La actualidad de la teoría objetiva del valor (I)

Queridas/os lectoras/es queremos pediros disculpas por adelantado, pero el mes de marzo lo tenemos “cargadito” y puede que nos impida actualizar el blog con la frecuencia que nos gustaría. No obstante, intentaremos solucionarlo como podamos. Pero vamos con el presente. Para hoy hemos preparado la primera parte de un interesante trabajo de Claudio Katz. Economista y docente de la Universidad de Buenos Aires, integrante  del grupo de Economistas de Izquierda (EDI), y es colaborador de la revista Herramienta en la que publicó el artículo que os ofrecemos. Para conocer más sobre el autor es muy recomendable la visita a su web.

Sobre el contenido del mismo, os ofrecemos un resumen preparado por el mismo autor:

La teoría marxista del valor plantea una caracterización del funcionamiento y de la crisis del capitalismo a partir de una interpretación de la explotación y de una ley de formación de los precios. Postula que el trabajo abstracto es la sustancia del valor y analiza la forma del valor a través de una crítica al fetichismo de la mercancía y el dinero. Indaga cómo los cambios, en primer lugar, en la productividad y, en segundo término, en las necesidades sociales modifican el tiempo socialmente necesario para la producción de las mercancías y puntualiza de qué forma impactan estos cambios en el proceso de valorización. También esclarece por qué la asignación mercantil de los recursos crea un marco de desequilibrios acumulativos que desembocan en las crisis periódicas.

La teoría marxista del valor subraya la relevancia que tiene el trabajo como fundamento del proceso económico. En oposición a la ortodoxia plantea que la utilidad es una condición objetiva para el consumo de las mercancías y no un parámetro de la satisfacción personal.

Critica el rechazo pragmático del concepto de valor por parte de los neoclásicos, señalando que conduce a una descripción superficial de los acontecimientos del mercado.

La teoría destaca la importancia del valor para comprender las causas y los límites del condicionamiento institucional de la economía y de la manipulación monopólica de los precios, que la heterodoxia presenta como los rasgos predominantes del capitalismo contemporáneo.

Subraya además, que el valor es indispensable para entender la lógica de las variables distributivas y de las condiciones técnicas, que los neoricardianos consideran suficientes para interpretar los precios, la ganancia y la acumulación.

La teoría marxista le asigna al valor un significado preciso, frente al uso difuso de este concepto que predomina en la actualidad. Se han desarrollado, por otra parte, importantes aplicaciones empíricas de esta categoría en el terreno de la crisis y del intercambio desigual. Los debates más recientes entre los marxistas giran en torno a tres temas: la resolución lógica del problema de la transformación, la comprobación empírica de la correlación entre los valores y los precios, y el significado político del valor.

 

LA ACTUALIDAD DE LA TEORÍA OBJETIVA DEL VALOR (I)

Claudio Katz

 

LA ACTUALIDAD DE LA TEORÍA OBJETIVA DEL VALOR

La teoría marxista del valor contempla tres aspectos: una interpretación de la explotación, una ley de formación de los precios y una concepción sobre el funcionamiento y la crisis del capitalismo. Al integrar estos componentes, la teoría ofrece una explicación de cómo se reproduce el sistema económico-social vigente y cuáles son los desequilibrios intrínsecos que dificultan su perdurabilidad.

Debido a esta significación la teoría fue tradicionalmente muy cuestionada por las concepciones ortodoxas y heterodoxas, que propusieron caracterizaciones alternativas del valor para explicar las relaciones entre el salario y el beneficio, el origen y comportamiento de los precios y la dinámica general de la acumulación. Las cuatro principales objeciones a la teoría marxista fueron planteadas por las corrientes austriaca y walrasiana de la ortodoxia y por los autores neokeynesianos y neoricadianos de la heterodoxia.

Dentro del marxismo predomina un generalizado reconocimiento de la importancia del valor. Pero se ha polemizado intensamente en la definición de las conexiones lógicas y empíricas existentes entre los valores y los precios, y en la caracterización de la relevancia política del valor. Revisar los ejes de la teoría y debatir sus críticas y su defensa permite comprender por qué esta concepción comienza a recobrar actualidad y puede llegar a inspirar una renovación del pensamiento económico.

INTERPRETACIÓN DE LA EXPLOTACIÒN

La teoría del valor surgió en el siglo XVIII para explicar el comportamiento de los precios, cuando la expansión del mercado inviabilizó el sistema de regulaciones medievales. La economía política clásica consideraba que la industria manufacturera se había convertido en el centro del proceso productivo y atribuía la variación de los precios a la cantidad de trabajo incorporado en las mercancías. A partir de esta relación buscó establecer una forma de cálculo de las principales variables económicas. Al formular una crítica a esta concepción, Marx modificó por completo el objetivo de la teoría.

Mientras que Smith intentaba ilustrar la pérdida de relevancia del intercambio mercantil y de la vieja agricultura frente a la nueva industria, y Ricardo pretendía probar que el aumento de la renta deterioraba la ganancia, Marx se propuso demostrar que el capitalismo es un sistema históricamente transitorio, que se basa en la explotación de los trabajadores. Este cambio transformó radicalmente el sentido del concepto de valor.

Marx recurrió a esta última categoría para explicar cómo los capitalistas expropian una parte del valor creado por los trabajadores en el proceso productivo y cómo se redistribuyen esta plusvalía a través de distintas modalidades del beneficio. Semejante apropiación es posible porque los asalariados generan durante su jornada laboral más valor que el requerido para su propia reproducción. La magnitud del valor que incorporan a las mercancías es superior al valor de su fuerza de trabajo expresada en salarios. Esta desigualdad no es un “engaño”, ni una estafa circunstancial. Es un producto de la propiedad privada de los medios de producción, que otorga a los capitalistas el derecho a apropiarse del fruto del trabajo ajeno. Los empresarios detentan la atribución de contratar y despedir asalariados, que al carecer de medios propios de subsistencia están obligados a vender su fuerza de trabajo en el mercado. En estas condiciones surge la plusvalía, cuya acumulación permite la aparición y el acrecentamiento del capital.

Marx desarrolló esta concepción a partir de su contacto con los socialistas ricardianos que remarcaban el fundamento del valor en el trabajo, frente al creciente abandono y desaprobación de esta noción por parte de la burguesía. A mediados del siglo XIX resultaban cada vez más evidentes las consecuencias teóricas y políticas de asignarle al trabajo un papel central en la interpretación del proceso económico: todo el secreto de la valorización del capital podía explicarse a partir del aprovechamiento empresario de este “factor”. Desarrollando este planteo Marx desenvolvió su teoría de la plusvalía. Rechazó la interpretación smithiana del salario, la ganancia y la renta como “retribuciones naturales” a los trabajadores, los empresarios y los terratenientes. Y tampoco aceptó que el nivel de ingresos percibido por los trabajadores debía situarse –como pensaba Ricardo– en los “salarios de subsistencia”.

Al considerar que el centro del capitalismo es la explotación, Marx postuló que el trabajo abstracto, nutrido de los asalariados y uniformado en el proceso de intercambio, es la sustancia del valor. Destacó que esta modalidad social del trabajo es específica del capitalismo y por lo tanto no se identifica con el gasto fisiológico laboral que se desarrolla en cualquier sociedad, ni con el trabajo concreto de un tipo particular de actividad. Marx subrayó esta dimensión cualitativa del valor, antes de abordar su estimación cuantitativa. Por eso –a diferencia de Ricardo– en lugar de indagar las “propiedades” del valor y buscar su medición con criterios de cálculo semejantes al volumen o al peso, puso de relieve las relaciones sociales en que se fundamenta el valor.

Marx utilizó esta categoría para demostrar que bajo la apariencia de armonía y justicia, el capitalismo se basa en la desigualdad social. Pero, además, destacó que esta inequidad estructural es universalizada como un acontecimiento natural por toda la sociedad. En la actividad cotidiana desarrollada en el mercado se torna común observar que las mercancías se intercambian como equivalentes, que el dinero circula y que el capital se acumula, como si estos elementos motorizaran automáticamente, y por sus propias fuerzas, la reproducción económica, sin ninguna intervención de los hombres. Las huellas de la acción humana quedan borradas en el universo de compras, ventas, contrataciones y negociaciones corrientes, opacando el control que detenta la clase dominante de todo este proceso. Y lo que se torna particularmente invisible es el origen del beneficio en la plusvalía y las causas de su acrecentamiento en la explotación. La teoría del valor es una crítica a este fetichismo y al ocultamiento de las relaciones sociales que viabilizan la acumulación del capital y la distribución de la ganancia. Es una concepción que demuestra por qué la mercancía, el dinero y el capital no tienen cualidades mágicas para generar satisfacción, riqueza y poder, sino que representan distintas instancias de un mismo proceso de valorización asentado en la apropiación empresaria de una parte del valor generado en la actividad productiva.

A fin de probar que la mercancía, el dinero y el capital no son simples instrumentos técnicos del proceso económico, sino expresiones de relaciones de producción y por lo tanto, categorías sociales específicas del capitalismo, Marx acompañó su análisis de la sustancia de valor con una investigación de la forma de valor. Explicó que la mercancía y el dinero constituyen dos modalidades de un mismo proceso de intercambio, que requiere el desdoblamiento de la forma mercantil del producto en su forma monetaria, para que el trabajo abstracto contenido en las diferentes mercancías pueda valuarse a través de un mismo equivalente general. Las mercancías que se adquirieren en atención a su valor de uso son vendidas por su valor de cambio, en sucesivas transformaciones de las formas equivalentes y relativas. Marx ilustró así que las formas de valor constituyen fases necesarias de un mismo proceso de valorización, basado en la incorporación de trabajo abstracto en la esfera de la producción y en su realización en el plano de la circulación. Posteriormente utilizó este mismo razonamiento para analizar cómo el capital adopta diversas modalidades mercantiles, monetarias o productivas en su reproducción y cómo la plusvalía asume formas variadas (interés, ganancia, renta) en su distribución entre la clase dominante.

La teoría del valor es la clave para entender estos desdoblamientos que oscurecen la naturaleza del capitalismo. La interpretación que propuso Marx es totalmente original y no corresponde englobarla bajo una misma denominación de “teoría del valor-trabajo” con el enfoque de Ricardo. Subrayar esta especificidad del enfoque y su énfasis en la sustancia del valor, la forma del valor y la función del fetichismo es un mérito de toda la corriente de autores contemporáneos (Salama, Itoh, Mohn, entre otros), que continuaron el camino de investigación del valor propuesto en las primeras décadas del siglo XX por el economista ruso Isaac Rubín.

LEY DE FORMACIÓN DE LOS PRECIOS

Marx explícitamente destaca que su teoría incluye una ley de formación de los precios basada en el valor. Pero señala que este principio rige como una determinación general del total de los precios por la suma total del trabajo abstracto incorporado en los bienes y no como una relación particular y directa del precio de cada mercancía con la magnitud del trabajo que contiene. Como el trabajo abstracto es la única fuente de valor de las mercancías, el total de los precios no puede superar ni ser inferior al total de los valores. Los precios de los bienes surgen del trabajo abstracto invertido en su producción y no de una sumatoria de “costos diversos” (del trabajo, del capital, del financiamiento, de los insumos).

Pero al subrayar que esta igualdad de los precios con los valores se expresa como una equivalencia de totales, Marx se separó de la economía clásica que buscó sin éxito una relación de proporcionalidad directa entre los precios y las magnitudes de trabajo incorporado en cada producto. Justamente al notar esta falta de correspondencia, Adam Smith renunció a la teoría del valor y se deslizó hacia una explicación de los precios por el “costo de producción”, optando por una interpretación distributiva en desmedro de los fundamentos productivos en que se basó inicialmente su análisis. Supuso equivocadamente que el salario, la ganancia y la renta ya no era magnitudes que debían ser explicadas, sino explicaciones de los precios de las mercancías.

Ricardo intentó preservar el valor, pero al chocar con la evidencia de bienes con alto contenido de trabajo y precios bajos (y viceversa) comenzó a enunciar “excepciones” a la teoría y concluyó postulando que la ganancia es un regulador independiente de los precios.

Marx superó estas dificultades al plantear que la teoría del valor debía analizarse en varios niveles de razonamiento, distinguiendo un plano más abstracto que ilustra una relación de clase (la plusvalía valoriza los capitales de todos los empresarios) y otro más concreto que describe una relación de competencia (mediante la concurrencia los empresarios se distribuyen la apropiación de esta plusvalía). En el primer caso, el valor de cambio de la mercancía representa el tiempo de trabajo socialmente necesario para recrear las condiciones materiales de la producción y asegurar la continuidad de la explotación, y en esta instancia de razonamiento los precios de mercado –determinados coyunturalmente por la oferta y la demanda– giran estructuralmente en torno al valor. Pero en el segundo caso, el valor de cambio (ahora denominado precio de producción) expresa la magnitud de trabajo requerido para reproducir condiciones materiales de producción de cada rama y remunerar a cada capitalista en proporción a la magnitud de su capital adelantado y ya no en relación al trabajo incorporado en las mercancías. En esta segunda instancia de análisis los precios de mercado oscilan en torno a los precios de producción y por lo tanto se rompe la proporcionalidad –infructuosamente buscada por Ricardo– entre la magnitud del trabajo incorporado a las mercancías y los precios.

Este desvío entre los valores y los precios de producción es una consecuencia de la homogeneización de todo el proceso de valorización en torno a una ganancia media, que unifica en un mismo nivel a sectores que operan con tasas de explotación, proporciones de mano de obra y maquinaria (composición orgánica del capital) y tiempos de maduración de la inversión (velocidad de rotación del capital) muy distintos. Esta igualación se concreta mediante la movilidad del capital que acompaña la búsqueda de los beneficios superiores, surgidos del aumento de la productividad en cada sector o del desarrollo de nuevas ramas con nuevos mercados.

La estructuración de la acumulación en torno a esta base común de valorización implica redistribuciones de plusvalía y por lo tanto desvíos ignorados por la economía política clásica. A diferencia de sus precursores, Marx considera que la ley del valor se desenvuelve por este camino indirecto de la redistribución de la plusvalía y de la separación de cada precio individual de su valor. Llegó a esta explicación de la formación de los precios recurriendo a varias instancias de reflexión y al uso de categorías muy abstractas (valor individual, valor social), intermedias (precios de producción) y concretas (precios de mercado, precio de monopolio).

Estas categorías son instrumentos analíticos y no instancias empíricamente observables, ya que en el proceso real e inmediato de la acumulación sólo existen los precios de mercado o los de monopolio. El uso de estas nociones contribuye a explicar que los precios dependen del valor, pero divergen al mismo tiempo de esa magnitud en el plano de cada mercancía.

Marx precisó que al interior de cada sector, la ley del valor explica la formación de los precios a partir del establecimiento de una magnitud social dominante (y referencial de las magnitudes individuales), que se establece en torno a la productividad (alta, media o baja) de las empresas que predominan en la oferta de la rama. Este nivel de productividad premia y castiga respectivamente a las empresas que economizan o derrochan trabajo social. Pero además –como puntualizaron varios autores (Rosdolsky, Mandel, Carchedi, Giusani) – la productividad interactúa con las necesidades sociales, que establecen un marco condicionante para dirimir si la oferta es dominada por empresas de menor o mayor productividad. Si las necesidades sociales de la rama están aumentando (por ejemplo, calzado deportivo) habrá lugar para ambas, mientras que en el caso inverso (por ejemplo, sombreros) tenderán a subsistir sólo las más eficientes.

A escala de toda la economía, la ley del valor explica el sentido de la redistribución de la plusvalía que se dirige hacia los sectores de mayor composición orgánica, porque de esta manera se forja una ganancia media que asegura la remuneración a cada empresario en proporción a su capital adelantado. Pero este proceso –concebido en torno a los precios de producción– es un análisis teórico y explicativo de la dinámica observable en los precios de mercado, que oscilan según los movimientos de la oferta y la demanda. Cuando existen limitaciones a la movilidad del capital y aparecen los precios de monopolio cambian muchos aspectos de este proceso, pero no se altera el principio de formación de los precios en base al tiempo de trabajo.

En términos generales la ley del valor explica, por lo tanto, cuánto tiempo de trabajo social necesario destina la sociedad capitalista a la producción de cada bien, en cada época y circunstancia del proceso de acumulación. Esta es la explicación integral que Marx propone de la formación de los precios a partir del valor.

 

FUNCIONAMIENTO Y CRISIS DEL CAPITALISMO

 

Al definir cómo se estructuran los precios, la teoría del valor explica también el comportamiento de las principales variables económicas y ofrece una concepción general del funcionamiento y de las crisis periódicas del capitalismo.

 

La teoría plantea que el tiempo de trabajo opera como un principio coordinador de la actividad económica, en un sistema estructurado en torno a la competencia mercantil y carente de un plan común de organización de la producción y del consumo. Describe cuál es el mecanismo que permite ordenar la reproducción económica en sucesivos intervalos de acumulación y crisis, en el marco de la competencia empresaria por producir, invertir e innovar siguiendo las señales del mercado. En ausencia de un sistema de planificación que oriente racionalmente la producción de los bienes requeridos y deseados mayoritariamente por la población, la determinación de los precios por el tiempo de trabajo actúa como un principio depurador de las empresas que derrochan trabajo social produciendo por debajo de la productividad de su sector y de las ramas que se divorcian de la demanda solvente.

 

La teoría del valor explica en qué medida la carencia de un mecanismo de regulación anticipada de las principales variables económicas crea las condiciones para la aparición y la repetición de los desequilibrios cíclicos del capitalismo. La competencia por el beneficio impide una asignación ex ante de los recursos que equilibre las posibilidades de la producción con el consumo deseado. Por esta razón el trabajo es incorporado en las mercancías a partir de un cálculo aproximativo de los costos y una expectativa de ganancias, que el mercado valida o invalida a posteriori, sancionando en cada caso si hubo desperdicio o ahorro del trabajo socialmente necesario.

 

Este mecanismo “pos-festum” es la causa de las desproporciones que obstaculizan la acumulación y crea el marco en que se desencadenan las crisis del capitalismo. Como recién en la transacción mercantil se efectiviza la conversión del trabajo privado, concreto e individual en trabajo abstracto y socialmente necesario, no resulta posible evitar –mediante la planificación– el periódico desfasaje de la producción con respecto al consumo.

 

La teoría del valor analiza cómo funciona el capitalismo en su tendencia al desequilibrio. Estudia cómo es posible la continuidad de la reproducción de un sistema que por su propia dinámica mercantil tiende a la desproporcionalidad, a la sobreproducción y a la declinación tendencial de la tasa de ganancia. Este significado de la teoría fue puesto de relieve por todos los autores (Rubin, Rosdolsky, Mandel,Weeks) que estudiaron cómo el tiempo de trabajo regula la distribución del trabajo social, orientando las inversiones, en el marco potencialmente caótico del mercado.

 

La teoría del valor es el fundamento de los distintos modelos que a partir de Marx se han utilizado para explicar la lógica de la reproducción capitalista, considerando las proporciones y relaciones inter-sectoriales que deben cumplirse para que este proceso sea factible. Pero la teoría del valor es al mismo tiempo el pilar conceptual de todos los análisis de la crisis. No es una interpretación adicional a la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, la desproporcionalidad o a los desajustes de la realización, sino un principio explicativo general de todos estos desequilibrios.

Por la multiplicidad de problemas que aborda y la importancia de las respuestas que propone, la teoría del valor es el “núcleo duro” de la concepción económica marxista. Su aporte es vital en la esfera cualitativa del trabajo abstracto y la explotación, en el plano cuantitativo de la formación de los precios y en terreno articulador de la lógica general del funcionamiento y de la crisis del capitalismo.

 

LA OBJECIÓN SUBJETIVISTA

 

La corriente neoclásica austriaca (Bohm Bawerk), que a principio de siglo lideró una reacción ortodoxa contra la tradición de la economía política y que en la actualidad constituye un soporte teórico del neoliberalismo, contrapone la concepción subjetiva de la utilidad a la teoría objetiva del valor. Afirma que el trabajo no es el único “factor” de la economía, que la explotación es una anomalía circunstancial bajo el capitalismo, que los precios expresan las preferencias de los consumidores y que el mercado armoniza estos deseos con la maximización de las ganancias de los productores.

 

Pero este enfoque ignora que el trabajo no es un “factor” complementario del “factor capital”, sino que constituye el pilar de toda la producción y es la fuente en que se nutre la existencia y reproducción del propio capital. Ningún proceso económico puede desarrollarse prescindiendo del trabajo humano y por eso la “productividad del trabajo” es el principal indicador del desarrollo económico. El trabajo es una cualidad común a todas las mercancías y su magnitud es determinante de los precios. Es cierto que existen bienes inmateriales o derivados de la naturaleza o resultantes de la actividad artesanal y artística, cuyos precios no se establecen en función del tiempo de trabajo. Pero incluso estas excepciones están sometidas a la lógica general del valor, cuanto más se integran a las condiciones de producción capitalistas.

 

También es cierto que el trabajo no es homogéneo y que la hora de actividad de un operario calificado y de un obrero descalificado repercuten de manera muy diferente en la valorización de las mercancías. Pero el mercado reduce objetivamente las distintas modalidades del trabajo concreto a un mismo tipo de trabajo abstracto. Y esta reducción contempla los diferentes costos de formación y reproducción de la fuerza de trabajo. En la valuación de las distintas mercancías se refleja que la inversión exigida para preparar un trabajador calificado es superior a la destinada al entrenamiento de un obrero. Por eso los salarios de las distintas profesiones varían en proporción al grado de formación requerido para elaborar cada tipo de bien y para asegurar la reproducción de la fuerza de trabajo comprometida en esa producción.

 

Los neoclásicos argumentan que la utilidad es el verdadero elemento común a todas las mercancías y por eso consideran que los precios reflejan directamente el grado de satisfacción que el individuo alcanza con el uso de cada bien. Este es el fundamento de la teoría del consumidor y de las estimaciones cardinales de la utilidad a partir de las preferencias personales o de las mediciones ordinales comparativas de estos deseos.

 

Pero si bien la utilidad es una propiedad indispensable de todas las mercancías, para comprender su relevancia económica se requiere analizarla como una condición objetiva de la producción y del consumo y no como un parámetro de la satisfacción personal. La utilidad es una categoría social y no individual cuya importancia se pone a prueba, por ejemplo, en los departamentos de control de calidad de las empresas cuando se garantiza el cumplimiento de las normas técnicas requeridas para la elaboración de cada producto. Este valor de uso es la condición del valor de cualquier mercancía y debe corresponder con el tipo y la magnitud de necesidades sociales solventes que prevalecen en cada etapa de la acumulación y el consumo.

 

La utilidad no es una propiedad comparable a escala individual. Ni el placer, ni la satisfacción, ni el bienestar que cada individuo recibe de un producto pueden compararse con el efecto que genera otro bien en otra persona. La utilidad social influye en la fijación de los precios, a través de la configuración de un cuadro de necesidades sociales dependiente de la producción y estructurado en torno de la distribución del ingreso entre las clases sociales. Esta incidencia no puede evaluarse mediante el registro mercantil de las preferencias individuales agregadas, como suponen los austriacos.

 

Para los neoclásicos el mercado actúa como un fiel registro de la utilidad porque suponen que en este ámbito confluyen las necesidades de los consumidores con el beneficio de los productores. Pero esta imagen idílica omite la desconexión existente entre los bienes que la mayoría desearía consumir si pudiera elegir libremente sus prioridades y lo que es producido habitualmente con el parámetro del lucro. El mercado es incapaz de registrar la utilidad social colectiva e indicar cuáles son las necesidades sociales no satisfechas que privilegia la población.

 

Esta desconexión es parcialmente reconocida por todos los autores no ortodoxos que promueven la intervención del estado en sectores, países, productos o actividades en los cuales el mercado “no llega”, “no puede”o “no tiene incentivos para actuar”. El alcance de esta limitación es muy debatido, pero su origen en la contradicción del valor de uso con el valor, es decir en el conflicto entre las necesidades sociales y la rentabilidad, es generalmente ignorado.

 

Los autores neoclásicos siempre buscaron formas de medir las utilidades de los consumidores para corroborar sus teorías. Pero estos intentos no han llegaron nunca a buen puerto. No hubo forma de establecer cálculos ordinales y cardinales aceptables de las preferencias, porque no se pudo encontrar un barómetro de la satisfacción individual. Cuando, además, tomaron en cuenta las conductas variadas, inciertas y carentes de información suficiente o las psicologías complejas, la estimación de los precios a partir de las preferencias se tornó aún más inviable. Estas dificultades tampoco fueron superadas con la introducción del arsenal formalizador de curvas de indiferencia, rectas de presupuesto y tasas marginales de sustitución. Así comenzó el abandono de la utilidad y el giro contemporáneo hacia las “preferencias reveladas”, que simplemente constatan los comportamientos de los consumidores.

El pensamiento neoclásico tiende en la actualidad a omitir por completo cualquier referencia al valor.

 

LA CRÍTICA PRÁGMATICA BASADA EN EL EQUILIBRIO

 

La corriente walrasiana, que se constituyó en la vertiente neoclásica dominante en las últimas décadas enfatizando las tendencias espontáneamente armónicas de la economía capitalista, critica duramente a la teoría objetiva del valor. Pero en este cuestionamiento recurre sólo parcialmente al fundamento subjetivista de la utilidad. Su principal argumento es el carácter inservible del valor para cualquier razonamiento en términos de equilibrio. Planteando que el mercado brinda el mecanismo de ajuste natural de la economía, considera que el agente racional elige cómo trabajar y qué consumir en base a los precios que equilibran a la oferta con la demanda. Este enfoque no sólo ignora la explotación y la crisis, sino que tampoco indaga cómo se forjan las preferencias individuales. Impulsa un giro pragmático hacia la descripción de cómo oscilan los precios, despreocupándose del por qué de esta variación.

 

Suponiendo que los consumidores demandan de acuerdo a sus funciones de utilidad, que las empresas ofertan siguiendo sus funciones de producción, que los “factores” son retribuidos según su productividad marginal y que un subastador imaginario asegura el ajuste optimizador, los walrasianos enfatizan el cálculo y no la explicación de los precios. Atentos a la consistencia formal del análisis y al registro de lo ocurrido con la última unidad producida o consumida, proclaman la “inutilidad del valor”. El cálculo de la tasa interna de retorno (TIR) como un indicador de la remuneración de la inversión, estimable en cualquier marco institucional (Solow) es un ejemplo de este pragmatismo. La deducción técnica del salario y la tasa de interés del equilibrio del mercado, con total independencia de la distribución del ingreso (Samuelson) es otra versión de este enfoque.

 

Pero al mismo tiempo que critican las “complicaciones abstractas” del valor, los walrasianos recurren paradójicamente al modelo imaginario de la competencia perfecta, la información transparente, la movilidad plena y la certidumbre total para justificar su concepción. La caracterización que presentan de los precios no son inocentes retratos de los vaivenes del mercado. Construyen las curvas de demanda ignorando la distribución del ingreso e imaginando comportamientos de “consumidores soberanos”, como si las necesidades sociales no preexistieran, ni condicionaran las preferencias de cada individuo. Elaboran las curvas de oferta suponiendo las conductas de los empresarios, en lugar de tener en cuenta lo que efectivamente ocurre en la estructura productiva. Además, la oferta ocupa un papel subordinado, porque en el pensamiento neoclásico la “teoría del productor” deriva analíticamente de la “teoría del consumidor”.

 

Bajo la superficie de una montaña de ecuaciones, los walrasianos se limitan a postular que los precios son resultantes de la escasez y de la sabia reacción de la oferta frente a la demanda.

 

Explican cada precio específico a partir de otro precio, lo que irremediablemente conduce a un razonamiento circular, como destacaron en los años 70 los economistas de Cambridge al demostrar que en el modelo neoclásico la tasa de interés es al mismo tiempo la condición y el resultado de la productividad marginal del capital. La única salida de este pantano es reconocer que los precios son expresiones monetarias del valor y que la cuantificación de esta categoría sólo es posible a través del tiempo de trabajo socialmente necesario para producir las mercancías.

 

En la línea de pensamiento ortodoxa que nace con Say, se afirma con Walras y se refuerza luego con la introducción de la estática comparada y la relectura de Keynes en la clave de la ISLM, cada precio debe estudiarse a partir de otro con el auxilio del procedimiento estático. Pero con este método el tiempo es eliminado del análisis y el estudio de los cambios en ciertas variables se realiza suponiendo –“ceteris paribus”– la inmovilidad de las restantes. Esta simplificación simultaneista impide investigar la realidad cambiante y contradictoria del proceso de formación de los precios. En una economía de mercado dominada por la incertidumbre, la asignación ex post de los recursos, la imprevisibilidad de los resultados de la inversión y la competencia descontrolada, razonar desconociendo la temporalidad de los precios equivale a ignorar la lógica del capital.

En la variante austriaca y en el enfoque del equilibrio, el planteo neoclásico impugna la teoría objetiva del valor porque esta concepción desmistifica los pilares de la ortodoxia. Este desenmascaramiento se realiza demostrando la centralidad de la explotación, la gravitación del trabajo abstracto, la dependencia de los precios del valor y la permanencia de los desequilibrios del mercado.

Continuará.

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