Cuestiones marxistas

Sabrán disculparnos si el título de esta entrada, Cuestiones marxistas, les ha podido inducir a error. No, no vamos a tratar aquí ni a reproducir la obra del mismo título de Vázquez Montalbán (otro auténtico marxista de la facción gastronómica, q.e.p.d) ni nada por el estilo. Al contrario, una vez más -y ya nos deben conocer- vamos a tratar de Marx y de El Capital, de la mano de Carlos Fernández Líria -en suma, de cuestiones marxistas por un marxista-. Vamos, que más de lo mismo (y hasta que esto cambie -lo cambiemos-, continuaremos erre que erre); pero, ¿quién mejor que Carlos para repasar conceptos, aclarar ideas, cargarse de argumentos?.

Para esta tarea hemos procedido a seleccionar un fragmento de “Geometría y Tragedia. El uso público de la palabra en la sociedad moderna”, publicado por la editorial Hiru. Como indicábamos, se trata de revisar conceptos y terminología que si has seguido con regularidad el taller no te plantearán mayor problema. Si no es así, tampoco te preocupes. Con la capacidad pedagógica de Fernández Liria te resultará sencillo.

Un saludo,

 A. Olivé 

Carlos Fernández Liria 

Cuando se dice que las lanzaderas tejen solas o que se producen suficientes cereales, siempre insistimos en que el problema está mal planteado. Está mal planteado porque el problema se plantea en términos de tejidos, trigo omaíz, cuando, en las condiciones de producción descritas por Marx en El Capital, ni el trigo es fundamentalmente trigo, ni el tejido es fundamentalmente tejido. Marx descubrió que, hablando en términos estructurales, la sociedad capitalista sólo produce trigo, maíz o camisetas de forma tangencial. Lo que verdaderamente produce es un producto invisible, muy difícil de aislar teóricamente, al que llamó plusvalor (a veces con forma de maíz o de trigo, de mantequilla o de misiles). El plusvalor no es la ganancia de los capitalistas ni nada parecido, aunque tenga que ver  con ello. Es un producto como cualquier otro, que tiene, podríamos decir, su propio manual de instrucciones para su fabricación. Y nada indica que las necesidades de producción de plusvalor tengan por qué coincidir ni de lejos con las necesidades de producir trigo o camisetas que tengan los seres humanos. El trigo o la leche en polvo nunca sobran o si sobran, todo lo más, hacen engordar; pero que sobre plusvalor con forma de trigo puede ser un desastre.

En este sentido, Marx hizo en El Capital, algo parecido a lo que hizo Newton. Este se preguntó si no habría una ley que fuera capaz de explicar por las mismas razones por qué las manzanas caían al suelo y la Luna giraba, por el contrario, en torno a la Tierra, sin precipitarse contra nosotros. Para ello era preciso considerar que las manzanas, además de ser manzanas, y la Luna, además de ser un satélite, eran otra cosa más básica, y que esa “cosa” tenía razones o se explicaba por causas muy diferentes a las que tenemos en cuenta al hablar de “manzanas” o “satélites”. Una manzana no se parece en nada a un satélite, pero, en un cierto nivel ambas cosas son graves. Podría decirse que, en la Mecánica de Newton, las manzanas son “graves” con forma de manzana. Lo propio de las manzanas es, por ejemplo, caer al suelo y ser comestibles. Lo propio de los graves es obedecer a una ley general que Newton especificó en su famosa ley de la gravitación universal. Marx hizo, en efecto, algo pareido: en las condiciones capitalistas de producción, es decir, allí donde los medios de producción en general de la población son propiedad privada, todos los productos están inevitablemente destinados a pasar por el mercado (la población, en general, no puede producir para su consumo particular, pues, precisamente, carece de los medios de producción). Las manzanas, antes, pues, de ser un comestible, son, en esas condiciones, mercancía, igual que, desde el punto de vista natural, son graves. Ahora bien, el largo razonamiento de Marx en el Libro I de El Capital viene a demostrar que tampoco son, sencillamente, “mercancias”, sino una mercancía muy determinada que tiene, podríamos decir, sus propias leyes y sus propias razones, su propio -como dijimos- “manual de instrucciones” de fabricación y uso. Sabemos cómo se fabrican y se usan las manzanas, pero no sabemos cómo se fabrica y se usa esa mercancía tan especial a la que llamamos plusvalor. El caso es que, igual que las manzanas son manzanas, prusoponiendo siempre la gravedad, en las condiciones capitalistas de producción, las manzanas sólo son manzanas a condición de ser plusvalor. No es posible experimentar vivencialmente la unidad de la Luna y las manzanas en tanto que graves sometidos a la ley de gravitación universal; esta ley, como todas las leyes científicas, es algo que se deduce o se piensa teóricamente, sin dejarse integrar en el tejido de nuestras vivencias al igual que se vive el sabor de una manzana o la lejanía de la Luna. Tampoco es posible vivir o experimentar el plusvalor. Y sin embargo, el plusvalor es un producto, tan físico y material como las manzanas, la mantequilla o los misiles. Su caracterísitca es que es un producto que, a su vez, tiene que ser todos los otros productos en las condicones capitalistas de producción, por la sencilla razón de que, siendo privada la propiedad de los medios de producción, a nadie se le ocurriría emplearlos en la producción de algo que no fuera un “más valor” que el que paga o invierte en esa producción (y si a alguien “le pasara eso”, su empresa quebraría y desaparecería de la arena de juego, por lo que sería un contraejemplo a considerar).

El siguiente paso de Marx consistió en encontrar las leyes que afectan a la producción, entanto que producción, no de mantequilla o misiles, sino en tanto que producción de plusvalor. Al mismo tiempo, pero en un plano muy distinto, el trabajo de Marx se ocupó de ir mostrando cómo las necesidades de esa producción de plusvalor, que era condición de cualquier otra producción posible, eran completamente ajenas a las necesidades de los hombres y cómo, en ocasiones, eran, también, directamente incompatibles con ellas. De ahí que, según él, una sociedad obligada a satisfacer sus necesidades supeditándolas a la producción de ese producto invisible, invivible e inexperimentable, estuviera enconsertada en una cárcel estructural en la que, con frecuencia, se invertían todos los problemas, de modo que, lo que era un problema para los hombres aparecía como una solución para los problemas de su economía.

No es cuestión de resumir ahora todo El Capital. Basta con que reparemos en un hehco muy cotidiano, observando como se relaciona la política y la economía en las páginas de nuestros periódicos. De nada vale, por ejemplo, que los políticos prometan solucionar el problema del paro en el marco de una economía para la que el paro no es un problema, sino una solución para una economía “recalentada”. La economía respira de espaldas a la clase política, “enfriándose” o “calentándose” según leyes tan autónomas como las del clima; los políticos pueden consultar a los ministros de economía, o más exactamente, a las grandes corporaciones empresariales, pero saben que no pueden llevarles la contraria. La producción y reproducción de capital tiene sus propias razones y sus propios problemas, los cuales no tienen por qué coincidir con las razones y los problemas de los hombres, a menos, claro, que se caiga en la cuenta en que esos hombres dependen a vida o muerte de cómo le vaya a esa economía; una economía que, como estamos diciendo, no entiende de mantequilla ni de misiles, sino que (igual que las acciones de desplazan en la bolsa de un sector productivo a otro, buscando sólo la rentabilidad y sin preocuparse demasiado de si momentáneamente han contribuido a producir una cosa u otra) se interesa únicamente de las expansiones y recensiones de laproducción de plusvalor. Es una situación muy grave la de una sociedad que depende de  una economía que no tiene las mismas necesidades que ella misma, y que, cada vez que encuentra un problema, éste es una solución en el mundo de los negocios, lo mismo que, cada vez que imagina una solución, resulta que ésta supondría el máximo de los problemas para la salud del curso económico. Se trata de una situación esquizofrénica, en la que la instancia política señala un problema y, mientras tanto, el misnistro de economía señala ahí una solución a un problema mayor de naturaleza económica. Hace ya tiempo que las elecciones las ganan políticos dispuestos a resignarse a esta impotencia, pero, cuando no ha sido así, aunque sea en un sentido muy modesto -como ocurrió con la dimisión en Alemania de Oscar Lafontaine- los políticos han aprendido en seguida que su margen de acción, al igual que el bienestar social mismo, tiene como límite absoluto la salud de la producción de ese misterioso productos, que, en sí mismo, no se come ni en general se utiliza para nada, pero que es la condición sine qua non para seguir produciendo todos los demás. Por ejemplo: la producción capitalista puede necesitar el despido libre cuando nosotros necesitamos trabajar y el trabajo excesivo cuando nos podemos permitir, en condiciones de sobreproducción, el lujo de descansar. O puede necesitar que se destruyan toneladas de trigo acumuladas como stock, incluso en países que pasan hambre. O le puede venir muy bien una guerra en la que vender el capital (bajo la forma de armamento), por muy mal que nos vengan las guerras a nosotros como hombres y mujeres. Puede necesitar plantar tulipanes en las orillas del Nilo, aunque los egipcios no entiendan la ventaja de plantar flores en lugar de verduras. Mientras la población muere de hambre, Etiopía es -o al menos lo fue, en la década de los ochenta- un exportador de carne. En la década de los ochenta, las vacas gallegas se alimentaron de los stocks de mantequilla, mientras los plátanos y los tomates canarios -en los que tanto se habían trabajado- eran, a su vez, trabajosamente arrojados al mar o incinerados. La empresa Philips, por lo visto, destina un volumen considerable de sus gastos de investigación a encontrar procedimientos para fabricar bombillas que se fundan antes. Programar la obsolescencia, en efecto, requiere también mucho trabajo y muchas inversiones.

Sea como sea, el imperativo al que tienen que ceñirse todos los flujos y decisiones sociales es el de que sea posible seguir produciendo plusvalor de forma ventajosa y en escala siempre creciente, ya que, precisamente una de las leyes de esta estructura productiva que estudió Marx es que no podía conservar la salud sino produciendo siempre más y más.

[…] Es, pues, la naturaleza del sistema productivo la que explica la aporía señalada. Aunque las lanzaderas se hayan puesto a tejer solas, seguimos trabajando, pues lo hacemos en un sistema que consiste en acumular capital para seguir acumulando capìtal. Se trabaja más para poder seguir trabajando más. El argumento de Lafargue, sin duda incontestable en abstracto, exigía que la jornada laboral fuese disminuyendo en una proporción semejante, o almenos que guardara algún tipo de relación inversa, con el aumento de la productividad del trabajo. Claro que él era partidario de una economía no capitalista. En una economía estatalizada, por ejemplo, siempre se podría discutir políticamente (en el Parlamento, pongamos por caso) si la aparición de nuevas tecnologías debería traducirse de inmediato en una reducción general de la jornada laoral (de modo que la sociedad adquiriría la misma riqueza en menos tiempo, destinando al ocio o a la pereza el restante) o si convendría, por el contrario, conservar la jornada laboral para aumentar el volumen de riqueza. El motivo por el que las sociedades socialistas “reales” jamás pudieron permitirse ese lujo no parece que sea otro, se diga lo que se diga, que el que jamás pudieron decidir políticamente otra cosa que el emplearse en un “comunismo de guerra” en el que siempre era necesario trabajar más para seguir trabajando más, ya que esto era lo que hacía el enemigo. Sólo que el enemigo lo hacía por una necesidad de su sistema económico y ellos por una decisión política de no sucumbir frente a su agresión. Fueran cuales fueran los problemas de las economías socialistas “reales”, lo que seguro que no se planteaba era la necesidad de seguir produciendo más, en peores condiciones laborales, a causa de que se hubiera producido demasiado. En las condiciones capitalistas de producción, en efecto, trabajar siempre más es el imperativo de toda posibilidad de trabajar y, si hay paro, es porque no se ha trabajado bastante (lo que parece patentemente absurdo, pero al mismo tiempo bien evidente para cualquier empresario que ve su empresa al borde de laquiebra). Las empresas tienen que producir siempre más, por mucho que hayan producido ya (y esto incluso en plena crisis de sobreproucción), si no quieren sucumbir a las crisis económicas y dejar de producir completamente. Los asalariados, mientras tanto, tienen que trabajar siempre más, si no quieren dejar de trabajar por completo y engrosar las listas del paro. Este engranaje no puede pararse nunca. Las manzanas o los cereales pueden llegar a ser suficientes y los misiles para destruir el mundo pueden llegar a sobrar, pero el plusvalor será siempre escaso. Si mañana quiere poderse producir algo, es preciso que hoy se haya producirdo más plusvalor que ayer. Ello también trae sus problemas: si se produce más plusvalor del que puede abosrver el mercado, la riqueza no puede ser transformada en dinero y, entonces, no es posible seguir poniendo en marcha el proceso. Pero el absurdo llega hasta el extremo de que el único remedio a la sobreproducción de plusvalor es producir todavía más, con la esperanza siempre de hundir a las empresas de la competencia y lograr imponerse en el mercado. De ahí que, en una crisis económica, políticamente no se pueda hacer nada, ni, de hecho, “convenga” hacer nada -y, en efecto, así lo proclaman los economistas hayekianos-, pues no se puede hacer nada en una situación en la que todo remedio coincide enteramente con la enfermedad.

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