir, que sólo tendrá un millón de beneficios. Por el contrario, la empresa que trabaje por encima de la productividad media del trabajo producirá la misma locomotora con un gasto de  treinta y ocho millones, por ejemplo. Por tanto, conseguirá doce millones de beneficios, o sea, un treinta y dos por ciento sobre esta producción corriente, mientras que la tasa media de beneficio es del 10%, ya que las empresas trabajan a nivel de la media de la productividad social del trabajo han producido locomotoras con un precio de coste de cuarenta y cinco millones y medio y, por tanto, no han tenido más que cuatro millones y medio de beneficio, o sea, el 10% de beneficio[i].

En otras palabras, la competencia capitalista actúa a favor de las empresas que tecnológicamente están en vanguardia; tales empresas realizan sobrebeneficios con respecto al beneficio medio. En el fondo, el beneficio medio es una noción abstracta, exactamente como el valor. Es una media en torno a la cual oscilan las tasas de beneficios reales de las diversas ramas y empresas. Los capitales afluyen hacia las ramas en las que hay sobrebeneficios, y se retiran de las ramas en las que los beneficios están por debajo de la media. Mediante este flujo y reflujo de los capitales de una rama hacia otra es cómo las tasas de beneficio tienden a acercarse a dicha media, sin que nunca la alcancen totalmente de manera absoluta y mecánica.

He aquí, pues, cómo se efectúa la perecuación de la tasa de beneficios. Existe un medio muy simple para determinar la tasa media de beneficio en abstracto, que consiste en tomar la masa total de la plusvalía producida por todos los obreros, a lo largo de un año, por ejemplo, en un país determinado, y relacionarla con la masa total del capital invertido en ese mismo país.

¿Cuál es la fórmula de la tasa de beneficios? Es la relación entre la plusvalía y el conjunto del capital.

Es, pues, pl/ C + V. Igualmente, hay que tomar en consideración otra fórmula: pl/V, que es la tasa de la plusvalía, o también la tasa de explotación de la clase obrera. Esta tasa determina la manera en que el valor nuevamente producido queda repartido entre obreros y capitalistas. Si, por ejemplo: pl/V es igual al 100%, ello quiere decir que el valor nuevamente producido se reparte en dos partes iguales, la primera de las cuales corresponde a los trabajadores en forma de salarios, y la otra parte al conjunto de la clase burguesa en forma de beneficios, intereses, renta, etc.

Cuando la tasa de explotación de la clase obrera es del 100%, la jornada de trabajo de ocho horas, se descompone, pues, en dos partes iguales: en cuatro horas de trabajo durante las cuales los obreros producen el contravalor de sus salarios, y en otras cuatro horas durante las cuales proporcionan trabajo gratuito, trabajo no remunerado por los capitalistas, y cuyo producto se lo apropian éstos.

A primera vista, si aumenta la fracción pl/ C + V mientras que la composición orgánica del capital aumenta igualmente, y que C se hace cada vez más grande en relación con V, dicha fracción tenderá a disminuir y, por tanto, habrá disminución de la tasa media de beneficio a consecuencia del aumento de la composición orgánica del capital, puesto que pl ya no es producido por V sino por C. Pero hay un valor que puede neutralizar el efecto de aumento de la composición orgánica del capital, y es precisamente el aumento de la tasa de la plusvalía.

Si pl/ V, si la tasa de plusvalía aumenta, ello quiere decir que en la fracción pl / C + V el numerador y el denominador aumentan, y, en este caso, el conjunto de esta fracción puede conservar su valor a condición de que ambos aumentos de produzcan en una proporción determinada.

En otras palabras, el incremento de la tasa de la plusvalía puede neutralizar los efectos del aumento de la composición orgánica del capital. Supongamos que el valor de la producción C + V + pase de 100 C + 100 V + 100 pl a 200 C + 100 V + 100 pl. La composición orgánica de capital, ha pasado, pues, del 50 al 66%, y la tasa de beneficio ha descendido del 50 al 33%. Pero si, al mismo tiempo, la plusvalía pasa de 100 a 150, es decir, si la tasa de la plusvalía pasa de 100 a 150%, entonces la tasa de beneficio 150/300 es del 50%: el aumento de la tasa de plusvalía ha neutralizado el efecto del aumento de la composición orgánica del capital.

¿Pueden proseguir estos dos movimientos exactamente en la proporción necesaria para que se neutralicen mutuamente? Aquí encontramos la debilidad fundamental, el talón de Aquiles del régimen capitalista. Estos dos movimientos no pueden proseguir a la larga en la misma proporción. No existe límite alguno al aume nto de la composición orgánica del capital. En el límite, V puede incluso reducirse a 0 cuando se llega a la automatización total. ¿Pero puede pl/V aumentar igualmente de manera ilimitada, sin límite alguno? No, porque para que haya plusvalía producida es preciso que haya obreros que trabajen y, en tales condiciones, la fracción de la jornada de trabajo durante la cual el obrero reproduce su propio salario no puede quedar reducida a 0. Se la puede reducir de 8 a 7 horas, de 7 a 6 horas, de 6 a 5 horas, de 5 a 4 horas, de 4 a 3 horas, de 3 a 2 horas, de 2 a 1 hora, de 1hora a 50 minutos. Pero nunca podrá reproducir el contravalor de su salario en 0 minutos, 0 segundos. He aquí un residuo que la explotación capitalista nunca podrá suprimir. Ello significa que, a la larga, la caída de la tasa media de beneficio es inevitable y, personalmente, y en contra de bastantes teóricos marxistas creo que esta caída se puede demostrar en cifras, es decir, que actualmente las tasas medias de beneficio son mucho más bajas que hace 50, 100 ó 150 años.

Desde luego, cuando se examinan períodos más cortos se producen movimientos en sentido inverso; hay muchos factores en juego (hablaremos de ellos mañana cuando tratemos del neocapitalismo). Pero, para períodos más largos el movimiento es muy claro tanto en lo que respecta a la tasa de interés como a la tasa de beneficio. Por otra parte, hay que tener en cuenta que en todas las tendencias de evolución del capitalismo fue ésta la mejor detectada por los mismos teóricos del capitalismo. Ricardo habla de ella; John Stuart Mill insiste; Keynes es extremadamente sensible. En Inglaterra, hubo una especie de refrán popular que decía que el capitalismo puede soportarlo todo, salvo una caída de la tasa media de interés hasta el 2%, porque entonces se suprimiría la incitación a invertir.

Este refrán contiene evidentemente un cierto error de razonamiento. Los cálculos de los porcentajes, de las tasas de beneficio, tienen un valor real, aunque un valor relativo, en definitiva, para un capitalista. Lo que le interesa no es sólo el porcentaje que gana respecto de su capital, sino también, y a pesar de todo, la cantidad total que gana. Y si el 2% se aplica, no a 100 000, sino a 100 millones, dicho porcentaje representará entonces 2 millones, y el capitalista se lo pensará dos veces antes de decir que prefiere dejar que se enmohezca su capital antes que contentarse con ese beneficio, a todas luces detestable, que no es sino de 2 millones por año.

Así, pues, nunca se ha visto en la práctica que se produjera una paralización total de la actividad inversora como consecuencia de la tasa de beneficio y de interés, sino más bien una desaceleración producida a medida que la tasa de beneficio desciende en una rama de industria. Por el contrario, en las ramas industriales o en las épocas en que hay una expansión muy rápida y en que la tasa de beneficio tiende a aumentar, la actividad inversora se hace mucho más rápida y, entonces, este movimiento parece autoalimentarse, y esta expansión parece que no tenga límites hasta que la tendencia cobra signo contrario.

La contradicción fundamental del régimen capitalista y las crisis periódicas de sobreproducción

El capitalismo tiende a extender la producción de manera ilimitada, a extender su radio de acción al mundo entero, a considerar a todos los seres humanos como clientes potenciales (entre paréntesis, cabe subrayar una graciosa contradicción de la que ya habló Marx, y es que cada capitalista querría siempre que los otros capitalistas aumentaran los salarios de sus obreros, porque los salarios de estos obreros serían poder adquisitivo mayor para comprar las mercancías del capitalista en cuestión pero no admitiría que aumentara los salarios de sus propios obreros, porque así se reduciría, evidentemente, su propio beneficio. Hay, pues, una extraordinaria estructuración del mundo que se convierte en una unidad económica con una interdependencia extremadamente sensible entre sus diferentes partes. Todo el mundo conoce una serie de frases hechas sobre el particular: si la bolsa de Nueva York estornuda, Europa coge una pulmonía.

El capitalismo produce una extraordinaria interdependencia de las rentas y la unificación de los gustos de todos los hombres; el hombre se vuelve bruscamente consciente de toda la riqueza de las posibilidades humanas, mientras que, en la sociedad precapitalista, permanecía encerrado dentro de las escasas posibilidades naturales de una sola región. Durante la Edad Media, no se comía piña tropical en Europa, sino únicamente frutas locales. Ahora se come frutas que, prácticamente, han sido producidas en el mundo entero, e incluso se consumen frutas de China, de la India, que apenas se conocían antes de la segunda guerra mundial.

Existen, pues, una serie de lazos recíprocos que se establecen entre todos los productos y todos los hombres. En otras palabras, hay una socialización progresiva de toda la vida económica que se convierte en un conjunto único, en un tejido único. Pero, simplemente, todo este movimiento de interdependencia está centrado de manera demencial en el interés privado, en la apropiación privada, de un pequeño número de capitalistas cuyos intereses privados entran cada vez más en contradicción con los intereses de los miles de millones de seres humanos incluidos dentro de este conjunto. Es en las crisis económicas donde estalla de manera más extraordinaria la contradicción entre la socialización progresiva de la producción y la apropiación privada que le sirve de motor y de soporte. Ya que las crisis económicas capitalistas son fenómenos inverosímiles, como nunca se había visto hasta entonces. No son crisis de penuria, como lo eran todas las crisis precapitalistas, sino crisis de sobreproducción. Si los parados se mueren de hambre no es porque haya muy poco que comer, sino porque hay relativamente demasiados productos alimenticios.

A primera vista esto parece incomprensible. ¿Cómo puede uno morirse de hambre a causa de que haya demasiados alimenticios, de que haya demasiadas mercancías? Sin embargo, el mecanismo del régimen capitalista hace comprender esta paradoja aparente. Las mercancías que no encuentran compradores, no sólo no realizan su plusvalía, sino que ni siquiera reconstituyen el capital invertido. La venta a pérdida, pues, obliga a los empresarios, a cerrar sus empresas. Y, por tanto, se ven obligados a despedir a sus trabajadores. Y como estos trabajadores despedidos no disponen de reservas, ya que sólo pueden subsistir si venden su fuerza de trabajo, el paro les condena evidentemente a la más negra miseria, precisamente porque la abundancia relativa de las mercancías provocó la venta a pérdida.

El hecho de que las crisis económicas periódicas es inherente al régimen capitalista y constituye para él una realidad que no puede superar. Ya veremos más adelante que esto es igualmente cierto para el régimen neocapitalista en que vivimos actualmente, aunque en este caso se llame “recesiones” a las crisis. Las crisis son la manifestación más clara de la contradicción fundamental del régimen, y un periódico recordatorio de que está condenado a morir antes o después. Pero nunca morirá de modo automático. Siempre será necesario darle un pequeño empujón consciente para condenarlo definitivamente, y ese empujón somos nosotros quienes debemos dárselo, el movimiento obrero.

NOTAS


[i]En realidad, los capitalistas no calculan su tasa de beneficio según la producción corriente (flujo), sino con relación al capital invertido (stock); para no complicar los cálculos, puede suponerse (ficticiamente) que todo el capital ha sido absorbido por la producción de una locomotora.

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