Iniciación a la economía marxista (I)

Hay oportunidades que ocurren pocas veces en la vida. Y o las aprovechas o te quedas como un pasajero en el andén esperando un tren que no sabes cuando va a pasar. Pues eso se puede aplicar a España y a la izquierda española.

Con un país donde los casos de corrupción afectan a la Casa Real, el PP -partido gobernante- con una larga lista de los más variados delitos (delito electoral, imputados por doquier, sobresueldos, fraude fiscal…) hundiéndose en las encuestas (en solo un año pierde 50 diputados) y con el otro partido del régimen PSOE, que todavía no ha tocado fondo convendría que las izquierdas fueran capaces de articular un proyecto con un programa de mínimos y aprovechar la coyuntura. O eso o esperar tres años a las elecciones y que PPSOE consigan reponerse o que tome mayor protagonismo el populista UPyD. Las salidas a esta crisis -digamos- sistémica no están escritas ni tampoco está garantizado que la solución vaya a favorecer a las clases populares.

Mientras tanto seguiremos apostando por formarnos, para entender mejor las cosas y que no nos den gato por liebre. En esta ocasión hemos recuperado un nuevo clásico. Porque guste más o menos, te puedas sentir más cercano o no a su militancia política, Ernest Mandel es un clásico de nuestra tradición. Economista, historiador y político belga, es considerado uno de los teóricos marxistas más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Hasta su muerte en 1995, Mandel seguía siendo el más destacado dirigente y teórico de la IV Internacional. La serie que iniciamos hoy es una introducción a los conceptos marxistas más conocidos y la estructuramos en las siguientes entregas:

I. la teoría del valor y de la plusvalía (el texto que publicamos a continuación).

II. El capital y el capitalismo

III. El neocapitalismo

Esperamos que os sirva de ayuda.

Iniciación a la economía marxista (I)

Ernest Mandel

I. la teoría del valor y de la plusvalía

En último análisis, todos los progresos de la civilización vienen determinados por el aumento de la productividad en el trabajo. Mientras la labor de un grupo humano sólo alcanza, a duras penas, a mantener la vida o subsistencia de los trabajadores, mientras no existe algún excedente o sobrante por encima de este producto indispensable, resultan imposibles la división del trabajo, la aparición del artesanado, las condiciones imprescindibles para la existencia y la actividad de los artistas y de los científicos. Por consiguiente, y con mucha más razón, no hay, mientras dure tal circunstancia, ninguna posibilidad de desarrollo de las técnicas que exigen aquellas especializaciones. 

El excedente social

mandelMientras el rendimiento del trabajo sea tan bajo que el producto del trabajo de un hombre sólo baste para su propio sustento, no hay ni puede haber tampoco división social, diferenciación en el interior de la sociedad. Todos los individuos son, en este caso, productores; todos se encuentran en idéntico estado y nivel de privación y de incapacidad.

Todo aumento de la productividad del trabajo que supera aquel nivel mínimo, crea la posibilidad de un pequeño excedente, y desde el momento que existe un sobrante de productos, que dos brazos rinden más de lo que requiere su propia manutención, aparece la posibilidad de lucha por la distribución de este superávit. A partir de entonces, el conjunto de la labor de una colectividad ya no está forzosamente destinado al mantenimiento de los productos. Una porción de este trabajo puede ser destinada a liberar a otro sector de la comunidad de la necesidad de dedicarse tan sólo a su propio mantenimiento.

Cuando surge esta posibilidad, una parte de la sociedad puede erigirse en clase dominante, caracterizándose, principalmente, por el hecho de verse emancipada de la necesidad de trabajar para poder subsistir.

En tal circunstancia, el trabajo de los obreros se descompone en dos partes. Una parte sigue efectuándose para proveer el sostén de los propios productores; lo denominaremos trabajo necesario. Otra parte sirve para mantener a la clase dominante; lo llamaremos el trabajo sobrante.

Citemos un ejemplo evidente demostrativo: los esclavos en las plantaciones, ya sea en determinadas zonas y épocas del Imperio romano, ya sea también en las grandes plantaciones, a partir del siglo XVII, en las Indias occidentales o en las islas africanas, bajo el poder colonial portugués. Generalmente, en las regiones tropicales, el dueño no proporciona ni el alimento del esclavo; es éste mismo quien lo ha de producir, los domingos, cultivando un exiguo espacio de tierra. Seis días por semana, el esclavo trabaja en la plantación; es un trabajo cuyo fruto no le pertenece, crea un excedente social que abandona desde el instante de su producción, que pertenece en exclusiva a los señores de los esclavos.

La semana laboral, de 7 jornadas en este caso, se divide en dos partes: el trabajo de un día, el domingo, es un trabajo necesario, para sostener al esclavo y a su familia; el trabajo de los otros 6 días de la semana es lo que constituye el trabajo sobrante, cuyo producto revierte en exclusivo beneficio de los amos, sirve para su subsistencia y, además, para su enriquecimiento.

Otra muestra histórica: las grandes propiedades en la alta Edad Media. Las tierras de estos dominios están distribuidas en tres facciones: los terrenos comunales o de propiedad colectiva, esto es, los bosques, las praderas, los pantanos, etc; la tierra que los siervos cultivan para mantenerse ellos y sus familias; finalmente, las tierras que han de trabajar para sostener a sus señores feudales. Ordinariamente, en este caso, la semana laboral es de 6 días y ya no de 7. Se divide en dos partes iguales: durante tres jornadas cada semana, el siervo de la gleba se ocupa en producir lo que necesita; otras tres jornadas semanales las destina a tierras de su señor, sin ninguna remuneración. El vasallo efectúa un trabajo gratuito a favor de la clase privilegiada, del grupo en el poder.

Podemos definir el producto de estos dos tipos de trabajo tan diferentes con términos también distintos. Cuando el productor realiza el trabajo necesario, crea el producto necesario. Cuando, en cambio, realiza un trabajo sobrante, entonces crea excedente de producto social. El excedente de producto social es la parte de la producción social de que, aún siendo realizada por la clase de los productores, se apropia de la clase dominante, cualesquiera que sean el modo o el medio que emplee para retenerla en su poder: ya sea en forma de productos naturales, ya sea en forma de mercancías destinadas a ser vendidas, ya sea en forma de dinero.

La plusvalía no es, por tanto, nada más que la forma monetaria del producto de excedente social. Cuando es exclusivamente en forma de dinero que la clase dominante se apropia de la parte de producción anteriormente denominada excedente de “producto”, entonces ya no se utiliza esta expresión para calificarla, sino la de “plusvalía”. Por otra parte, esto no es más que un primer esbozo de la definición de la plusvalía que examinaremos más adelante.

¿Cuál es el origen del excedente del producto social? El excedente del producto social se presenta como el resultado de la expropiación gratutita –sin la compensación o el intercambio de alguna contrapartida en valor- de una parte de la labor de la clase productora, efectuada por el estamento en el poder. Cuando el esclavo trabaja dos días cada semana en la plantación del dueño de los esclavos y todo el fruto de este esfuerzo es acaparado por este propietario, sin ninguna remuneración a cambio, el factor causal de este excedente de producto social es el trabajo gratuito, no pagado, realizado por el esclavo en beneficio de su amo. Cuando el siervo trabaja tres días por semana en la tierra del señor feudal, el origen de esta renta, de este excedente de producto social, es también la labor no remunerada, gratuita, prestada por el siervo.

Comprobaremos seguidamente que el origen de la plusvalía capitalista, es decir, de la renta o beneficio de la clase burguesa en la sociedad de tipo capitalista, es exactamente el mismo: se trata de un trabajo no remunerado, gratuito, proporcionado al capitalista por el proletario, por el asalariado, sin que perciba ningún valor a cambio de su tarea.

Mercancías, valor de uso y valor de cambio

He ahí, por consiguiente, algunas definiciones básicas que emplearemos como instrumentos de trabajo a lo largo de los tres temas que expondremos en el presente curso. Todavía tenemos que añadir algunas más: Todo producto del trabajo humano ha de rendir normalmente una utilidad, ha de poder satisfacer alguna necesidad del hombre. Puede afirmarse, en efecto que todo producto del trabajo posee un valor de uso. Emplearemos este término según dos interpretaciones diferentes. Hablaremos del valor de uso de una mercancía y, también, de los valores de uso. Mostraremos cómo en determinadas sociedades sólo son producidos valores de uso, productos destinados al consumo directo de quienes se apropian de ellos (productores o clase dirigente).

Pero, al lado de este valor de uso, el producto del trabajo humano puede estar asociado con otro tipo de valor, un valor de cambio. Puede ser producido no para ser consumido inmediatamente por los proletarios o por el grupo de los privilegiados que monopolizan la riqueza, sino para ser intercambiado en el mercado, para ser vendido. La masa de los productos destinados a la venta ya no constituye una producción exclusiva de valores de uso, sino una producción de mercancías.

Así pues, la mercancía es un producto que no ha sido creado para ser consumido directamente, sino que su finalidad consiste en ser cambiado en el mercado. Por lo tanto toda mercancía ha de contener simultáneamente un valor de uso y un valor de cambio. Ha de poseer un valor de cambio, porque, de lo contrario, nadie la adquiriría. Sólo se compra con la intención final de consumir, de satisfacer una necesidad. Si una mercancía no presenta ningún valor de uso resulta invendible, inútil, no tiene valor de cambio, precisamente porque carece de valor de uso.

Sin embargo, todo producto que posee un valor de uso no siempre tiene un valor de cambio. Este valor de cambio le vendrá, principalmente, del hecho y en la medida de ser producido por una sociedad fundamentada en el intercambio, una sociedad que practica generalmente el intercambio.

¿Existen sociedades donde los productos no comporten un valor de uso? En el fondo del valor de cambio y, con mayor motivo aún, en la base del comercio y de la práctica de mercado, se halla un grado determinado de división del trabajo. Para que unos productos no sean inmediatamente consumidos por sus propios productores, es preciso que no todos los individuos elaboren un único e idéntico género o artículo. Si en una comunidad concreta no existe una división del trabajo o ésta aparece en estado rudimentario, es evidente que no hay razón para que surja el intercambio. Normalmente, un productor de trigo no tendrá nada que pueda ser objeto de permuta con otro productor del mismo cereal. Pero, desde el momento que hay división del trabajo, cuando se establece contacto entre grupos sociales que elaboran materias con un valor de uso diferente, el ejercicio del cambio puede manifestarse inicialmente, en circunstancias esporádicas con la posibilidad de una ulterior generalización. Desde aquel instante, aparecen paulatinamente junto a los productos destinados al mero consumo, otros productos creados para ser intercambiados, las mercancías.

La producción mercantil y la producción de valores de cambio han conocido su más amplia expansión en la sociedad capitalista. Es la primera sociedad histórica donde la mayor parte de la producción está compuesta de mercancías. Aunque no todo el trabajo, dentro del sistema capitalista, está proyectado con una finalidad comercial. Dos categorías de productos continúan siendo valores tan sólo para el uso. En primer lugar, todo cuando producen los campesinos para su autoconsumo en el área de las haciendas y casas rurales. Esta producción para el abastecimiento de los propios agricultores y granjeros se encuentra hasta en los países capitalistas más avanzados, como p.e., en los Estados Unidos; pero constituye una ínfima porción de la actividad agrícola total. En general, cuanto más retrasada está la agricultura de un país mayor es la fracción de la producción agrícola reservada al autoconsumo, lo que dificulta en gran manera el cálculo exacto de la renta nacional. Una segunda categoría de productos que siguen siendo valores sólo de uso y no mercancías en un régimen capitalista son los frutos de las labores domésticas. Aunque supone y exige un gran acopio y desgaste de energías humanas, este trabajo en el hogar produce valores de uso y no mercancías. Preparar una sopa, barrer la casa, coser un botón son actividades productivas, pero no pretenden la comercialización o el lucro.

La aparición, luego la regulación y la posterior generalización de la producción de mercancías, ha transformado radicalmente la forma de trabajar y el modo de organización de la sociedad humana.

La teoría marxista de la alineación

Todos, más o menos, tenéis referencias sobre la teoría marxista de la alineación. La aparición, la regularización, la generalización de la producción mercantil están íntimamente vinculadas con la difusión de este fenómeno de la alineación.

No podemos analizar extensamente ahora este aspecto de la cuestión. Pero es extraordinariamente importante conocer y comprender este hecho, porque la sociedad mercantil no abarca solamente la época del capitalismo. Contiene asimismo la pequeña producción mercantil que estudiaremos más adelante. Hay también una sociedad mercantil postcapitalista, la sociedad de transición actual, que permanece aún ampliamente fundamentada y establecida sobre la producción de los valores de cambio.

Cuando se descubren y entienden algunas de las características esenciales de la sociedad mercantil, se puede también comprender el motivo de la imposible superación de algunos fenómenos alienadores mientras dura el período de transición entre el capitalismo y el socialismo, como es el caso de la URSS contemporánea. En cambio, este hecho de la alineación no se da, lógicamente, por lo menos de esta manera, en una sociedad que desconoce la producción mercantil, donde hay una unidad entre la vida individual y una actividad social completamente elemental. El hombre trabaja y, ordinariamente, no trabaja solo sino en conexión con una colectividad más o menos orgánica. Este trabajo consiste en transformar directamente cosas materiales. Es decir, que la actividad del trabajo, de la producción, del consumo y de las relaciones entre el individuo y la sociedad, están regulados por un cierto equilibrio más o menos permanente.

Realmente no está justificado embellecer la sociedad primitiva, sujeta a presiones y catástrofes periódicas a causa de su extrema escasez de recursos. Constantemente el equilibrio está amenazado por el peligro de ser destruido por la miseria, por los cataclismos y desastres naturales, etc. Pero entre una y otra catástrofe, principalmente a partir de un cierto grado de desarrollo de la agricultura y de unas condiciones climatológicas favorables, es factible una cierta unidad y armonía, un cierto equilibrio entre prácticamente todas las actividades humanas. En la sociedad primitiva no existen las calamitosas consecuencias de la división del trabajo, tales como el divorcio total entre la tarea estética, la inspiración y el impulso artísticos, la ambición creadora y las actividades productivas, puramente mecánicas, reiterativas, monótonas. Bien al contrario, la mayoría de las artes, tanto la música y la escultura como la pintura y la danza se encuentran radicalmente ligadas con el trabajo.

El deseo de proporcionar una forma agradable, hermosa, a los productos que eran comidos por el mismo individuo, por la familia, por el grupo más amplio de parentesco, por la tribu, etc., se integraba normalmente, armónicamente, orgánicamente en el trabaja cotidiano. El trabajo no era considerado ni experimentado como una obligación o una carga impuestas desde el exterior, sobre todo porque resultaba una operación mucho menos tensa y agotadora de lo que es en el sistema capitalista actual, porque respetaba y se adaptaba a los ritmos intrínsecos y característicos del cuerpo humano y de la naturaleza. El número de jornadas laborales casi nunca excedía de 150 a 200 cada año, mientras que en la sociedad capitalista se aproxima peligrosamente a 300 y lo sobrepasa en algunas ocasiones. Después, porque subsistía una concordia entre el productor, el producto y su consumo, porque el trabajador producía para subvenir a sus personales necesidades o a las de su familia y su tarea conservaba un aspecto directamente funcional. La alineación moderna nace principalmente de la rotura y separación entre el obrero y el fruto de su actividad, efecto simultáneo de la división del trabajo y de la producción de mercancías destinadas a un mercado y a un consumidor desconocidos y no al beneficio del mismo trabajador.

El reverso de la medalla muestra que una sociedad que sólo produce valores de uso, bienes para el consumo inmediato de los mismos productores, siempre fue, en el pasado, una sociedad sujeta a un grave estado de inteligencia. Se trata, por lo tanto, de una sociedad que no solamente se ve sometida al azar y al despotismo de las fuerzas naturales, sino que también limita hasta el extremo las necesidades humanas, en la misma medida que carece de lo imprescindible, no disponiendo más que de una gama limitada de productos. Las necesidades humanas sólo muy parcialmente son innatas. Es constante la interacción entre producción y necesidades, entre desarrollo de las fuerzas productoras y la eclosión de las necesidades. Únicamente dentro de una sociedad que hace avanzar al máximo la productividad del trabajo, que procura hacer progresar una gama inmensa de productos, puede el hombre experimentar un desarrollo continuo de sus necesidades, de sus potencialidades inagotables, de su humanidad integral.

La ley del valor

Una de las consecuencias de la aparición y de la generalización progresivas de la producción de mercancías es que el mismo trabajo empieza a convertirse en algo regular, medido, deja de estar en sintonía con el ritmo de la naturaleza y el ritmo fisiológico del hombre.

Hasta el siglo XIX y quizás hasta el siglo XX, en algunas regiones de Europa occidental, la gente del campo no trabaja de un modo regulara, no trabaja con idéntica intensidad cada mes del año. Durante algunos períodos del año laboral, realizará una labor sumamente vigorosa. Pero también aparecen dilatados espacios de inactividad, especialmente a lo largo de la estación invernal. Cuando ha crecido la sociedad capitalista, ésta ha encontrado en las zonas agrícolas más retrasadas, dentro de la misma sociedad capitalista, una reserva de mano de obra particularmente interesante, que acudía a trabajar a la fábrica 4 ó 6 meses cada año, aceptando salarios mucho más bajos, puesto que una parte de su subsistencia podía ser atendida gracias a la explotación agrícola que permanecía.

Cuando se observan granjas más desarrolladas y prósperas, por ejemplo en la proximidad de las grandes ciudades, es decir, granjas que han entrado en un proceso de industrialización, se halla en ellas un trabajo mucho más regular, un rendimiento y dedicación laborales superiores, sostenidos durante todo el curso del año, eliminando paulatinamente los tiempos muertos. Esto no ocurre solamente en nuestra época, ya se puede constatar en la Edad Media, desde el siglo XII. A mayor cercanía de las ciudades y de sus mercados, mayor orientación de la agricultura hacia el comercio, hacia la producción de mercancías, más alto nivel de regularización del trabajo, con una dedicación más o menos permanente, como si se tratara del trabajo dentro de una empresa industrial.

En otros términos: cuanto más se generaliza la producción de mercancías, tanto más se regulariza el trabajo y la organización de la sociedad se concentra alrededor de una contabilidad fundada en el trabajo.

Si se examina la división del trabajo, ya bastante avanzada en una población rural, en los inicios del desarrollo comercial y artesanal medievales; si se estudian las colectividades propias de las civilizaciones bizantina, árabe, india, china y japonesa, se descubre, con sorpresa, el hecho común a todas ellas de una integración muy adelantada entre la labor en el campo y las diversas técnicas artesanales, de una regularización del trabajo tanto en las zonas agrarias como en los núcleos urbanos, factores que erigen la contabilidad en el trabajo y en el horario laboral en motor normativo de toda la actividad y de la misma estructuración de la convivencia social. En el capítulo referente a la ley del valor del  “Tratado de economía marxista”, he presentado una larga serie de ejemplos de esta contabilidad en horas de trabajo. En ciertas aldeas de la India, una casta determinada monopoliza el oficio de herrero, pero continúa, al mismo tiempo, cultivando la tierra para subvenir por su propia alimentación. Han promulgado la siguiente regla: cuando el herrero fabrica una herramienta o un arma para una casa de campo, ésta ha de proporcionar la materia prima y, durante el tiempo que dedica a trabajar la materia prima para hacer aquellos instrumentos, el campesino para quien realiza su tarea artesana cuidará de la tierra del herrero. Existe, por tanto, una equivalencia en horas de trabajo que rige los intercambios de una manera totalmente diáfana.

En las aldeas japonesas medievales, en el seno de la comunidad rural, se lleva una contabilidad precisa de las horas de trabajo. El contable de la población posee una especie de gran libro en el que anota y registra las horas de trabajo prestadas por cada campesino en las tierras recíprocas, porque la producción agrícola se basa aún, en gran medida, en la cooperación en el trabajo. Generalmente la cosecha, la construcción de casas, la cría de ganado se efectúan colectivamente. Es calculado con rigurosa exactitud el número de horas de trabajo que los miembros de una familia prestan a otra familia. A fin de año ha de haberse establecido un equilibrio, es decir, el hogar A y el hogar B se han de haber prestado, al cabo del año, mutuamente idéntica cantidad de horas laborales. Los japoneses han llegado hasta el punto de detallar -¡hace de ello cerca de 1000 años!- que una hora de trabajo realizada por un niño sólo “vale” una media hora de tarea hecha por un adulto. Se trata de un caso de estricta contabilidad del trabajo. Otro ejemplo que nos permite descubrir de forma inmediata la generalización de esta contabilidad centrada en la economía del tiempo dedicado al trabajo: la reconversión de la renta feudal. En una sociedad feudal, el excedente de la producción agrícola puede adoptar tres modalidades diferentes: la de renta en trabajo obligatorio y gratuito, la de renta en especie o en género producido y la de renta en dinero.

Cuando se da el paso de la prestación forzada y sin gratificación a la renta en especie, se registra un proceso de reconversión. En lugar de proporcionar tres días de trabajo por semana al señor feudal, el siervo le entrega, cada estación agrícola, una determinada cantidad de trigo o de ganado vivo, etc. Se produce otra reconversión cuando la renta en especie se muda en renta en dinero.

Estas dos conversiones se han de fundar sobre una contabilidad bastante rigurosa de las horas laborales, si una de las dos partes no quiere ni tolera ser perjudicada por este tipo de operación. Si al hacer la primera reconversión, en lugar de entregar al señor feudal 150 jornadas de trabajo por año, el campesino le da una cantidad de trigo que le ha costado 75 días de labor, esta reconversión de la renta-trabajo en renta en especie provocaría como resultante un brusco empobrecimiento del señor y un rápido enriquecimiento del siervo.

Los propietarios de los bienes raíces -¡ dignos, claro está, de toda confianza!- vigilaban con mucha atención el proceso de reconversión para que hubiera una paridad estricta entre las diferentes formas de renta. Esta reconversión podía en definitiva resultar un detrimento de una de las dos clases agentes de la operación, por ejemplo contra el dueño feudal cuando se produjo un súbito aumento del precio de los frutos del campo después de la transformación de la renta en dinero, pero se trata de la consecuencia de una evolución histórica y no del efecto de la misma reconversión.

El origen de esta economía fundada sobre la contabilidad en tiempo de trabajo se evidencia en el caso de la división del trabajo entre los artesanos y los campesinos en el interior de la misma comunidad rural. Durante un largo período de tiempo, esta división del trabajo se mantiene en un estado bastante rudimentario. Una parte de los agricultores continúa produciendo una porción de su vestimenta por un espacio de tiempo muy dilatado que, en la Europa occidental, se extiende desde el origen de las ciudades medievales hasta el siglo XIX, cerca, por lo tanto, de un millar de años, con el resultado final de que la técnica de confección de la ropa y de los trajes propios no ofrezca secreto ni dificultad para los agricultores.

Cuando se establecen intercambios regulares entre los campesinos y los confeccionadores de productos textiles, surgen unas equivalencias normales entre ellos, por ejemplo, puede ser permutada una vara de pieza textil por 10 libras de manteca, no precisamente por 100 libras. Ciertamente los campesinos conocen por experiencia el tiempo aproximado de trabajo necesario para producir una concreta cantidad de género textil. De no existir una equivalencia más o menos aproximada entre la duración del trabajo necesario para producir la cantidad de ropa entregada a cambio de una convenida cantidad de manteca, la división del trabajo sería necesariamente inmediatamente modificada. Si resultara más provechoso para ellos producir ropa en lugar de manteca, cambiarían de producción, siendo así que aún nos hallamos en los umbrales de una división radical del trabajo y son todavía imprecisas las fronteras que distinguen las diferentes técnicas y el tránsito de una actividad económica a otra es factible y hasta fácil, principalmente si está brinda sugestivas ventajas materiales.

En el mismo seno de las ciudades medievales hay un equilibrio, calculado con gran lucidez, entre los diferentes oficios, inscrito en las tábulas gremiales, precisando hasta el minuto el tiempo de trabajo destinado a la elaboración de los diferentes productos. En tales condiciones, sería inconcebible que el zapatero o el herrero llegasen a obtener la misma suma de dinero por el producto de la mitad de tiempo de trabajo que requeriría un tejedor o a otro artesano para conseguir la misma cantidad de dinero a cambio de sus productos.

En la citada circunstancia podemos descubrir el mecanismo de aquella contabilidad en horas de trabajo, el modo de funcionar de aquella sociedad fundamentada en una economía en horas de trabajo, que es característica general de toda aquella fase denominada pequeña producción mercantil, que se intercala entre una economía simplemente natural que sólo produce valores de uso y la sociedad capitalista que crea una ilimitada expansión de la elaboración de mercancías.

Determinación del valor de uso de las mercancías.

Después de precisar que la producción e intercambio de mercancías se regularizan y se generalizan en el interior de una sociedad fundada sobre una economía en tiempo de trabajo, sobre una contabilización de las horas laborales, podemos comprender porque, por sus orígenes y por su propia naturaleza, el intercambio de mercancías se establece sobre esta misma contabilidad en horas de trabajo y que la regla común que se instituye es la siguiente: el valor de cambio de una mercancía está determinada por la cantidad de trabajo necesario para producirla, y esta cantidad de trabajo es medida según la duración del trabajo requerido para la producción de dicha mercancía.

Conviene añadir algunas precisiones a esta definición que constituye la teoría del valor-.trabajo, base simultánea de la clásica economía política burguesa, desde el siglo XVII y comienzos del XIX, desde William Pessy hasta Ricardo, y de la teoría economía marxista, que asumió y perfeccionó esta misma teoría del valor-trabajo.

Primera precisión: los hombres no poseen la misma capacidad de trabajo, la misma energía, el mismo dominio de su oficio. Si el valor de cambio de las mercancías dependiera de la sola cantidad de trabajo efectuado individualmente, realmente prestado por cada individuo para producir una mercancía, se llegaría a una situación absurda: cuanto más holgazán e inepto fuera un obrero, tanto mayor sería el número de horas empleado para confeccionar un traje o un par de zapatos, por ejemplo, y consiguientemente mayor sería el valor del traje o de los zapatos. Es lógicamente imposible, porque el valor de cambio no constituye una recompensa moral para quien ha tenido la buena voluntad de trabajar; sino que constituye un vehículo establecido entre productores independientes, para instaurar la igualdad entre los oficios, en una sociedad fundada a la vez en la división del trabajo y en la economía del tiempo de trabajo. En este tipo de sociedad, el despilfarro en el trabajo es algo que no merece premio, bien al contrario, es penalizado automáticamente. Quienquiera gasta, para producir un par de zapatos, una cantidad en horas superior a la medida necesaria –esta media imprescindible ya está determinada por la productividad media del trabajo y figura inscrita en la Carta de los Oficios- ha dilapidado el trabajo humano, ha sido inefectivo, ha perdido su tiempo y por estas horas malgastadas no merece ni recibe recompensa alguna.

Formulado de otra manera: El valor de cambio de una mercancía está determinado no por la cantidad de trabajo dedicado para la producción de esta mercancía por parte de cada productor individualmente considerado, sino por la cantidad de trabajo socialmente necesario para confeccionarla o elaborarla. La fórmula “socialmente necesario” significa: la cantidad de trabajo necesario en las condiciones medias de productividad del trabajo que existen en una época y en un país determinados.

Esta precisión ofrece importantes aplicaciones cuando se analiza con mayor detenimiento el funcionamiento de la sociedad capitalista.

Se impone, sin embargo, una segunda precisión. ¿qué significación exacta tiene la fórmula “cantidad de trabajo”? Hay cualificaciones diferentes entre los trabajadores. ¿Existe una paridad total entre una hora de trabajo prestada por diferentes obreros, prescindiendo de dicha cualificación profesional y personal?. Repetimos, no se trata de una cuestión moral sino de un caso de lógica interna, de una sociedad fundada en la igualdad de los oficios, la igualdad en el mercado, para la cual admitir condiciones de desigualdad implicaría y provocaría una pronta ruptura del equilibrio social. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si una hora de trabajo de un peón no produjese menos valor que una hora de un obrero cualificado, que ha necesitado y ha empleado de 4 a 6 años de aprendizaje para alcanzar su destreza técnica?. Nadie desearía conseguir una cualificación profesional. Las horas de trabajo destinadas a lograr su dominio del oficio resultarían un derroche inútil de energía, el aprendiz que alcanzara un grado de maestría en el oficio no hallaría ninguna compensación.

Para que haya jóvenes que deseen e intenten cualificarse dentro de un sistema económico fundado sobre la contabilidad de horas laborales, es necesario que el tiempo que han dedicado a la adquisición del dominio del oficio sea remunerado y reciban un valor compensatorio de este tiempo de instrucción y adestramiento. Completaremos nuestra definición del valor de cambio de una mercancía: “Una hora de trabajo de un obrero cualificado ha de ser considerada como un tiempo de trabajo complejo, como un múltiplo de la hora de trabajo de un peón, y este coeficiente de multiplicación no es arbitrario sino que tiene como fundamento los gastos y el costo exigidos por la cualificación”. Sea dicho de paso, en la Unión Soviética, durante el período staliniano, apareció indefectiblemente un pequeño equívoco o vaguedad en la explicación del trabajo compuesto, error o imprecisión que aún subsiste allí. Se continúa afirmando que la remuneración del trabajo ha de hacerse en función de la cantidad y de la calidad del trabajo realizado, pero la noción de calidad no es interpretada, a la luz del análisis marxista, como una calidad mensurable  cuantitativamente por un coeficiente preciso de multiplicación. Por el contrario, es interpretada y empleada según la ideología burguesa, pretendiendo determinar la calidad del trabajo según la medida de su utilidad social, y de esta manera se justifican los ingresos de un mariscal, de una bailarina o de un director de “trust”, diez veces superiores a los de un obrero manual no cualificado. Se trata en realidad de una teoría apologética para explicar y apoyar las grandes diferencias de remuneración que se registraban durante la época staliniana y que todavía siguen existiendo actualmente, en la URSS, aunque en proporciones más reducidas.

El valor de cambio de una mercancía está determinada, por consiguiente, por la cantidad de trabajo socialmente necesaria para producirla. El trabajo cualificado es considerado como un múltiplo del trabajo simple, multiplicado por un coeficiente más o menos mensurable.

Este es el núcleo central de la teoría marxista sobre el valor, que, a su vez, es la base de toda la teoría económica marxista. De la misma manera, la teoría sobre el excedente del producto social y del trabajo excedente, que ha sido expuesta en las primeras páginas del presente estudio, constituye el fundamento de toda la sociología marxista y el punto que realiza la conexión del análisis sociológico e histórico de Marx, de su teoría de las clases y de la evolución de la sociedad en general con la teoría económica marxista, y, más exactamente, con el análisis de la sociedad de mercaderes: precapitalista, capitalista y postcapitalista.

¿Qué es el trabajo socialmente necesario?

He indicado hace poco que la definición particular de la cantidad de trabajo socialmente necesario para producir una mercancía tenía una aplicación singular y sumamente importante dentro del análisis de la sociedad capitalista. Considero que es mejor, más útil, examinarla ahora, aunque lógicamente su lugar más apropiado estaría en la siguiente exposición sobre el capital y el capitalismo.

El conjunto de todas las mercancías producidas en un país y en una época determinadas, tiene como objeto satisfacer las necesidades de aquella colectividad concreta. Porque una mercancía que no sirviese para solucionar los problemas y necesidades de nadie, que no tuviese valor de uso para alguien, sería –desde el principio y por definición invendible, no presentaría ningún valor de cambio, no sería en realidad una mercancía, sino simplemente el resultado del capricho, del juego desinteresado de un productor.

Por otra parte, la totalidad del poder de compra que exista en aquella sociedad concreta en un momento preciso de su historia y que va destinado a ser gastado en el mercado, y no a ser guardado como un tesoro o una cuenta de ahorro, tendría que ser aplicada a la adquisición del conjunto de las mercancías producidas, si se pretende que haya un equilibrio económico. Este equilibrio implica que la suma global de la producción social, de las fuerzas creadoras de bienes para la sociedad, de las horas de trabajo disponibles haya sido distribuida entre los diferentes sectores industriales, guardando proporción con la manera según la cual los consumidores dividen su poder adquisitivo entre sus diferentes necesidades capaces de ser solventadas. Cuando la distribución de las fuerzas productivas ya no corresponde a esta distribución de las necesidades se quiebra el equilibrio económico y aparecen conjuntamente el exceso y el déficit de producción.

Citemos un ejemplo algo banal: a finales del siglo XIX y comienzos del siglo actual, en París, existía una industria de carrocería y de las diferentes mercancías relacionadas con el transporte por tracción animal que empleaba a muchos millares de obreros. Surgió la industria del automóvil, al principio dentro de proporciones muy modestas, pero ya con decenas de fabricantes y contratando los servicios de miles de trabajadores.

¿Qué sucede durante este período? El número de vehículos tirados por caballerías va disminuyendo, el número de coches a motor empieza a aumentar. Tenemos, de una parte, la producción de carros y carrozas que tiende a superar las necesidades y demandas sociales, la manera de distribuir su capacidad adquisitiva por parte de los parisinos; por otra parte, existe una producción de automóviles que permanece inferior a las necesidades socia les; la naciente industria del automóvil se mueve dentro de un medio ambiente de penuria hasta que no aplica el sistema de fabricación en serie. Había un desequilibrio entre la oferta y la demanda, el número de automóviles disponibles para su venta en el mercado era inferior a los pedidos por la clientela.

¿Cómo expresar este tipo de fenómenos utilizando los términos de la teoría del  valor trabajo?

Puede afirmarse que en los sectores de la industria de carrocerías se trabaja más de lo que es socialmente necesario, para una porción del trabajo aportado por el conjunto de este tipo de empresas resulta socialmente malgastado, no encuentra equivalencia en el mercado, produce una mercancía invendible. Cuando unas mercancías resultan invendibles en la sociedad capitalista esto significa que se ha invertido en una rama determinada de la industria un trabajo humano que se muestra como trabajo socialmente innecesario, es decir, que como contrapartida del mismo no aparece un poder de compra en el mercado. El trabajo que no es necesario socialmente es trabajo perdido, improductivo, sin valor. Comprobamos así que la noción de trabajo socialmente innecesario contiene una gama importante de fenómenos.

Para la industria de la carrocería, la oferta es mayor que la demanda, los precios caen en picado y la mercancía no es comprada, es rechazada. Por el contrario, en la industria automovilística, la demanda supera a la oferta, por cuyo motivo aumentan los precios y hay escasez o falta de producción. Pero contentarse con estas superficialidades sobre la oferta y la demanda es detenerse en el aspecto psicológico e individual del problema. Si se profundiza, en cambio, su faceta colectiva y social se descubre la realidad escondida detrás de estas apariencias, en una sociedad organizada a partir de la economía del tiempo laboral.

Cuando la oferta supera a la demanda ello quiere decir que la producción capitalista, que es una producción anárquica, una producción no planificada, no organizada, ha invertido de forma anárquica, y ha gastado en una determinada rama industrial más horas de trabajo de lo que socialmente era necesario, quiere decir que ha desperdiciado una serie horas de trabajo, y que este trabajo humano desperdiciado no será recompensado por la sociedad. Por el contrario, una rama industrial en la que la demanda sea superior a la oferta, es, si se quiere, una rama industrial que, con respecto a las necesidades sociales, está todavía subdesarrollada, y es, pues, una rama industrial que ha gastado menos horas de trabajo de lo que socialmente es necesario, y que, debido a ello, recibe una prima por parte de la sociedad para aumentar su producción y llevarla a un punto de equilibrio con respecto a las necesidades sociales.

Este es un aspecto del problema del trabajo socialmente necesario en régimen capitalista. El otro aspecto de este problema está vinculado al movimiento de la productividad del trabajo. Se trata de lo mismo, aunque haciendo abstracción ahora de las necesidades sociales, del aspecto “valor de uso” de la producción. En régimen capitalista, hay una  producción del trabajo que está en constante movimiento. A grandes rasgos, se dan siempre tres tipos de empresas ( o de ramas industriales): las que, tecnológicamente, están a la misma altura de la medida social; las que se han quedado retrasadas, desfasadas, en un grado inferior de evolución, y son inferiores a la media social; y las que, tecnológicamente, están en vanguardia, y son superiores a la productividad media.

¿Qué quiere decir todo esto? ¿Qué quiere decir que una rama o una empresa está tecnológicamente atrasada, que tiene una productividad del trabajo inferior a la productividad media del trabajo? Puede considerarse a esta rama o a esta empresa a través del símil del zapatero perezoso que hemos visto más arriba; es decir, se trata de una rama o de una empresa que, en lugar de poder producir una determinada cantidad de mercancías en tres horas de trabajo, tal como lo exige la media social de la productividad en ese momento dado, exige cinco horas de trabajo para producir la misma cantidad. Las dos horas de trabajo suplementarias se han trabajado sin necesidad alguna; se ha desperdiciado trabajo social, una fracción del trabajo total disponible para la sociedad, y, a cambio de este trabajo desperdiciado, la empresa no recibirá ningún equivalente de la sociedad. Esto quiere decir, por tanto, que el precio de venta de esta industria o de esta empresa que trabaja por debajo de la media de la productividad se aproxima a su precio de coste, o que, incluso, puede ser inferior a este mismo precio de coste, es decir, que dicha empresa con una tasa de beneficio muy pequeña o, incluso, que trabaja con pérdidas.

Por el contrario, una empresa o una rama industrial cuyo nivel de productividad se sitúe por encima de la media (caso parecido al del zapatero que puede producir tres pares de zapatos en tres horas mientras que la media social es de un par cada tres horas) economiza gastos de trabajo social, y debido a ello, recibirá un sobrebeneficio, lo cual quiere decir que la diferencia entre el precio de venta y su precio de coste será superior al beneficio medio.

Desde luego, la búsqueda de tal sobrebeneficio es el motor de toda la economía capitalista. Toda empresa capitalista se ve empujada por la competencia a intentar obtener más beneficios, ya que éste es el único medio de que pueda mejorar constantemente su tecnología, su productividad del trabajo. Todas las firmas, pues, se encuentran dentro de esta vía lo cual implica que lo que en principio era una productividad por encima de la media termina convirtiéndose en una productividad media. En cuyo caso, el sobrebeneficio desaparece. Toda la estrategia de la industria capitalista se resume en este hecho, en el deseo que toda empresa tiene de conquistar en un país determinado una productividad superior a la media, a fin de obtener un sobrebeneficio, lo cual provoca un movimiento que hace desaparecer el sobrebeneficio debido a la tendencia a la elevación constante de la media de la productividad del trabajo. Así es cómo se llega a la perecuación tendencial de la tasa de beneficio.

Origen y naturaleza de la plusvalía

¿En qué se convierte, pues, la plusvalía? Considerada desde el punto de vista de la teoría marxista del valor, podemos ya responder a esta pregunta. La plusvalía no es más que la forma monetaria del sobreproducto social, es decir, la forma monetaria de la parte de la producción del proletariado que se abandona al propietario de los medios de producción sin contrapartida.

¿Cómo se produce prácticamente tal abandono en la sociedad capitalista? Se produce a través del intercambio, al igual que todas las operaciones importantes de la sociedad capitalista, que siempre son relaciones de intercambio. El capitalismo compra la fuerza de trabajo del obrero y, a cambio del salario, se apropia todo el producto fabricado por el obrero, todo el valor nuevamente producido que se incorpora al valor de ese producto.

A partir de aquí, podemos decir que la plusvalía es la diferencia entre el valor producido por el obrero y el valor de su propia fuerza de trabajo ¿Qué es el valor de la fuerza de trabajo? Esta fuerza de trabajo es una mercancía en la sociedad capitalista, y, al igual que el valor de cualquier otra mercancía, su valor es la cantidad de trabajo socialmente necesaria para producirla y reproducirla, es decir, los gastos de mantenimiento del obrero en el sentido amplio de la palabra. La noción del salario mínimo vital, la noción de salario medio, no son nociones fisiológicamente rígidas, sino que incorporan necesidades que se modifican con los progresos de la productividad del trabajo, y que, en general, tienden a aumentar con los progresos de la técnica y no son exactamente comparables en el tiempo. No se puede comparar cuantitativamente el salario mínimo vital del año 1830 con el de 1960, y esto lo han aprendido los teóricos del PCF a su propia costa. No se puede comparar válidamente el precio de una motocicleta en 1960 con el precio de cierto número de kilos de carne en 1830, para terminar concluyendo que la primera “vale” menos que los kilos de carne.

Dicho esto, repetimos que los gastos de mantenimiento de la fuerza de trabajo constituyen, pues, el valor de la fuerza de trabajo, y que la plusvalía es la diferencia entre el valor producido por la fuerza de trabajo y sus propios gastos de mantenimiento.

El valor producido por la fuerza de trabajo se mide simplemente por la duración del trabajo. Si un obrero trabaja diez horas, produce un valor de diez horas de trabajo. Si los gastos de mantenimiento del obrero, es decir, el equivalente de su trabajo, no habría entonces plusvalía. Lo cual no es más que un caso particular de una regla más general: cuando el conjunto del producto del trabajo es igual al producto necesario para alimentar y mantener al productor, no existe sobreproducto social. Pero, en régimen capitalista, el grado de productividad del trabajo es tal que los gastos de mantenimiento del trabajador son inferiores siempre a la cantidad de valor nuevamente producida de nuevo. Es decir, que un obrero que trabaje diez horas no necesita el equivalente de diez horas de trabajo para satisfacer sus necesidades vitales en función de las necesidades medias de la época en que vive. El equivalente del salario no representa nunca más que una fracción de la jornada de trabajo; y cuanto esté más allá de dicha fracción, constituye la plusvalía, el trabajo gratuito que proporciona el obrero y que el capitalista se apropia sin que exista ningún equivalente. Por otra parte, si tal diferencia no existiera, ningún patrón contrataría a ningún obrero ya que la compra de la fuerza de trabajo no le procuraría ningún beneficio.

Validez de la teoría del valor-trabajo

Para concluir, he aquí tres pruebas tradicionales de la teoría del valor-trabajo.

Una primera prueba es la prueba analítica, o , si se quiere, la descomposición del precio de cada mercancía en sus elementos constituyentes, demostrando que si se retrocede lo suficientemente lejos, se termina encontrando nada más que trabajo.

El precio de todas las mercancías puede reducirse a un cierto número de elementos: la amortización de las máquinas y de las instalaciones, que es lo que llamamos la reconstitución del capital fijo; el precio de las materias primas y de los productos auxiliares el salario; y, finalmente, todo lo que es plusvalía: beneficio, intereses, alquileres, impuestos, etc.

Por lo que respecta a estos dos últimos elementos, el salario y la plusvalía, ya sabemos que se trata de trabajo y sólo de trabajo. En lo relativo a las materias primas, la mayor parte de sus precios se reduce a trabajo; por ejemplo, más del 60% del precio de coste del carbón está constituido por salarios. Si, en un principio, descomponemos los precios de costes medios de la mercancías en 40% de salarios, 20% de plusvalía, 30% de materias primas y 10% de capital fijo, y si suponemos que el 60% del precio de coste de las materias primas se reduce a trabajo, tenemos que el 78% del total de los precios de coste corresponden al trabajo. El resto de precio de coste de las materias primas se descompone en precio de otras materias primas –que, a su vez, son reductibles al 60% de trabajo- y en precio de amortización de las máquinas. En gran parte, el precio de las máquinas comportan un porcentaje de trabajo (por ejemplo, un 40%) y materias primas (40% también por ejemplo). Así, el porcentaje de trabajo en el precio medio de todas las mercancías pasa sucesivamente al 83%, al 87%, al 89’5%, etc. Es evidente que cuanto más prosigamos con esta descomposición tanto más tenderá el precio a reducirse a trabajo, y sólo a trabajo.

La segunda prueba es la prueba lógica; que es la que se encuentra en el principio de El Capital de Marx, y que ha desconcertado a bastante lectores porque, ciertamente, no constituye la manera pedagógica más simple para abordar el problema. Marx plantea la cuestión siguiente: existe un gran número de mercancías. Estas mercancías son intercambiables, lo cual quiere decir que deben tener una cualidad en común, ya que todo lo que es intercambiable es comparable, y todo lo que es comparable debe tener, por lo menos, una cualidad en común. Las cosas que no tienen ninguna cualidad en común son incomparables por definición.

Consideramos cada una de estas mercancías. ¿Cuáles son sus cualidades? En primer lugar, tienen una serie infinita de cualidades naturales, tales como peso, longitud, densidad, color, anchura, naturaleza molecular; en resumen, todas sus cualidades naturales, físicas, químicas, etc. ¿Es posible que alguna de estas cualidades físicas puede constituir la base de su comparabilidad en tanto que mercancías, que puede ser la medida común de su valor de cambio? ¿Puede serlo el peso? Indudablemente, no, porque un kilo de mantequilla no tiene el mismo valor que un kilo de oro. ¿Puede serlo el volumen? ¿La longitud? Los ejemplos demostrarán inmediatamente que la cosa no va por ahí. En resumen, todo lo que sea cualidad natural de una mercancía, todo lo que sea cualidad física, o química, de dicha mercancía, determina el valor de uso, su utilidad relativa, pero no su valor de cambio. El valor de cambio debe hacer abstracción de cuanto sea cualidad natural, física, de la mercancía. En todas estas mercancías debe encontrarse una cualidad común que no sea física. Marx concluye que la única cualidad común de estas mercancías, cualidad que no sea física, es la de ser todas ellas productos del trabajo humano, del trabajo humano considerado en el sentido abstracto de la palabra.

Al trabajo humano se le puede considerar de dos maneras diferentes. Se le puede considerar como trabajo concreto, específico: tal el trabajo del panadero, el trabajo del carnicero, el trabajo del zapatero, el trabajo del tejedor, el trabajo del herrero, etc. Pero en tanto en cuanto se le considere como trabajo específico, concreto, se le considera precisamente como trabajo que únicamente produce valores de uso.

Entonces, se toman precisamente todas las cualidades que son físicas y que no son comparables entre las distintas mercancías. Desde el punto de vista de su valor de cambio, la única cosa que las mercancías tienen de comparable entre sí es que todas ellas son producidas por el trabajo humano abstracto, es decir, son producidas por productores vinculados entre sí por relaciones de equivalencia basadas en el hecho de que todos ellos producen mercancías para intercambiarlas. Por tanto, el hecho de ser el producto del trabajo humano abstracto es lo que constituye la cualidad común de las mercancías, lo que proporciona la medida de su valor de cambio, de su posibilidad de ser intercambiadas. Es, pues, la cualidad de trabajo socialmente necesario para producirlas lo que determina el valor de cambio de esta mercancías.

Apresurémonos a añadir que este razonamiento de Marx es abstracto y bastante difícil a la vez, y que, en todo caso, desemboca en un punto de interrogación que innumerables críticos del marxismo han intentado utilizar sin que les haya acompañado la suerte.

¿El hecho de ser producto del trabajo humano abstracto constituye verdaderamente la única cualidad común de todas las mercancías, independientemente de sus cualidades naturales?

Bastantes autores han creído descubrir otras que, en general, se pueden reducir, a pesar de todo, ya sea a cualidades físicas, ya sea al hecho de ser producto del trabajo abstracto.

Una tercera, y última, prueba de la validez de la teoría del valor-trabajo es la prueba por el absurdo que es, además, la más elegante y la más “moderna”. Imaginemos por un momento una sociedad en la que el trabajo humano viviente hubiera desaparecido por completo, es decir, en que toda la producción estuviese automatizada en un 100%. Claro está que, mientras nos encontremos en la fase intermedia –que es la que conocemos actualmente-, en la cual ya existe trabajo completamente automatizado, es decir, en la cual existen fábricas que ya no emplean obreros, mientras que existen otras en las que el trabajo humano sigue siendo utilizado, no aparece ningún problema teórico particular sino simplemente un problema de transferencia de plusvalía de una empresa a otra. Se trata aquí de una ilustración de la ley de perecuación de la tasa de beneficio, ley que examinaremos más adelante.

Pero imaginemos este movimiento en su conclusión última. El trabajo humano queda totalmente eliminado de todas las formas de la producción, de todas las formas de servicio. En tales condiciones ¿puede subsistir el valor? ¿Qué sería de una sociedad en la que ya no hubiese nadie que tuviera rentas y en la que las mercancías continuaran teniendo un valor, y continuaran vendiéndose? Tal situación sería manifiestamente absurda. Se produciría una masa inmensa de productos cuya producción no crearía renta alguna, puesto que ninguna persona humana intervendría en su producción. Pero se intentaría “vender” dichos productos, que, sin embargo, ya no tendrían comprador. Es evidente que en una sociedad tal la distribución de los productos ya no se haría en forma de venta de las mercancías, venta que, por otra parte, sería totalmente absurda debido a la abundancia producida por la automatización general.

En otras palabras, la sociedad en la cual quedara totalmente eliminado el trabajo humano de la producción, en el sentido más general de la palabra, incluyendo los servicios, sería una sociedad en la cual el valor de cambio habría desaparecido igualmente. Lo cual prueba la validez de la teoría, puesto que en el momento en que el trabajo humano desaparece de la producción, el valor desaparece igualmente.

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