La actualidad de Mariátegui

Conforme se acerca el fin de agosto, comenzamos a ver agitarse las aguas de la política estatal. Por lo pronto una convocatoria electoral, Euskadi; convocatoria que resulta cuanto menos interesante por: la posibilidad real de que la fuerza política más votada sea Bildu; de que como consecuencia de esto, PNV acentúe perfil soberanista y junto a los anteriores sean una clara mayoría. Otro hecho interesante será ver como el electorado “valora” las políticas realizadas por PSOE y PP a nivel estatal en el marco de la actual crisis.

Otros movimientos no menos interesantes son los que se están dando en el PP. Desde declaraciones muy críticas del “búnker pepero” (Mayor Oreja, Vidal Cuadras…), bajas del partido en bloque, la vicepresidenta en la picota y demás, no auguran nada bueno para Mariano Rajoy, el ausente. Como diría la diputada de su grupo, Andreita Fabra: “¡que se jodan!”.

Todas estas cosas y otras muchas más (la enésima ronda de recortes, la condicionalidad por el rescate a la banca privada y la sangría de derechos que se continuarán produciendo) darán lugar -esperamos y suponemos- a un otoño “caliente” (abrasador debiera ser) que marcará un punto de inflexión para las fuerzas que nos oponemos a este ataque o una derrota de nefastas consecuencias, porque -y no está de mal recordarlo-, el cuanto peor no siempre es mejor y además, suele tener un carácter desmovilizador.

Como conclusión: a todos los que habitéis estas tierras ibéricas y os afecten de lleno las gracietas capitalistas, ha llegado el momento de tocar a rebato y salir a defender lo nuestro, a plantar batalla, a intentar resistir. De nada sirve este blog, todas las obras completas de Marx, Engels, Lenin, Mortadelo o Filemón si no hacemos política, si no bajamos a las calles y gritamos fuerte que esta política no es democrática, que esto no es democracia. Y para los que no sois de estas tierras -y nos consta que sois multitud los que nos leéis desde lo que aquí conocemos como Latinoamérica-, pues más de lo mismo, porque las dentelladas del capital ni tienen patria, raza ni lengua; tan solo una fijación: maximizar el beneficio, crecer hasta el infinito.

Pues bien, en parte por todos nuestros lectores de allá y en parte, porque para el marxismo  del siglo XXI, para el socialismo del futuro, no deberíamos olvidar a nuestros clásicos -unos más conocidos que otros-, y quizás desempolvar algún que otro manuscrito. Y esa es nuestra propuesta hoy, conocer, aproximarnos a la figura de un marxista desconocido para nosotros (lo confesamos) y poco estudiado en Europa, José Carlos Mariátegui Lachira. A través de un breve trabajo de Manuel Monereo (¡qué decir de nuestro maestro!), publicado en el nº 163 de Utopías/NB, queremos iniciar una serie dedicada al original pensador peruano.

La actualidad de Mariátegui

Manuel Monereo Pérez

1. En una de sus últimas entrevistas Ernst Bloch cuenta una historia que me impresionó enormemente. Resumo: poco antes de la llegada al poder de Hitler, Bloch asistió a un acto público en el Palacio de Deportes de Berlín, donde intervenían varios oradores de la izquierda y un representante del Partido Nacional-socialista. Los oradores de tradición socialista hicieron un discurso bastante similar: contradicciones, cifras, tasas de beneficio, plusvalía… La gente, según  Bloch, daba señales evidentes de cansancio y fatiga. Le tocó el turno al oradornazi; éste empezó constatando el aburrimiento general, la carencia de proyectos esperanzadores y concluyó con una idea-fuerza: capitalismo y socialismo son la misma cosa. El resto del discurso lo dedicó a hablar de «La Patria», del destino glorioso de Alemania, de una misión superior del pueblo ario. El resultado, siempre según Bloch, fue el entusiasmo de la mayoría de los asistentes.

Bloch usaba este ejemplo para reivindicar un marxismo anclado en las tradiciones populares, un marxismo capaz de llegar a los sentimientos, a la esperanzar de la gente, un «marxismo cálido». Creo que esta cuestión, es decir, la relación entre sentimiento y pensamiento, pasión y marxismo, heroicidad y política, expresan de forma precisa no sólo una de las características de la tradición  socialista-comunista, sino el núcleo duro del marxismo constituido y vivido por  José Carlos Mariátegui Lachira.

Más allá de los debates, casi siempre mal conducidos y escasamente útiles para la lucha social, el marxismo ha sido algo más que ciencia o, mejor dicho, no solo ciencia —en el sentido normal de este concepto—. Como han señalado diversos autores —Sacristán, Fernández Buey, etc.— a los que me siento muy próximo, en la obra de Marx coexisten de modo inseparable filosofía, ciencia y una elección de valores al servicio de su teoría revolucionaria.

El llamado «socialismo científico» ha sido, sobre todo, una pretensión- fundamentar racionalmente —«científicamente»— la plausibilidad de la transformación comunista de la sociedad capitalista. Moses Hess lo definió de un modo que agradaría mucho a Mariátegui: pasión razonada.

Y no se trata sólo de teoría: ¿quién puede desconocer el enorme impulso moral de masas que históricamente ha acompañado al movimiento socialista? ¿Quién puede negar que las conquistas históricas hoy ferozmente cuestionadas se deben utopías en gran medida a ese impulso moral organizado de «los de abajo»? La historia de los hombres y de las mujeres que han luchado y siguen luchando por el socialismo, esto se olvida hoy, lo ha sido de sufrimientos, de opresión, de tortura, de larguísimos períodos de lucha clandestina, de sistemática renuncia a lo personal en aras del objetivo colectivo, que convierte en mera imagen literaria la teoría del mito soreliano.

Ciertamente, no se puede ni se debe ocultar que en nombre de esa doctrina se han cometido crímenes y desmanes de todo tipo. Lo que me interesa subrayar aquí es que por primera vez en la historia las masas han intervenido de modo permanente y organizado en lo político desde una concepción moral intensamente vivida y pensada.

 2. Mariátegui era muy dado, como muchos de sus coetáneos, a titular sus trabajos con frases del estilo: «Crepúsculo de la civilización», «crisis mundial», etc. En uno de sus últimos artículos «Existe una inquietud propia de nuestra época» se dice: «Este época tiene, como todas las épocas de transición y crisis, problemas que la individualizan. Pero esta inquietud, en unos es desesperación, en los demás vacío». Efectivamente, la época que comienza con la Revolución de Octubre y que concluye con la Segunda Guerra Mundial señala el fin de un determinado orden social y el inicio de una transición que para una parte fundamental del movimiento obrero y de la izquierda  tenía que haber, al menos hasta 1930, con la perspectiva abierta con la Revolución de Octubre rusa.

Como suele ocurrir, este giro extremadamente brusco, estos cambios radicales, pusieron también en crisis las formas de intervención políticas, los tradicionales mecanismos de articulación social y los fundamentos ideales que habían hegemonizado el movimiento obrero durante la Segunda Internacional.

La historia es conocida y no voy a insistir mucho más. Sólo una cosa: la crisis, en este caso, fue de un determinado marxismo, de un determinado modo de concebir y vivir el «socialismo científico» caracterizado, según José Carlos Mariátegui, por una «degeneración evolucionista y parlamentaria». Como señaló Manolo Sacristán hace unos años, tres fueron los caminos de recuperación «del Marx revolucionario en la crisis de la socialdemocracia:

 »El equilibrado camino abierto por Lenin, que consiste en subrayar el factor subjetivo de la concepción marxista, pero sin dejarlo desbordarse en un idealismo; el camino caracterizado por este desbordamiento idealista, la contraposición de un Marx idealista al marxismo limitadamente materialista y cientifista de la socialdemocracia, ignorante de la dialéctica: éste es el camino del joven Lukács, del joven Gramsci, del joven Togliatti, de tantos jóvenes intelectuales comunistas de los años veinte; por último, el camino, muy minoritariamente seguido, de los comunistas positivistas, Bojdanov, Pannekoek, Korsch, etc., los cuales recusan la dogmática socialdemocrática añadiendo la teoría machiana del conocimiento a la voluntad revolucionaria marxista.»

Parece claro que Mariátegui está claramente emparentado con la segunda vía como han demostrado sobradamente, desde distintas ópticas, Paris, Rouillón, Aricó, etc. Flores Galindo definió el asunto que nos ocupa así: «Un tipo de marxismo que no se siente necesariamente contrapuesto al hecho religioso y que, como este autor lo señala -se refiere a Gouldner-, incluye dentro de sus fuentes a muchas de las tradiciones milenaristas y utópicas del movimiento obrero.»

En Mariátegui, también en cierta medida en Gramsci, se da un hecho muy característico: la constatación de la insuficiencia de su marxismo, del marxismo que él conocía, para comprender los elementos básicos del complejo civilizatorio en crisis. De ahí, la necesidad de una relación, de una confrontación, de un, si se me permite, mestizaje permanente con otras culturas y tradiciones.

El problema del marxismo de Mariátegui podríamos resumirlo del siguiente modo: ¿Dónde encontrar las energías morales, organizativas y políticas necesarias para la descomunal tarea de construir el socialismo en Perú y en Latinoamérica? La idea del mito, la centralidad de la religión, tenían que ver, a mi juicio, con una «física de los sentimientos y de la voluntad», con una «física de los sentimientos y los valores» en el sentido concreto y preciso de sacar fuerza, de acumular energía, morales e ideales para tan ingente tarea.

El tema es muy complejo y requiere de razonamientos más finos y ajustados. Pero me interesa subrayar, sobre todo, una cosa: frente a la cultura laica y atea de la burguesía, el comunismo ha reivindicado una moral fuerte (frente a la moral de los fuertes), un pensamiento fuerte y un sentimiento y una voluntad fuertes, es decir, un modo diverso, antagónico, de enfocar las relaciones entre voluntad, valores y pensamiento crítico.

Como antes se indicó, la especificidad del marxismo no deviene de su afirmación socialista-comunista, sino de su pretensión de fundamentar racionalmente, «científicamente» la viabilidad del comunismo. Las menciones, tal vez excesivas, al carácter «científico» de su aportación y la calificación, con matices, de lo anterior como utópico, están relacionadas sin duda con esta matriz central de la metódica de Marx y de Engels.

Un pensamiento revolucionario con vocación científica venía a cualificar sin duda la relación entre lucha social, concepción del mundo «de los de abajo» y pensamiento. En el caso de Mariátegui como en el caso de Gramsci, lo que está presente no es otra cosa que la idea de hegemonía, de «reforma moral e intelectual».

En Flores Galindo, autor al que no conocí pero que añoro, hay un paso muy característico cuando dice «desde luego que religión y esperanza resultan acordes con un socialismo que confiere tanta importancia a los elementos irracionales: la imaginación, la intuición, lo creativo y espontáneo». Pues bien, ¿se puede llamar hoy, sin más, a todo esto irracional?, porque nos podemos encontrar al final que todo lo subjetivo acaba siendo identificado como irracional. La filosofía de la ciencia pone de manifiesto que los objetivos no se demuestran sin más, no siendo por ello calificados, discutidos y pensados.

Ciertamente, hoy es absolutamente necesario reivindicar el concepto analítico, explicativo, racional, de la vieja metódica marxista. La lucha contra el cientifismo, positivista o no, no puede convertirse en un apoyo a posiciones irracionalistas. Se debe hacer un esfuerzo extremadamente serio para profundizar, innovar, para reforzar nuestra capacidad de análisis y prospectiva. Creo que, en lo fundamental, sigue siendo válido el viejo aserto que decía que sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario.

Pero a la vez, como la experiencia histórica muestra, es necesario reforzar las  razones morales, los valores y los sentimientos que inviten a una superación del  desorden existente, a una práctica política-moral alternativa como fundamento  a una nueva política transformadora.

3. La resultante de todo este complejo de factores e influencias es un marxismo abierto y problemático, que, dicho sea de paso, proveniente de alguien que se define como marxista «convicto y confeso» y como persona «con una filiación y una fe», no deja de ser paradójico. Lo característico de Mariátegui es esto: un militante revolucionario que da tanta importancia a la religión, al sentimiento, a la voluntad, en definitiva, a lo subjetivo, produce un marxismo fundamentalmente antidogmático y extremadamente realista. A Mariátegui hay que medirlo sobre todo —ésta es mi opinión— como dirigente político.

   El procedimiento político-estratégico seguido por Mariátegui es ejemplar:

a) El «reconocimiento» de la realidad peruana, en el marco de un análisis extremadamente pormenorizado de la crisis mundial. Pocos dirigentes de la izquierda de la época tenían un conocimiento a la vez tan global y concreto de los grandes temas, de las grandes cuestiones. El ciclo de conferencias sobre la «crisis mundial» o sus escritos en «defensa del marxismo» lo ponen claramente de manifiesto.

b) El reconocimiento de la realidad peruana se realiza de forma singular, tanto en el método como en los contenidos. Los Siete ensayos son una descripción profunda, tanto de la realidad histórica peruana como de la estructura de clases y del comportamiento de las mismas. Todo ello en el marco de un análisis profundo y original de la cuestión indígena.

c) La singularidad del análisis surge del empleo de un marxismo abierto y sin prejuicio que chocó, se diría que casi necesariamente, con el cada vez más evidente proceso de fosilización del marxismo y del leninismo a manos de la dirección de la III Internacional. Su concepción del partido, de cómo crearlo y de cómo estructurarlo; su análisis del papel del sindicato y su política de alianzas eran producto de un análisis riguroso de la realidad y tenían poco que ver con las fórmulas usuales de la «vulgata marxista». No era una simple frase la pronunciada por Mariátegui en el aniversario de la revista Amauta cuando escribía «no queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano. He aquí una visión digna de una generación nueva».

Leer hoy a Mariátegui tiene pues un doble objetivo: primero, reivindicar a un clásico del marxismo, que supo ser a la vez radical y creativo. En segundo lugar, recoger un impulso moral, un ejemplo de vida en momentos de renuncia y de derrota.  Hoy, cuando toda la izquierda está viviendo momentos de confusión, capitulación y liquidación por derribo, su figura nos ayuda realmente no sólo para resistir sino para avanzar en la necesaria refundación de la izquierda y, como decía Flores Galindo, para reencontrar la dimensión utópica.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Actualidad y Reflexiones y etiquetada , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a La actualidad de Mariátegui

  1. Fernando dijo:

    Pues mas de lo mismo y sin animo de ofender ¿que interes puede tener estudiar a fondo un autor de 1930?, ¿que actualidad tiene los problemas estrategicos de la III Internacional? Creo que hay que buscar soluciones a los problemas actuales y no perder fuerzas recordando un pasado que no fue mejor.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s