Katz, Mandel, Mattick, ondas largas y fluctuaciones cortas

Que la economía, al igual que los astros, se mueve a través de ciclos es algo que no serprenderá a nadie. Tal vez si resultará menos conocida la tesis marxiana de la tendencia de la tasa de ganancia a caer a largo plazo. Pues bien, todas estas cosas de ciclos económicos, ondas largas y cortas, tasas y demás lo hemos tratado alguna vez en Marx desde Cero (en los diferentes trabajos del gran Jesús Albarracín (La economía de mercado o en otros trabajos; así como los trabajos sobre ondas largas de Eduardo Almeida) y lo retomamos hoy con un escrito de José A. Tapia Granados, profesor de la Universidad de Michigan -concretamente del Institute of Labor and Industrial Relations-, publicado en la revista Soc. bras. Economia Política, Rio de Janeiro, nº 13, p.59-75, dezembro 2003; en el que se repasan las concepciones de Katz, Mandel, Shaikh y otros economistas marxistas respecto de la tendencia de la tasa de ganancia a caer como fenómeno a largo plazo. Se contrastan dichas ideas con las de Mattick, Weeks y con algunos datos empíricos de la economía estadounidense. Finalmente se comentan algunas publicaciones recientes según las cuales la constatación en el volumen III de El capital  de la tendencia a la caída de la tasa de ganancia como fenómeno a largo plazo debe atribuirse a la edición por parte de Engels del texto original de Marx. Al parecer dicho texto, recientemente publicado en alemán y en inglés, no incluye ninguna afirmación referente a que la caída de la tasa de ganancia sea un fenómeno a largo plazo.

 

Katz, Mandel, Mattick, ondas largas y fluctuaciones cortas

José A. Tapia Granados

En la teoría económica estándar o neoclásica los mercados tienden por sí mismos al equilibrio de la oferta y la demanda. En la explicación monetarista típica de Friedman las recesiones en general se conciben como fenómenos debidos a políticas monetarias equivocadas y excesos de regulación estatal. Otros autores hablan de las “anomalías” del mercado laboral con sueldos demasiado elevados (generalmente atribuidos al poder monopólico de los sindicatos), shocks exógenos (subidas de precios de materias primas, conflictos políticos, fluctuaciones climáticas dependientes de las manchas solares àla Jevons) o influencias aleatorias que a largo plazo producen una fluctuación quasi-periódica, como teorizó Slutsky (SNOWDON et al. 1996, BANNOCK et al. 1998, GANDOLFO 1987). Cada economista neoclásico escogerá una o varias de esas explicaciones para dar cuenta de la alternancia más o menos irregular de épocas de recesión con épocas de expansión, lo que en inglés se denomina business cycle o trade cycle.

 Por el contrario, tanto el keynesianismo como la teoría económica de Marx ven en los procesos económicos propios del capitalismo el origen de tendencias intrínsecas a la crisis. Lord Keynes retomó las teorías subconsumistas de Malthus y Hobson según las cuales en las economías de mercado hay una tendencia persistente a que la oferta exceda a la demanda, generando recesión y desempleo. Frente a Pigou, Schumpeter y los economistas “ortodoxos” que ante la gran recesión de los años treinta recomendaban dejar al mercado actuar y recuperarse por sí solo, Lord Keynes teorizó en La teoría general la necesidad de que el Estado interviniera en la economía para crear demanda y combatir el desempleo masivo. Seguía así la dirección ya iniciada teóricamente por Kalecki y Myrdal, plasmada también en la política económica que había comenzado a aplicar Suecia en las décadas siguientes a la primera guerra mundial, Estados Unidos en el New Deal rooseveliano y Alemania a partir del acceso de Hitler al poder en 1933 (GALBRAITH, 1987). En la visión keynesiana una intervención estatal inteligente en la economía puede asegurar la estabilidad y el pleno empleo que el mercado no garantiza por sí solo.

Marx tiene una teoría de las crisis económicas dispersa en sus obras publicadas en vida y en las muchas que dejó inéditas y que fueron publicadas tras su muerte por Engels y otros. La teoría de la crisis de Marx es así un tema difícil que a menudo da lugar a polémicas en las que diversos autores se acusan de traición a las ideas del maestro o de mantenimiento de teorías que de ningún modo corresponden a la realidad actual. En la segunda mitad del siglo XX muchos economistas de izquierda intentaron hacer una síntesis de las ideas de Marx y de Keynes. Que el resultado de dicha síntesis tenga algún valor heurístico o sea más bien un revoltijo de agua y aceite solo válido para enturbiar las cosas es asunto que está aún por resolver.

Las debacles económicas recientes en diversos países han puesto en el candelero las teorías explicativas de la crisis. Claudio Katz, que ha presentado análisis de la crisis argentina abiertamente definidos como marxistas (KATZ, 2001a) defiende la teoría de Ernest Mandel según la cual existen ondas largas en el desarrollo del capitalismo (KATZ, 2000). Dicha teoría, que se remonta a Schumpeter, Kondratieff y Trotski, es para Mandel básicamente un intento de adaptar a las postrimerías del siglo XX la teoría leninista del imperialismo como fase final del capitalismo (MANDEL, 1983). Lenin usó datos e ideas de Hobson y Hilferding para explicar las tendencias económicas de las primeras décadas del siglo XX que incubaron la primera guerra mundial y que a su juicio indicaban que el capitalismo había alcanzado una fase final imperialista cuya esencia económica es la de un capitalismo de transición, “más propiamente de capitalismo agonizante” (LENIN, 1916). A la fase final leniniana de capitalismo imperialista agonizante seguiría ahora en versión mandeliana el “capitalismo tardío”. Teniendo en cuenta que Mandel escribió acerca del capitalismo tardío hace ya más de veinte años, ¿tendríamos que hablar ahora de otro nuevo estadio o fase? ¿Habría que acudir a un uso orwelliano del lenguaje para hablar quizá de una fase posfinal o postardía?.

Mandel era trotskista y, por tanto, leninista. El intento mandeliano de reactualizar la teoría economica marxista y analizar los fenómenos económicos de la segunda mitad del siglo XX con el instrumental de Marx parte de las ideas de Lenin sobre el imperialismo (Mandel también asumió las ideas leninistas sobre la necesidad de un partido de vanguardia y las tesis de Trotski sobre la URSScomo “Estado obrero degenerado”). En Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo Lenin afirma que la doctrina de Marx “es todopoderosa porque es exacta. Es completa y armónica” y proporciona “a los hombres una concepción del mundo íntegra, intransigente con toda superstición…” (LENIN, 1908). Es difícil compatibilizar esa idea de la integridad y completad de las ideas de Marx por ejemplo con la realidad de El capital, cuyo capítulo final sobre las clases sociales, de apenas una página, revela indiscutiblemente una obra incompleta. La idea leninista de que la doctrina de Marx es exacta, completa y armónica es una idea doctrinaria, a partir de la cual resulta difícil ir más allá de la exégesis y la repetición de las ideas de Marx. Por otra parte ese tipo de afirmaciones solo sirve para negar la obviedad de que toda obra científica es incompleta y que el conocimiento de la realidad es siempre parcial, pues la solución de un problema siempre abre la puerta a problemas ulteriores. La publicación póstuma de los dos últimos tomos de El capital y de las Teorías de la plusvalía prueba claramente que Marx mismo distaba mucho a su muerte de estar convencido de haber creado una obra cerrada y completa. Las ideas de Marx representan un modelo económico-social del capitalismo que, como todo modelo, es incompleto y parcial, constituyendo una abstracción drástica de los datos de la realidad histórica. Otra cosa es que esas ideas, con todas sus limitaciones, constituyen una teoría que tiene en muchos aspectos más capacidad explicativa de los fenómenos sociales y económicos del mundo moderno que las teorías económicas y sociológicas hoy en boga, producidas por las instituciones y los intelectuales acomodados al mundo burgués.

Mandel, Shaikh, Katz y otros autores marxistas que defienden la existencia de “ondas largas” suelen referirse a periodos de varias décadas, incluso 50 o 60 años, en la tradición de Kondratieff. La discusión sobre si existen o no dichas ondas largas es evidentemente una discusión empírica y ha de abordarse frente a datos económicos concretos para no ser doctrinaria. Lo que resulta evidente frente a cualquier serie de algunas décadas de algún indicador económico (desempleo, tasa de crecimiento del PIB, índice de actividad industrial, tasa de ganancia o cualquier otro de los indicadores del estado de la economía) es que hay fluctuaciones, que la actividad económica en el capitalismo tiene como latidos, como sístoles y diástoles (la metáfora fisiológica es de Schumpeter). Pero a diferencia de las sístoles y las diástoles del corazón de un individuo sano, los ciclos de expansión y contracción del sistema son irregulares, hay arritmia permanente. Pero, ¿hay realmente “ondas largas”? Claro que ad hoc se puede hablar de una época próspera de un par de decenios aquí, otra más o menos recesiva de otros dos o tres decenios allá… Si nos fijamos por ejemplo en dos estimaciones empíricas de la tasa de ganancia en EE. UU. (una de Shaikh, otra de Moseley, figuras 1 y 2), lo que vemos son fluctuaciones que se suceden cada pocos años. Si lo que buscamos es una tendencia más a largo plazo, vemos que en las tres décadas siguientes a la segunda guerra mundial la rentabilidad en general tendió a bajar, luego, a partir de los años ochenta la rentabilidad tuvo una clara recuperación, que se mantuvo hasta bien entrados los años noventa. Que en estas variaciones de la tendencia pueda verse algún tipo de ondas largas es más que dudoso.[1]

Según Alfredo Medio (1987) Marx nunca produjo una teoría rigurosa del trade cycle, aunque se acercó bastante a ella. A mi juicio dicha teoría está relativamente bien delineada ya en “Salario, precio y ganancia” (1865). En los capítulos XII a XV del tomo III de El capital Marx explica, en versión editada por Engels, la caída tendencial de la tasa de ganancia, aunque dicha explicación se hace en un contexto que no da una idea clara de si los fenómenos analizados son fenomenos a corto o a largo plazo, lo que evidentemente abre la puerta a interpretaciones largoplacistas como las de Mandel o Shaikh.

A mi juicio, lo que a veces se denomina “teoría de la crisis” de Marx es una teoría implicita de las fluctuaciones económicas, de los mal llamados en inglés business cycles o trade cycles, que ni son ciclos, porque son irregulares, ni afectan solo a los “negocios” o al comercio, sino al conjunto de la actividad económica. En la concepción de Marx, mientras las condiciones para los negocios son buenas la competencia entre los capitales hace que las desviaciones de los precios de mercado con respecto de los precios de producción (y por tanto, las desviaciones de la proporcionalidad valor-precio) se mantengan dentro de límites moderados. Aumenta entonces la composición orgánica del capital por efecto de innovaciones tecnológicas que implican inversión en bienes de capital y que eliminan trabajo. Los cambios inducidos por la introducción de bienes de capital en el proceso productivo modifican la participación de las distintas empresas en los mercados respectivos. La rentabilidad de unas empresas aumentará, pero la de otras disminuirá y globalmente la rentabilidad comenzará a caer, por no ser el aumento de la tasa de explotación asociado al cambio técnico suficiente para compensar el aumento de la composición orgánica del capital (ya que r = p / [á + 1], siendo r la rentabilidad, á la composición orgánica del capital y p la tasa de plusvalía, o tasa de explotación). Cuando la rentabilidad cae en suficientes sectores la retracción de la demanda de bienes de capital acentúa a su vez la caída de la rentabilidad, que depende también de la velocidad de rotación del capital (como ha explicado y mostrado econométricamente Fichtenbaum). Esto podría a su vez verse agravado por una subida salarial asociada a la reducción o incluso desaparición del desempleo (el “ejercito industrial de reserva”) en la fase expansiva del ciclo. Una vez que la recesión es abierta y los negocios “van mal”, muchas empresas han de vender a la baja, ya sean sus propios productos o sus bienes de capital, para hacer frente a los pagos de deudas. La tasa de ganancia se desploma, ya que esos mecanismos son de retroalimentación positiva y han de conducir forzosamente a efectos acumulativos. Las desviaciones de los precios de mercado respecto de los precios de producción (por tanto la quiebra de la proporcionalidad aproximada de los valores y los precios) tenderán así a ser máximas en las fases recesivas en las que, por otra parte, los salarios se reducirán por el aumento del desempleo. La propia dinámica de la crisis crea condiciones en las que la destrucción física de capital (edificios deteriorados, máquinas o inventarios invendibles por el desuso o el almacenamiento), la venta de bienes de capital a precios de liquidación y la caída brusca de los salarios provocada por el aumento del desempleo hacen que la rentabilidad se recupere. Unas empresas desaparecerán y otras verán crecer considerablemente su capital físico, incrementado a cambio de muy poco capital monetario, a costa por supuesto de los desechos de otras empresas. Como en el adagio de la vieja pedagogía — “la letra con sangre entra” —, en la visión schumpeteriana — inspirada en gran parte por las ideas de Marx — una crisis económica importante producirá la “destrucción creativa” que abre la puerta para una recuperación “vigorosa” y “bien fundamentada” de la prosperidad. Cada ciclo, pues, comenzará con un aumento de la rentabilidad como consecuencia de la recesión, hasta el momento en que la acumulación de capital y el aumento de la composición orgánica del capital hagan que la rentabilidad comience a caer y luego se desplome.

Que la proporcionalidad valores-precios se quiebre sobre todo en los momentos de recesión, a mi juicio cuestiona razonamientos como los de Shaikh (1978), que implican que dicha proporcionalidad se mantiene grosso modo a largo plazo y que, por tanto, hay una tendencia secular a la caída de la rentabilidad. Para que a largo plazo hubiera una caída de la rentabilidad r, la composición orgánica del capital á deberia aumentar también secularmente, si admitimos que, a largo plazo, la tasa de plusvalía p tenderá a aumentar. Dicho sea de paso, en la determinación de la rentabilidad del capital son fundamentales las variaciones de precio de bienes de valor cero (por ejemplo terrenos, concesiones mineras o forestales, patentes, marcas comerciales u otros “activos intangibles”). Que el precio del suelo edificable en Nueva York o en Tokio se reduzca durante la recesión a la mitad o una cuarta parte de su precio en el boom (antes de que el Japón entrara en crisis se decía que el precio de los terrenos del palacio de Hirohito equivalía a todo el PIB japonés) es básico para que se recupere la rentabilidad del capital, a costa de otros capitales, por supuesto.

Aunque a largo plazo no haya ninguna caída de la rentabilidad o, dicho de otra manera, aunque no haya ninguna tendencia a una caída secular de la tasa de ganancia, ni en ondas largas ni medianas (sean de Kondratieff, de Juglar o cualquier otro), lo que resulta evidente en las estimaciones empíricas es la tendencia a corto plazo a la caída de la rentabilidad. O, dicho de otra forma, la tendencia a la reiteración de fases cortas, de unos pocos años, en las que la rentabilidad tiene un alza paulatina (coincidente con el final de la recesión y el inicio del periodo de expansión) y luego una caída brusca (que desencadena una fase recesiva). De ahí que a menudo las ganancias totales y los márgenes de ganancia sobre ventas se califiquen como variables procíclicas y leading indicators, o sea “indicadores anticipados”, del ciclo (ZARNOWITZ, 1987).

La concentración y la centralización de los capitales, la sincronización progresiva de las fluctuaciones expansión-recesión en distintos países y las relaciones de mercado cada vez más ampliadas intensiva y extensivamente a todas las esferas de la vida social implicarán tendencialmente una repercusión cada vez mayor de cada recesión en el funcionamiento de la sociedad. Es así probable que las crisis, o sea, las etapas recesivas, tiendan en general a ser cada vez más graves, aunque la tendencia al agravamiento no sea lineal y aunque la tasa de ganancia se recupere unas veces más y otras menos tras cada recesión, sin que haya una tendencia a largo plazo. La necesidad de recuperar la rentabilidad por transferencia de poder adquisitivo desde los asalariados hacia el capital (ya sea mediante procesos inflacionarios o directamente mediante la reducción de los salarios nominales) generará resistencia popular a que el sistema se “reajuste por sí solo” y consiguientemente, conflictos laborales y crisis político-sociales cuando el Estado intervenga a favor del capital.[2]

La lectura del capítulo XIV del tomo III de El capital suscita rápidamente la idea de que de los seis factores que cita Marx como contrarrestantes de la tendencia de la tasa de ganancia a caer (el aumento de la intensidad de la explotación, la caída de los salarios por debajo del valor de la fuerza de trabajo, el abaratamiento del capital constante, la superpoblación relativa, el comercio exterior y el aumento del capital financiero), al menos tres (la caída de los salarios, el abaratamiento drástico de los bienes de capital y el “exceso de población”) obran sobre todo en los momentos de recesión. Por cierto que esos seis factores no pueden considerarse hoy de ninguna manera exhaustivos. Marx no cita por ejemplo el aflujo de inmigrantes, que durante un periodo expansivo puede resolver la saturación del mercado de trabajo e, incluso, reducir considerablemente los desembolsos en capital variable en sectores más o menos amplios de la economía (aumentando la tasa de plusvalía sin influir en la composición orgánica del capital).

Para John Weeks (1981) nada distorsiona más el análisis de la relación entre la caída de la tasa de ganancia y las tendencias que la contrarrestan (ambas, leyes tendenciales) que interpretar la ley de la tendencia a la caída de la tasa de ganancia (“la ley como tal” en palabras de Marx) como un fenómeno a largo plazo, “aunque esta interpretación es increíblemente común”. Weeks cita a Howard Sherman como partidario de esta interpretación largoplacista, que a mi juicio es también la de Foley (1986), la de Shaikh (1983, 1987) y la de Mandel (1983). La versión mandeliana es que la fase larga ascendente de la onda, en la que aumenta la tasa de ganancia, está determinada “exógenamente” (por fenómenos de represión, guerra, descubrimientos, etc., que aumentan la rentabilidad), mientras que la fase larga descendente, en la que cae la rentabilidad, está determinada “endógenamente”, por la acumulación que aumenta la composición orgánica del capital. En resumen, para Mandel y Katz la rentabilidad tiene tendencias seculares a largo plazo, a la subida en una fase de la onda larga y a la bajada en la fase posterior (figura 3A). Para Shaikh, en cambio, la tendencia a largo plazo es siempre a la baja, la rentabilidad solamente se recupera en el crash, o sea, en una depresión grave o una guerra, no en recesiones o “baches” cualesquiera de la economía (figura 3B).

Paul Mattick utilizó las herramientas de Marx para analizar el capitalismo del siglo XX y a menudo defendió la idea de que la teoría de Marx proporciona un modelo dinámico que en líneas generales ha resultado corroborado por el siglo y medio de capitalismo posterior a la obra de Marx. En Crisis y teoría de la crisis, Mattick señaló que la tendencia al descenso de la tasa de ganancia no es empíricamente observable (MATTICK, 1974, p. 81) pero, en su visión, en cada crisis dicha tendencia se hace manifiesta, “ya que los fenómenos que la contrarrestan no bastan para seguir garantizando la ulterior valorización del capital” (MATTICK, 1974, p. 83).

En diversas ocasiones Mattick (1969, 1974, 1978) insistió en la vinculación entre los procesos de acumulación del capital y la dinámica de expansión-contracción típica del capitalismo de mercado y criticó las pretensiones keynesianas de regulación satisfactoria de la economía de mercado. La intervención del Estado en la economía es para Mattick un arma de doble filo para el capital (lo cual explica bien la actitud en general recelosa de los grandes intereses económicos respecto de las políticas keynesianas). Por una parte, la intervención estatal puede resolver o atenuar a corto plazo una crisis económica; por otra parte, dicha intervención crea condiciones que dificultan la acumulación, ya que detrae una parte de la plusvalía hacia actividades no valorizadoras de capital (es decir, improductivas de nueva plusvalía) y, si la política fiscal se apoya en el crédito, se crean condiciones para la aparición de inflación, que es a la vez un mecanismo para aumentar la extracción de poder adquisitivo de los asalariados y un riesgo para el capital por la distorsión que crea en la función del dinero como reservorio de valor.

En “Una interpretación contemporánea de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia” Katz (2000) afirma que Mattick rechaza frontalmente la teoría de las ondas largas. Katz también atribuye a Mattick la idea de que “en el capitalismo contemporáneo todas las fluctuaciones de la economía son resultantes de la instrumentación de políticas gubernamentales”, idea que “es típicamente keynesiana” pero que, según Katz, Mattick acepta “como expresión de la inestabilidad estructural — y no del carácter controlable — del capitalismo actual”.

Es cierto que Mattick dejó claro su escepticismo respecto de las ondas largas, por ejemplo en su larga reseña de Capitalismo tardío, de Mandel (MATTICK, 1974). Pero de ninguna manera es correcto atribuirle una visión según la cual “en el capitalismo contemporáneo todas las fluctuaciones de la economía son resultantes de la instrumentación de políticas gubernamentales”. Por el contrario, para Mattick las fluctuaciones de la economía están fundamentalmente determinadas por la acumulación del capital y, todo lo más, las intervenciones gubernamentales serían capaces de aminorar o demorar los problemas radicados en la falta de producción de suficiente plusvalía.

Katz (2000) afirma también que 

El principal defecto de la explicación de la crisis por el estrechamiento de la tasa de plusvalía valorizadora del capital es su caracterización estancacionista del funcionamiento del capitalismo. Particularmente Mattick expuso este enfoque, al postular que la sobreacumulación representa un dato duradero del capitalismo contemporáneo y no un rasgo variable y específico de las etapas de crisis. En su visión la caída de la tasa de ganancia es continuada debido a una sobrecapitalización estructural que incluso anula la ondulación del ciclo.

Katz da como referencia los capítulos 2 y 3 del libro Teoría de la crisis, de Mattick (por cierto que la referencia está mal dada, ya que el título del libro es Crisis y teoría de la crisis). Pero en esos dos capítulos lo que hace Mattick es revisar la teoría de la crisis en la obra de Marx y las concepciones al respecto de “los epígonos” marxistas (Bauer, Luxemburg, Bujarin, Lenin, Grossman, etc.). Ciertamente, Mattick hace su propia interpretación de la teoría de Marx y no tiene reparo por ejemplo en señalar que las formulaciones de Marx son a veces ambiguas, lo que puede dar pie a interpretaciones subconsumistas. Pero de ninguna manera es cierto ni que Mattick explique las crisis “por el estrechamiento de la tasa de plusvalía” (al contrario, Mattick sigue a Marx en la idea de que generalmente la caída de la tasa de ganancia se asocia al aumento de la tasa de plusvalía), ni que la sobreacumulación represente “un dato duradero del capitalismo contemporáneo y no un rasgo variable y específico de las etapas de crisis”. Tampoco dice Mattick que “la caída de la tasa de ganancia es continuada debido a una sobrecapitalización estructural que incluso anula la ondulación del ciclo”, ya que, por el contrario: 

La teoría marxista de la acumulación es (…) también una teoría de la crisis, ya que las crisis tienen su causa en una insuficiente valorización del capital, lo que a su vez es el resultado de la irrupción de la tendencia al descenso de la tasa de beneficio. (MATTICK, 1977, p. 83, trad. corregida).

Por otra parte, en la misma obra, dice Mattick que “si de un lado la prosperidad capitalista depende de la aceleración de la acumulación, de otro esta aceleración conduce a la crisis de sobreacumulación” (MATTICK, 1977, p. 106). Parece que Katz ha entendido muy defectuosamente a Mattick. Al menos la versión que da de las ideas de Mattick no hace a Mattick ninguna justicia.

Dejando a un lado si la interpretación de Mattick por Katz es o no apropiada (que no lo es), las estimaciones empíricas de la rentabilidad en la economía estadounidense revelan claramente que la rentabilidad es alta cuando el desempleo es bajo (es decir, en los periodos de expansión intensa de la economía) y baja cuando el desempleo es alto (las épocas de recesión) (véanse las figuras 2 y 4). Las series temporales (figuras 1 y 2) muestran que los ascensos de la tasa de ganancia son graduales, mientras que las caídas son por lo general bruscas. Comparando la evolución del desempleo con la de la rentabilidad resulta evidente la vinculación de esta con las fluctuaciones a corto plazo. Cada recesión (manifestada por un alza en el desempleo) se asocia con una caída de la rentabilidad (esto es evidente en el diagrama de dispersión, figura 4). Esto proporciona apoyo empírico a la teoría — a mi juicio, la teoría de Marx — que vincula cada recesión a una caída de la tasa de ganancia, pero no proporciona apoyo empírico alguno a las teorías (de Mandel y otros) que ven tendencias a largo plazo a la caída de la rentabilidad.

Si, como parecen revelar los datos empíricos, la rentabilidad cae al final de cada fase de expansión y se recupera durante la recesión y el inicio de la fase expansiva siguiente, para que haya una tendencia descendente de la rentabilidad a largo plazo tendría que existir algún mecanismo que asegurara que en cada “ciclo” la rentabilidad media fuera necesariamente menor que en el ciclo anterior. Hasta donde alcanza mi conocimiento, ninguno de los autores que defienden la existencia de una tendencia largoplacista descendente de la tasa de ganancia ha propuesto un mecanismo que permita suponer ese tipo de recuperación necesariamente parcial de la rentabilidad.

En “Marx’s concept of an economic law of motion”, dice John Burkett (2000) que la inclusión en el tomo III de El capital de una frase referente a la caída de la tasa de ganancia a largo plazo fue obra de Engels y da como referencia el capítulo de Geert Reuten en New investigations of Marx’s method. En efecto, el trabajo de Reuten (1997) muestra que en los manuscritos originales de Marx no estaba la frase según la cual la rentabilidad descenderá a la larga. Todo parece indicar, pues, que la teoría de Marx proporciona una explicación que casa bien con los datos empíricos actuales de los fenómenos de expansión y contracción a corto plazo propios del capitalismo. Mattick pareció haber entendido eso mucho mejor que Mandel, y también mejor que Katz.

 

Apéndice

Como sabrá quien haya usado la versión en español de El capital publicada por Fondo de Cultura Económica — cuyas notables limitaciones puso de manifiesto Pedro Scaron, Wenceslao Roces llama “cuota de ganancia” a lo que generalmente se denomina “tasa de ganancia” (“tasa de beneficio” o “rentabilidad” son sinónimos estrictos), es decir, la razón S/K, siendo S la ganancia producida (en un periodo dado de tiempo, generalmente un año) y K el capital total invertido. Eso es lo que se llama profitrate en alemán y profit rate o rate of profit o profitability en inglés. Lo que Wenceslao Roces llama “cuota de plusvalía”, o “cuota de explotación”, es mejor denominarlo “tasa de plusvalía” o “tasa de explotación” y es la razón s/v de la plusvalía s al capital variable v). La terminología “cuota de plusvalía” y “cuota de ganancia” se encuentra también en muchas ediciones en castellano de “Salario, precio y ganancia”, texto cuya edición y traducción consta generalmente atribuida al Instituto de Marxismo Leninismo del Comité Central del PC dela Unión Sovietica. Así pues, no sabemos si Wenceslao Roces siguió al IML del PCUS o si fue a la inversa, o quizá tanto el IML como Roces siguieron la nomenclatura de alguna traducción anterior.

La frase al parecer interpolada por Engels en el texto del tomo III está en la p. 230 de la versión de Wenceslao Roces: “La cuota de ganancia podría incluso aumentar si al aumento de la cuota de plusvalía se uniese una considerable reducción de valor de los elementos del capital constante, y principalmente los del capital fijo. Pero en realidad, a la larga, la cuota de ganancia descenderá”.

También las versiones en castellano de libros de Mattick, que como Marx escribía en alemán y en inglés, son a menudo muy deficientes. Algunas versiones en castellano de libros de Mattick son incluso traducciones de traducciones. Así Rebeldes y renegados: la función de los intelectuales y la crisis del movimiento obrero es una retraducción de G. Eguillor a partir de una traducción al italiano, mientras que Integración capitalista y ruptura obrera es una retraducción de L. Riera a partir de una versión en francés. La traducción de Gustau Muñoz de Crítica de los neomarxistas y de Crisis y teoría de la crisis es directa, a partir de originales en alemán, pero a menudo desfigura las ideas de Mattick. Cuando Mattick cita El capital, Muñoz usa generalmente la traducción de W. Roces, con sus errores incluso. Así, por ej., en la pág. 110 de la traducción de Gustau Muñoz de Crisis y teoría de la crisis vemos un pasaje de Engels procedente del tomo III de El Capital, según el cual los ciclos con una periodicidad de unos diez años observados por Marx fueron desplazados por “una sucesión más bien crónica y larga de períodos relativamente cortos y tenues de mejoramiento de los negocios y de períodos relativamente largos de opresión sin solución alguna”. Esto está tomado literalmente de la nota a pie de pág. 459 de la versión de W. Roces del tomo III de El capital. Obviamente, esa “opresión” es un disparate (no sabemos si achacable a la traducción de Roces o a la malísima edición de FCE, llena de erratas), ya que debería decir “recesión”, o “depresión”. Aparte del problema de la palabra en concreto, la traducción de Roces volatiliza los matices y la riqueza de ideas como prueba el cotejo con la versión en inglés de David Fernbach: The acute form of the periodic process with its former ten-year cycle seems to have given way to a more chronic and drawn-out alternation, affecting the various industrial countries at different times, between a relatively short and weak improvement in trade and a relatively long and indecisive depression (Marx 1981, p. 620).”

Referencias Bibliográficas

Enla Red pueden hallarse varios textos de Claudio Katz aquí citados.

Los URL que se indican son válidos en abril de 2003. Todos los artículos de Katz que cito los recibí en versión electrónica. Diversos textos en inglés y algunos en castellano de Paul Mattick son accesibles en http://www.geocities.com/CapitolHill/Lobby/2379/.

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ANEXO

 


[1]  A mediados de los años ochenta Ravi Batra, profesor de economía de la Southern Methodist University, vaticinó una depresión mundial hacia finales de 1989 o comienzos de 1990 (Batra 1987). La previsión partía de la supuesta existencia de ciclos regulares (de 30 años) en la economía estadounidense. El libro es una curiosa mezcla de una excelente exposición de ideas y datos económicos, junto a gráficas de promedios de decenios naturales de la tasa de crecimiento de la masa monetaria que huelen intensamente a truco estadístico barato y teorías histórico-sociológicas que sonarán a chiste a cualquiera que tenga alguna idea de lo que significan términos como esclavismo o sociedad feudal. A pesar de su obvia metedura de pata en la previsión de una debacle económica para 1990, Batra siguió haciendo previsiones y, basándose en el hundimiento de Wall Street en 1929, el comienzo de la guerra mundial en 1939, la revolución china de 1949, la cubana de 1959 y la invasión sovietica de Afganistán y la revolución iraní de 1979, infirió la peligrosidad de los años acabados en 9 y predijo “numerológicamente” un hundimiento de Wall Street para 1999 (Batra 1998). Esta vez también falló, pero… por poco, ya que Wall Street, aunque no se desplomó en 1999, sí lo hizo en el 2000.

[2]  Por otra parte, la tendencia de las naciones de capitalismo desarrollado a embarcarse en aventuras bélicas en tiempos de crisis pareció inhibida durante la segunda mitad del siglo XX, pero los acontecimientos recientes parecen haber puesto esa tendencia otra vez en auge. Las crisis económicas repetidas, la tendencia a la guerra y el impacto destructivo del capitalismo sobre la naturaleza (del que el efecto invernadero es la manifestación más notable) no parecen augurar nada bueno al sistema de capitalismo mundial que EE. UU. intenta poner bajo su completa hegemonía.

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