Presente y futuro del marxismo

No deja de resultar paradójico y sintomático que casi siempre que hablamos del presente y futuro del marxismo acabemos hablando del pasado. No se si se trata de la añoranza de un pasado idealizado, con grandes y potentes organizaciones obreras, con una patria proletaria poderosa (aunque de idealizado no tiene nada, si no de qué se iban a dar tanto recorte) o la impotencia de armar un presente alternativo frente a un descomunal adversario de clase. Lo cierto es que el pasado está ahí, con su debe y haber, con sus aciertos y errores. Que somos herederos de ese pasado y que sobre el mismo se dan las bases para construir un futuro cargado de esperanza.

Y para empezar a reafirmar esas bases contamos hoy con un escrito de una autora que ya conocemos en el blog, Montserrat Galcerán Huguet (autora de Friedrich Engels (1820-1895) y Marxismo, Materialismo Histórico y Materialismo Dialéctico). En esta entrada (de la que hoy hacemos la primera entrega), tal como dice la autora “el objetivo del artículo es pues, como indica el título, abordar el presente y el futuro del marxismo, no relatar su pasado,[…] sino de abordar los debates planteados en la actualidad y esbozar su proyección futura”.

A. Olivé

Presente y futuro del marxismo

Montserrat Galcerán Huguet

Hablar de «presente y futuro del marxismo» en el primer año del siglo XXI, después del sangriento y cruel siglo que acabamos de terminar, tiene algo de provocación. Muchos piensan que el marxismo no podrá recuperarse jamás de su trágico pasado. Defienden dicha tesis no sólo intelectuales conservadores o anti-marxistas de toda la vida, sino radicales de diverso tipo o conversos avergonzados de sus entusiasmos anteriores. Vaya por delante que quien esto escribe, aún sin cerrar los ojos ante aquellos desmanes, no cree que sea fácil ni mucho menos que sea provechoso clausurar una larga tradición que con sus pros y sus contras ha ayudado a definir las luchas obreras y sociales del último siglo en sus enfrentamientos con el sistema capitalista, todavía vigente. Con mayor razón si se tiene en cuenta que, ya desde los años veinte, voces también marxistas aunque minoritarias, se pronunciaron contra el modo en que esta teoriza estaba siendo utilizada y desvirtuada para legitimar determinados sistemas sociales. Sin duda el problema es complejo: no pretendo insinuar que nada tuviera que ver la interpretación oficial del marxismo de los partidos comunistas, especialmente en el caso de ser partidos gobernantes, con la situación política, social y económica creada en sus respectivos países, pero no parece que las decisiones tomadas, especialmente a partir de los años treinta fueran aplicación pura y simple de una doctrina; más bien creo que se usaba la referencia al marxismo, convertido en doctrina oficial pero por ello mismo intangible, como fuente de legitimación de una política que obedecía a otros móviles y tenía otras intenciones. Tampoco me parece justo responsabilizar a los comunistas en Occidente que, en tantos casos, siguieron una política de oposición y enfrentamiento con los gobiernos de sus respectivos países que les causó tantos sufrimientos, de la corrupción imperante en otros lugares. En Europa el primer intento ha fracasado; tal vez algún otro le seguirá con éxito inesperado.

El objetivo del artículo es pues, como indica el título, abordar el presente y el futuro del marxismo, no relatar su pasado ya que no se trata de revisar la historia del movimiento teórico y político denominado «marxismo», sino de abordar los debates planteados en la actualidad y esbozar su proyección futura, en el caso de que sea posible. Aun así tendré que volver en más de una ocasión al modo en que los temas han sido debatidos en el marco de la tradición marxista cuya trayectoria histórica es importante no perder de vista. A ello debe servir esa corta introducción.

1. Introducción histórica

Cuando en su interesante ensayo Tras las huellas del materialismo histórico, P. Anderson comentaba, con términos ciertamente escépticos, la crisis del marxismo durante los años setenta, resaltaba que dicha crisis había afectado especialmente al marxismo «latino»: francés, italiano y aunque sólo fuera por extensión, al español que, paradójicamente, habían sido las tradiciones marxistas más potentes de la segunda mitad del siglo. Por el contrario, constataba la vitalidad del marxismo anglosajón, menos espectacular quizás, pero capaz de elaboraciones interesantes en ciencias económicas, históricas, sociológicas y políticas.(1) Leídas en su momento, a finales de los ochenta, dichas reflexiones suscitaron más de una sonrisa. Asistíamos en el mundo cultural a la desaparición casi total de la tradición marxista que, hasta ese momento, había sido punto de referencia inexcusable tanto para unos como para otros y que en los años sesenta había protagonizado debates de amplia repercusión.

Ciertamente se trataba de un fenómeno de carácter no sólo teórico. La segunda mitad del siglo XX contempló no sin sorpresa el abandono del marxismo por parte de los partidos socialistas y socialdemócratas que cien años antes lo habían creado. Uno tras otro, los partidos socialistas europeos se deshicieron de esta doctrina a partir de los años cincuenta. El primero y el más importante fue el partido socialdemócrata alemán que, no en balde, había sido también el primero en formular la doctrina y convertirla en seña de identidad partidaria. Sin duda muy largo fue el camino que llevó a Kautsky desde el programa de Erfurt en 1891, cuando el marxismo es definido como teoría básica del partido al de Heidelberg (1925) cuyas formulaciones son mucho más laxas; en el de Bad Godesberg (1959) desaparece cualquier referencia a la dinámica histórica que es sustituida por la presentación de las contradicciones de nuestro tiempo cuando el hombre es capaz de producir energía atómica, pero a la vez teme sus consecuencias y no es capaz de asegurar un mínimo bienestar.(2)

Si bien este cambio estuvo condicionado por las presiones del final de la Segunda Guerra Mundial, abrió a su vez el periodo de reactivación económica que la siguió, momento en que los partidos socialistas orientaron todas sus fuerzas hacia la consolidación del denominado Estado del bienestar. Ya a finales del siglo XIX, el marxismo socialdemócrata había intentado casar la teoría de la lucha de clases como motor de las transformaciones sociales con una concepción de la evolución histórica que dejaba poco margen a una posible revolución. Ésta se interpretaba como resultado de un derrumbe brutal del sistema capitalista que pondría ante los partidos obreros y socialistas la necesidad de gestionar la producción social. Después de las experiencias, traumáticas, de la guerra y el fascismo, esos partidos, sin abandonarla del todo, intentaron compatibilizar esa teoría evolutiva de la historia con la inserción masiva de los trabajadores en el sistema capitalista por medios económicos y de consumo, institucionales, políticos y sociales. La lucha de clases y los movimientos sociales de resistencia parecían efectivamente cosas del pasado.

En los primeros decenios del XX, el triunfo de la revolución rusa y la consiguiente división del movimiento obrero entre socialistas y comunistas trajo consigo, no sólo una profunda revisión del ideario socialdemócrata, sino el inicio de una nueva lectura de los textos clásicos. El leninismo es en parte resultado de la lectura directa de los textos de Marx y Engels que Lenin sin duda conocía bien, pero también del modo como interpretó los acontecimientos de su época elaborando una concepción novedosa del modo en que las clases trabajadoras y los sectores populares podían intervenir en lo político. Stalin se encargó de codificar, no con mucho acierto, las nuevas perspectivas, ofreciendo un resumen de las tesis «marxistas-leninistas» principales. Al menos teóricamente ése será el marxismo defendido por los partidos comunistas aunque se introduzcan matices y motivos de diverso tipo.

Para el movimiento obrero internacional la primera consecuencia de envergadura de la revolución rusa fue la división en las organizaciones obreras, así como el crecimiento de lo que hasta entonces había sido una especie de ala izquierda algo residual. Es cierto que el movimiento en su conjunto ya había quedado muy debilitado por la Primera Guerra Mundial, cuando importantes partidos socialdemócratas, entre otros el alemán, e importantes sectores obreros y populares, habían apoyado la política bélica de sus respectivos gobiernos. Pero el debate en tomo a la postura a adoptar ante los acontecimientos en Rusia profundizó esa división y condujo a una separación entre socialistas y comunistas que todavía perdura.

Hasta ese momento, los partidos socialistas o socialdemócratas y los sindicatos obreros o movimientos ligados a ellos habían sido ampliamente mayoritarios y unitarios (3). Se trataba de organizaciones que se decían revolucionarias y que pretendían llevar a cabo una revolución «social» anti-capitalista o «socialista ». Lo característico de su discurso y de su estrategia consistía en la convicción, bautizada por Kautsky como materialismo histórico, de que esa revolución se produciría como resultado de la maduración de las condiciones históricas, básicamente de las económicas. Dado que el capitalismo tendía incesantemente a aumentar la producción de riqueza, absorbiendo cada vez más ramas de la producción y asalarizando a mayores contingentes de la población, en algún momento la mayoría de la población ya asalariada se haría cargo de los mecanismos de una producción en gran parte socializada y eliminaría la delgada capa de propietarios privados que mantenía el control sobre ella. Ese proceso, pensaban los socialdemócratas, si bien no excluía episodios violentos, podría producirse de un modo sustancialmente pacífico y legal. Bastaría con obtener la mayoría política en las Instituciones clave del Estado para, por medio de decretos legales y medidas políticas, llevar a cabo tal transformación.

La acción política de los movimientos de masas, las movilizaciones, manifestaciones, grandes huelgas políticas, incluso la huelga general revolucionaria, mítines, propaganda…, tenían un papel de apoyo, de ampliación, de propagación del  movimiento, pero quedaban supeditadas a aquella estrategia política. Los acontecimientos en Rusia dieron un vuelco a ese planteamiento. No sólo los bolcheviques no estaban dispuestos a esperar pacientemente el momento histórico preciso —Rusia no era un país económicamente desarrollado y capitalistamente maduro para el socialismo con una socialización avanzada y un proletariado maduro—, sino que la táctica desarrollada con la toma de los centros de poder por una minoría armada quedaba fuera de todos los cánones.

Lenin fundamentó la nueva estrategia en dos puntos centrales:

1. Caracterizó el capitalismo como imperialismo, es decir, mostró que no bastaba con concebir el capitalismo como un sistema nacional, de tal modo que acceder al poder en una nación fuera suficiente para iniciar su reorganización, sino que el capitalismo actúa como una cadena de poderes imperiales, concatenados a escala mundial. En esa cadena puede ocurrir que una revolución sea más fácil en un país relativamente poco desarrollado, ya que en él quizá el poder resulte más débil que en los grandes centros. Ese sería el caso de la Rusia zarista, un país endeudado, poco industrializado, debilitado, con un fuerte campesinado y en plena guerra.

Ciertamente Lenin tomó elementos para su teona del imperialismo de otros autores como J.A. Hobson, R. Hilferding, R. Luxemburgo y K. Kautsky, pero le dio un matiz especial al entenderlo como «guerra civil a nivel mundial» y no solamente como una ampliación de la dominación capitalista a escala mundial que lleva a la catástrofe.

2. Lenin presentó, además, las movilizaciones populares como agentes de la revolución, ampliando el espectro de las fuerzas revolucionarias al campesinado no-propietario, capa muy amplia en algunos países como Rusia o España. La famosa toma del palacio de invierno, inmortalizada en el cine y la literatura, estuvo precedida por un fuerte movimiento huelguístico durante 1916; en febrero-marzo de 1917 la unidad entre los movimientos sociales y parte de las guarniciones ya había logrado derribar al zar y crear un gobierno provisional apoyado por los soviets.

A estas dos consideraciones se unió una apreciación táctica importante: la idea de que no había por qué esperar al final de la guerra para impulsar la revolución mundial, sino que, según el lema leninista de «transformar la guerra en revolución», se podía y se debía intervenir lo antes posible en el sentido de esa transformación. Con ello, la revolución dejaba de ser el «objetivo final» del discurso socialista para convertirse en una posibilidad real e inminente en cualquier país, desarrollado o no, con tal de que contara con un movimiento socialista suficientemente fuerte, organizado y autónomo.

A principios de 1918 la revolución se impone en Rusia pero no se extiende a nivel mundial ni siquiera europeo. La revolución alemana de 1918-1919 es aplastada, y la guerra termina con una paz por separado, la famosa paz de Brest-Litovsk (1918) en la que la nueva Rusia queda descolgada de lo que vaya a ocurrir en Europa. El dilema para los bolcheviques del momento estaba claro: la revolución socialista mundial no iba a tener lugar; se imponía, pues, un repliegue que protegiera la «revolución en un solo país». Sin embargo, los problemas aumentan: guerra civil, boicot de los países capitalistas, devastación y hambre… Lenin murió en 1924 y como es sabido tras la contienda entre Trotski y Stalin, le sucedió este último.

El impulso de la revolución promovió la creación de los Partidos comunistas, surgidos en los años inmediatamente posteriores, desde 1918 los más tempranos, a finales de la década de los veinte los más tardíos. En todos los casos estaban integrados por simpatizantes del bolchevismo procedentes del ala radical del marxismo de la época, de la izquierda de los partidos socialistas, de grupos anarco-sindicalistas o sindicalistas revolucionarios, de nuevas generaciones, anteriormente despolitizadas que se sumaron al entusiasmo por la revolución… A partir de la formación de la Tercera Internacional en 1919, esos partidos se pronunciaron cada vez más por la defensa de la revolución bolchevique llegando a constituir una armazón interiormente muy cohesionada en tomo al partido de la URSS.

La revolución bolchevique dio impulso a la mayor transformación del mundo durante el siglo XX. Como respuesta a ella se abrió camino una formidable contra-revolución cuyos momentos más característicos fueron el fascismo de los años treinta y la guerra fría posterior a la Segunda Guerra Mundial. En ese largo decurso los Partidos comunistas perdieron el vigor con el que surgieran en la década de los veinte y, si bien la revolución china y las luchas de liberación nacional han cambiado la faz del mundo, hasta ahora han tenido pocas repercusiones políticas en los movimientos anti-capitalistas de la vieja Europa. La caída del muro de Berlín en 1989 y el desmantelamiento y la rapiña a la que están siendo sometidos los antiguos países del Este han aumentado su desorientación política pues no logran articularse como alternativa de gobierno, pero tampoco son capaces de imponer alternativas sociales y políticas dignas de consideración.

Quizá ésta sea la razón por la que Hobsbawm habla del corto siglo XX: empezó en 1917  y terminó en el 89. El marxismo quedó ligado a esta experiencia histórica pues se inició a finales del xix con los partidos socialistas defensores de la revolución social y fue usado posteriormente para amparar las formas de gobierno impuestas en la Rusia soviética y, tras la Segunda Guerra Mundial, en los antiguos países del Este, de modo que en opinión de muchos no sólo ha quedado absolutamente invalidado por esa trágica experiencia histórica, sino que ha sido arrastrado por ella. De ser fuente de esperanza a finales del XIX y discurso hegemónico en el XX ha pasado al basurero de la historia.

2. El acceso a los textos

Al estudiar la formación del marxismo se observa, no sin sorpresa, que los textos conocidos tanto de Marx como de Engels, fueron al inicio relativamente escasos. Marx se quejaba incansablemente de que sus trabajos eran incomparablemente menos conocidos en el movimiento obrero alemán que los textos de Lassalle. En Inglaterra los carlistas eran bastante refractarios a sus posiciones y El Capital nunca fue tomado en excesiva consideración tanto por los círculos obreros como por los académicos. Algo parecido sucedía en Francia donde la sombra de Proudhon se proyectaba con fuerza sobre la Internacional y oscurecía los planteamientos marxianos. O en España donde la polémica con Bakunin envenenó las relaciones con los anarquistas favoreciendo muestras de sectarismo por las dos partes.

El discurso «marxista» estaba pues, muy lejos de ser hegemónico en el movimiento obrero del XlX, en parte por la escasez de textos y la dificultad de los mismos y, en parte, por la novedad de su planteamiento. La cosa empieza a cambiar desde finales de los ochenta cuando, ya muerto Marx, Engels apoya una política de republicación y difusión amplia de los textos básicos sustentada por los aparatos de difusión del partido socialdemócrata alemán. Esa actividad fue sostenida por Kautsky con todas sus fuerzas, redactando innumerables prólogos, artículos de divulgación, reseñas, resúmenes…, que hacían accesible a la intelectualidad progresista de la época el legado de Marx.

Por primera vez se publican miles de copias del Manifiesto Comunista, de La miseria de la filosofía, del pequeño texto titulado Del socialismo utópico al socialismo científico de Engels… Se publica de nuevo El Capital, y obtiene, un gran éxito el resumen de Kautsky Las teorías económicas de Marx que muchos toman por un texto del propio Marx y que sustituye, no para bien, la lectura directa de la obra de aquél. Se desconocen, sin embargo, los textos clave de lo que podríamos llamar el «laboratorio de Marx»: el texto de los Manuscritos de París, que no se publicará hasta 1932, la Ideología alemana en el mismo año, los enormes manuscritos preparatorios de El Capital con los que Engels logra redactar el vol. II (publicado en 1885) y el ni (1894), pero dejando aparte el inicialmente titulado vol. IV o Teorías de la plusvalía, que publicará Kautsky en 3 volúmenes entre 1905 y 1910; a ésta siguió una posterior edición del mismo texto, ahora completo, en 1956-1962, la publicación de los Grundrisse en 1939, etc. Así los textos conocidos al inicio del siglo constituían una mínima parte de lo que Marx escribió a lo largo de su vida.

El acceso directo a los textos, al menos en el ámbito de lengua alemana, se inició propiamente con el proyecto de edición completa, encabezado por Riazanov en 1927 (5). Las polémicas de los años treinta y el estalinismo interrumpieron el esfuerzo. Riazanov fue apartado de la empresa en 1931 y la edición, la primera MEGA, quedó inconclusa. A partir de 1957, el Instituto de marxismo-leninismo de Berlín-Este inició la publicación alemana de los textos ya existentes en su versión rusa ofreciendo una edición relativamente completa, no crítica y de precio asequible, la denominada MEW {Marx Engels Werke) que, por vez primera, permitió una lectura completa y detallada de la obra de Marx y Engels. Esa edición fue fundamental para el renacer de los estudios marxistas en la década de los sesenta pues no sólo sirvió de base a traducciones a otras lenguas de textos hasta entonces desconocidos, especialmente los Grundrisse y las Teorías de la plusvalía, sino que incidió en un momento de auge del movimiento estudiantil y juvenil para el que la lectura directa de Marx resultaba enormemente atractiva. Ayudó también, al menos en aquellos países más receptivos como es el caso italiano, a una profunda crítica del «marxismo» esclerotizado de los partidos comunistas y del movimiento sindical oficial, ofreciendo lecturas alternativas de enorme interés.

Así pues, la renovación del marxismo en la década de los sesenta y setenta, que le da acentos totalmente distintos de la lectura economicista e histórica de la Socialdemocracia, pero lo aleja también del marxismo-leninismo oficial con su insistencia en las leyes de la dialéctica materialista, encuentra su origen en la publicación de los textos hasta entonces desconocidos y en el intento por encontrar en ellos nuevas claves con que interpretar el capitalismo contemporáneo. Entre los autores de esa nueva época destacan no sólo L. Althusser y E. Balibar en el panorama francés, sino también los italianos R. Panzieri, M. Tronti y A. Negri y los alemanes desde O. Negt, E. Altvater y K.H. Roth a proyectos enciclopédicos como el impulsado en los últimos años por W.F. Haug (6). En el ámbito anglosajón ha surgido también una fuerte corriente de renovación del marxismo, ligada a la tradición analítica del lenguaje tan propia de su pensamiento y conocida como marxismo analítico. Entre ios autores más prominentes destaca la obra de G. Cohén y Parijs (7).

Finalmente, a partir de 1975, se inició de nuevo el proceso de publicación de lo que en principio parecía que iba a ser la edición, por fin definitiva, de las obras de Marx y Engels. Planteada como una edición histórico-crítica respondía a los criterios de exigencia, rigor y exhaustividad presentes en las ediciones críticas habituales. La nueva MEGA que así se llamó, logró publicar unos 40 volúmenes antes de la desaparición de la República Democrática Alemana cuyo Instituto de marxismo-leninismo de Berlín aseguraba la publicación. Posteriormente, un convenio entre el Instituto de Historia social de Amsterdam, la Marx-Haus de Trier y otras Instituciones mantiene la publicación, aunque a un ritmo mucho más lento y un precio de los libros mucho más elevado.

La amplitud de los textos publicados y el gran número de interpretaciones y debates a que han dado lugar nos impone reconsiderar la cuestión, ya que en vez de un marxismo único y sistematizado en un solo sistema doctrinario como fue la norma en el pasado, nos hallamos ante enfoques marxistas diferenciados y lecturas diversas, así como influencias y aproximaciones a otras corrientes del pensamiento que hacen enormemente múltiple el panorama actual. Se empieza a hablar de marxismos en plural y no de marxismo en singular para hacer justicia a la riqueza de los debates y las líneas de interpretación, así como a la dificultad para encasillarlos bajo una única rúbrica.

Ahora bien, si observamos las distintas corrientes se percibe en todas ellas algunos rasgos comunes. En primer lugar se afirma una referencia a las obras de Marx y en menor medida a las de Engels como iniciadores de una tradición que continuar. Todas ellas se presentan como relecturas, reinterpretaciones, ajustes de cuentas…, no sólo del material original de las obras clásicas, sino también como corrección de lagunas u oscuridades presentes en las interpretaciones precedentes. En general, la lectura de los textos incorpora puntos de vista provenientes de otros campos del saber o de otras tradiciones que se introducen en el debate, con lo que los límites del «marxismo» resultan imprecisos y, en un sentido lato, incluyen posiciones criticas o distantes con algunas afirmaciones de los textos originales. Como resultado de esa larga labor de elaboración y debate teórico podemos disponer de un elenco relativamente amplio de elementos que posibilitan una comprensión más adecuada del capitalismo contemporáneo.

Entre los marxistas de los años cincuenta era costumbre referirse al rasgo de unidad común afirmando que el marxismo no era una doctrina, sino un «método», como si cualquier afirmación fuera posible con tal de que se siguiera un presunto método «marxista». A la hora de definirlo no quedaba muy claro en que consistía su especificidad: si en el tipo de ciencia, en el uso de la dialéctica o del materialismo, en el enfoque crítico de las temáticas, etc. Parte de los debates de aquellos años se centraron en ese punto arrojando una cierta claridad al menos en un extremo: el que la teorización marxista supone una combinación de «empiria» y «teoría» que da como resultado no una mera descripción ni la construcción de un modelo teórico, sino un análisis crítico de un conjunto dinámico de fenómenos y que incluye, como no podría ser menos, un análisis detallado de la teoría con que tales fenómenos son estudiados. Según feliz expresión de P. Anderson: «el marxismo es una teoría de la historia que pretende ofrecer a la vez una historia de la teoría»,* ya que es imposible discutir los temas estudiados por una teoría sin analizar críticamente los términos y las teorías que tratan de ellos.

Otro rasgo común corresponde al enfoque de «lo económico» a partir de premisas sociales, es decir, insertando los procesos económicos en los conjuntos sociales. Ese rasgo caracteriza el tipo de enfoque de «lo económico» inaugurado en la propia obra de Marx, de modo que sin hacer de la economía sociología, la clave está en comprender que un «sistema socio-económico» funciona como una unidad dinámica cuyas distintas vertientes están integradas, al menos hasta cierto punto. Por «capital» cualquier marxista entiende una «relación social» y no una suma de dinero o de bienes; por «mercado» una relación de intercambio en proporciones fijas y no una mera suma de actos individuales de compra y venta. Se trata, pues, como ya hiciera Marx, de analizar «lo económico» como vector social y no como entidad específica y aparte.

Ese punto de vista implica considerar a su vez «lo social» como un conjunto de interrelaciones dinámicas que incluyen «lo económico», pero siendo muy críticos con la reducción que supone la economía y con la distinción, académica, entre ambas disciplinas. Quizá lo peculiar del modo de trabajar de Marx sea la capacidad para presentar un fenómeno desde ángulos distintos sin escindirlos en vertientes o disciplinas diversas. Quizá lo que él señalaba como el secreto de la doctrina crítica aplicada al trabajo: «que el trabajo tiene también dos caracteres [productor de valores de uso y valorizador de capital] […] es todo el secreto de la concepción critica» (9), caracterice el conjunto de su proceder, permitiéndole identificar en un proceso diversas dimensiones que no se dejan reducir especulativamente a una sola, sino que mantienen una cierta tensión entre ellas.

Por último, se debe tener en cuenta que, aunque el análisis manifieste rasgos objetivos, está unido desde su origen a prácticas de transformación quizá porque también desde su origen el estudio de las dinámicas sociales está ligado para los marxistas a proyectos políticos. La perspectiva desarrollada aborda los problemas desde la óptica de las clases explotadas, esforzándose por recoger testimonios de esos sectores, desbrozar la historia de su situación y analizar la dinámica de la explotación. En Marx, la perspectiva política no se añade desde fuera, sino que su lenguaje, los términos empleados, el tono sarcástico de sus textos y la estructura de su teoriza expresan su posición política con respecto al tema tratado. Epistemológicamente, la dificultad está en comprender que esa toma de partido no elimina la objetividad del análisis ya que se trata no de juzgar una situación, sino de analizar una dinámica conflictual compleja y repetida desde la perspectiva que genéricamente podemos llamar como propia de la clase obrera, es decir, desde una perspectiva que muestra que esa explotación no tiene por qué repetirse necesariamente, como una especie de castigo que pesara sobre la especie humana, sino que cabe pensar en alternativas sociales basadas en el trabajo compartido, socializado y/o comunitario.

3. Puntos en litigio

3.1. La teoría del valor

Uno de los puntos más debatidos de la obra de Marx y de la teoría marxista, ya desde la crítica de Bohm-Bawerk al Capital publicada en 1896, es la famosa «teoría del valor». Marx consideró siempre esa teoría eje central de su análisis económico pues sólo ese enfoque permite seguir el proceso de obtención de beneficio o ganancia hasta hallar su fuente en el plusvalor. Sin él resulta difícil comprender cómo pueda obtenerse un incremento general del capital invertido, razón por la cual la explicación de Marx sigue siendo la más completa para aclarar la procedencia del beneficio.

La discusión en tomo a la teoría del valor se ha centrado en tres grupos de problemas: el llamado problema de la transformación, es decir, cómo se traducen valores en precios; el descuido en Marx de la demanda que le imposibilita desarrollar una teoría del consumo y el carácter metafísico del concepto de valor. En cuanto al primer punto, si bien el debate en absoluto está cerrado hay que decir que, en opinión de Marx, los valores no pueden coincidir con los precios de producción y eso debido, en primer lugar, a que en los precios de producción no sólo está incluida la parte correspondiente de capital constante (medios de producción, materias primas…) que, aunque incidan en el precio no producen valor, sino además a que está también contemplada la ganancia media del capitalista que proviene del plusvalor, pero no se identifica con él en tanto que además se calcula sobre el conjunto del capital y no solamente sobre el capital variable como ocurre con éste. En segundo lugar, la tasa de ganancia concreta en cada una de las ramas productivas será resultado de la competencia entre capitalistas con lo que oscilará por encima y por debajo de la ganancia media, de modo tangencial con el plusvalor producido en cada una de ellas. Por último, las oscilaciones de la oferta y la demanda influirán en el precio final del producto, actualizando el plusvalor o haciendo que éste se volatilice ya que si los precios bajan por debajo del precio medio el tiempo de más trabajado no puede materializarse en un equivalente y, por consiguiente, es como si nunca se hubiera producido. Todo parece indicar que Marx era muy consciente de esta divergencia entre valores y precios como indica el que en carta a Engels de 1868 a propósito de Dühring señale que entre las cosas que éste ha entendido mal en El Capital está el no haberse percatado «de lo poco inmediatamente que el valor se determina en la sociedad burguesa; pero ya se enterará de ello en el tomo II» (10). No en el tomo n pero sí en el ni se encuentra una larga discusión sobre la relación entre valores y precios en la que tematiza esa divergencia.

Aun así hay que decir que Engels se vio obligado a incluir en el prólogo y en el complemento al prólogo del volumen III una larga exposición de la controversia suscitada por el desajuste entre «valores» y «precios» (de producción). En los dos primeros capítulos se trata justamente del origen de esa divergencia debida a las diferencias en la composición orgánica del capital (relación entre capital constante y variable), a la competencia entre los capitalistas que permite la igualación de la tasa de ganancia y al hecho de que ésta se compute sobre la totalidad del capital invertido y no sólo sobre su parte variable que es la que produce plusvalor. Con todo y con eso la polémica sigue abierta, ya que el no hallar una fórmula convincente para la transformación no permite cerrar la teoría y deja dudas en cuanto a su utilización. En algunos marxistas esta dificultad les ha hecho abandonarla pasando a considerarla de importancia menor en la obra de Marx, incluso como un dispendio de su talento teórico. Otros han formulado intentos diversos para cuadrar matemáticamente los cálculos, y por último la obra de Sraffa, Producción de mercancías por medio de mercancías (ed. inglesa, 1960) muestra que en cualquier economía capitalista real, dada una magnitud X de los salarios, la tasa de beneficio corresponde al valor total producido o suma de los precios menos el correspondiente a los salarios (11).

Atendiendo al modo de abordar el problema en los Grundrisse, la solución debería buscarse a partir de la suposición de que la suma global de los precios equivale al capital reproducido más el beneficio, de tal modo que el capitalista adelanta en la  inversión una masa de capital y una expectativa de beneficio correspondiente a la tasa de ganancia media y constriñe a los trabajadores durante la producción y actualmente en el proceso de venta y colocación del producto para obtenerla Pero no se trata de obtener primero un plusvalor que luego se reparte, sino que en el cálculo previo ya está contenida la ganancia que se trata de obtener en la producción sometiendo el proceso laboral al régimen de explotación dominante. En consecuencia, nunca hay un superávit a repartir, sino que éste aparece ya como ganancia o como interés del capital, nunca como «mero» plusvalor que, como tal sólo es un «concepto», o sea el nombre de una relación (12).

El segundo bloque de críticas se centran en la teoría del consumo que, en Marx, no tiene relevancia especial, ya que el consumo está determinado por la renta, siendo ésta derivada de las tres fuentes fundamentales: la tierra, el capital y el salario. Es la cuantía de la renta la que posibilita un determinado consumo y, por tanto, éste es subsidiario de aquélla.

Por último, la crítica sobre el carácter metafísico del concepto de valor ve en él nada más que una expresión retórica que proporciona una teoría de la explotación la cual, especialmente si se interpreta desde un punto de vista ético, parece que nada tenga que ver con la economía Por el contrario, en mi opinión, es adecuado pensar que la teoría del valor es de hecho una teoría de la explotación pero no con un contenido ético, sino con un alcance descriptivo y analítico. Es decir, de lo que se trata es de explicitar los mecanismos por medio de los cuales la fuerza de trabajo es explotada como si fuera un recurso más cuando de hecho se trata de gran parte del tiempo de vida de innumerables seres humanos.

Para ello es necesario hacer ver que el valor en último término es tiempo o, si se prefiere, tiempo de trabajo y no sólo trabajo. Cuando al inicio de El Capital el autor nos informa de que el contenido del «valor de cambio», aquel algo distinto del cambio y de la utilidad que permite la «intercambiabilidad» del valor de cambio es el «trabajo», lo denomina «substancia» y sustenta en ella el valor de todas las mercancías: «La substancia social común que en los distintos valores de uso se presenta sólo de un modo distinto, es el trabajo» (13). El análisis descansa pues, en la observación de que, previo al intercambio de mercancías, como base de su posibilidad misma de ser intercambiadas, se encuentra otra operación, su equiparación u homologación, su reducción a ese algo común, que resulta ser el trabajo contenido en todas ellas. La base común de su intercambiabilidad reside en un rasgo común al mundo de las mercancías, el que todas ellas sean producto de «trabajo humano» y por eso intercambiables en medidas fijas, independientemente de sus cualidades, su uso o utilidades y las expectativas que generen. Con ello Marx ha encontrado el «punto fijo» que necesitaba para el análisis de los cambios en el ámbito económico.

Con todo, no deja de resultar extraño el uso del término «substancia» para referirse al trabajo. A primera vista parece más bien que «substancia» y «trabajo» sean términos antitéticos. «Substancia» designa en filosofía «lo que es por sí» y en último término lo que es por sí de una determinada manera, mientras que trabajo se refiere a una «actividad» que, aun siendo quizá una «substancia», lo es de una forma un tanto específica. Es decir, el término «substancia» parece convenir a lo que es, y si no se tiene muy presente desde el principio que todo lo que es cambia constantemente y que, por consiguiente, substancia designa justamente una «dinámica de lo real» constantemente en movimiento, resultará muy difícil comprender la peculiar ontología del discurso de Marx.

En efecto, al reducir las mercancías a «substancia social común-trabajo», Marx no las está tratando como «cosas» (objetos…) que se equiparen a otras cosas en cantidades fijas o en último término, que se homologuen por convención a un tercer término común, más o menos arbitrario como el dinero, sino que las está insertando en tanto que «objetos conformados» en una dinámica de configuración —el trabajo que los produce. La característica de su discurso está en que el principio «configurador» es simultáneamente el principio «productor», con lo que su análisis es estructural-genético y no objetivista. Es decir, por una parte encuentra aquel «punto fijo» que permite la reconstrucción teórica, pero además ese «primer principio» es un «principio de producción», de «génesis», un principio que refiere lo que existe (los objetos-mercancía) a su principio genético —el trabajo social desarrollado en condiciones capitalistas (fuerza de trabajo-mercancía y procesos laborales ejecutados con propiedad capitalista de los medios de producción). Ambos elementos son importantes pues, como sabemos, el que la fuerza de trabajo sea tratada como mercancía posibilita su  compraventa con todos sus efectos sociales (trabajo por un salario, pago en dinero, control de la jornada, etc.), pero el que el proceso laboral se ejerza con medios de producción capitalistamente gestionados implica los fenómenos de pérdida del control del proceso, de intensificación del mismo, de subordinación a la dinámica de la acumulación, etc. Y aun siendo aspectos concomitantes son sustancialmente distintos.

Pues bien, de cosas, objetos-mercancía, Marx pasa a trabajo, pero de éste, puesto que «trabajar» es un proceso dinámico, debemos pasar al modo en que tal proceso pueda cuantificarse y medirse, y ese modo no es otro que a través del «tiempo». Luego, lo común a las mercancías no es sólo «trabajo», sino «tiempo de trabajo», también él homogeneizado, equiparado, reducido a tiempo social común o, en la terminología de Marx, «trabajo abstracto». El panorama cambia. El trabajo deja de ser considerado propiedad antropológica, cualitativa, diferenciada por sus cualidades internas, por la destreza, contexto de uso, eficacia, etc., para ser visto, únicamente, como ejercicio pautado en un tiempo homogéneo retrotraído además a su característica mínima: ser gasto de energía. Al medirlo en tiempo, indica sólo la «duración del proceso en que la actividad se ejerce o durante el cual esa energía se gasta», cuántas horas de ese trabajo común y homogéneo comporta un determinado objeto-mercancía, en un grado determinado de intensidad, de destreza y de eficacia. Todos ellos caracteres comunes al análisis en términos de tiempo de un proceso físico cualquiera.

Con eso, Marx monta un análisis consistente en reducir los valores de cambio al trabajo incorporado en los objetos-mercancía y medirlo en tiempo como si se tratara de una sola e inmensa jornada social: «Toda la fuerza de trabajo de la sociedad, materializada en la totalidad de los valores del mundo de las mercancías, figura aquí como una sola e inmensa fuerza humana de trabajo, aunque consta de un sinnúmero de fuerzas de trabajo individuales».’* La línea de análisis abierta a partir del concepto de «trabajo social común» se mueve a un nivel de abstracción tan alto como el del «intercambio de las mercancías», o sea el análisis del mercado, pero tiene la ventaja de abordar el sistema económico a partir de su ámbito de producción y no de la circulación. Colocándose ahí es posible descubrir resortes del sistema que no son visibles desde el punto de vista del mercado-mercancías (como la temática del plusvalor, salarios…), razón por la cual Marx defiende no sólo la superioridad de su análisis, sino su punto de vista de clase. A partir de ese momento es posible que el trabajador, en vez de colocarse en la perspectiva del «sumando», o sea del elemento individual de la suma, contrapuesto competitivamente a los otros sumandos y subsumido desde el inicio en la operación, se coloque en la perspectiva del resultado y dado que ése es siempre una cantidad global X de trabajo puede comprender que la jornada individual, el trabajo de cada uno, incluso a lo largo de toda su vida, sólo forma un segmento de aquélla y que lo que él consume, mal que le pese, es una porción de tiempo de trabajo y, por tanto, de tiempo de vida de otro(s).

Esa comprensión, sin embargo, no es más que un punto de partida ya que por sí misma sólo indica la posibilidad de rebasar el individualismo propio de la economía capitalista y plantearse la gestión social y económica de la actividad productiva global, pero no actualiza ninguna globalidad pre-constituida. Es decir, no se trata de un «obrero colectivo» previo, al que sólo se trataría de actualizar, sino, antes bien, plantea la necesidad de construir social y políticamente dicho «obrero colectivo».

3.1.1. Trabajo social común y trabajo abstracto

La distinción entre «trabajo social común» y «trabajo abstracto» corresponde a un punto polémico en la bibliografía marxista. Por «trabajo social común» Marx entiende el proceso productivo global de una sociedad y, por tanto, el conjunto de procesos laborales sumados, combinados e interconectados que permiten producir el conjunto de bienes disponibles. Dado que ese proceso se continúa ininterrumpidamente año tras año y día tras día, hay que considerarlo por unidad de tiempo, por ejemplo el conjunto del trabajo incorporado durante un año. En el límite, ese concepto no tiene por qué tener una connotación «nacional», sino que puede extenderse al conjunto del planeta; éste, en tanto que plano conjunto de inserción de capital, actúa simultáneamente como plano de sustentación de múltiples procesos laborales, en los que se produce el conjunto de bienes-mercancías que transitan por la economía mundial por seguir con el ejemplo, durante el mismo año.

Ahora bien, en cuanto que dichas mercancías incorporan trabajo suponen una cantidad X de «tiempo de trabajo» homogeneizado o gasto de «fuerza de trabajo» (de «trabajo abstracto») que los trabajadores han aportado durante este año. A ese último lo llama Marx «trabajo abstracto» porque en el sistema capitalista sólo se contempla desde la perspectiva del tiempo de su ejercicio y del tiempo de más (valor de más o plusvalor) que incorpora al valor ya producido que circula en forma de capital. Si lo distinguimos del «trabajo social común», antes mencionado, no es porque el primero tenga cualidades (el hecho de ser global o conjunto) de las que el segundo carezca, sino porque la caractenstica más importante del trabajo (asalariado) desde el punto de vista del capital consiste en ofrecer una magnitud de tiempo de trabajo a incrementar (valor a valorizar). Luego, lo que con Marx hemos denominado «trabajo abstracto» es trabajo social desarrollado en condiciones capitalistas (propiedad privada y trabajo asalariado) y, en consecuencia, incorporado en valores-mercancías, el trabajo productivo típico del sistema capitalista. Éste es el que forma la sustancia del valor pues está ligado indisolublemente a la asalarización y al mercado.

A pesar de su cercanía subsiste una cierta diferencia entre ambos que ha tenido especial relevancia. Podríamos decir que el concepto de «trabajo abstracto» expresa la igualación de los diferentes trabajos, como tiene lugar en la sociedad capitalista de modo que, aun siendo distintos, son homogeneizados en el intercambio de sus productos —las mercancías y a partir del valor de ellas. Esa igualación se hace en detrimento del trabajo más cualificado, elaborado, minucioso, prolongado…, y en beneficio del trabajo industrialmente homogeneizado, por lo que engrana mucho mejor con las condiciones de la industrialización integral de las actividades productivas y su reducción a procesos tipo, incluso con la apoyatura de técnicas estándar.

En el capitalismo maduro la evaluación previa de los procesos laborales desde el punto de vista del valor del producto (tiempo de su producción) y colocación en el mercado queda incorporada de tal forma a la gestión del trabajo que se transfiere a procesos en los que en principio tiene poca cabida como por ejemplo en la enseñanza o en labores relacionadas con la producción de conocimiento. En esos casos se observa claramente cómo el tratamiento «social » que lo hace homogéneo e intercambiable se aplica a procesos de trabajo tan diversos de la matriz del trabajo industrial que prolonga a la luz del día su violencia.

3.1.2. El trabajo como actividad durativa

El cambio de perspectiva por el que el trabajo deja de pensarse en su concepción antropológica para privilegiar una dimensión «fisicista» (15) da su tono peculiar al discurso de Marx y está en el origen de su especificidad. Tácitamente funciona como la clave del tratamiento «científico» de la economía ya que ésta, en contra de lo que pudiera parecer, no trata de los bienes ni del dinero, sino del trabajo que los produce y que permite que una sociedad se mantenga y reproduzca. El objeto de la economía política es, pues, el modo en que se gestiona, se distribuye y se efectúa el «trabajo conjunto» de una comunidad dada lo que exige el cálculo del tiempo de trabajo de los miembros de esa comunidad, su distribución, la toma en consideración de los aumentos de  productividad, de la intensidad, etc. De hecho toda economía es la economía del tiempo. En la sociedad capitalista ese cálculo queda oculto tras la vigencia incuestionada de la «compulsión a la acumulación» y, por tanto, a la extorsión del máximo de tiempo de trabajo en condiciones dadas. Pero como pone de relieve el famoso capítulo sobre «el fetichismo de las mercancías», el que no se sepa no significa que no ocurra: al intercambiar mercancías intercambiamos porciones de tiempo de trabajo, si bien el intercambio no desvela, sino que oculta, lo que ocurre tras él: «los hombres no relacionan entre sí los productos de su trabajo como valores porque les parezcan meras cáscaras materiales de un trabajo humano igual. Es al revés. Los hombres equiparan entre sí sus diversos trabajos como trabajo humano igual al equiparar unos con otros en el cambio como valores sus diversos productos. No lo saben, pero lo hacen. El valor no lleva escrito en la frente lo que es. Antes al contrario: convierte cada producto del trabajo en un jeroglifico social» (16). La relación entre (falsa) apariencia y esencia se mezcla con la relación entre individual o particular y colectivo: la apariencia dice que se intercambian «cosas»-valores, la esencia que se equiparan modalidades cualitativamente diversas de trabajo. Sin embargo, en tanto sigamos entendiendo el trabajo como «trabajo particular» e intercambiándolo por otro trabajo particular (17), seguiremos ignorando la dimensión social que permanece en el fondo como la posibilitadora de las operaciones anteriores. El fetichismo funciona pues, a un doble nivel: no intercambiamos «cosas», sino «quantos» de trabajo, pero ese trabajo es tan particular como el objeto que genera y sólo es trabajo común en tanto que «trabajo abstracto» (tiempo de trabajo).

Si interpretáramos ese pasaje a partir de la concepción hegeliana nos sería fácil pensar que una vez conocida la dimensión sustancial de las mercancías, es decir, que si en vez de intercambiar mercancías, intercambiáramos «porciones de trabajo», la alienación habría desaparecido y podría instaurarse una producción consciente y común (18). De ser así, resulta extraño por qué Marx en el tomo III de El Capital insiste en el control del tiempo y la reducción del trabajo material al mínimo posible. La explicación de este hecho insólito se encuentra en que la «conciencia» del carácter común del trabajo es sólo un paso que dio lugar a eso que podríamos llamar «idea del comunismo» según la formulación que recibe en La ideología alemana, pero la realidad de éste no está en la consideración por cada uno de su trabajo como parte de una jornada común, sino en la capacidad colectiva de controlar los procesos productivos y de reducirlos al mínimo. El «reparto del trabajo necesario» es un paso, el otro es la consideración de éste como un proceso de interacción natural de características materiales a definir, controlar y explicitar inscribiéndolo en el proceso global de la reproducción social.

Si abordamos, por tanto, la teoría del valor no sólo como explicación del origen del beneficio, sino como análisis del modo en que los trabajadores aportan tiempo de trabajo al sistema capitalista, nos encontramos con que su virtualidad explicativa es mucho mayor. Pues para los trabajadores en general, y específicamente para los asalariados el tiempo de trabajo es aquel segmento durativo de sus vidas que están constreñidos a ejercer en una determinada forma, para la producción y reproducción de los bienes que necesitan para mantener y reproducir su vida y a los que acceden a través del salario. También la vida, en lo que tiene de continuidad durativa se mide en «tiempo». Y justamente en esa reducción simultánea del «trabajo» y el «vivir» (la vida) a «tiempo» estalla a plena luz la contraposición como magnitudes homologas pero tendencialmente divergentes y casi siempre contrapuestas del «tiempo de trabajo» y el «tiempo de vida».

Dicho de otro modo, para cada individuo trabajador el «tiempo de trabajo» no es más que un segmento más o menos largo de su «tiempo de vivir», medidos ambos en horas, meses y años. Lo que el trabajador «consume» en su trabajo es una porción de su «tiempo de vida», mayor o menor según los casos, segmento que puede incrementarse como muestra el análisis del plusvalor «absoluto» y «relativo» por aumento de la duración (la jomada de trabajo) o de su intensidad (ritmo, supresión de tiempos muertos, aumento de precisión, etc.). En ambos casos de una duración media de vida X, el trabajador aporta una porción visiblemente amplia al «trabajo social común» en condiciones prefijadas.

Sin embargo, el rasgo peculiar del trabajo, que lo hace ser consumo de energía en forma útil para la producción de los bienes necesarios a la vida, queda incorporado en el capitalismo a su carácter de productor de valor, y dada su importancia para el concepto de «trabajo en general», como Marx lo bosqueja en el primer apartado del capítulo V, oscurece la condición del trabajo para el asalariado en la sociedad capitalista. Marx dice ahí que el trabajo es un proceso intencional de transformación de la naturaleza por el hombre, y parece primar el carácter útil del trabajo, condición —dice Marx—, perenne de la vida humana. En el capitalismo, ese carácter útil no está excluido, sino incluido, en el carácter del trabajo como «formador de valor» y, por tanto, en su medida en tiempo, con la peculiaridad de que para el capitalista ambas dimensiones del trabajo ajeno (o incluso en el límite del trabajo propio) son simultáneas o cuando menos se complementan (el trabajo formador de valor es simultáneamente trabajo útil de alguna clase), mientras que para el trabajador sólo mediatamente se concilian (a través de la capacidad de compra del salario), pero en su ejercicio se excluyen. Para el trabajador, el desempeño de su trabajo no tiene para él ningún efecto útil, pues no consume nada de lo que produce, ni siquiera, en el caso de trabajos poco cualificados, el ejercicio de su oficio puede darle la medida de su utilidad, sino que sólo lo percibe de modo diferido cuando el salario le da opción a apropiarse de una pequeña parte de lo producido mayormente por otros. Ni tampoco puede esperar de él una mejora sustancial de su condición dado que el nivel del salario siempre quedará muy por debajo de la riqueza social producida. Su percepción del trabajo no puede ser, por tanto, la de un proceso útil y con sentido, sino abstracto, sólo intelectualmente concebible como necesario para la sociedad, en el que está inserto de un modo natural-físico como un engranaje de una inmensa maquinaria o como parte de una fuerza socio-natural, de la que sólo derivadamente y en la medida de su capacidad de compra podrá beneficiarse. En este sentido el trabajador está totalmente volcado sobre lo exterior ya que todo lo que precisa es producido por «otros» tan anónimos como él, insertados todos ellos en un inmenso engranaje. Por eso, en mi opinión, Marx comprendió claramente que una filosofía de la autonomía y de la subjetividad «propia», basada en el «saber de sí», no era adecuada para ese nuevo personaje, volcado totalmente «hacia afuera».

En tanto que proceso básico de la reproducción de los medios necesarios para mantenerse, la actividad laboral es la base de la vida de la sociedad y sin embargo, en los propios trabajadores, se contrapone en tanto que tiempo para otro(s) al tiempo propio, aquel que uno gasta en sí mismo o aquel del que uno se apropia al apropiarse de bienes producidos por otros. Lo que se intercambia, por tanto, son segmentos de tiempo de vida de unos por segmentos de tiempo de vida de otros. En este sentido el sistema capitalista es compatible con otros sistemas de extorsión de tiempo ajeno, como el patriarcal, por citar sólo un caso, pero a diferencia de éstos, su extorsión se hace por vía económica y no extraeconómica. O dicho con más propiedad, su extorsión se hace por vía económica aunque se refuerce por otras vías: política, cultural, etc.

3.1.3. Emancipación, tiempo y existencia

Siendo esto así, el horizonte emancipador de la obra de Marx no está en mi opinión en una huida hacia la «dignificación del trabajo», sino en una estrategia que parte de la comprensión de la condición natural-material de los seres humanos por la que el «trabajo social» común es condición de su existencia. Y por «trabajo social común» hay que entender algún tipo de interconexión que abarca desde sus formas más exiguas, como la intercambiabilidad de los valores-mercancía en el mercado capitalista regido por la ley del valor y la compulsión a la acumulación, a formas más desarrolladas, mediadas por acuerdos políticos de gestión social y económica en las que también intervienen aspectos «técnicos » relacionados con el modo de desarrollarse el trabajo. Así encontramos en los Grundrisse la apreciación de que «el trabajo de la producción material sólo puede mantener ese carácter (el de la autorrealización) si 1) se establece su carácter social, y 2) si simultáneamente es trabajo general de carácter científico, no representa sólo un esfuerzo del ser humano como una fuerza natural adiestrada de una forma determinada, sino lo trata como sujeto que aparece en el proceso de producción no en forma meramente natural, espontánea, sino como actividad que regula todas las fuerzas de la naturaleza» (19).

Con eso se abre el camino a una consideración del «trabajo» como actividad alejada de la pobreza «del trabajo abstracto». Sin embargo y aun con ese matiz, es difícil que la emancipación del trabajador pueda darse «en el trabajo». Conforme al célebre pasaje del tomo in citado anteriormente ése «es condición imprescindible de la vida humana» pero es también magnitud a rebasar y a limitar a lo mínimo posible en condiciones dadas. En contra de otros intérpretes no hay a mi entender panegírico alguno en la obra de Marx a la condición emancipadora del trabajo en sí mismo, sino más bien una presentación del mismo como condición ineludible de la vida humana, a la que necesariamente debemos dedicar una porción mayor o menor de nuestro tiempo de vida.

Pero por esto mismo, dado el «tiempo finito» de los individuos humanos, la porción de «su» tiempo que éstos dedican al mantenimiento y la reproducción de «lo común» oscila teóricamente^” entre límites variables. De ser el máximo, el trabajador queda reducido a «tiempo de trabajo» y es su propia vida la que desaparece en su trabajo. Su tiempo de vivir queda reducido al mínimo, quizá sólo a reponerse, y todo su ser queda identificado a su función social. Limitar y acortar las jornadas no es solamente posible dadas las condiciones técnicas, sino que supone dar a los individuos humanos la posibilidad de no agotarse en su función y es condición imprescindible de cualquier forma de emancipación.

De los dos aspectos tradicionalmente ligados al análisis de la liberación del trabajo, la «liberación en el trabajo» y la «liberación del trabajo», podríamos decir que el marxismo clásico ha retenido fundamentalmente el primero considerando, erróneamente, que la comprensión del carácter socialmente necesario y global del trabajo sena suficiente para que desapareciera su carácter explotador. Y postulando que en una sociedad en la que no hubiera propiedad privada de los medios de producción la gestión colectiva de los procesos laborales inauguraría por sí misma un proceso liberador. Por el contrario, cobra importancia actualmente la segunda parte del aserto ya que el carácter superfino y dominador de la «exigencia al trabajo» que no garantiza por otra parte la reproducción social es cada vez más claro. De ahí que la emancipación del trabajo no sólo consista en dignificarlo y en comprender su carácter social, sino en disminuir el tiempo de trabajo y en acoplarlo por otras vías a las necesidades de la reproducción social.

En la recepción de la obra de Marx la teoría del valor, al subrayar el lugar central del trabajo en la reproducción social contribuyó a definir la hegemonía obrera en los movimientos sociales anti-capitalistas. Esta perspectiva siguió actuando en las lecturas del marxismo durante los años sesenta y setenta, especialmente en aquellos movimientos que, como el «obrerismo» italiano, hicieron un gran esfuerzo por replantear esa centralidad en el capitalismo industrializado y altamente tecnificado de la época (fordismo). En revistas como Quaderni Rossi (Cuadernos Rojos) y Clase Opérala (Clase Obrera), se hace un esfuerzo por pensar la nueva condición obrera de grandes masas de trabajadores concentrados en fábricas capitalistas semi-automatizadas y regidas por un implacable y estricto control laboral, distinta en su procedencia, memoria histórica, tradiciones de lucha y situación concreta del trabajador de oficio, todavía semi-artesano de principios de siglo. La experiencia «fordista» americana de los años treinta que se ha trasladado a Europa ya en el periodo del fascismo y posteriormente a la Segunda Guerra Mundial, da lugar en Italia a una de las relecturas del marxismo más interesantes (21). Esa línea de investigación se ha trasladado también a los estudios sobre la situación obrera en el capitalismo contemporáneo desarrollados en Alemania y en Francia (22).

 

 NOTAS

1. P. Anderson, Tras tas huellas del materialismo histórico, Madrid, Siglo XXI, 1986, pp.
19 y ss., esp. p. 24: «La tremenda densidad de la investigación económica, política, sociológica y cultural todavía en marcha en !a izquierda marxista de Gran Bretaña o Norteamérica, con su crecimiento de periódicos y discusiones, eclipsa cualquier equivalente que haya podido darse en los antiguos centros de la tradición marxista occidental propiamente dicha».

2. Programmatische Dokumente der deutschen Sozialdemokratie, Berlín, Dietz Nachf.,
1984, 2.° ed.

3. Una excepción de importancia a la hegemonía socialista en el movimiento obrero europeo
lo constituye la amplia presencia del anarquismo español cuya central sindical, la CNT, llegó
a ser mayoritaria en algunas zonas como la Cataluña de la primera mitad del siglo XIX y en
Andalucía y Aragón.

4. La edición alemana se publicó en Bonn, V. Dietz (la editorial del SPD) en 1887, siendo rápidamente traducido a diversos idiomas como polaco, ruso, holandés, italiano, inglés, japonés, etc., y se reeditó en la versión alemana en más de treinta ocasiones.

5. Los intentos anteriores de publicar las Obras completas de Marx habían tropezado con dificultades de todo tipo desde las financieras a los inconvenientes derivados de tener que reunir textos desperdigados en multitud de publicaciones, las reticencias del propio Marx, el enorme trabajo de Engels a la muerte de su amigo para acabar su obra, etc. Los primeros intentos se remontan a 1850, cuando Marx había publicado todavía relativamente poco, se renuevan en 1881, a propuesta de Kautsky a la que respondió que para poder ser publicadas «las obras antes deberían ser escritas»; el proyecto empieza a parecer posible cuando poco antes de su muerte Engels inicia la recogida de los manuscritos con la ayuda de F. Mehring. En 1902 éste publicó tres volúmenes de los Gesammelte Schrifien con textos de 1841-1850, publicación que Riazanov continuó en 1917 con 2 volúmenes más consagrados a los años 1852-1862. Sólo después de la revolución de 1917 este último dio mayor envergadura a su trabajo iniciando la edición de la MEGA (Marx-Engels Cesamtausgabe).

6. En 1983 el filósofo bcriinés W.F. Haug lanzó el proyecto de un Diccionario históricocríiico
del marxismo, concebido al estilo de un diccionario enciclopédico en el que se recogieran
artículos sobre todos los términos relevantes del marxismo acompañados de una breve mención de las diversas interpretaciones. El Diccionario (Berlín, Argument, 1.994 y ss.) que sigue un orden alfabético según los términos en el idioma alemán, va por el vol. 5 y en él colaboran más de un centenar de especialistas de todo el mundo.

7. G. Cohén, La teoría de la historia de Marx. Una defensa, Madrid, Siglo XXI, 1986 (ed.
inglesa, 1978); véase Ph. Parijs, Libertad real para todos, Barcelona, Paidós, 1996. Para una
presentación sumaria de los últimos textos y controversias véase F. Fernández Buey, «Marxismos y neomarxismos en el final del s. XX», en La filosofía hoy (ed. de J. Muguerza y P. Cerezo), Barcelona, C’ítica, 2000, pp. 155-165. Para más detalles véase Actuel Marx, n.° 7 (1990), monográfico dedicado al marxismo analítico anglo-sajón.

8. Op. cit., p. 7.

9. Carta de Marx a Engels, MEW, 32, p. 11.

10. MEW, 32, p. 11.

11. Para una rápida presentación del debate véase G. Dostaler, «Valeur et prix dans la
théorie marxiste, un débat séculaire», Actuel Marx, 1 (1987), pp. 36-46. Para un estudio más amplio, G. Dostaler y M. Lagucux (eds.). Un échiquier cenlenaire: théorie de la valeur et formation des prix, París, La Découverte, 1985, y A. Lipietz, Le monde enchanté. De la valeur a l’envol inflationniste, Pans, Maspcro, 1983. J.M. Harribey, Relour sur l’origine du profit, comunicación presentada al Congres Marx International 11, París, 1998.

12. Véase Grundrisse (ed. cast., OME, 22, pp. 132 y ss.).

13. Kapital, 1.° ed., MEGA’, II, 5, p. 19. En las ediciones posteriores Marx cambia la redacción del párrafo anterior y habla de un «algo común» al que posteriormente designará como «cualidad» [«sólo conservan una cualidad: la de ser productos del trabajo»]; parece que se elimina con ello cualquier tentación de «substancialidad» en el análisis aunque persiste la relación «forma»/«substancia» aplicada a la relación entre el valor y el trabajo.

14. Trad. propia basada en la versión de M. Sacristán, OME, 40, p. 47. Igualmente FCE, I, p. 6.

15. Llamo «fisicista» a una concepción del trabajo que tiene muy en cuenta sus dimensiones
físicas como la intensidad, la duración, gasto de energía, efectividad, combinación de trabajo
humano y trabajo de máquina, etc., en detrimento de los componentes propiamente antropológicos como la intencionalidad, proyecto previo, control, etc.

16. OME, 40, p. 84, FCE, I, 39.

17. Marx habla repetidamente del «trabajo de productores particulares que intercambian sus productos-mercancía» como rasgo definitorio de la sociedad capitalista pero con ello no se refiere, a mi modo de ver, a «productores individuos», sino a empresas particulares, es decir, en régimen de propiedad privada que en ocasiones pueden ocupar a centenares de obreros. Usar por tanto el témiino «individual» puede llevar a confusión ya que no se trata de «individuos personas », sino de «empresas individuales», es decir, empresas que funcionan como unidades individuales en la red mercantil.

18. La comprensión clásica de la alienación a partir de la objetivación (hegeliana) y cosificación (lukacsiana) orienta el problema en este sentido pues en el primer caso el «objeto» no représen la más que la ignorancia de la referencia subjetiva a la que debe su existencia como resultado de una actividad creadora, y en el segundo la cosificación incluye la parlicularización de dinámicas enfrentadas de objetivación, pero por lo mismo, parece que pueda eliminarse al tomar conciencia de su carácter general, pues, al no ser la actividad productiva o trabajo algo particular sino general, constitutivamente social, el «carácter particular» de las cosas-mercancías se debería solamente al carácter particular del trabajo que las produce y que se materializa en ellas, pero en cierta forma bastaría insertarías en su contexto social para que la alienación-cosificación desapareciera. Por el contrario en Marx no sólo las cosas-mercancías, sino que el propio trabajo está ya particularizado, ya que es desarrollado por empresas particulares y enfrentadas competitivamente y cada trabajo imprime tanto a su producto como al ajeno el carácter de mercancía.

19. Grundrisse, MEGA’, II, 1, 1, p. 499.

20. Digo «teóricamente» porque en la práctica el tiempo de trabajo que los individuos realizan viene fijado socio-políticamente con las jornadas y los calendarios laborales. Aun así, la consideración teórica de ese tiempo como aportación individual a una especie de fondo común de trabajo permite comprender la enorme importancia de esos temas para los trabajadores que, estando situados en la disyunción entre tiempo de trabajo y tiempo de vida, perciben el primero como una especie de sustracción aunque comprendan su necesidad tanto desde el punto de vista social como individual.

21. Esa corriente fue relativamente poco conocida en la Espaila de los sesenta e inicios de
los setenta debido en gran parte a la vigencia de la censura franquista. Posteriormente, algunas de sus tesis parecieron anticuadas frente al auge del post-modemismo y ante los problemas de la integración en Europa y la insistencia en el Estado del bienestar defendida por las autoridades de los gobiemos socialistas. Por el contrario, en los últimos años las tesis de Negri y de otros teóricos del movimiento italiano están teniendo repercusión en medios juveniles atentos a la crítica del sistema. Véase, entre otros, A. Negri, Del obrero-masa al obrero social, Barcelona, Anagrama, 1980, y Marx olire Marx, Milán, Feltrinelli, 1979; R. Panzieri, Lotte opéraie nello sviluppo capitalistico, Turín, Einaudi, 1976, y M. Tronli, Obreros y capital, Madrid, Akal, 2001 (ed. it., 1971).

22. Entre los autores alemanes destaca K.H. Roth y su trabajo Die andere Arbeiterbewegung (trad. Ir., París, 1979). Entre los franceses, las obras de B. Coriat, Ciencia, técnica y capital, Madrid, Blume, 1976, El taller y el cronómetro, Madrid, Siglo XXI, 1993, 9.” ed., y El taller y el robot, Madrid, Siglo XXÍ, 1993, 2.” ed.

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