Una lectura de “Americanismo y fordismo” de Antonio Gramsci

Haciendo un repaso de los materiales publicados, Marx desde Cero puede afirmar que no se debe nada, que estamos al día. Nos explicamos, no hay entregas pendientes de ningún trabajo, no tenemos en marcha ningún taller. Con la libertad que otorga el trabajo bien hecho y a tiempo, nos tomamos la licencia de retomar la aproximación al “pequeño” pero inmenso teórico marxista Gramsci.

Si anteriormente tratamos conceptos como los de “guerra de maniobra y posición”, “Oriente y Occidente”, “revolución pasiva” hoy vamos a tratar sobre otro par de conceptos no menos interesantes para el análisis de la realidad concreta que está ahí afuera. Son los conceptos de “americanismo y fordismo“. Y como en otras ocasiones advertimos que la reflexión gramsciana sobre estos conceptos corresponden a un contexto y como intento de respuesta teórica a los interrogantes que la revolución va planteando: en concreto, la racionalización del trabajo en la Rusia revolucionaria. Para introducirnos en este tema hemos elegido un interesante trabajo de Juán Ramón Capella que se publicó en un volumen colectivo, “Gramsci y la izquierda europea”, por la FIM en el centenario del nacimiento de Gramsci y consultar la entrada sobre la revolución pasiva.

Esperamos que les sirva para reflexionar.

Salud. A. Olivé.

Una lectura de “Americanismo y fordismo” de Antonio Gramsci

J. Ramón Capella

Para alguien con afición a la lectura de los Quaderni de Antonio Gramsci, la de las páginas que componen Americanismo y fordismo no deja de plantear ciertas dificultades. A la admiración que habitualmente suscita aún hoy la fuerza del pensamiento de Gramsci, que puede llegar a ser particularmente intensa en este caso, se añade precisamente aquí un sentimiento contrapuesto, distinto, que impone cierto distanciamiento en el lector y señala inmediatamente la necesidad de realizar una evaluación crítica del texto al mismo tiempo a admirado. Explicar esta contraposición sentimental –así manifestada, en las emociones inmediatas, como reveladoras de nudos teoréticos- es el objeto de estas líneas, las cuales no pueden componer más que una lectura, esto es, una interpretación esencialmente diacrónica, desde la problemática del Presente.

Es un lugar común entre los estudiosos que Americanismo y fordismo contiene entre otros un elemento anticipatorio. Gramsci va a descubrir acertadamente rasgos destacados de un  período del siglo xx justamente en el momento en que ese período se abre. La lectura de hoy lo contempla ya cerrado. Debe declararse ante todo el triple sello que le pone fin: 1 ) la crisis del “Estado del Bienestar”, saldada con la reducción a mínimos de los márgenes de la actividad de éste, según unos, o con su conversión en mero “Estado intervencionista”; 2) la tercera revolución industrial, con tecnologías que reducen el tiempo de trabajo necesario para la producción de bienes; 3) la apertura de una gran crisis ecológico-social, no resuelta.

El lector percibe en seguida ciertas oscilaciones en el punto de vista desde el que se escriben los textos sobre Americanismo y fordismo. Estas oscilaciones se explican sólo en parte por la discontinuidad de la redacción, realizada al hilo de lecturas y en momentos muy distintos,  y también, en parte, por tratar una serie de problemas “cuyas resoluciones se intentan y se plantean en las condiciones contradictorias de la sociedad moderna” por decirlo con palabras de Gramsci. Pero eso no lo explica todo. A mi modo de ver, la autocensura del escribir carcelario impide la manifestación clara de las distintas preocupaciones del autor, que permanecen casi sumergidas, responsables principales de la oscilación de puntos de vista.

LOS TRANSFONDOS

Una de las preocupaciones de Gramsci la constituye la política de industrialización de la Unión Soviética. El epígrafe ‘Racionalización de la producción y del trabajo” permite comprender sus razones. Gramsci señala que la tendencia política representada por Trotski planteaba correctamente problemas (mediados los años veinte) respecto de esa industrialización, pero propugnaba soluciones prácticas profundamente equivocadas. Según Gramsci esta tendencia manifestaba el proyecto insuficientemente racionalizado de dar la primacía a la industrialización en la Unión Soviética. Esta “racionalización insuficiente” se traducía en la propuesta de acelerar la implantación de la disciplina y el orden industriales y promover la correspondiente adecuación de las costumbres sociales con métodos coercitivos exteriores al proceso de producción, según un modelo militar. Gramsci creía que una política así solo podía dar lugar al bonapartismo, y de ahí la necesidad de derrotarla políticamente, esto es, de superarla.

Si entendemos que la política aplicada por Stalin tras la derrota como grupo político de la tendencia encabezada por Trotski consistiría precisamente en eso (con la variante stajanovista, de emulación destajista apoyada coercitivamente por el Estado, en vez de los “ejércitos del trabajo” de Trotski), y que esa política condujo efectivamente al bonapartismo staliniano, se comprenderá el alcance de la posición de Gramsci. Éste, que en 1926 se había manifestado claramente contrario a la de Trotski, se opuso con energía no menor a los métodos burocráticos empleados para zanjar el problema político sin resolverlo materialmente en la III Internacional y en la Unión Soviética.

La disidencia de Gramsci en este punto es central, pues toca un punto neurálgico de su innovadora concepción de las relaciones político-sociales: Trotski, y también Stalin, abordaron el problema de la industrialización soviética desde el punto de vista del dominio político de este proceso; Gramsci lo hace desde el punto de vista mucho más complejo de la hegemonía, de la búsqueda no ya de mero consenso político sino de identificación autónoma de la sociedad con un proyecto, capaz por tanto de materializar las condiciones metapolíticas sin las cuales este último se vuelve irrealizable. Es ésta una de sus preocupaciones en el análisis del americanismo, aunque, con referencia a los textos, es una preocupación que está en segundo plano.

Y hay también otra distinta, cuya clave puede buscarse en ciertos pasajes de “Autarquía financiera de la industria”, que tiene la forma de un largo comentario de una idea de M. Fovel, en el que tanto al principio como al final se plantea la cuestión de si este autor, cuya biografía político-social traza de paso cuidadosamente, habla por sí mismo o expone ideas de “determinadas fuerzas económicas” -esto es, de la patronal industrial italiana. Pues lo que se examina es en realidad la idea de pacto social sobre la base del crecimiento económico para la modernización económico-social de Italia. Una modernización que, como señala inmediatamente Gramsci, es crecientemente incompatible con un Estado corporativo que además crea nuevas formas de actulación parasitaria. Gramsci considera pues la posibilidad de que las exigencias de la modernización italiana faciliten a los trabajadores posiciones más activas socialmente y conviertan al Estado fascista en un estorbo para los empresarios industriales.

De este trasfondo doble pero emparentado -se trata en ambos casos de modernización industrializadora- nacen las oscilaciones en los énfasis de los textos de Americanismo y fordismo. Que hay que leer además tomando en consideración el convencimiento gramsciano de que la época de los ataques por sorpresa, de los asaltos revolucionarios, había quedado cerrada (tal es su lectura estratégica de la política de frente único que había defendido junto a Lenin en la dirección de la III Internacional) y se entraba en una época definida con la metáfora de la “guerra de posiciones”: una época de avances y retrocesos microscópicos y de cambios lentos en la correlación de fuerzas político-sociales. Una etapa histórica en la que se hace relevante comprender la estrategia igualmente de movimientos microscópicos, “de guerra de posiciones”, del adversario político-social, pues es a éstos a los que hay que adecuar el propio combate y la propia energía. Gramsci inventa, para designar la guerra de posiciones del adversario, el concepto de “revolución pasiva’ . 

AMERICANISMO Y REVOLUCIÓN PASIVA

En la última redacción de los textos que se comentan aquí lleva antepuesta unas líneas introductorias en las que Gramsci señala el motivo de interés por la socioeconomía y la política implicadas en las innovaciones técnico-productivas y económico productivas del empresariado norteamericano de punta, por el modelo americano. Éste tiende a organizar una economía programada. Los problemas examinados han de verse como pasos de la transición del individualismo económico (o concurrencia de muchos capitales) al capitalismo organizado (y también, en los pasajes con clave “soviética”, como problemas generales de la industrialización, aunque ello es textualmente secundario).

Gramsci plantea en forma de dilema el significado futuro de aquella transición. Una posibilidad es que el conjunto de cambios cree las condiciones de una explosión revolucionaria “de tipo francés” -dice con su inteligente autocensura carcelaria-: las condiciones de un cambio revolucionario, en el sentido de una “revolución según El Capital de Marx”. La otra posibilidad es que los cambios de esa transición sean precisamente una revolución pasiva, una contrarrevolución social innovadora. No resuelve el dilema en e1 texto, pero todo indica que consideraba el fordismo como elemento de una revolución pasiva (al menos para todo un período histórico).

Hay pues, en este trabajo del antiguo dirigente político de los comunistas italianos, una reflexión fundamental sobre la base inmaterial de un replanteamiento estratégico de gran alcance. Pero se advierte inmediatamente el carácter fragmentario e incompleto de esta reflexión, tal como ha llegado hasta nosotros. Pues, como más adelante se advertirá, abre numerosos interrogantes. Uno de ellos estriba en saber cómo creía Gramsci que podía evitarse, en una revolución pasiva, que e1 movimiento emancipatorio quedara despojado de sus dirigentes políticos y sociales o, dicho en términos mis generales, perdiera su orientación. A Gramsci no se le escapaba que la liquidación del Estado fascista, al tiempo que permitiría la reconstrucción de las organizaciones del movimiento obrero, daría o bien la seña1 de partida o bien un impulso poderoso para una innovadora restauración del “orden” del capital.

Este interrogante remite a otras cuestiones que exceden los límites de estas páginas, como es la concepción gramsciana del partido emancipatorio, la cual, pese a contener un elemento innovador de primera magnitud respecto del leninismo –la idea de intelectual colectivo impulsor de una reforma moral y cultural-, sigue teorizándose como dotado de consistencia ideológica (como sujeto portador de una concepción del mundo) y no simplemente programática.

El modo de abordar Gramsci ciertas cuestiones específicas permite establecer otras diacronías, ahora en sentido fuerte: indicaciones de que su tiempo hizo es ya el nuestro. Para poner de relieve algunas de ellas se agruparán los asuntos de que se ocupa principalmente Americanismo y fordismo en torno a tres materias (que por otra parte parecen las centrales del original gramsciano): las exigencias que la modernización productiva impone al empresariado y al Estado, las que impone a los trabajadores y, previamente, lo que Gramsci llamaba “una composición demográfica racional”.

“LA DEMOGRAFIA RACIONAL”

Gramsci considera que entre los Estados Unidos y la Europade su tiempo -e Italia en particular- existe una diferencia Básica: los Estados Unidos tienen “una composición demográfica racional”, consistente en que no hay en su población clases numerosas sin una función en el universo productivo, esto es, clases absolutamente parasitarias, Por el contrario, en Europa existen clases así. Particularmente en el sur de Italia, existe una pequeña burguesía “pasiva”, devoradora de la renta agraria, que dificulta la expansión industrial. La consideración de Gramsci es muy lúcida en términos estrictamente demográfico-económicos. De un modo u otro, la ulterior expansión industrial europea ha estado condicionada por la necesidad de una reconversión ” demográfica” de acuerdo con las características concretas de cada país: así, en España, grandes movimientos migratorios han reducido drásticamente la población campesina, etc.

Lo relevante, sin embargo, es una observación lateral de Gramsci: según él, los norteamericanos que se han ocupado de la industrialización no han tratado de este prerrequisito suyo porque la “composición demográfica racional” en América “existe ‘naturalmente’ ”. Este “naturalmente” va entrecomillado en el texto; por ello hay que entender que Gramsci no consideraba “natural” en sentido estricto la demografía así adjetivada, sino como un producto histórico que ha resultado aproblemático para la industrialización. El quid del asunto relevante para establecer la diacronía está ahí. Pues no hay nada de eso. El genocidio de las naciones indias americanas, definitivamente impulsado por la construcción de los ferrocarriles intercontinentales -esto es, por la primera industrialización, por sus concomitantes necesidades comerciales-, es la base de la “racional” composición demográfica norteamericana. Gramsci, simplemente, no lo percibe o no lo toma en consideración, aunque si percibe lo que con ironía refiere como la “riqueza” y la “complejidad” de la historia de la civilización europea, con su comercio de rapiña, etc., que ha dejado un mantillo de sedimentaciones demográficas pasivas. 

SALARIOS Y FINANCIACIÓN INDUSTRIALES; EL ESTADO

Probablemente el mayor interés anticipatorio de los textos de Americanismo y fordismo se encuentra en la consideración por Gramsci de las exigencias que la modernización productiva impone al empresario y al Estado.

Así, las reflexiones gramscianas sobre los salarios altos que las industrias de punta, “tipo Ford”, pagan a los trabajadores. Aunque hay una línea de pensamiento en la que se indica que esos salarios altos son propios de una situación particular, que están relacionados con el “prestigio de empresa”, con una situación de monopolio incompleto, etc. en esa reflexión se advierten dos novedades importantes. Los salarios altos evitan cierto grado de coerción directa para la adaptación de los trabajadores a los nuevos métodos industriales. Esto es: aunque Gramsci no cree que los salarios altos (y la consiguiente elevación del consumo) sean un fenómeno primario, percibe sus consecuencias para la hegemonía. Y, además, superando un prejuicio, al advertir que lo dicho no basta para explicar el fenómeno, sugiere que en las industrias fordistas hay que buscar algún elemento nuevo que sea el origen real de los “salarios altos”:

El elemento nuevo -según sabernos hoy- es la producción masiva a costes decrecientes, mediante una racionalización productiva. El razonamiento no es completo aún, al menos en este punto: Gramsci cree que la elevación de los salarios se debe a la necesidad de compensar con un nivel de vida más alto el mayor desgaste físico y psíquico impuesto a los trabajadores por los nuevos métodos, y propende a considerar a la economía capitalista en su conjunto como tendente a la homogeneidad (ya que no a la estabilidad); no percibe la necesidad de generar demanda implicada por la expansión de la producción. Pero capta certeramente un rasgo esencial del nuevo orden industrial, que trata de sustituir la coerción por la persuasión indirecta, por la hegemonía. Otros rasgos, como la nueva fragmentación del mercado de trabajo y la ampliación numérica de lo que se ha llamado “aristocracia obrera”, privilegiada, son advertidos también anticipatoriamente.

Esta comprensión anticipatoria de Gramsci no termina ahí. Pues se interroga, siempre a propósito de la  modernización productiva, acerca de la posible sustitución de la financiación externa, del capital financiero, por otra ligada directamente a las empresas industriales. La cuestión planteada es en realidad si el desarrollo puede partir de la interioridad del mundo industrial (empresarios, saberes técnicos, trabajadores). Y acerca de si la lógica de la modernización exige un cambio en las funciones del Estado: la intervención pública en el proceso productivo.

La primera cuestión, relativa a la “financiación interna”, amplía el razonamiento que antes se había señalado como inacabado. Se trataría, según Gramsci, de conseguir que todas las rentas industriales procedan de la aportación a la empresa (en forma de saberes técnicos, trabajo, financiación) y no de la lógica del derecho de propiedad en abstracto. Esto es en cierto modo una anticipación de las políticas económicas keynesianas, o idea de una producción a costes decrecientes que pudiera dar de sí más plusvalía, altas ganancias, crecimiento de los salarios reales y cierto ahorro obrero (evitando a los ahorradores “parasitarios” devoradores de plusvalía).

Advierte también que el Estado va a verse en la necesidad de intervenir activamente en el ámbito económico. Llega a esta convicción a partir del análisis de la nueva función financiera del Estado desarrollada en la crisis del 29. E infiere las consecuencias: el Estado, mediador financiero, no podrá limitarse a la tarea de controlar la inversión: también tendrá que intervenir en la producción, como regulador central. Gramsci anticipa incluso que su intervención habrá de consistir a veces en salvar empresas en crisis, esto es, percibe que la nueva función estatal alterará el concepto de viabilidad económica del capitalismo concurrencial, la cual cederá el paso a la viabilidad político-económica característica del capitalismo organizado. 

LOS TRABAJDORES: TAYLORISMO Y MORALIDAD

Las cualidades anticipatorias de Americanismo y fordismo en lo tocante a los rasgos económicos del capitalismo organizado parecen perderse y hasta confundirse cuando Gramsci se ocupa de ciertos aspectos de la adaptación de los trabajadores a las innovaciones tecnicoproductivas. Estos aspectos tienen que ver sobre todo con la aclaptación psicológica al taylorismo y con la moralidad sexual y vital del trabajador-masa.

Como es sabido el taylorismo consiste en la descomposición analítica de las operaciones de trabajo, asignando a cada trabajador la realización de un gesto productivo único, que se repite infinitamente, en la cadena de producción. Se trata de los métodos de organización laboral que el “anarquista” Chaplin satirizó en Tiempos modernos precisamente por sus efectos sobre los trabajadores. Gramsci, sin embargo, se abstiene de criticar los métodos gestual-repetitivos de la organización taylorista del trabajo, basada en la utilización más intensa posible de la energía de los trabajadores para el fin empresarial; en realidad hace todo lo contrario. Según él, con estos métodos no muere o se embrutece la espiritualidad del trabajador. Sólo se adapta el gesto físico (para entendernos: como si el trabajo en esas condiciones se pareciera a la conducción “automática” de automóviles), pero con la adaptación el cerebro quedaría en completa libertad.

Cualquier problema de interpretación puede descartarse aqui. Aunque en algún momento Gramsci señala que la adaptación al industrialismo es un cambio para la humanidad tan radical como el paso del nomadismo y el pastoreo a la agricultura y exige toda una época histórica, lo cierto es que no está refiriéndose positivamente a la adaptación de los trabajadores a los métodos industriales que puedan surgir a lo largo de todo ese período histórico, sino específicamente al taylorismo de su tiempo. Y tenemos suficiente evidencia para señalar, que Gramsci incurre en un enorme error de juicio. Simone Weil, que quiso experimentar por sí las condiciones de trabajo de la clase obrera precisamente en una factoría taylorizada, ha dejado en la condition ouvrière un relato impresionante del embrutecimiento físico y el agotamiento espiritual que estos métodos producen en los trabajadores incluso ya “adaptados”. Los técnicos empresariales en organización del trabajo, por lo demás, tampoco han juzgado como Gramsci: precisamente se han esforzado por hallar formas de organización (rotación en las tareas laborales, etc.) que palien las consecuencias indeseadas del trabajo mecanizado en la individualidad de los trabajadores, y ni siquiera hoy consideran resuelto el problema.

Igualmente ilustrativas de una línea de reflexión no sólo equivocada sino incluso con inquietantes consecuencias políticas son las consideraciones de Antonio Gramsci relativas a la moralidad sexual de los trabajadores y también, específicamente, al prohibicionismo antialcohólico de aquellos años.

El industrialismo es visto por Gramsci como lucha contra la “animalidad” del ser humano. La lógica industrial exige según él una “rígida disciplina de los instintos sexuales”, tendente a contener los usos deportivos del sexo en beneficio de los reproductores, al objeto de reservar para la producción la energía psico-física de los trabajadores. El tiempo de notrabajo, en el que se repone esta energía, no es visto como “tiempo para la libertad”, sino como un tiempo que es necesario codificar en esta clave puritana. En tal contexto racionaliza también el prohibicionismo, considerado no ya como exigencia ideológica sino más bien estructural, productiva. Los nuevos métodos industriales necesitan según Gramsci la estabilidad de las relaciones sexuales, el reforzamiento de la institución familiar y la eliminación sin piedad de los sectores de la clase obrera que no se adapten a esta pauta de comportamiento, cuya práctica moral contenga rasgos libertino-libertarios.

Por lo demás, Gramsci percibe que los intentos de imponer tales modelos de comportamiento realizados por los industriales americanos técnicamente más avanzados (menciona con frecuencia el interés de Ford por la vida privada y familiar de los obreros de sus fábricas) no han conducido a que la contención en la conducta se convierta en una “segunda naturaleza” para los obreros. Por ello cree que en determinadas circunstancias por ejemplo, una gran crisis, con desempleo y desmoralización profunda de las clases trabajadoras- las iniciativas ‘”puritanas” podrían convertirse en función del Estado si los métodos de la sociedad civil (i.e., la disciplina empresarial y la autoeducación obrera) resultaran insuficientes.

Estas posiciones de Gramsci pueden contemplarse desde el punto de vista de la previsión o comprensión de los procesos sociales y desde un punto de vista programático. Abordando ahora sólo la primera perspectiva, puede decirse que Gramsci sobrevaloró las tendencias “puritanas” relacionadas con el fordismo de los años veinte y treinta y las consideró consistentes con las nuevas técnicas, vistas además -como se ha señalado- aproblemáticamente. Con el correr de la etapa que entonces se abría, sin embargo, el problema social ha sido precisamente el contrario: el consumismo hedonista  -fenómeno en cuyo interior el consumo” deportivo” de sexo actúa como elemento psicomotor- ha sido fomentado hasta el paroxismo por una producción masiva que necesita crear su propia demanda. El puritanismo “fordista” resultó ser, en el capitalismo organizado, un falso arranque, un elemento propio de la cultura norteamericana, derivado de sus componentes religiosos, sin equivalente en otras sociedades (y aún así, en la forma considerada por Gramsci, característico sólo de un periodo de la historia norteamericana) dotadas de tecnologías industrial de punta. 

GRAMSCI ENTRE DOS SOCIALISMOS

El acierto y el error de Gramsci en Americanismo y fordismo nos permiten localizar su lugar como pensador, casi único entre los grandes, en la historia del movimiento emancipatorio.

Gramsci se sitúa intelectual y políticamente mas allá de lo que pudiéramos llamar el marxismo clásico y el comunismo de la III Internacional en varios asuntos importantes, En el plano político, por su interpretación estratégica -no táctica- de la política de frente único (que le habría distanciado no sólo por el asunto Trotski del zig-zag posterior dela Internacional comunista), Gramsci asumió a fondo los supuestos de aquella política y la elaboró teoréticamente de un modo creador. Con buen arte, en la cárcel de Turi, el cerebro que según Mussolini había de dejar de pensar construyó los instrumentos conceptuales de “guerra de posiciones”, de “revolución pasiva”, de “partido orgánico”, de “reforma intelectual y moral” y sobre todo de “hegemonía” (concepto este Último capital para la filosofía y el pensamiento políticos, hoy sin embargo trivializado hasta un punto en que sólo lo usan fecundamente casi unos pocos historiadores), y, con ellos, renovó la capacidad de comprensión del universo social.

Así pudo percibir anticipatoriamente Gramsci los rasgos que iba a adoptar la adaptación correctora del capitalismo, lo que llegó a llamarse posteriormente “Estado del Bienestar”, y comprender bien su lógica interna: desde la autofinanciación industrial hasta la reestructuración de los aparatos estatales para desarrollar funciones activas de intervención económica, pasando por la atracción hacia el ideario burgués de una aristocracia obrera ampliada. Gramsci tenía una imagen bastante completa del terreno en que habría de librarse en el futuro la guerra de posiciones. Pocos pesimismos de la inteligencia tan inteligentes, pues además advirtió el carácter problemático, tanto desde el punto de vista social como desde el punto de vista político, de una industrialización acelerada dela Unión Soviética.

No obstante, Gramsci se mantenía aún en la concepción del mundo característica de las Internacionales I y III (y, si hacemos abstracción de los planos moral y político, también de la II). Pues concebía el socialismo como interesado ante todo por el desarrollo de las fuerzas productivas, por el progreso material. Un desarrollo y una socialización objetiva del proceso productivo que el capitalismo inicia y recorre a su manera. Gramsci comparte con Marx la perspectiva del comunismo como sociedad de abundancia (“a cada cual según sus necesidades”, con una versión en el fondo naturalista, o en todo caso poco elaborada, del concepto de “necesidad”).

El mito de la “sociedad de la abundancia” -que por ironía de la historia comparte con Marx la ideología hegemónica entre las actuales poblaciones del “norte” industrializado del planeta- se halla en el origen del acrítico productivismo, muy “hombre nuevo”, de Americanismo y fordismo. El “desarrollo de las fuerzas productivas” entendido corno sinónimo de “progreso” suscita una percepción selectiva de la realidad que minimiza -vistos desde la meta, desde un tiempo siempre futuro, no desde el presente- los lados destructivos de la industrialización. De ahí el olvido de las naciones exterminadas y la apología del taylorismo.

Esta última resulta difícil de sopesar en Gramsci. Su evaluación de los nuevos métodos industriales no es ciertamente idílica –la adaptación de los trabajadores tropieza con resistencias – pero sí forzada, hasta el punto de prescindir de importantes rasgos de la realidad. Por otra parte, el productivismo le lleva a dejar de lado el problema constituido por el hecho de que los nuevos métodos hacen insalvable entre clases sociales la separación entre saber tecno-científico en la producción y saber práctico-productivo, el saber de los trabajadores. Esto es: los nuevos métodos consolidan la exploración del momento intelectual de la producción.

Obviamente, este problema no se puede abordar románticamente, como se hace demasiado a menudo, con nostalgias de artesano o de buen obrero especializado, sino como un problema de reapropiación  por el común del saber científico-técnico. Esto es: como proyecto de decisión por un demos suficientemente dotado de bienes de cultura (“a la altura de los tiempos”) sobre los proyectos y programas de investigación y sobre los objetivos de la producción.

El proyecto comunista gramsciano de “reforma intelectual y moral”, de naturaleza sobreestructural -por decirlo en el lenguaje clásico de la tradición emancipatoria moderna- ha de contraponerse a una lógica asimilatoria de la idealidad de las clases trabajadoras coherente con los nuevos rasgos del capitalismo organizado: a la lógica del consumo fuera del tiempo de trabajo, que Gramsci captó, aunque, como se ha visto, insuficientemente (su énfasis puritano). El proyecto está pues planteado en términos demasiados abstractos.

No se le puede hacer a Gramsci la censura de no ver entonces lo que otros vemos hoy, pero sí señalar lo que ya entonces era un límite interno de la reflexión político social.

Por lo demás, concebir el industrialismo como una lucha contra la animalidad del ser humano resulta excesivamente dionisíaco, fáustico, Pues la naturaleza, incluida la del ser humano, es ineliminable, como muestra el componente ecológico de la crisis civilizatoria del presente.

Ni siquiera hoy es razonable ser antiproductivista. La producción racional de bienes es una necesidad perentoria en un sentido único la mayoría de cuya población vive en la escasez, y en el que el número de quienes están por debajo del nivel de subsistencia se acerca más y más al de los pobladores “opulentos”. Esto hace necesario reexaminar, en verdad, que es realmente producción, percibir que bienes existentes son destruidos para que la producción tenga lugar. En este renglón hay que contar no sólo en términos de ecología material: también se deteriora la ecología moral de las poblaciones. El conjunto de valores morales, factores de socialización subjetiva, que el productivismo capitalista destruye al crear mera socialización objetiva -esto es, dependencia-, no se conserva. Ante los problemas del presente, so1o la ecología moral de la multitud puede hacer innecesaria para nuestra especie la intervención redistributiva “puritana” de un poder político despótico.

Desde este punto de vista, puede decirse que el proyecto ilustrado del que Gramsci es heredero ha de ser refundado ahorrándole esperanzas fáusticas, apologéticas de la técnica.

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