Carlos Marx – Miseria de la biografía

Queridos lectores, amigos y familia a lo mejor hoy debería limitarme a “colgar” el contenido de nuestra propuesta de lectura y abstenerme de comentarios. Miren, hoy tengo el día cagado, estoy como si me fuese a venir la regla (que conste que he consultado a mis compañeras y casi todas han coincidido en la descripción). Entre eso y que ante la inminente marcha del 15-S hacia Madrid,  que se prevé multitudinaria e histórica, la respuesta del gobierno de Rajoy (más conocido por el ausente, el desaparecido, el escondido…) a través del ministro de economía y como resultado de la imposición de los “socios” comunitarios, es la de anunciar un nuevo paquete de recortes (y sin especificar cuánto, cuándo, cómo y quienes seremos los agraciados de este nuevo tijeretazo). Y la hilarante y esperpéntica noticia -si no fuese real como la vida misma- de que la troika quiere que los griegos vendan su patrimonio nacional y alquilen islas. Vamos que la próxima exigencia a los griegos es que les apliquen un “idem”.

Y como consecuencia de lo anterior o no, la lectura que os proponemos hoy…pues eso. A priori, el título me resultó sugerente, pero a pesar de haberla releído un par de veces no acabamos  de comprender si el autor critica ciertos pasajes biográficos del Marx menos conocido, si critica a los críticos de Marx por resaltar esos momentos biográficos o se limita a realizar una minibiografía escabrosa para el “Sálvame de luxe”Además de eso, no hemos podido contrastar las referencias a las que alude y hemos indagado con poca fortuna sobre el autor, Rodolfo Peña: periodista y analista político mexicano, fundador del diario Unomásuno y colaborador del semanario “Página Uno”. El artículo es cuestión se publicó originalmente en “Sábado”, suplemento cultural del diario “Uno más Uno” de México, 12 de marzo de 1983.  Como andamos algo perdidos os compartimos el texto y estamos a la espera de que nos “iluminéis” algo más con vuestras aportaciones y comentarios. Gracias.

Carlos Marx – Miseria de la biografía

Rodolfo Peña

Insepulto aún el cuerpo de Marx, había muerto el día anterior, Engels informaba minuciosamente en carta a Friedrich Albert Sorge fechada en Londres el 15 de marzo de 1883, sobre el detalle del desdichado suceso y sus antecedentes cercanos. Desde hacía seis semanas, según sus palabras, esperaba ver corridas las cortinas al doblar la esquina de la calle. A la hora de su acostumbrada visita, a las 2.30 de la tarde, no había ventanas oscurecidas, pero halló a todos llorando por la rápida recaída del enfermo tras una pequeña hemorragia. Trató de consolar, de dar ánimos. La vieja Lenchen subió a la habitación del Moro, a quien había “cuidado mejor que una madre”, lo encontró medio dormido y pidió a Engels que entrara. Estaba dormido, ciertamente, en su sillón, pero ya no despertaría: de pronto se detuvieron el pulso y la respiración. “Había muerto en esos dos minutos, apaciblemente y sin dolor”.

“La cabeza más grande de nuestra época”

En sentido estricto, la humanidad había perdido una cabeza, “y se trata de la cabeza más grande de nuestra época”. El día 17, cuando la infausta noticia se había posado ya como sombra sobre el movimiento obrero mundial, Carlos Enrique Marx, nacido en Tréveris el 5 de mayo de 1818, fue conducido a la tumba donde yacía su mujer, en el cementerio londinense de Highgate Wilhem. Liebknecht, el dirigente de la clase obrera alemana a quien Marx le había apadrinado un hijo que en honor suyo llevaría el nombre de Karl (el mismo que en 1918 habría de ser asesinado por la socialdemocracia junto con Rosa Luxemburgo), dijo en la ceremonia: “En lugar de llorar, actuaremos en el espíritu del gran desaparecido“. Y Engels mismo rindió tributo al camarada de cuatro décadas, al que había conocido, un día histórico, en la sala de redacción de la Gaceta del Rin, en Colonia, durante un viaje de negocios auspiciado por la firma Ermen & Engels.

Ahora, en Highgate, al pie de la tumba, que es una jardinera en forma rectangular, hay un jarrón siempre favorecido por las flores de los visitantes, y en la parte superior una lápida de mármol con cuatro nombres inscritos: Jenny von Westphalen, Karl Marx, Harry Longuet (nieto) y Helena Demuth (la fiel y querida Lenchen).

Pero volviendo a la carta a Sorge, parece que había en ella algo como un prenuncio: “Las luminarias locales y las mentalidades inferiores, para no hablar de los farsantes, tendrán ahora el camino libre“. Engels se refería explícitamente a las tortuosidades y previsibles errores en que incurriría en adelante el proletariado por la pérdida de su consejero habitual y de quien era, con mucho, la figura más relevante de su dirección; y se refería, asimismo, al probable encumbramiento de personajes menores cuya petulancia teórica se desplegaría en un clima de impunidad relativa. Sin embargo, el hombre que conoció a Marx mejor que nadie quizás haya estado pensando también en los filisteos del bando opuesto y aun del propio, que inexorablemente habrían de arrojarse como hurones sobre la vida y la obra del coloso caído para infligirle una doble ofensa: execración o canonización, según si el flanco de los mordiscos era el fáustico o el divino, siguiendo la lógica bamboleante de las antinomias proudhonianas.

Una montaña vertiginosa

Cien años después, sin contar con las múltiples ediciones de sus obras sistemáticas, artículos, cuadernos de apuntes, notas marginales y correspondencia, hay una montaña de trabajo sobre Marx: biografías, monografías, ensayos, manuales y prontuarios exegéticos. El mejor, tal vez es el del crítico literario socialdemócrata Franz Mehring (1856-1919) titulado Karl Marx. Geschichte seines Lebens y publicado en Leipzig en 1918 (del cual hay una excelente traducción al español por W. Roces para ediciones Grijalbo, Barcelona, 1957). Era un escritor sin prejuicios – he ahí la clave -, a quien Engels, en relación con una obra anterior, La leyenda sobre Lessing, elogió entusiastamente por su poder para exponer los hechos “en forma magistral”. Los demás autores, a mi parecer, son buenos o útiles en la medida en que, liberados también de prejuicios como conditio sine qua non, deslindan rigurosamente su área de investigación y referencias, definen claramente sus propósitos y se ciñen a ellos. Es que Marx mismo es una montaña cuyo escalamiento produce vértigos desde los primeros momentos.

Pero Mehring no vivió lo suficiente para conocer el esfuerzo intelectual más meritorio de David Borisovich Riazánov, que consistió en fundar y dirigir, entre 1929 y 1931, el Instituto Marx-Engels de Moscú y publicar la correspondencia completa entre los dos grandes revolucionarios y sus obras. Riazánov, por cierto, no tenía mucho espacio para articular sus concepciones sobre la revolución socialista con el curso real de ésta después de la muerte de Lenin, aunque él acariciara esa posibilidad por algún tiempo. Todavía en 1930 aparecía su efigie en la “Pequeña Enciclopedia Soviética”, de diez tomos, y se decía de él que era el más profundo conocedor del marxismo, orador brillante, hombre de buen humor e intachablemente fiel a la clase obrera. El artículo estaba firmado por el mismísimo director de la enciclopedia, N. Meshcherákov. Pero en febrero de 1931 fue expulsado del PC (b) R bajo la acusación de menchevique, y su biografía oficial se modificó ligeramente: colaborador durante la Primera Guerra Mundial de publicaciones mencheviques-trotskistas (el rigor del binomio corre a cargo de los fiscales, naturalmente), como Golos y Nashe Slovo, comportamiento antiobrero y antipartidario en 1920-21, cuando la discusión sobre los sindicatos, de los que fue separado. Al parecer, fue torturado y liquidado en alguno de los famosos procesos de los años treinta. En cuanto a Meshcherákov, su apologista de otrora, debe haber corrido una suerte parecida. En todo caso, es comprensible que en los momentos en que la nueva casta sacerdotal se afanaba por edificar una iconografía ortodoxa de su gusto, a partir de Marx y Engels, alguien como Riazánov, cuya opinión era que las generaciones de entonces y las venideras tenían derecho a conocer al Marx verdadero, debía ir a la inquisición con el estigma de herejía.

Esa correspondencia, junto con innumerables testimonios de primera mano, hace en los espíritus simples un efecto aterrador, similar al que torturaba al bueno de Serenus Zeitblom frente a la vida de Adrián Leverkühn en Doktor Faustus, vida por cuyos senderos abismales jamás se habría atrevido el profesor de filosofía de no haber sido llevado por la mano segura de Thomas Mann. Algunos, como Werner Sombart, incluso ante la versión abreviada de la correspondencia, la han tachado de sencillamente repugnante, reveladora del “alma totalmente carcomida que habitaba dentro de Marx”. Otros (Schwarzschild) se han apartado de ella perplejos, declarando que una obra de las gigantescas proporciones de la legada por Marx, sólo se explica por los defectos y debilidades del autor. Se olvida la vieja y esclarecedora sentencia de Blas Pascal: En un alma grande, todo es grande.

Punto histórico de intersección

Carlos Marx ajustó despiadadamente las cuentas a los economistas, filósofos y políticos precedentes hasta un extremo en que, de grado o por fuerza, tenía que convertirse en punto histórico de intersección. Pero, con todos sus enormes empeños, ni abolió el capitalismo ni instauró el socialismo, si bien dejó pesar sobre el primero una sentencia de muerte que ha ido cumpliéndose paso a paso. Como el Prometeo mitológico, asaltó el cielo para robarle el fuego y entregarlo a los hombres y éstos casi lograron la traspuesta práctica con la Comuna de París, en 1871. Mas la historia no madura sino con su tempo propio, y el pensador y revolucionario titánico quedó en la intersección. Y allí, post mortem, haría coincidir en su contra a las almas mezquinas, cualquiera que fuera su falsa conciencia de la realidad: unos le harían sobrevolar a la humanidad entera e instalarse a la diestra de Dios Padre sin nuestros rústicos atuendos y defectos, y otros, a la vista de su correspondencia, decretarían que era humano, demasiado humano para que su conducta terrenal validara su conciencia y sus atisbos futuristas.

A fines de 1846, en carta a Annekov relacionada con la Filosofía de la Miseria, de Proudhon, Marx ubica el origen histórico del maquinismo hacia 1825, en Inglaterra, y lo explica así: “… las necesidades del consumo en general, crecieron más rápidamente que la producción, y el desarrollo de las máquinas fue una consecuencia forzada de las necesidades del mercado. A partir de 1825 la invención y la aplicación de las máquinas no ha sido más que un resultado de la guerra entre patrones y obreros”. Tomemos ese año como eje de referencia. Marx era entonces un niño de siete años, y su vida estudiantil tuvo que transcurrir bajo la influencia material de la industrialización, que habría de trasladarse a las naciones europeas del continente por razones de competencia, y a Estados Unidos por lo mismo y por la escasez de mano de obra. Hay que ver que sólo dos décadas después, el Marx de 28 años tomaba ya plena conciencia de la nueva era histórica en que le había tocado vivir, y de que al cambio en las relaciones sociales correspondería el derrumbe de muchas viejas categorías económicas y filosóficas tenidas por inmutables.

Nacido burgués, pero precisamente en la cercanía del período de la primera crisis universal, habría de dirigir sus portentosas armas críticas contra la burguesía, contra su caduco sistema de valores – justicia, libertad, igualdad, fraternidad y las “frases declamatorias sobre el hogar, el amor conyugal y todas esas banalidades” -, contra sus certidumbres en cuanto a la perdurabilidad milenaria de su hegemonía. Al mismo tiempo, crearía un método para el análisis de las relaciones sociales y la transformación de la realidad y demostraría científicamente la factibilidad de arribar, pasando por la revolución proletaria a una sociedad sin clases, si bien él no habría de conocer, en su cristalización, ni la etapa transitiva.

Lo bueno y lo malo

En la vida de Marx hay testimonios suficientes para establecer sin disputa que era un hombre pérfido, siempre a la luz de la moral de entonces, trasladada exánime hasta el presente, o de esa otra moral extrahistórica atribuida a un comunismo cuyas relaciones humanas y formas culturales nadie ni Marx ha podido vislumbrar siquiera, entre otras cosas porque es un trabajo estéril (y por ahora, hermanos, hay mucho qué hacer, diría César Vallejo). Pero era, también, el mejor de los hombres de su tiempo, y de ello, igualmente hay pruebas, ¿Cómo entender semejante contradicción? Sencillamente recurriendo al marxismo, a la dialéctica, que como él lo señalaba a Proudhon no es de ningún modo la distinción dogmática entre lo bueno y lo malo. “La coexistencia de dos lados contradictorios -escribió en Miseria de la filosofía -, en su lucha y fusión en una nueva categoría, constituyen el movimiento dialéctico. El que se plantea el problema de eliminar el lado malo, no hace más que poner fin de golpe al movimiento dialéctico“.

Pero recordemos sumariamente algunos de los datos que más tinta filistea han hecho correr.

Después de los primeros estudios en su ciudad natal, Marx pasó a las universidades de Bonn y Berlín. ¿Cómo se condujo allí, según la información disponible? Seguramente ningún buen padre habría aprobado su comportamiento, y el suyo lo reprochó con amargura en casi todas sus cartas. En Bonn pasaba demasiado tiempo en las tabernas y fue a dar a la cárcel por embriaguez; era derrochador como pocos de sus condiscípulos, incluidos los de familias más acomodadas; intervenía a menudo en riñas nocturnas y llegó a convertirse en duelista. En Berlín fue procesado varias veces por deudas. Encima, en toda una larga etapa se mostró terriblemente confundido respecto a la carrera que luego habría de abrazar, aunque sin abandonar el Derecho. Tan pronto se tenía por un futuro gran poeta como emprendía un mediocre trabajo novelístico o dramático. Frecuentemente consumía las noches y la salud en vanas disquisiciones filosóficas o en lecturas desordenadas. Para colmo, se había enamorado tempranamente de Jenny de Westfalia, “la más hermosa de Tréveris”, mujer de grandes cualidades, de mejor posición social y cuatro años mayor que su pretendiente. Esa relación, formalizada desde el inicio de la vida universitaria, amenazaba, según los temores del viejo Enrique Marx, con ir a parar en matrimonio y distraer todavía más a Carlos de sus estudios. Así sucedió, pero hasta 1843.

Naturalmente, eso era mucho más de lo que un padre honorable, buen jurista y patriota, temeroso de Dios era judío convertido al cristianismo -, podía tolerar impasiblemente. Por esos días, Marx fue bombardeado en las cartas del padre, precisamente con la mayor parte de los adjetivos que luego habrían de caer sobre él una y otra vez, hasta su muerte: frío y duro de corazón, egoísta, pendenciero, dispendioso, irritable, desconsiderado con la familia. ¿Merecía él realmente todo ese rosario de adjetivos o sólo intentaban éstos, sin conseguirlo, calificar aproximativamente las expresiones originales de un sin par carácter en forja, llamado a un destino descomunal y a las mas vastas empresas? Es curioso que en esas cartas del padre, que no era de mente estrecha y conocía bien los atributos intelectuales del hijo, se haya formulado por primera vez la oposición entre el lado bueno y el lado malo de Marx en términos metafísicos: He aquí un pasaje significativo: “No quiero y no puedo ocultarte mis flaquezas. Mi corazón se exalta a veces cuando pienso en ti y en tu futuro. Y a pesar de ello no puedo desprenderme de ideas tristes, llenas de presentimientos y temores, cuando, de pronto, pienso: ¿corresponderá tu corazón a tu cabeza, a tus talentos? ¿Tendrá cabida para los sentimientos terrenales, pero dulces, que en este valle de lágrimas son tan consoladores para el hombre sensible? Y ya que al parecer tu corazón está animado y dominado por un genio que no ha sido dado a todos los humanos, ¿será ese genio de naturaleza divina o fáustica?”

Meses después, el 10 de mayo de 1838, terminarían las dolorosas disputas con la muerte de Enrique Marx. Las relaciones con la madre, sin ser malas, no llegan nunca a ser tan directas y emotivas y casi se anularon al volverse epistolares, pues ella no dominaba el idioma alemán (era de ascendencia holandesa, y entre sus parientes cercanos estaba un cierto Philips, cuyos nietos harían más tarde internacionalmente famoso el nombre al ponérselo a una importante firma industrial). Cuando murió, en diciembre de 1863, Marx escribió a Engels: “Hace dos horas llegó un telegrama en que se me avisa que mi madre está muerta. El destino exigía a uno de la casa. Yo mismo ya estaba con un pie bajo tierra. Dada la situación, yo soy, de todos modos, más necesario que la vieja. Tengo que ir a Tréveris, por lo de la herencia…” Del padre, en cambio, conservó un retrato que, según se dice, llevaba siempre consigo y que Engels le colocó sobre el pecho, ya en el féretro.

“¡Si sólo supiera emprender algún business!”

El filisteísmo olvida esta persistente pobreza, que en largos períodos descendía hasta la más extrema miseria, a la que Marx no se resignó nunca y que marcó en gran parte su trato íntimo con los demás. Hacia 1862 escribió a Lasalle: “¡Si sólo supiera emprender algún business! Gris, querido amigo, es toda teoría, y solamente el business es verde. Por desgracia he llegado demasiado tarde a esta convicción“. Así parodiaba vulgarmente a Goethe, empujado por la desesperación. Esa miseria era la causa de que muchas de sus cartas se impregnaran de quejas, insultos, peticiones y hasta de pequeños embustes y ocultamientos de inesperados golpes de fortuna cuyo disfrute no duraba demasiado. Se olvidan, además, las enfermedades hereditarias, cada vez más torturantes y que habrían bastado para postrar en definitiva a cualquiera menos fuerte: dolencias hepáticas, tuberculosis. Pero se olvida principalmente que en medio de todo sobrevivía esa prodigiosa capacidad de trabajo, que le permitió crear su obra básica, aún incompleta, polemizar por escrito, atender su correspondencia, redactar artículos para la prensa partidaria o para publicaciones ordinarias, revisar galeras, acudir a las bibliotecas, hacer la sinopsis crítica de cada nuevo libro que leía, organizar a los trabajadores, asistir a reuniones y mítines obreros, interesarse por los últimos avances de la ciencia en todas las disciplinas.

Por contrapartida, en la cabeza de los filisteos están siempre muy presentes las documentables flaquezas de Marx, o lo que por tal se entiende. Se recuerda, con una morbosidad que parecería buscar una identidad imposible, que fumaba y bebía demasiado, pese a las prohibiciones de los médicos, generalmente mal tabaco y mal vino o cerveza. Se recuerdan las agrias disputas, no siempre justificadas, con todos sus amigos y aun con Engels, verdadero hermano suyo y colaborador insuperable, como la relativa al episodio de la muerte de Mary Burns, compañera de Engels a lo largo de más de una década. Se recuerda la adhesión devota que le manifestaban sus yernos, a quienes, pese a ello, podía tratar muy mal en sus accesos de ira: “¡Que se vayan al diablo Longuet, el último proudhiano, y Lafargue, el último bakuninista!“, exclamó cuando empezaba a construirse el partido obrero francés. Pero se recuerda con especial regocijo el hecho de que el amantísimo compañero de Jenny de Westfalia, el celoso Moro, haya sido el padre de Freddy Demuth, hijo de Lenchen.

¿Quién era, pues, Carlos Marx? La influencia de sus ideas y esto es, en último análisis, lo más importante está en todas las marejadas políticas contemporáneas. ¿Y el hombre? Todavía en 1957, Maximilien Rubel, en su Ensayo de biografía intelectual, escribió al respecto: “Ignorado en vida, idolatrado después de su muerte, su genio no ha encontrado aún el intérprete crítico que le rinda justicia“. Y todavía ahora, a un siglo de su muerte, puede decirse del hombre de Tréveris, si bien no del marxismo, cet inconnu.

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