Liberalismo y Socialismo

Decididamente nos gusta, nos complace mucho que os guste lo que decía Adolfo Sánchez Vázquez. Y es que, es una enorme fortuna para los lectores de lengua castellana poder contar con un pensador de la talla del mismo. Y si encima eres marxista, ¡pues que quieres que te diga!, es una suerte para un tradición de pensamiento contar con gente así en sus filas. No os vamos a contar vida y milagros del autor (al cual ya hemos aludido en otras entradas). Sánchez Vázquez en esta ocasión, a través de la contraposición entre liberalismo y socialismo, repasa los fundamentos teóricos o “los puntos vitales” del liberalismo (la libertad, la emancipación humana…etc.), criticando aquellos aspectos que funcionan como dogmas. Y al mismo tiempo, el autor aprovecha para realizar un repaso crítico de los aspectos negativos del autoconsiderado “socialismo real”.

Como propuesta de reflexión, Marx desde Cero os invita a leer el texto que presentamos hoy y compararlo con un texto que trata cuestiones parecidas, de la mano de un economista no marxista, Albert Recio y que dimos a conocer en este blog en su momento (La crisis del Neoliberalismo). ¡Manos a la obra!.

Antonio Olivé

 

Liberalismo y Socialismo 

Adolfo Sánchez Vázquez

Quisiera concentrar mi atención en la ya larga y vieja polémica entre liberalismo y socialismo. Siguiendo la sana distinción entre lo que una ideología dice ser y lo que efectivamente es, subrayemos de entrada que el liberalismo se tiene a sí mismo por la ideología de la libertad. Ésta es la idea básica que mueve en sus orígenes a la burguesía revolucionaria del siglo XVIII contra el despotismo, así como a los movimientos de independencia en América Latina y a los liberales que, a lo largo del siglo XIX, persiguen en este continente un proyecto de progreso y modernización, o de desarrollo nacional independiente. Este valor supremo —el de la libertad— lo entiende el liberalismo como libertad del individuo, y lo hace descansar en dos supuestos: el primero es el de la naturaleza egoísta, competitiva y agresiva, común a todos los individuos del género humano. Y el segundo es el de la propiedad privada como condición, marco o institución indispensables para que se dé efectivamente la libertad del individuo. No hay, no puede haber, libertad del individuo sin propiedad privada. No se trata de un principio entre otros, sino del principio básico o piedra angular de la ideología liberal, ya sea en su forma clásica (de Locke a Adam Smith), ya sea en la forma actual, neoliberal (de un Hayek). De esta asociación entre libertad y propiedad proceden otros rasgos esenciales del liberalismo, como son: 1) la exaltación de la competencia en la batalla por la ganancia y la utilidad; 2) la fetichización del mercado como la esfera propia y necesaria de esa competencia; 3) la reivindicación del trabajo por su aspecto positivo, ya que, gracias a él se adquiere e incrementa la propiedad privada; y 4) la exaltación del individuo como un absoluto que exige ser protegido del Estado y las instituciones públicas.

 

Como ideología de la libertad del individuo y de la propiedad privada, el liberalismo se mueve en dos planos vinculados entre sí—el político y el económico—, aunque, como demuestran experiencias históricas recientes, no siempre se da una simetría entre ambos. Ahora bien, ¿qué se entiende por uno y otro? De acuerdo con la ideología liberal, los principios del liberalismo político son: 1) la limitación del poder estatal como garantía de la libertad del individuo; 2) la sujeción de gobernantes y gobernados a la ley; 3) la democracia representativa, que garantiza la participación de los individuos en los asuntos públicos (ciertamente, todos pueden participar, en igualdad de derechos, aunque no todos pueden participar en todo; parafraseando a Bobbio, podríamos decir que para los no propietarios —o desposeídos— la democracia se detiene a las puertas de la fábrica, en la que las decisiones se reservan al propietario); 4) la división de poderes; y 5) la rotación o no reelección del gobierno, o alternancia o sucesión regulada en el poder. En el plano económico, el principio básico del liberalismo es el de la libertad de empresa, de comercio o de adquisición de propiedad. Corolarios suyos son: el mercado generalizado y la limitación de la intervención o regulación de la economía de libre mercado por el Estado o cualquier instancia pública.

 

Los principios básicos del liberalismo, considerados en su doble plano —principios que el neoliberalismo en lo económico lleva sin tapujos hasta sus últimas consecuencias—, entrañan la subordinación de la igualdad y la justicia social a la libertad. No se niegan, por supuesto, la desigualdad y la injusticia, así como la miseria material y espiritual vinculadas a ellas, pero se aceptan como un hecho natural del sistema (Adam Smith) o como un asunto privado al que no toca al Estado intervenir (Hayek). Dejar de considerarlos como tales: o sea, la protección social por parte del Estado es, a juicio del neoliberal Hayek, el comienzo de la tiranía. Así pues, la libertad es incompatible con la igualdad y la justicia social.

 

Desde sus orígenes —hace tres siglos—, el liberalismo no ha dejado la escena de las ideas ni la de la práctica. Ya recordamos antes sus mitos históricos en la lucha contra el despotismo en Europa y en los movimientos liberadores de América Latina. No puede ignorarse, tampoco, la importancia histórica de sus principios políticos, no obstante sus límites e incluso su incompatibilidad con la igualdad y justicia social. Y menos aún podemos ignorar la existencia, aunque no determinante, de cierto liberalismo que ha pretendido superar esa incompatibilidad, ya sea acercándose a posiciones socialistas —como Stuart Mill en el pasado—, o como Bertrand Russell en nuestro tiempo, al defender la libertad sin subordinarla a la propiedad privada.

 

Ahora bien, en la sociedad industrial contemporánea vemos que, no sólo no ha podido trascender sus límites, sino que incluso se recortan aún más sus principios y valores, cuando no desaparecen. Y así vemos cómo la masificación, manipulación o colonización de las conciencias convierte la libertad del individuo en pura retórica; cómo las libertades concretas (de expresión o información), al concentrarse el poder político y el poder económico, se vuelven cada vez más estrechas o vacuas; y cómo el libre mercado se arrodilla ante el comercio dirigido transnacional. Y, en cuanto a la justicia social, el neoliberalismo se encarga de tirar al suelo las migajas que de ella quedaban en la mesa liberal.

 

Todo lo cual significa que el principio de la libertad del individuo, entendido como su autorrealización en condiciones de igualdad y justicia social, tiene que ser protegido del propio liberalismo. Pero, entonces, hay que acogerse a otra alternativa social que haga hincapié en el valor supremo de la libertad humana, real. Y esta alternativa sigue siendo el socialismo, como crítica de la sociedad existente y como proyecto de una sociedad en la que los hombres dominen sus condiciones de existencia. Al igual que el liberalismo, el socialismo presupone una concepción de la naturaleza humana, pero opuesta a la egoísta, competitiva y agresiva de la ideología liberal, ya que por su carácter histórico-social no acentúa unilateralmente el egoísmo o el altruismo. No es que ignore, por tanto, la dimensión competitiva y codiciosa del “hombre, lobo del hombre” (Hobbes), pero la ve como una dimensión histórica propia de la sociedad burguesa. Lejos de sentenciar que la propiedad privada es el fundamento de la libertad en general, considera que es fundamento, ciertamente, de una forma de libertad: la del individuo egoísta, burgués. Por ello, el socialismo es inseparable de su abolición, con  respecto a los medios de producción, como condición necesaria, aunque no suficiente —como demuestra la reciente experiencia histórica de la libertad humana del individuo real—. Pero, al propugnar esta libertad, rechaza el individualismo que hace de él un absoluto al separarlo de las condiciones históricas y sociales de su existencia. Y se opone igualmente, no a las libertades específicas y a la democracia, sino al carácter limitado, y a veces puramente retórico, que adquieren con el liberalismo.

 

La utopía socialista, al alimentarse de la crítica al capitalismo liberal, lo hace reconociendo el papel de las relaciones de propiedad en el destino de la libertad, pero vinculando éste, no a la generalización del principio de la propiedad privada, sino a la propiedad social de los medios de producción, como propiedad sujeta a las necesidades y al control de la sociedad, lo que no excluye otras formas de propiedad, incluida la privada. Finalmente, si el liberalismo sacrifica a su libertad la justicia social, el socialismo ve en ésta y en la igualdad social la condición necesaria de la libertad del individuo real.

 

Tal es, a grandes rasgos, la ideología socialista de, inspiración marxiana que ha inspirado la larga lucha del movimiento obrero por sus justas reivindicaciones, que, respondiendo a él, ha estimulado al Estado de bienestar a proteger socialmente a los trabajadores, y, finalmente, es la ideología de la que partieron los bolcheviques, después de conquistar el poder, para intentar construir una alternativa socialista al capitalismo. No podría negarse hoy la parte importante que corresponde a las luchas inspiradas por la ideología socialista en las conquistas sociales de los trabajadores, así como en los avances logrados en el reconocimiento y ampliación de las libertades básicas y los derechos políticos. Tampoco podría negarse lo que le corresponde en los logros de un Estado social o de bienestar, aunque no hayan afectado la estructura económica y social del sistema. Finalmente, al relacionar la ideología socialista con el proceso histórico abierto por la revolución rusa de 1917, hay que reconocer que el intento de construir una sociedad socialista dio lugar —por razones que no tenemos tiempo de exponer ahora— a una formación social atípica, ni capitalista ni socialista, que vino a restaurar en nuevas formas las viejas relaciones de dominación y explotación. En esta sociedad —la del llamado socialismo real— la abolición de la propiedad privada condujo a la propiedad estatal absoluta; la eliminación del mercado, a una economía totalmente planificada; la omnipotencia del Estado y del colectivismo burocrático a la desaparición del individuo y la exclusión de las libertades de todo tipo y en todos los niveles, y el régimen de partido único hizo imposible toda forma de democracia. En suma, el pretendido socialismo resultó ser la negación misma de los principios y valores de la ideología socialista, como ideología de la libertad, igualdad, democracia efectiva y justicia social.

 

¿Qué queda, pues, de su relación antagónica con el liberalismo? En verdad, ese socialismo irreal no ha superado realmente los límites que el liberalismo levanta a la libertad del individuo y a las libertades básicas, ni ha resuelto tampoco los problemas que con él quedaban intocados de la desigualdad y la injusticia social. Lejos de enriquecer y ampliar las libertades y los derechos que el liberalismo reconocía, aunque con las limitaciones y oquedades apuntadas, esos derechos y libertades desaparecieron por completo bajo el socialismo real. En cuanto a la injusticia y desigualdad, dejadas de la mano por el liberalismo, reaparecieron con la concentración del poder económico y político en manos de la burocracia y la consiguiente división en clases. Por lo que toca a la democracia liberal o representativa, cuya abolición criticó Rosa Luxemburgo a los bolcheviques desde el primer momento, no sólo no ha sido enriquecida y ampliada, sino que —como Rosa previó y advirtió— condujo a la negación de toda forma de democracia.

 

Así pues, el sacrificio de la libertad con que se pretendió justificar la igualdad y la justicia social  acabó por arruinar a todas ellas, ya que ninguna puede florecer en una sociedad totalitaria. En conclusión, si situamos el liberalismo y el socialismo real en el proceso histórico —complejo, contradictorio y doloroso—de la emancipación humana, este pretendido socialismo, lejos de superar las fallas y limitaciones del liberalismo, queda histórica y socialmente a un nivel más bajo.

 

Ahora bien, el saldo negativo de este experimento liberador no absuelve al liberalismo, ni como ideología ni como práctica, de las limitaciones de una libertad para los socialmente privilegiados y de unos derechos y una democracia que sólo pueden mantenerse sobre la base de la desigualdad y la injusticia de una feroz economía de mercado. Y puesto que, en nuestros días, el neoliberalismo no hace más que ahondar y ampliar esos rasgos negativos, sin mantener —no digamos enriquecer— los aspectos positivos —aunque limitados— del liberalismo clásico, la crítica de esta ideología, a la que se ha enfrentado desde sus orígenes el socialismo, se hace hoy más necesaria que nunca. Por otro lado, si la libertad y la justicia siguen siendo valores supremos, y por ello sigue siendo necesaria la utopía de una sociedad en la que la justicia no se sacrifique a la libertad (como la sacrifica el liberalismo), o en que la libertad se sacrifique a la justicia (como la ha sacrificado el socialismo real, con el resultado de que una y otra quedan arruinadas), el socialismo, como proyecto de una sociedad libre y justa a la vez, sigue siendo —pese al derrumbe de lo que sin serlo se ha presentado como tal— una alternativa social válida, digna de ser deseada y de contribuir a su realización. Válida, asimismo, porque moral y socialmente se halla en un nivel superior del alcanzado, en su ideología y en su práctica, tanto por el liberalismo, como por el llamado socialismo real.

 

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