Valor, precio de producción y trabajo productivo (I)

Tal vez anunciamos con demasiada premura y poco rigor que habíamos acabado (en el buen sentido de la expresión) con El Capital, ignorando la advertencia de Justo de la Cueva de que “este es un viaje que te durará años, probablemente toda tu vida”. No, no pararemos de reflexionar sobre el capital mientras hayamos de sufrirlo diariamente, como tampoco dejaremos de combatirlo desde la trinchera o con las teclas.

Afortunadamente, las nuevas tecnologías nos ayudan a ordenar todo. Eso y que Marx desde Cero te permite “engancharte” al punto que quieras; unido a que la historia de nuestra tradición, de los nuestros no ha sido muy generosa con uno de los suyos, nos hemos permitido hacer una pausa con el estudio  del Manifiesto Comunista para dedicarle unas entregas a Isaak Illich Rubin. El material que ofrecemos a continuación incluye una introducción, por lo que no nos enrollaremos más y se lo debemos agradecer al “Seminario de economía crítica Taifa”.

Buena lectura. Saludos.

A. Olivé

“Valor, precio de producción y trabajo productivo”

Isaak Illich Rubin

 

Seminario de Lectura Metodológica de El Capital

 

[NOTA INTRODUCTORIA de Néstor Kohan]

Lamentablemente, el pensamiento social no está ajeno a la frivolidad y a la superficialidad del mercado (en este caso, del mercado de las ideas). Aunque muchas veces se lo niegue o se lo intente disimular, suele padecer los vaivenes de las modas y las “olas” del momento. Hoy en día, globalización mediante, más que nunca. Una de esas modas consiste en enterrar de un plumazo y por decreto la inmensa acumulación de pensamiento teórico generado por las rebeliones anticapitalistas y las revoluciones socialistas a lo largo del siglo XX. “Recuperar la historia es una forma de no discutir los problemas presentes… por lo tanto, para discutir el presente, hay que abandonar definitivamente la historia”, llegó a sentenciar recientemente un publicitado ensayista reacio a la toma del poder…

Sin embargo, aunque con su arrollador torbellino parecen arrastrarlo todo, las modas tienen una duración efímera. Cuando pasa una “ola”, habitualmente deja tras de sí libros que, aunque en su momento fueron “best seller”, luego sólo se consiguen en las mesas saturadas de saldos. Ésa es la dinámica de la producción mercantil de literatura social subordinada a las industriales culturales del sistema. Sospechamos que no pocos textos arrogantes, que hoy en día hacen “furor” enterrando apresuradamente el marxismo, en poco tiempo más estarán a la mano en las mesas de las librerías de oferta. Aunque la vidriera de los grandes medios de comunicación los desconocen e ignoran sistemáticamente, los verdaderos aportes históricos a la construcción del conocimiento social no necesitan del marketing editorial. No hacen “furor”. Su aporte es de otro tipo, más sedimentado, más lento, menos espectacular, menos escénico. Incluso, muchas veces, circulan de mano en mano casi en forma clandestina. Cuando una obra posee auténtica capacidad de explicación y comprensión de los procesos sociales, sigue brillando a pesar de los años con una persistencia que no se apaga. Su capacidad para resistir las “ondas” y las “modas” y para continuar marcando un derrotero de pensamiento crítico la convierten en un clásico.

Ése es el caso, precisamente, de la obra de Isaak Illich Rubin Ensayos sobre la teoría marxista del valor (primera edición en Rusia, 1923). Desde el inicio, Rubin corre con desventaja en el actual mercado de las ideas. No emergió de una fundación norteamericana. No ganó el premio Nobel. No fue un académico “puro”. Rubin fue, simplemente, un militante bolchevique. (¡¡Horror!!). Su obra y su reflexión forman parte de lo mejor que produjo la revolución de octubre. (¡¡Horror!!).

Aunque sus datos biográficos se desdibujan y se pierden en la bochornosa época de los campos de la represión stalinista durante los años ‘30, al menos se sabe que formó parte de la oposición a la burocratización de la revolución rusa. Sin embargo, a diferencia de otros pensadores, escritores y dirigentes políticos más celebres y conocidos —desde Lunacharski, Maiacovski y Preobrazhenski hasta Lenin, Trotsky, Riazanov o Pashukanis— el nombre de Rubin raramente aparece a la hora de recuperar el pensamiento de esa revolución que marcó a rojo el siglo XX.

Hasta nosotros han llegado pocos materiales de este autor. El principal es, sin duda, Ensayos sobre la teoría marxista del valor de 1923. Esta obra se inscribe de manera polémica en el debate abierto por Lenin en 1921 con la instauración de la NEP (Nueva Política Económica), que venía a sustituir el denominado “comunismo de guerra”. Resulta paradójico que cuando se intentan enumerar las intervenciones teóricas de la época de la NEP habitualmente se incluyan los aportes marxistas de Lenin, Bujarin, Preobrazhensky, Kamenev, Trotsky, Lapidus y Ostrovitianov. Pero prácticamente nunca se menciona el nombre de Rubin (sólo dos excepciones eluden este escandaloso silenciamiento: la obra de Roman Rosdolsky Génesis y estructura de «El Capital» de Marx (estudios sobre los Grundrisse) [1968] y algunos trabajos, también clásicos, de Ernest Mandel, como «El Capital»: Cien años de controversias [1976-1981]).

Pero si bien hay que contextualizar necesariamente la investigación de Rubin en el horizonte de polémicas abiertas por la NEP, su calidad teórica, su profundidad y comprensión en la lectura de El Capital de Marx y su lucidez para vislumbrar las tendencias principales del mercado capitalista exceden largamente el debate ruso de aquel período histórico. Creemos no exagerar si parangonamos el peso específico del pensamiento de Isaak Illich Rubin con Historia y conciencia de clase de György Lukács, con Dialéctica de lo concreto de Karel Kosik o con los Cuadernos de la cárcel (particularmente el cuaderno N°11, crítico de Bujarin y sus amigos) de Antonio Gramsci.

Como Lukács, Kosik y Gramsci, Rubin construye una aguda crítica de las versiones deterministas y groseramente “materialistas” del marxismo oficial. Pero, a diferencia de los otros tres pensadores, la impugnación de sus Ensayos sobre la teoría marxista del valor no está centrada en un ángulo prioritariamente filosófico. Como los otros tres (seguramente habría que agregar a Korsch, a algunos miembros de la revista yugoslava Praxis, al español-mexicano Sánchez Vázquez, al checo Jindrich Zeleny y algunos más, pero aquellos tres son los principales), Rubin identifica en la teoría marxista crítica del fetichismo el núcleo central de la Crítica de la economía política (el subtítulo, muchas veces “olvidado”, de El Capital). Dicha teoría no es un desvarío “filosófico” en el medio de una obra científica. Es, nada menos, que la base epistemológica y científica de la teoría del valor. En la exposición de Rubin —que, entre otros, demuele a Kautsky y a sus nostálgicos admiradores…— la teoría del fetichismo elude las interpretaciones cuasimetafísicas que pretendieron atribuirle pensadores del estilo de Erich Fromm, Rodolfo Mondolfo u otros similares.

Aunque desarrollada en los años ’20, la perspectiva de Rubin descentra completamente el encasillamiento obsoleto con que Louis Althusser y su escuela intentaron en los ’60 diseccionar a los marxistas para introducirlos en dos moldes separados y yuxtapuestos: el “humanista” y el “científico”, como si uno y otro fueran excluyentes.

Según el testimonio de sus colaboradores y compañeros de estudio (con los cuales leyó y estudió durante varios años El Capital) el Che Guevara no habría leído esta obra de Rubin. Tampoco se encuentra en su biblioteca personal ningún ejemplar de este bolchevique. Sin embargo, durante el debate abierto en Cuba en 1963-1964 en torno a la ley del valor y a las categorías mercantiles durante la transición al socialismo —debate que en muchos sentidos es comparable con la discusión bolchevique de los años ’20— muchas de las interpretaciones de Guevara se asemejan notablemente a la perspectiva de Rubin. Fundamentalmente en lo que atañe a la noción —clave para Marx en su crítica de la economía política— de “trabajo abstracto”. Lo mismo vale para la extensa crítica que el Che escribiera en Praga contra el Manual de economía política de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética. ¿Una simple casualidad?

A continuación reproducimos los dos últimos capítulos de los Ensayos sobre la teoría marxista del valor, editados en México por iniciativa de José Aricó y traducidos (presumiblemente del inglés, aunque no se aclara) por Néstor Míguez. [México, Cuadernos de Pasado y Presente N°53, 1974. Esta edición en español —hoy muy difícil de conseguir— reproduce la traducción de la tercera edición del libro de Rubin, publicada en Rusia en 1928].

Otros textos de Isaak Illich Rubin son La doctrina marxista de la producción y del consumo (1930) [no está editado en español] y A History of Economic Thought [Una Historia del pensamiento económico], London, Pluto Press [de este último texto circulan de mano en mano algunos pocos capítulos en traducciones al español mimeo].

Agradecemos la suma generosidad del compañero Xabier García, integrante del “Seminario de economía crítica Taifa” de Barcelona, responsable de haber tipeado estos capítulos de Rubin para ponerlos a disposición de diversos círculos de lectura de El Capital y grupos de estudio del marxismo.

Capítulo XVIII: El valor y el precio de producción (p.277-314)

Después de finalizar su examen de las relaciones de producción entre productores de mercancías (teoría del valor) y entre capitalistas y obreros (teoría del capital), Marx pasa al análisis de las relaciones de producción entre capitalistas industriales en las diferentes ramas de la producción (teoría del precio de producción), en el tercer volumen de El capital.

La competencia de capitales entre las diferentes esferas de la producción lleva a la formación de una tasa de ganancia general, media, y a la venta de las mercancías a precios de producción, que son iguales a los gastos de producción más la ganancia media y, cuantitativamente, no coinciden con el valor-trabajo de las mercancías. La magnitud de los gastos de producción y la ganancia media, así como sus cambios, se explican por los cambios en la productividad del trabajo y en el valor-trabajo de las mercancías; esto significa que las leyes de los cambios en los precios de producción sólo pueden ser comprendidas si partimos de ley del valor trabajo. Por otro lado, la tasa media de ganancia y el precio de producción, que son reguladores de la distribución del capital entre diversas ramas de la producción, regulan indirectamente (mediante la distribución de capitales) la distribución del trabajo social entre las diferentes ramas de la producción.

La economía capitalista es un sistema de capitales distribuidos que se halla en equilibrio dinámico, pero esta economía no deja de ser un sistema de trabajo distribuido que está en un equilibrio dinámico, como sucede con toda economía basada en la división del trabajo. Sólo es necesario ver debajo del proceso visible de la distribución de capitales el proceso invisible de distribución del trabajo. Marx logró mostrar claramente la relación entre esos dos procesos explicando el concepto que sirve como eslabón entre ellos, a saber, el concepto de composición orgánica del capital. Si conocemos la distribución de un capital determinado en capital constante y capital variable y la tasa de la plusvalía, podemos determinar fácilmente la cantidad de trabajo que ese capital pone en acción y podemos pasar de la distribución del capital a la distribución del trabajo. Así, si en el tercer volumen de El capital Marx brinda la teoría del precio de producción como regulador de la distribución del capital, esta teoría se halla vinculada con la del valor de dos maneras: por un lado se deriva el precio de producción del valor-trabajo; por el otro, la distribución del capital conduce a la distribución del trabajo social. En lugar del esquema de una economía mercantil simple: productividad del trabajo-trabajo abstracto-valor-distribución del trabajo social, para una economía capitalista obtenemos un esquema más completo: productividad del trabajo-trabajo abstracto-valor-precio de producción-distribución del capital distribución del trabajo social. La teoría de Marx sobre el precio de producción no contradice la teoría del valor-trabajo; se basa en ella y la incluye como una de sus componentes. Esto se hace evidente si recordamos que la teoría del valor-trabajo sólo analiza un tipo de relación de producción entre los hombres (entre productores de mercancías). Pero la teoría del precio de producción supone la existencia de los tres tipos básicos de relaciones de producción entre personas en la sociedad capitalista (relaciones entre productores de mercancías, relaciones entre capitalistas y obreros, y relaciones entre grupos particulares de capitalistas industriales).

Si limitamos la economía capitalista a estos tres tipos de relaciones de producción, entonces esta economía es similar a un espacio de tres dimensiones en el cual es posible determinar una posición sólo en términos de tres dimensiones o tres planos. Puesto que un espacio tridimensional no puede ser reducido a un plano, tampoco la teoría de la economía capitalista puede ser reducida a una teoría, la teoría del valor-trabajo. Así como en el espacio tridimensional es necesario determinar la distancia de cada punto con respecto a tres planos, así también la teoría de la economía capitalista presupone la teoría de las relaciones de producción entre productores de mercancías, es decir, la teoría del valor trabajo.

Los críticos de la teoría de Marx que ven una contradicción entre la teoría del valor-trabajo y la teoría del precio de producción no comprenden el método de Marx. Este método consiste en un análisis coherente de diversos tipos de relaciones de producción entre los hombres, o, por así decir, de diversas dimensiones sociales.

 1. Distribución y equilibrio del capital

Como hemos visto, Marx analizó los cambios en el valor de las mercancías relacionándolos estrechamente con la actividad laboral de los productores de mercancías. El intercambio de dos productos del trabajo a su valor-trabajo significa que existe equilibrio entre dos ramas de producción. Los cambios en el valor-trabajo de un producto destruyen este equilibrio del trabajo y provocan una transferencia del mismo de una rama de la producción a otra, efectuando una redistribución de las fuerzas productivas en la economía social. Los cambios en el poder productivo del trabajo originan aumentos o disminuciones en la cantidad de trabajo necesario para la producción de determinados artículos, provocando aumentos o disminuciones correspondientes en los valores de las mercancías. Los cambios en el valor, a su vez dan origen a una nueva distribución del trabajo social mediante el valor-trabajo.

Esta relación causal más o menos directa entre el valor-trabajo de los productos y la distribución del trabajo social supone que los cambios en el valor trabajo de los productos afectan directamente a los productores, o sea a los organizadores de la producción, provocando su transferencia de una rama a otra, y, por consiguiente la redistribución del trabajo. En otras palabras, se supone que el organizador de la producción es un productor directo, un trabajador, y al mismo tiempo el propietario de los medios de producción, por ejemplo, un artesano o un campesino. Este pequeño productor trata de dirigir su trabajo hacia aquellas esferas de la producción en que la cantidad dada de trabajo le rinde un producto que es altamente valorado en el mercado.

El resultado de la distribución del trabajo social entre las diferentes ramas de la producción es que una cantidad determinada de trabajo de igual intensidad, calificación, etc., rinde un valor de mercado aproximadamente igual a los productores de todas las ramas de la producción. Al empeñar su trabajo vivo en la producción de zapatos o de trabas, el artesano al mismo tiempo empeña trabajo pasado, acumulado, es decir, instrumentos y materiales de trabajo (o medios de producción, en el sentido amplio de estos términos) que son necesarios para la producción en su actividad. Esos medios de producción habitualmente no son muy complicados, su valor es relativamente insignificante y, así, no conducen naturalmente a diferencias significativas entre esferas individuales de la producción artesanal. La distribución del trabajo (trabajo vivo) entre ramas particulares de la producción va acompañada de la distribución de los medios de producción (trabajo acumulado) entre esas ramas. La distribución del trabajo, que se regula por la ley-trabajo, tiene un carácter primario, básico; la distribución de los instrumentos de trabajo tiene un carácter secundario, derivado. La distribución del trabajo es completamente diferente en una economía capitalista.

Puesto que los organizadores de la producción son en este caso capitalistas industriales, la expansión o contracción de la producción, vale decir, la distribución de las fuerzas productivas, depende de ellos. Los capitalistas invierten sus capitales en la esfera de la producción que es más provechosa. La transferencia de capital a una esfera de la producción crea una mayor demanda de trabajo en esa rama y, por consiguiente, un aumento de los salarios. Esto atrae mano de obra, trabajo vivo, a esa rama. La distribución de las fuerzas productivas entre esferas particulares de la economía social adopta la forma de una distribución de capitales entre esas esferas. Esta distribución de capitales, a su vez, lleva a una distribución correspondiente del trabajo vivo, o fuerza de trabajo. Si en un país determinado observamos un aumento del capital invertido en la minería del carbón y un incremento del número de obreros empleados en ella, podemos preguntarnos cuál de estos eventos es la causa del otro. Obviamente nadie discrepará en cuanto a la respuesta: la transferencia de capital conduce a la transferencia de fuerza de trabajo, no a la inversa. En la sociedad capitalista la distribución del trabajo está regulada por la distribución del capital. Así, si nuestro objetivo es (como antes) analizar las leyes de la distribución del trabajo social en la economía social, debemos seguir un camino indirecto y proceder a un análisis preliminar de las leyes de distribución del capital.

El productor simple de mercancías gasta su trabajo en la producción y trata de obtener un valor comercial que sea proporcional al trabajo que ha gastado en su producto. Este valor comercial debe ser adecuado para la subsistencia de él y de su familia y para la continuación de la producción al volumen anterior, o a un volumen ligeramente mayor. Pero el capitalista gasta su capital en la producción, trata de obtener un capital que sea mayor que su capital original. Marx formuló esta diferencia en las conocidas fórmulas de la economía mercantil simple, M-D-M (mercancía-dinero-mercancía), y la economía capitalista, D-M-D + a (dinero-mercancía-dinero aumentado). Si analizamos esta breve fórmula, observaremos diferencias técnicas (pequeña producción y producción en gran escala) entre la economía mercantil simple y la economía capitalista. Observaremos diferencias en los motivos de los productores (el artesano trata de asegurarse la subsistencia, mientras que el capitalista trata de incrementar el valor) como resultado del carácter diferente de la producción y de la posición social diferente del productor.

 “El contenido subjetivo de este proceso de circulación –la valorización del valor- es su fin subjetivo” (C., I. p. 109). El capitalista dirige su capital hacia una u otra esfera de la producción según la medida en que el capital invertido en dicha esfera aumente. La distribución del capital entre esferas diferentes de la producción depende de la tasa de aumento del capital en ellas.

La tasa de aumento del capital está determinada por la relación entre d, el incremento del capital, y D, el capital invertido. En la economía mercantil simple, el valor de las mercancías se expresa en la fórmula: M = c + (v + p). El artesano sustrae el valor de los medios de producción que usó, o sea c, del valor del producto acabado, y el resto (v + p), que agregó mediante su trabajo, lo gasta parcialmente en artículos para la subsistencia propia y de su familia (v), y lo que queda representa un fondo para la expansión del consumo o la producción (p). El mismo valor del producto tiene la forma M = (c + v ) + p, para el capitalista. El capitalista sustrae (c + v) = k del capital invertido, o los gastos de producción del valor de la mercancía, lo gaste en la compra de medios de producción (c) o en la fuerza de trabajo (v). Considera al resto, p, como su ganancia. Por consiguiente, c + v = k, y p = g. La fórmula M = c + (v + p) se transforma en la fórmula M = k + g, es decir, “el valor de la mercancía = precio de costo + la ganancia” (C., III, p. 53) Pero el capitalista no está interesado en la cantidad absoluta de la ganancia sino en la relación entre la ganancia y el capital invertido, o sea, en la tasa de ganancia p´ = g / k. La tasa de ganancia expresa “el grado de valorización de todo el capital desembolsado” (C., III p. 61). Nuestra anterior afirmación de que la distribución del capital depende de su tasa de aumento en diversas esferas de la producción significa que la tasa de ganancia se convierte en el regulador de la distribución del capital.

La transferencia de capital en ramas de la producción con bajas tasas de ganancia a ramas con elevadas tasas de ganancia, crea una tendencia hacia la igualación de las tasas de ganancia en todas las ramas de producción, una tendencia hacia el establecimiento de una tasa general de ganancia. Obviamente, esa tendencia nunca se realiza de manera total en una economía capitalista desorganizada, puesto que en ésta el equilibrio completo entre las diversas esferas de la producción no existe. Pero esta ausencia de equilibrio, que va acompañada por diferencias en las tasas de ganancia, provoca la transferencia de capitales. Dicha transferencia tiende a igualar las tasas y a establecer el equilibrio entre las diferentes ramas de la producción. Esta “nivelación constante de las constantes desigualdades” (C., III p. 198) provoca la lucha del capital por una mayor tasa de ganancia. En la producción capitalista “se trata de sacar del capital invertido en la producción la misma plusvalía o la misma ganancia que cualquier otro capital de la misma magnitud o en proporción a su magnitud, cualquiera que sea la rama de producción en que se invierta…Bajo esta forma, el capital cobra conciencia de sí mismo como una potencia social en la que cada capitalista toma parte en su producción a la participación que le corresponde dentro del capital total de la sociedad” (C., III pp. 197-198). Con el fin de establecer tal tasa general media de ganancia, es necesaria la competencia entre los capitalistas empeñados en diferentes ramas de la producción. También es necesaria la posibilidad de transferir el capital de una rama a otra, pues de no ser así, podrían establecerse diversas tasas de ganancia en diferentes ramas de la producción. Si es posible tal competencia de capitales, el equilibrio entre las diferentes ramas de la producción sólo puede suponerse teóricamente en el caso de que las tasas de ganancia existentes en esas ramas sean aproximadamente iguales. Los capitalistas que trabajan en condiciones medias, socialmente necesarias, en esas ramas productivas, obtendrán la tasa general media de ganancia.

Los capitales de valor igual invertidos en diferentes esferas de la producción rinden la misma ganancia. Los capitales que difieren en su monto rinden ganancias proporcionales a su magnitud. Si los capitales K y K1 rinden las ganancias G y G1, entonces G / K = G1 / K1 = g´ , donde g´ es la tasa de general media de ganancia. Pero ¿de dónde obtiene el capitalista su ganancia? Del precio de venta de su mercancía. La ganancia del capitalista g´, es el excedente: el precio de venta de la mercancía menos los costos de producción.

Así, los precios de venta de diferentes mercancías deben establecerse en un nivel para el cual los capitalistas, los productores de esas mercancías, reciban un excedente sobre el precio de venta, un beneficio que sea proporcional a la magnitud del capital invertido, después de rembolsar o pagar los gastos de producción. El precio de venta de los artículos, que incluyen los gastos de producción y rinde una ganancia media sobre el capital total invertido, recibe el nombre de precio de producción. En otras palabras el precio de producción es el precio de las mercancías al cual los capitalistas obtienen una ganancia media sobre el capital invertido. Puesto que el equilibrio entre las diferentes ramas de la producción presupone, como hemos visto, que los capitalistas de todas las ramas de la producción reciban una ganancia media, el equilibrio entre las diferentes esferas de la producción presupone que los productos se venden a los precios de producción. El precio de producción corresponde al equilibrio de la economía capitalista. Es un nivel medio teóricamente definido, de precios, dados los cuales la transferencia de capital de una rama a la otra no ocurre. Si el valor-trabajo corresponde al equilibrio del trabajo entre las diferentes esferas de la producción, el precio de producción corresponde al equilibrio del capital invertido en las diferentes esferas. El precio de producción es “lo que condiciona la oferta, la reproducción de las mercancías de toda esfera especial de producción” (C., III, p. 200), es decir, la condición de equilibrio entre las diferentes esferas de la economía capitalista. No debe confundirse el precio de producción con el precio comercial, que fluctúa constantemente por encima y por debajo de él, a veces superando al precio de producción, y a veces cayendo por debajo de él. El precio de producción es un centro teóricamente definido de equilibrio, un regulador de las constantes fluctuaciones de los precios comerciales. En las condiciones de una economía capitalista el precio de producción desempeña la misma función social que el precio comercial determinado por los gastos de trabajo desempeña en las condiciones de la producción mercantil simple.

Tanto el primero como el segundo son “precios de equilibrio”, pero el valor-trabajo corresponde a un estado de equilibrio en la distribución del trabajo entre las diversas ramas de la economía mercantil simple, y el precio de producción corresponde al estado de equilibrio en la distribución de capitales entre las diferentes ramas de la economía capitalista. Esta distribución del capital señala, a su vez, cierta distribución del trabajo. Podemos ver que la competencia conduce al establecimiento de un nivel diferente de precios de las mercancías en diferentes formas sociales de la economía. Como dice Hilferding muy acertadamente, la competencia sólo puede explicar la “tendencia al establecimiento de la igualdad en las relaciones económicas” para los productores individuales de mercancías. Pero ¿en qué consiste la igualdad de esas relaciones individuales? La igualdad depende de la estructura social objetiva de la economía social. En un caso será una igualdad del trabajo; en otro, una igualdad del capital. Como hemos visto, el precio de producción es igual a los costos de producción más la ganancia media sobre el capital invertido. Conocida la tasa media de ganancia, no es difícil calcular el precio de producción. Supongamos que el capital invertido es 100, y la tasa media de ganancia del 22%. Si el capital invertido se amortiza durante un año, entonces el precio de producción será igual a 100 + 22 = 122. El cálculo es más complejo si sólo una parte del capital fijo invertido es consumido durante el año. Si el capital de 100 consiste en 20 v y 80 c, de lo cual sólo 50 c se consumen durante el año, entonces los costos de producción son iguales a 50 c + 20 v = 70. A esta suma se le agrega el 22%. Este porcentaje no se calcula sobre la base de los costos de producción, 70, sino del capital total invertido 100. Así, el precio de producción es 70 + 22 = 92 (C., III pp. 155-156). Si del mismo capital constante de 80 c, sólo 30 c son gastados durante el año, entonces los costos de producción serían 30 c + 20 v = 50. A esta suma, igual que antes, se le agrega la ganancia del 22%. El precio de producción de la mercancía es igual a los costos de producción más la ganancia media de todo el capital invertido.

Continuará…

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