La teoría del valor trabajo: un comentario

¿Han enchironado/encarcelado al ex-ministro Jaume Matas -tiene condena en firme-? No. ¿Han ilegalizado al PP por financiación ilegal, por delitos electorales, por blanqueo de capitales y demás? No. ¿Han depurado las responsabilidades entre los que se cepillaron el sistema financiero español? No. ¿Va a cambiar la política del gobierno para crear empleo? No. Pues a la mierda, nos abstenemos de comentar la realidad ésta que nos ha tocado en la lotería de la historia. Vamos a lo nuestro.

Hoy venimos con aire provocador, o al menos con ganas de agitar consciencias. Si algo hemos repetido desde Marx desde Cero hasta la saciedad es que aquí dogmas, evangelios, cabezas huecas y “señor, sí señor” no queremos ni uno, no nos interesan. Nos va más el rollo crítico, el dudar de todo y no aceptar un “porque lo dice Marx o Lenin” como todo argumento. Con estas premisas no es de extrañar que la entrada de hoy se la dediquemos a una autora crítica del marxismo, “una economista burguesa”, “la keynesiana de izquierdas por antonomasia” tal como se definió ella misma. Si, Joan Robinson exponente postkeynesiano más ilustre de la Cambridge School, líder indiscutible, y miembro destacable de la escuela neorricardiana, principal impulsora de la herencia keynesiana después de la supremacía monetarista, que evidenciaba su apasionada defensa del marxismo teórico, afirmando que “lleva a Marx en los huesos”[1], y, especialmente, que paseaba con descaro sus beligerantes manifestaciones a favor de la revolución cultural maoísta.

En fin, una mujer de armas tomar. El artículo de hoy se publicó originalmente en la Monthly Review, Volumen 29, nº 7 de diciembre de…¡1977!, pero es como si lo leyéramos ayer. Que os sea de provecho.

A. Olivé

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La teoría del valor trabajo: un comentario

Joan Robinson

Joan Robinson-121 (Old Film)Con anterioridad a 1956, Ron Meek era un rígido dogmatista. Era a Ron Meek a quien estaba tomando el pelo en mi texto “Carta abierta de una keynesiana a un marxista”[2]. Meek se ofendió mucho, y todavía estaba dolido cuando escribía la versión original del libro que aquí comentamos, Studies in the Labor Theory of Value [3]. Sus normas extremadamente elevadas de pureza doctrinal quedan patentes por el hecho de que tratara a Oscar Lange y Rudolf Schlesinger, ambos estudiosos de por vida de Marx, como críticos hostiles, conjuntamente conmigo. Lange simplemente sugería que ciertos problemas que aparecen en el marco de una economía de mercado podrían tratarse mejor por medio de métodos ortodoxos; Schlesinger, por su parte, abogaba por una suavización de los estrictos cálculos cuantitativos de la “transformación de valores en precios” con objeto de tratar del monopolio. Tales sugerencias fueron desechadas por heréticas. Por mi parte, el propósito de mi Ensayo sobre economía marxiana [4] (1942) no era criticar a Marx. Lo escribí para alertar a mis colegas burgueses sobre la existencia en El Capital de ideas penetrantes e importantes, ideas que no podían continuar ignorando. En este sentido, el libro alcanzó una cierta resonancia que ciertamente no hubiera tenido de haber sido escrito utilizando la terminología marxista, pero puesto que yo misma era una burguesa, sin duda mi intención había sido reconstruir la teoría ortodoxa del equilibrio. De hecho, ese libro constituía el primer asalto de la “crítica de Cambridge”, crítica que, con la ayuda de Piero Sraffa, acabó por pulverizar la teoría del equilibrio veinte años después.

1956 fue un año repleto de sobresaltos políticos (entre los que deben incluirse los disturbios de Posnan, Polonia, cuando se daba la circunstancia que tanto Ron como yo estábamos allí, de visita, con algunos colegas), y abrió una brecha en la corza del dogmatismo. Ron se convirtió en catedrático y se vio llevado de nuevo hacia la teoría del equilibrio, aunque continuó trabajando en los clásicos pre-marxianos (la parte mejor del libro que comentamos). Cuando Meek pudo ser persuadido finalmente de que preparara una segunda edición, se encontró lamentando la “actitud defensiva y didactismo” de su forma de escribir, aunque no vio excesiva necesidad en cambiar su tratamiento. El volumen que comentamos aquí es una reedición del original al que profesor Meek ha añadido una nueva introducción y un apéndice [5].

VALOR 

La teoría del valor trabajo proporciona el particular lenguaje y conjunto de conceptos en que se formulan las doctrinas marxistas. Se trata asimismo de un ritual distintivo: para “ser marxista”, es necesario “creer en” el valor trabajo. Pero, considerada como una teoría, ¿qué es lo que sostiene? Para los clásicos, se hacía necesaria una teoría del valor que diera cuenta de los precios relativos de las mercancías; mientras el salario real es constante, la teoría de los “precios naturales” de los clásicos es sumamente elemental, pero el valor marxiano es independiente del salario. Los marxistas sugieren con frecuencia que la teoría marxiana del valor provee una teoría de los precios, pero todos sabemos que los precios de las mercancías no pueden ser proporcionales a sus valores cuando existen diferentes relaciones capital/trabajo en las diferentes líneas de producción. Cuando existe una tasa de ganancia uniforme, en una economía capitalista de tipo competitivo, los “precios de producción” son los que rigen. Y sin embargo, de alguna manera, -“en última instancia”, “básicamente” o “a largo plazo” – los precios vienen determinados por los valores.

Se nos dice que la ley del valor gobierna la distribución de los recursos entre las diferentes líneas de producción, pero sin duda ello podría tratarse mejor en términos del proceso de acumulación y de la evolución de la tecnología. ¿O no es así?. A veces se nos dice que es imposible dar cuenta de la explotación si no es en términos de valor, pero ¿para qué necesitamos el valor para mostrar que pueden producirse beneficios en la industria a base de vender las mercancías por encima de su coste de producción o para explicar el poder que poseen los que disponen de dinero u otros recursos financieros de tiranizar a los que no los tienen?. Para algunos, la teoría del valor encierra la totalidad del grandioso poder explicativo de la interpretación materialista de la historia. Pero aquello que significa todo, no significa nada.

Conviene acudir de nuevo al capítulo primero de El Capital para percibir lo que el concepto valor significaba para Marx.

“Tomemos ahora dos mercancías, por ejemplo trigo y hierro. Cualquiera que sea la proporción en que se cambien, cabrá siempre representarla por una igualdad en que una determinada cantidad de trigo equivalga a una cantidad cualquiera de hierro, v. gr.: 1 quarter de trigo = x quintales de hierro. ¿Qué nos dice esta igualdad? Que en los dos objetos distintos, o sea, en 1 quarter de trigo y en x quintales de hierro, se contiene un algo común de magnitud igual”. (El Capital, Ed. F.C.E., I, pág. 5). Este algo común reside en su propiedad de ser productos del trabajo. ¡Aquí lo tenemos! Valor es una cantidad, indefinible de otra manera, que se incorpora a las mercancías merced a las horas-hombre de trabajo requeridas para producir aquéllas.

Esto no es algo en lo que uno pueda “creer” o “no creer”. Es una construcción mental que puede ser útil o no para analizar la realidad.

La gran ventaja de este concepto es que permitió a Marx pensar en términos cuantitativos sin quedarse atascado, como le ocurrió a Ricardo, en el problema de la medición. Conjuntamente con amplios razonamientos históricos y políticos, se encuentran en El Capital  una serie de “modelos” económicos expuestos en términos de valores. El modelo central, el esquema de la reproducción ampliada, ha quedado absorbido –vía Kalecki– por la teoría post-keynesiana y ha sido traducido a términos operacionales.

Ciertos marxistas desaprueban las traducciones. Mantienen que un flujo de producto [output] es una cantidad de valor y que no puede representarse de otra forma. Se trata de puro dogmatismo. La renta nacional del pasado año es algo que realmente “ha ocurrido”. Forma parte de la historia, un conjunto de acontecimientos extremadamente complejo. Hay muchas formas de representar tal flujo y ninguna de ellas es perfectamente satisfactoria. Si dispusiéramos de información completa, sería posible presentar un flujo de producción industrial como una tabla input-output de bienes físicos, tomando en consideración el deterioro, pero no la depreciación financiera, del stock de medios de producción. Podríamos representarlo en términos de flujo de pagos monetarios y fondos de depreciación, o como valor, esto es, la cantidad total de horas-hombre de trabajo realizado durante el año (v+p), más c, el desgaste del stock de medios de producción preexistente, valorado en base al tiempo de trabajo incorporado al mismo. Cuando los precios en términos monetarios no son exactamente proporcionales a los valores, la parte de la ganancia neta en ingresos sobre los resultados no es exactamente equivalente a la plusvalía. En tal caso, lo operativo es el cálculo en términos monetarios, puesto que las decisiones de los empresarios que controlan la inversión y la distribución de la renta se ven influenciadas por los beneficios, no por los valores.

El concepto de valor permitió a Marx prescindir de un tratamiento exacto de los precios relativos. Los precios no aparecen en el volumen I de El Capital, y el análisis contenido en el volumen 3 (el problema de la transformación) es muy esquemático. Siempre he pensado que los marxistas cometían un error al dejarse arrastrar al terreno de la teoría de los precios, terreno en el que los economistas ortodoxos podían apuntarse varios tantos (a pesar de que su propio análisis de los precios está lejos de ser satisfactorio). Lo que los marxistas tenían que haber afirmado es lo siguiente: prescindamos de los precios; ya tendremos oportunidad de tratar de ellos más adelante; entretanto, lo que nos interesa es el modo de producción, la tasa de acumulación y la distribución de la renta; tenemos una teoría sobre la parte de la renta correspondiente a los beneficios (la tasa de explotación); esta parte correspondiente a los beneficios es mucho más importante que la tasa de ganancia; dicha parte es algo que ocurre en la realidad y afecta las vidas de la gente, la tasa de ganancia es un cálculo mental.

Pero los marxistas, naturalmente, nunca admitirían que existiera problema alguno que el valor no pudiera resolver, y forcejearon para probar que los precios son proporcionales a los valores, cuando no lo son.

Las teorías expuestas por Marx en términos de valor son la base indispensable para un tratamiento de la economía del capitalismo, base que la escuela ortodoxa no ofrece. Muchos de los conceptos marxianos son incluso más relevantes en nuestros propios días que cien años atrás. Por ejemplo, una mercancía es algo que se produce empleando trabajo con objeto de venderlo. Marx afirmó que una mercancía debe tener un valor de uso, de otra forma nadie la compraría, pero en la actualidad el valor de uso se convierte cada vez menos esencial. Lo que genera la demanda es la presentación, la publicidad, el arte y la maña de vender.

El concepto marxiano de la naturaleza de un sistema económico, caracterizado por la forma en que se controla la producción y se extrae un excedente de la misma, es más importante que nunca, puesto que en la actualidad coexisten en el mundo muchos sistemas entre los que se da una interacción mutua: diversos tipos de socialismo y fases superpuestas del desarrollo del capitalismo, así como residuos de feudalismo en el Tercer Mundo. El tema central en la enseñanza de la economía debiera ser la naturaleza de los sistemas productivos, pero se trata de un tema que se elude, en general, por temor a que el capitalismo no necesariamente obtuviera siempre las mejores puntuaciones.

La interacción entre fuerzas de producción y relaciones de producción constituye, para la interpretación de la historia, una clave inestimable, y ello a pesar de que las predicciones de Marx sobre los resultados de tal interacción todavía no se han cumplido.

Todo ello fue percibido por Marx en términos de valor, pero aquellas partes de la teoría más estrechamente ligadas con dicho concepto son las menos satisfactorias. Existen diversas afirmaciones que para Marx parecían contener verdades importantes y que, en la actualidad, parecen a nuestros ojos únicamente metáforas. La fuerza de trabajo se vende como una mercancía y, al igual que todas las mercancías, se intercambia por su valor. El valor de la fuerza de trabajo significa un salario suficiente para permitir a los obreros el mantenimiento de sus familias a un nivel de vida usual. Pero llamar a esto valor no explica nada. Sabemos que, en los países ricos, el nivel de vida mínimo y aceptable está siempre ligeramente por encima de la media real, de forma que la mayoría vive por debajo de ésta; en los países pobres, no hay límite inferior para el nivel de subsistencia; la desnutrición hace que la gente sea más pequeña en estatura y en peso y que se reduzca la duración de su vida. El valor en este caso no nos soluciona nada.

Otro ejemplo. Marx define la tasa de explotación como el cociente entre la parte de la jornada de trabajo en que un hombre produce para sí mismo (creando bienes de consumo para los obreros [wage goods] y la que trabaja para el capitalista. Pero un hombre no puede, por sí solo, producir nada.

Es el conjunto de la fuerza de trabajo que produce el producto total. Tenemos que dar un rodeo y establecer el producto neto total y la relación entre beneficio neto y salarios antes de que podamos aplicar la relación a la división de la jornada de trabajo. El tiempo que un hombre utiliza para trabajar para sí mismo constituye una llamativa metáfora, no una proposición analítica.

El caso más desgraciado lo constituye la confusión que se establece entre stock y flujo en el concepto de capital variable. (Este era el punto sobre el que me cachondeaba de Ron Meek en mi “Carta abierta”.) Puesto que únicamente el trabajo produce valor, Marx mantiene que tan sólo genera excedente la parte del capital invertida en el empleo de trabajo. El capital constante –el stock de medios físicos de producción- transfiere al flujo de valor únicamente el valor incorporado a él en el pasado. Pero, ¿qué quiere decirse con la parte del capital que emplee trabajo? ¿Se trata de un fondo de salarios?

El fondo de salarios es un concepto financiero que depende de los períodos de rotación de los procesos específicos de producción. Se trata seguramente del flujo de desembolsos correspondientes a la nómina de salarios que emplea trabajo y genera excedente (beneficio neto), ¿o no?

Marx escribe el flujo de producto, en términos de valor, por año, pongamos por caso, de esta forma: c+v+p (sustitución de los medios de producción consumidos, salarios y excedente). Aquí, obviamente, v es la nómina de salarios de un año. Pero a continuación Marx escribe (c+v) para presentar el stock de capital y p/(c+v) para la tasa de ganancia.

Todos estos son puntos de exposición que podrían ser clarificados si los marxistas aceptaran rectificar las fórmulas, pero hay ciertos casos en los que el concepto de valor parece realmente equívoco.

Según sugiere Marx, cuando predominaba la producción simple de mercancías, esto es, cuando los campesinos y artesanos eran propietarios de sus propios medios de producción, aquéllos intercambiaban los bienes que producían entre ellos mismos como valores; esto es inconsistente en el propio análisis de Marx. ¿Cómo pueden ser tratados como valores los productos del herrero y del tejedor que hila a mano? Es cierto que se trata de mercancías diseñadas para el intercambio, no para el consumo propio, pero ¿cómo debe procederse para el cálculo del tiempo de trabajo incorporado a cada una? Para un artesano no existe una distinción tajante e inmediata entre el tiempo de trabajo y ocio; no existe tampoco una distinción tajante e inmediata entre inversión y consumo (el capital circulante de un artesano, que éste reabastece de vez en cuando por medio de las ventas, incluye el consumo de su familia). Además, cada tipo de trabajo que se realiza en una fragua, el trabajo del tejedor es trabajo que se realiza en un telar. Únicamente el empleo a cambio de un salario, como dijo Marx, es reducible a trabajo abstracto, trabajo que se mide en términos de la cantidad de horas-hombre, indiferenciadas.

Hay otro punto en el que una argumentación en términos de valor es engañosa. La composición orgánica del capital se escribe como c/v, pero significa la “relación entre trabajo muerto y trabajo vivo”, esto es, el valor del stock de medios de producción por unidad de trabajo actualmente empleada. (Sería mejor escribir tal relación como C/L). Marx creía, lo cual era natural en la era del ferrocarril, que la acumulación va asociada con una composición orgánica continuamente creciente (progreso técnico con un fuerte sesgo de carácter utilizador de capital). Marx argumentó como sigue: c/v crecerá de forma indefinida, y p/v (la tasa de explotación) no puede elevarse indefinidamente; por tanto, antes o después, p/(c+v), relación que corresponde a la tasa de ganancia sobre el capital, tenderá a decrecer. Pero esto es una conclusión errónea, non sequitur. La composición orgánica es la relación capital-trabajo, no la relación capital-producto [output]. La verdadera razón por la que los capitalistas elevan la composición orgánica reside en el incremento del producto por hombre, no en términos del valor (que no pueden alterar) sino en términos de mercancías físicas vendibles. A medida que aumenta el producto por hombre, se crean las condiciones para un incremento de los salarios reales en términos de mercancías, o de la tasa de ganancia sobre el capital, o de ambas a la vez (la forma en que se distribuye el incremento entre los dos depende del poder de mercado de las partes implicadas, es decir, de los avatares de la guerra entre clases). Este error debe atribuirse al hábito de pensar en términos de valor. Una elevación de la composición orgánica equivale a un descenso del valor del producto (p+v) por unidad de capital. ¿Y qué?

Numerosos y fervientes marxistas han tratado de salvar la argumentación a base de mezclarla con una función de producción neoclásica, lo que aún empeora más las cosas.

El concepto de valor contribuyó ciertamente a que Marx llegara a su interpretación de la historia, de la política y de la economía. No obstante, podemos aprender de sus ideas sin necesidad de permanecer atascados en los surcos que le condujeron a ellas.

PRECIOS 

En su nueva Introducción, Meek reformula lo que en su opinión es la esencia de la teoría del valor trabajo en términos de la obra de Piero Sraffa Producción de mercancías por medio de mercancía, aunque lo cierto es que no ilumina excesivamente el asunto. Esta última obra no contiene explicaciones que ayuden a comprender a qué se refiere[6]. Mi punto de vista personal es que debe ser entendida como sigue[7].

Las ecuaciones de producción representan un cuadro formalizado de una economía supuestamente real, en la cual va realizándose la producción real (se trata, por así decirlo, de una radiografía que muestra su esqueleto). Hay una determinada fuerza de trabajo empleada y un flujo especificado de artículos continuamente consumidos y recreados en el proceso de producción. (El capital fijo se trata por separado). En cada período surge un determinado producto excedente, por encima y además de la sustitución de los artículos consumidos. Se trata de un excedente en el sentido de producto neto (v+p), no de plusvalía (p).

Las ecuaciones de Sraffa describen la técnica de producción en uso en términos de una tabla input-output. (Este es un concepto que parecía más original cuando fue concebido que treinta años después, cuando apareció publicado en 1960). Con frecuencia se plantea la cuestión; ¿qué ocurre con las economías de escala? ¿Qué ocurre con la demanda? En la economía cuyo cuadro se está trazando, existe una cierta composición particular del producto que se produce en unas ciertas proporciones particulares; no hay campo para las variaciones de escala. Puesto que no hay bienes no vendidos, debe existir simplemente la demanda suficiente como para absorber el producto neto, con los precios y las rentas dadas. No hay campo para las variaciones de los “gustos”. El producto va siendo absorbido porque se produce, y va siendo producido porque se absorbe.

Ni tampoco hay variación alguna en la técnica. Las existencias de inputs en curso hoy fueron producidas en el pasado por los mismos procesos que se utilizan hoy, y las existencias se reponen de forma que estén disponibles para su uso mañana en los mismos procesos.

Ahora bien, manipulando las ecuaciones podemos calcular el tiempo de trabajo directa e indirectamente requerido para producir una unidad de cada mercancía (por el método de los subsistemas). Tenemos aquí, por primera vez, una exposición exacta (dentro de las especificaciones del modelo) del significado del valor. El valor de cualquier mercancía es únicamente una cantidad de horas-hombre, pero el trabajo no podría haber producido tal mercancía sin un stock, preexistente, de inputs apropiados; parte del trabajo indirectamente requerido para producir la mercancía es aquel que sustituye a los inputs. Por mucho que nos remontáramos en el pasado, mentalmente, nunca llegaríamos al primer hombre que produjo el primer producto [output] con el único recurso de sus manos.

Ir hacia atrás es un movimiento en el tiempo lógico. En la historia, desde luego, si rastreáramos la producción en dirección a sus orígenes pronto deberíamos llegar a una técnica más antigua a partir de la cual se desarrolló la presente, y si retrocedemos directamente a los cazadores que atrapaban castores y ciervos, nos encontraremos con que los inputs eran suministrados por la naturaleza. (El tiempo lógico puede trazarse de izquierda a derecha en la superficie de una pizarra. El tiempo histórico se mueve desde el oscuro pasado a sus espaldas hacia desconocido futuro que tiene delante.)

Llegamos ahora al meollo del asunto. Las ecuaciones técnicas no pueden por sí solas explicar los precios. En la economía real, rigen unos precios. Podemos postular una tasa de ganancia uniforme, y cuando es una tasa fijada –una tasa porcentual por períodos de rotación- podemos establecer cuáles deberían ser los precios. Pero ello no es sino lo que da la casualidad que son. Los precios no se hallan determinados por las condiciones técnicas.

Esto queda demostrado por medio de otro cálculo conceptual. Desplacemos la tasa de ganancia por todos los valores, de cero hasta el valor máximo, haciendo variar correspondientemente la participación de los salarios en el producto neto, decreciendo de uno a cero, y obsérvese cómo se comportan los precios. En el tiempo histórico, naturalmente, no sería posible tener la misma composición física del producto con participaciones de salarios y beneficios ampliamente diferentes (los capitalistas desearían obtener su participación en acero y caviar, los obreros en queso y botas). El cálculo es únicamente un movimiento en el tiempo lógico.

Ahora bien, ¿cuál era el objeto de esta meticulosa construcción (y de las muchas elaboraciones del caso simple que contiene el libro)? El objeto era un “Preludio a una crítica de la teoría económica”. Tal construcción pone fuera de combate, de una vez por todas a la teoría de la productividad marginal de la distribución. Esta teoría pretendía mostrar cómo las condiciones físicas de la producción determinan las “remuneraciones” de los “factores de la producción” de acuerdo con la aportación de cada uno de ellos al producto de la industria.

Desde luego, ustedes y yo siempre hemos sabido que esa teoría era absurda, pero por mucho que los marxistas la cañonearan desde el exterior nunca consiguieron derribarla. Ahora ha sido explosionada desde el interior.

El objetivo de Piero Sraffa se hallaba centrado en la ortodoxia pero, de pasada, Sraffa ha mostrado a los marxistas cómo resolver el “problema de la transformación” y ha dado respuesta al antiguo rompecabezas: ¿proporciona la teoría del valor trabajo una teoría de los precios? La respuesta es que los precios normales no son, en general, proporcionales a los valores aunque unos y otros se hallan relacionados entre sí de una forma precisa y sistemática a través de la tasa de ganancia. (Si la tasa de ganancia no es uniforme, los precios pueden hallarse en una total confusión, como ciertamente lo están habitualmente.)

La siguiente pregunta es: ¿qué determina la tasa de ganancia? Si nos basamos en las indicaciones del modelo, podría ser cualquier cosa.

Algunos lectores han interpretado el cálculo de los movimientos ascendentes y descendentes de la tasa de beneficio y la participación de los salarios como una referencia a la guerra entre clases. Pero se trata de un total malentendido.

Con una única técnica y un producto neto dado, queda poco espacio para una lucha en torno a los salarios y, en cualquier caso, tal movimiento es únicamente un movimiento de la vista que sube y baja a lo largo de una curva en la pizarra.

En la economía real, en el momento en que fue tomada la fotografía de la misma, la participación de los salarios había sido ya alumbrada por la historia pasada, y en el futuro real, que se halla ante la pizarra, se verá influencia por la interacción del cambio técnico, la acumulación de capital, el crecimiento del monopolio, el poder negociador de los sindicatos y la intervención, benevolente u hostil, del Estado.

El modelo de Sraffa dice muy exactamente lo que tiene que decir y nada más.

Sobre este extremo, Meek se halla en un error. Trata de plasmar, a base de manipular las ecuaciones, un proceso histórico de transición de un mundo precapitalista –en el que regían los precios determinados por los valores –al capitalismo, con una tasa de ganancia uniforme (págs. XXXIII y siguientes). Proyectar el problema de la transformación sobre la historia parece algo muy traído por los pelos: no es posible que haya ocurrido nada parecido. Además, presentarlo en términos del modelo de Sraffa es completamente ilegítimo. La producción simple de mercancías no fue una tecnología input-output sino un conjunto de grupos independientes de productores y su propio equipo. El profesor Meek tenía que haber recordado lo suficiente del marxismo de Ron para reconocer la diferencia entre modos de producción distintos.

La contribución de Sraffa al marxismo es básicamente negativa: deshacerse de la basura de la teoría ortodoxa. Les toca ahora a los marxistas escapar del caparazón del dogmatismo y emprender la construcción de la economía política de hoy en el espacio que Sraffa ha clarificado.

NOTAS


[1] Véase ‘An open letter from a Keynesian to a Marxist’, en Collected (1973).

[2] Reproducido en Joan Robinson, Collected Economic Papers, Vol. 4 (Oxford: Blackwell’s, 1971). Traducción Castellana: Ed. Martínez Roca)

[3] Studies in the Labor Theory of Value [Estudios sobre la teoría del valor trabajo], Ronald L. Meek. Monthly Review Press, 2ª ed., con una nueva introducción del autor.

[4] Traducción castellana: Introducción a la economía marxista, Ed. Siglo XXI, Madrid

[5] Este Apéndice, “El método económico de Karl Marx”, puede encontrarse en castellano en el libro de R. Meek Economía e ideología (Ed. Ariel, Esplugues de Llobregat, Barcelona, 1972, págs. 141-171). (N. del T.)

[6] Piero Sraffa, Producción de mercancías por medio de mercancías; 1ª ed. en inglés, 1960; 1ª ed. en castellano, 1966 (Oikos-Tau, Vilassar de Mar, Barcelona). Joan Robinson se refiere probablemente a lo que en otro texto ha caracterizado con más lujo de detalles: en  Producción de mercancías por medio de mercancías “se entra de lleno en el planteamiento sin ninguna discusión preliminar de los supuestos y sin delimitar las materias. Evidentemente nos encontramos en una economía capitalista, pero a fin de evitar las ambigüedades que se han acumulado en torno a la palabra, nunca se menciona el capital. Existen beneficios, pero no hay empresas; existen los salarios, pero no hay semanales; existen los precios, pero no hay mercados. Nada se especifica aparte de las ecuaciones de producción y las condiciones de intercambio necesarias”. Joan Robinson, Teoría económica y economía política económica (Ed. Martínez Roca, Barcelona, 1975), pág. 20. (N. del T.)

[7] Debo insistir que lo que sigue es únicamente mi propio punto de vista. Piero se ha mantenido siempre cerca del Marx puro y sin adulterar, y considera con suspicacia mis correcciones. Los dogmáticos afirman: “Sraffa no es un marxista”, y se han inventado una categoría especial –la de neo-ricardiano- para encasillarle. Al parecer, un neoricardiano es alguien que piensa que vale la pena asumir cantidad dificultades con tal de expresar sus ideas de forma precisa, mientras que para “ser un marxista” es necesario repetir, sin digerirlas, frases librescas.


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8 respuestas a La teoría del valor trabajo: un comentario

  1. JG dijo:

    En la Ciencia Económica es sencillo clasificar a las corrientes de pensamiento económico: por su posición respecto a la formación del valor; Sraffa es considerado Neo-Ricardiano por su posición respecto a la Teoría del Valor (sea Objetiva o Subjetiva), sin embargo, algunos consideramos que debería ser catalogado como Pre-Ricardiano, pues retrocede en términos teóricos respecto a su referente intelectual. El problema de la transformación de valores precios de producción ya fue resuelto de forma contundente por Alejandro Valle Baeza (véase “Valores y Precios. Investigación Económica, Octubre-Noviembre 1978, Número 146, Volumen XXXVII, pp. 169-203”) donde parte precisamente de las críticas de Bühm-Bawerk, Bortkiewicz y Sraffa, procediendo a demostrar teórica y matemáticamente la solución al problema. Los Post-Keynesianos (especie en peligro de extinción) se han caracterizado por no comprender muchos conceptos fundamentales del Marxismo (y Joan Robinson no es la excepción -a pesar de haber sido una enorme economista-, por ejemplo, cuando en sus críticas deja claro que no conoce los conceptos de trabajo pasado, trabajo simple al realizar sus críticas sobre el concepto de la composición orgánica del capital -aunque sí tiene razón en los problemas empíricos que representa respecto a la teoría- o cuando habla de que Marx no previó una teoría de la demanda efectiva -señal inequívoca que nunca revisó bien los Esquemas de Reproducción Ampliada y olvidó que la intención de Marx no era salvar el capitalismo-); curiosamente los Post-Keynesianos, aunque flamantes ganadores de la Controversia de las Dos Cambridge, fueron incapaces de plantear una forma de medición del output, lo cual es sumamente importante para que la Ciencia Económica se pueda considerar preicsamente como eso, como Ciencia; en la Biología tienen mecanismos de medición de, por ejemplo, el resultado de una configuración genética producto de la procreación entre dos individuos de la misma especie (los alelos, gametos, deriva genética, enjutas adaptativas y no adaptativas, etc.), en la Física igualmente (allá en Ginebra hace pocos años por fin encontraron la partícula maldita, lo cual tiene implicaciones en la medición de materia en el Universo, solo por mencionar un ejemplo) pero la Economía, como buena Ciencia Social se encuentra en estado de precariedad (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=201913) y el Marxismo es la única corriente de pensamiento económico llamada a sacarla de semejante estado (pues los Neoclásicos no hacen Ciencia sino apologías y los Post-Keynesianos, aunque pueda resultarles ofensivo, son producto de la Escuela Neoclásica, pues ser Neoclásico o tener su genésis teórico en ellos va muchísimo más allá de aceptar o rechazar la función de producción -lo cual es una noción mramente matemática: problemas de agregación (heterogeneidad del capital), problemas de dimensionalidad (heterogeneidad en unidades de medición) e indeterminación (necesidad de usar la tasa de ganancia n-1 para determinar la tasa de ganancia n)-). En fin, me suscribo a este blog, me parece muy bueno y me ha sorprendido gratamente, no pensé que en el “viejo” continente pudieran existir blogs así (de hecho, tampoco en el “nuevo”, pues lo que abunda e dogmatismo de izquierda y ni siquiera dogmatismo académico sino político-ideológico). Felicitaciones por la victoria de “Podemos”, ya romper el bipartidismo es un enorme avance democrático, aunque en el concepto de democracia burguesa eso no termine de encajar como avance. Un abrazo fraterno.

  2. Les recomiendo ver la explicación de la transformación en valores y precios de la TSSI realizada por Kliman y/o Freeman, así como la más reciente explicación de Fred Moseley sobre el tema.

  3. piracetam dijo:

    Marx dice que la tasa general de ganancia es la fuerza impulsora de la producción capitalista y constituye la ley reguladora de la sociedad capitalista. Por la misma razón, para Marx, la ley fundamental de la competencia capitalista no es la ley que regula la oferta y la demanda entre mercancías (los precios de mercado) sino la ley que rige la competencia entre capitalistas (la tasa de ganancia media), que regula la distribución del plusvalor entre ellos según la masa de capital con la que cada uno participa en el común negocio de explotar trabajo asalariado.

  4. carlx dijo:

    Interesante, .., el problema es que a Sraffa no se lo puede leer sin tener conocimientos de matemáticas avanzadas.

    • Antonio Olivé dijo:

      Hola carlx, gracias por tu opinión y por visitarnos. Así es, leer a Sraffa no es sencillo: tal como dices se necesitan buenos conocimientos de matemáticas y de economía. De hecho, Marx desde cero ya lo indicaba así en una de nuestras primeras entradas: Aspectos de la economía de Sraffa

      Un saludo,
      A. Olivé

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