Dialéctica y sujeto histórico. El prólogo de Engels al libro II de «El Capital»

Parece ser que algunas cosas pueden estar cambiando en esta España de los rescates y del latrocinio. Figuras otrora intocables, que encabezaban encuesta tras encuesta del CIS como la más valorada, hoy están siendo cuestionadas. Pues sí, de la monarquía y del “juancarlismo” se trata. Atrás quedaron aquellos tiempos de silencio cómplice de la prensa, de erigirse en salvador de la patria aún siendo golpista “por acción u omisión”, de ignorar que el monarca lo era “por la gracia de Franco”. Hoy la podredumbre de la institución supura por los cuatro costados: a los líos familiares (separaciones “de facto”, divorcios, concubinato…), se añaden los dislates del monarca senil que ora abate elefantes ora abofetea al servicio; o los negocios, chanchullos y demás temas económicos practicados por la familia (comenzando por el primero de los españoles y siguiendo por el duque deportista). A estas alturas no es suficiente con hacer públicas cuatro cuentas demediadas que expliquen el presupuesto de la Casa Real y cabe exigir, no solo responsabilidades, sino que se marchen, que tomen el mismo camino que sus antepasados: el exilio.

¿Qué pensaría el viejo Federico de todas estas cuestiones?. No lo sabemos aunque podamos  imaginarlo. Lo que si podemos saber es lo que pensó, dijo y escribió de otros asuntos importantes: de la dialéctica, de la naturaleza, del capitalismo…Y de eso va la cosa. A través del trabajo de Manuel Ballestero, publicado en el nº 168 de Utopías/Nuestra Bandera, vamos a conocer más cosas de Engels.

Saludos. A. Olivé

Dialéctica y sujeto histórico. El prólogo de Engels  al libro II de «El Capital»

Manuel Ballestero

Proceso real e interpretación

La conexión entre proceso histórico y formación del concepto, aunque por los raíles idealistas de la reflexión hermenéutica, es un tema que Hans G. Gadamer desarrolla con gran amplitud en su obra, Wahrheit und Methode, su extensa investigación culmina en una fórmula: que la relación hermenéutica se determina como «fusión, entrecruzamiento de horizontes», de modo que la interpretación se constituye en el espacio,  que por su propia «historicidad» abre el presente interpretador.

Claro que el contenido específico de esa formulación, aunque atiende a la  «historicidad del concepto», no puede en manera alguna asimilarse a la tesis histórico-materialista de la determinación de la racionalidad en el seno de la práctica social. En esta última, la abstracta y evanescente «historicidad» es examinada en su configuración histórico-concreta, y se elucida no sólo como «temporalmente situada», sino en tanto que complejo de relaciones socioprácticas.

Baste recordar el análisis a que Marx somete el liberalismo kantiano: «La forma característica que en Alemania adoptó el liberalismo francés, apoyado en intereses materiales, volvemos a encontrarlo en Kant. Ni él ni los burgueses alemanes percibieron que a los pensamientos teóricos les subyacen intereses materiales y una voluntad (Wille) condicionada y determinada por relaciones  materiales de producción; por eso (Kant)  separó la manifestación teórica de los  intereses que expresaba y transformó las determinaciones de la voluntad burguesa por intereses materiales, en autodeterminaciones puras de la «voluntad libre», de la voluntad, en y para sí, de la voluntad humana, y las cambió de esa suerte en determinaciones puramente ideales y en «postulados morales» (Marx-Engels, Ueber Kunst und Literatur, Dietz, Berlin, Zweiter Band, p. 7).

Como se ve el análisis no consiste en una equiparación término a término, sino en el establecimiento de relaciones entre la dinámica práctica real y la configuración teórica que se examina. Ni materialismo vulgar, ni sociologismo; para estudiar la correspondencia hay que captar primero el nudo del proceso real —las relaciones de producción—, también la arquitectura última de la teoría (el peculiar idealismo moral-kantiano).

De todos modos, el pensamiento marxista nunca, sino en contadas y hoy superadas deformaciones teoricistas y académicas, cuyos resultados a la vista están en nuestro país, ha olvidado el enraizamiento y determinación histórico-social de la conceptualidad; repito, para evitar que se me interprete de manera oblicua, no al modo hermenéutico de la idealista «fusión de horizontes», sino en tanto que conceptualidad encastrada y, como tal, forjada en procesos y articulaciones práctico-sociales.

La reflexión de Gadamer, no obstante, no debe arrumbarse simple y precipitadamente, desde un racionalismo abstracto, tan burgués como el idealismo hermenéutico, aunque se atavíe de cientificismo, y que está levantando la cabeza en ciertos espacios periodísticos, con el fin de arrimar el ascua a la sardina del poder real, que no confundo con el atuendo inmediato que viste en tanto que «gobierno»; distinción importante para no equivocarse de puerta ni de objetivo, la oligarquía financiera tiene, al mismo tiempo, varios hierros a la lumbre.

La relación y la diferencia entre «historicismo» y «materialismo histórico» debe tematizarse con suma atención, para que el último no se desfonde en análisis histórico burdamente empiricista, por un lado, y sociologismo miope por el otro.

Por todo esto, el desmantelamiento del mundo del «socialismo real» no representa sólo un gran descalabro histórico, la ocasión de la involución político-social que estamos sufriendo; además, como toda derrota (Lenin en uno de sus escritos aducía un agudísimo refrán ruso: «hombre derrotado vale por dos»), es también —dialéctica obliga—  ocasión de una reflexión más atenta y  profunda. Los campeones del occidente capitalista conocen hoy con toda crudeza el sabor amargo de los fastos y precipitados jolgorios de las veladas de victoria.

Mi lúcido y entristecido paisano, León Felipe, por eso podía pedirle a Don Quijote, de vuelta a su lugar desde Barcelona:

«Hazme un sitio en tu montura

y llévame a tu lugar

hazme un sitio en tu montura

caballero derrotado […].»

Nosotros, a la manera de otro, hemos de volver getrauer und weiser, más leales y más prudentes.

Quizás ahora, sin excesivas prisas,  en este lapso abierto ante nosotros, quizá podamos —porque lo debemos— releer y reflexionar de nuevo, en el caso presente el prólogo de Engels al libro II de El Capital,  texto tan puntual,  preciso y modesto, tan apretado de meollo, tan hondo.

Desde el principio, con justeza y gran  capacidad de síntesis, Engels, refiriéndose a la sustancia de la obra de su amigo, escribe: «Los temas investigados en el libro I, a saber la transmutación del dinero en capital», pasaje que creo conveniente resaltar, para poner en claro la índole dialéctica del estudio: la transición de las categorías (Geld-Kapital], (fue no se reduce a una cuestión puramente histórica, sino a la articulación teórico-dialéctica de los procesos empírica mente rastreables» (K. Marx, Das Kapital, ZweiterBand, Dietz, Berlín, 1981, p. 8).

La transmutación en las categorías, dinero en capital supone transformaciones empíricamente comprobables, pero transformaciones sólo perceptibles, en tanto que tales, a una neta distinción teórico-dialéctica de las mismas; de lo contrario la investigación bruta no encuentra más que el continuum procesual indiferente, pero el dinero a secas no es todavía capital, aunque constituye una de sus precondiciones. La relación del capital no se agota en el numerario, supone explotación del trabajo, extracción de plusvalor.

Pero lo esencial estriba, y Engels lo subraya, en la transmutación (Verwandlung), es decir, no tanto y sobre todo no sólo en el encadenamiento de las dos categorías, o en la secuencia temporal de las dos fases, sin o en el nexo dinámico interno por el (fue la una deviene la otra, la precondición el condicionado. Ese es precisamente el nexo dialéctico que permite pensar el devenir.

La Verwandiung de Geld en Kapital trata de una transformación en el proceso, del proceso mismo de transformación que, lógicamente, se encapsula en la noción dialéctica central de Werden, de manera que puede afirmarse con contundencia: es porque deviene, no deviene porque es.

Según esto, el libro I se centra en la transformación interna que liga y en que subsisten los diferentes.

De la colocación teórica central de este teorema depende la comprensión del centro de interés de El Capital (Lenin ya había indicado que quien no ha comprendido la lógica de Hegel no puede entender El Capital de Marx; habría que añadir que lo que no puede entender es el marco lógico que determina  su cientificidad —cf. I. I. Rubín, «Ensayos sobre la teoría del valor», en Cuadernos de Pasado y Presente, n.° 53, Akal,  1974, en particular «Advertencia»—: «Estamos aquí frente al problema de una nueva cientificidad, que rompe con las abstractas categorialidades del pensamiento burgués […].»). En cierta manera o, de manera cierta, la tematización dialéctica de ese devenir interno de la entidad capitalista, en y por sus diferencias, preside a la articulación propiamente histórica; y dialécticamente también, en su origen, en Hegel, la reflexión del proceso histórico empujó hacia la reflexión lógico-dialéctica (cf. W. Dilthey, Gesammelte Schriften, Teubner, 1925, IV Bd. y G. Lukács, El joven Hegel, Grijalbo).

Este rasgo central —el devenir del capital— Engels lo recalca en el mismo lugar, cuando explica: «Las páginas 973-1.158 (cuadernos XI hasta el XVIII) —de los manuscritos utilizados para la elaboración del libro II, M. B.— tratan del capital, capital y beneficio, tasa de beneficio, capital comercial, capital dinero, es decir, de los problemas que más tarde se desarrollarán en el manuscrito para el libro III», y para mayor claridad, indica que estos temas no se «agrupan» ni analíticamente se separan, sino que se abordan en el despliegue de una investigación dialéctica, en la que se conectan, como momentos de la teoría.

Los temas reaparecen procesualmente en una investigación — la de Marx— ni empírica ni secuencial en cuanto a su forma, sino conforme al pulso del despliegue de la teoría.

Esto que a primera vista parecería confortar alguna de las tesis del teoricismo abstracto, es exactamente su rechazo y refutación palmarios; no sólo porque ese despliegue responde a la maduración histórico-real del sistema (cf. Engels, Umrisse zu einer Kritik, MEW, I, y Marx,  Theorien der Mehrwert), sino porque en esa tematización y articulación dialéctica va implícita la conexión de la teoría y del movimiento, sin que por ello hayan de identificarse. Pero es éste un punto de vista que se le escapa a la abstracción teoricista, académica.

Un segundo punto teórico abordado por Engels en estas densas y transparentes páginas es nada menos que la determinación del problema cuyo esclarecimiento emprendió Marx y también la manera de hacerlo; todo ello con motivo de someter a crítica las pretensiones de Rodbertus: que Marx había recogido la idea del trabajo como sustancia del valor, de sus propio escritos, sin mencionarlo.

Engels, buen conocedor y colaborador teórico íntimo de Marx, para empezar escribe: «El (Marx) comenzó sus estudios económicos en 1843, empezando con los grandes ingleses y franceses» —no estaba todavía enfrascado en las reflexiones crítico-antropológicas de Feuerbach sobre Hegel,- ya había pasado a otro punto, determinante de su teorización—. A continuación, Engels emprende una apretada síntesis del desarrollo de la noción de plusvalor, ligándolo como va a verse al proceso de crecimiento del sistema: «El primer enfoque (Ansicht) fue el que surgía de la práctica comercial inmediata, que el p.v. surge como adición al valor del producto (aus einem Aufschlag auf den Wert des Produkts). Era el que predominaba entre los mercantilistas; pero ya entonces James Steward vio que lo que uno gana, otro necesariamente debe perderlo», de manera que el enfoque acerca de un incremento de valor en la esfera del intercambio comercial era inservible.

Engels añade inmediatamente: «A. Schmidt supo ya de dónde surgía el p.v. de los capitalistas»; en efecto, ese autor  situó el espacio de creación del plusvalor y de la riqueza social en el trabajo.

¿Entonces? Es ahora cuando Engels la cede le palabra a Marx: «Y no obstante, Schmidt  no ha separado la categoría propia de plusvalor, de las formas particulares que reviste en tanto que beneficio o renta de la tierra. Por eso en él, como en Ricardo, se dan muchos errores e insuficiencias en el curso de la investigación.»

Recapitulando: el desarrollo teórico,  tal como Engels ya había expuesto en  Umrisse —1844—, acompaña el desarrollo real del sistema. Marx expondrá, mucho más tarde con brillantez y precisión en Theorien der Mehrwert, el proceso de desvelación del trabajo como sustancia de p.v.; una vez más, dialécticamente, como reflexiona Ernst Bloch en Sujet-Objet (Gallimard, París, 1977), el pensamiento crece con el crecimiento del ser, no por la multiplicación de seminarios o de universidades de verano o de invierno.

En ese proceso histórico-dialéctico de esclarecimiento teórico, A. Schmidt ya conoce el trabajo humano como espacio de producción del p.v. Pero ni él, ni Ricardo han conseguido especulativa-teóricamente separar y, por ende, acuñar, la categoría fuera de las formas inmediatas que presenta en el plano empírico de su realización; por ello encubren el proceso de creación de p.v., detrás de la noción y de la práctica de su apropiación privada como «beneficio». El proceso de explotación del trabajo, a pesar de haber sido entrevisto, queda sepultado tras la pantalla de la rentabilidad del capital.

No nos importa aquí denunciar ese escamoteo-ocultación ideológico, evidente en los dos grandes clásicos del pensamiento económico burgués, que tropiezan en el umbral de la «verdad» —aquí sí que vale la pena, sin pedanterías, traer a cuanto la palabreja aletijeia  —desvelación— y que ante la puerta de la bodega secreta de Barba Azul pierden de repente la llave de oro. Es importante examinar el mecanismo teórico de la gran manifestación ideológica:  ni Schmidt, ni Ricardo desgajan, en su  pureza teórica la categoría de sus formas empírico-inmediatas de presentación; por ello no sólo encubren el proceso de creación de p.v., que ya han descubierto; el proceso de creación de p.v, que ya han descubierto; además asumen de manera acrítica, en las nociones de «beneficio y renta» las prácticas de la  sociedad burguesas.

He aquí una brillante y profunda crítica, no sólo epistemológica, sino socioideológica del inmediatismo empiricista  hoy tan recomendado y ensalzado por tirios y troyanos, es decir, desde los dos lados de la muralla.

Esa determinación teórica del p.v. exige separarlo, purificarlo de las adherencias inmediatas oscurecedoras; eso no tiene nada que ver con el teoricismo —luego desligado— de la «escuela  francesa», es solamente la clara conciencia dialéctica de la diferencia entre Wesen y Erscheinung, que el empiricismo niega y ha negado desde Berckeley y Hume. Esa tensión y diferencia en el seno de lo real, que constituye el meollo de la reflexión dialéctico-revolucionaria.

Pero el prólogo que comentamos nos interesa no sólo por esas derivas teóricas fundamentales que involucran planos de reflexión dialéctico-epistemológicas, sino también porque da entrada a las páginas en que Marx, una vez más desde su escandalosa obsolescencia, aborda problemas de la más apremiante actualidad.

En el curso del análisis de la circulación del capital (dinero) escribe: «Hemos visto que la producción capitalista, una vez establecida, en su desarrollo no sólo reproduce la “separación” (Trennung del trabajo y de las condiciones de trabajo, los medios de producción), sino que la expande en perímetros cada vez más amplios, hasta convertirse en la circunstancia social determinante» (Das Kapital, II, 39).

La «mundialización» es de nuevo un eufemismo de escamoteo y de geográfica trivilización; el concepto de Marx va mucho más lejos y más hondo, ya que no se refiere a una simple expansión más o menos vulgar y cuantitativa, sino a una cualitativa y que incide en todos los espacios de la vida social: en lo moral, en lo cultural y en lo político.

Primero, señalemos que, cuando Engels redacta el libro II, utilizando notas, esbozos y fragmentos que Marx dejó al morir (por esto mismo, por su factura, la obra es abierta, no una suma conclusa, redonda, perfecta, en sentido propio de «acabada» (cf. Engels, Etudes sur le Capital, Ed. Soc., París, 1949), Engels utiliza por su cuenta o encuentra en los manuscritos de Marx, como característica central del sistema, la Trennung, del trabajo y de los medios de producción. Ha de recordarse que este concepto de Trennung —en clases!!— es el que aparece ya en los Manuscritos de juventud, en tanto que punto determinante y rasgo central de la formación social; «separación» que luego veremos manifestarse en las «polaridades»: trabajo/ocio, vida/cultura, política/ética, representados/representantes, y entrando en el espacio socio-cultural, a la española: élites que «va \en/plebe y masas «que los pobres, no valen».

Esa separación estructural del sistema no sólo se expande, como acabo de  indicar por todo el organismo social, además se trata de un fenómeno sin paliativos, ni atenuantes o solamente analgésicos. La separación fundamental debe ser tratada enérgicamente si se quieren evitar sus ramificaciones «morales», «humanas».

Esta concepción trágica de la fatal expansión del sistema del capital, con sus deformaciones degradantes, no es el punto final de la reflexión de Marx. Dialécticamente también, y en ese progreso de la abyección Marx apunta a la posibilidad de mejor combatir contra el sistema, la de enfrentarse con él con un proyecto «alternativo» de transformación social racial, contrarios a la integración en las exigencias y necesidades del sistema:

«La producción capitalista no sólo produce mercancías y plusvalor, los reproduce y en un perímetro cada vez más ancho reproduce la clase de trabajadores asalariados, transformando a la inmensa mayoría de los productores inmediatos en asalariados» (II, 39).

En este pasaje de El Capital, Marx lleva a término la reflexión iniciada en el libro I, acerca de la noción de trabajo productivo que no implica necesariamente die Hände auslegen —meter las manos en la masa— ni se agota en la figura del obrero industrial tradicional, sino que engloba todas las actividades que intervienen como parcelas del Gesamtarbeit (del trabajo social global), y Marx, a continuación, aduce como ejemplo el trabajo del Schulmeister —maestro de escuela— que interviene en la formación de la fuerza de trabajo y, por tanto, en la elevación de su eficacia y de su productividad, sin hablar de su labor en la preparación del ciudadano crítico, autónomo, «verdaderamente libre» en vías de desarrollo.

En ese mismo libro I, ya había escrito: «Por proletariado no ha de entenderse sino el trabajo asalariado […] la acumulación del capital, por tanto, es incremento del proletariado» [Das Kapital, I, p. 642, nota 70). Recordamos todo esto para poner de relieve la incipiente mala fe y deshonestidad intelectual de quienes, para mejor apuntalar su diatriba antimarxista, pasan por alto —o desconocen—estas puntualizaciones teóricas.

Pero además, y es prueba de rigor y de consecuencia en la teorización de Marx y de Engels, estos pasajes anuncian el célebre prefacio de Engels a la Lucha de clases en Francia, de 1895, donde ya se enfoca el sufragio universal como uno de los instrumentos políticos en la lucha por el cambio social, y donde por vez primera se habla de revolución de la mayoría[i].


[i] Todo ello en la óptica de la lucha de clases.

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