Leer el Manifiesto Comunista hoy

Bueno, pues una vez más con todas y todos vosotros. Hasta ahora habíamos abordado el Manifiesto Comunista desde diferentes temáticas y autores (aspectos éticos, cuestión de género, vigencia…etc.), pero ahora pretendemos realizar una lectura crítica. Esto es, contextualizaremos autor, época, contexto histórico y demás junto con la lectura que propone Juan Ramón Capella en el texto que da título a esta entrada y que se encuentra publicado en “Los ciudadanos siervos”, Trotta – y que es muy recomendable leer y si es posible, adquirir-. Avisamos que es una lectura crítica, que se pretende polémica y debate. Y como toda selección, no deja de tener un sesgo.

Como en anteriores ocasiones, por mor de la operatividad en cuanto al tamaño del texto y para facilitar el estudio, reflexión y debate; procedemos a su presentación en diferentes entregas.

A leer el Manifiesto Comunista hoy -mejor que mañana-.

A. Olivé

 

LEER EL MANIFIESTO COMUNISTA HOY (I)

JUAN RAMÓN CAPELLA

 

1. INTRODUCCION

El Manifiesto del Partido comunista es un clásico del movimiento emancipatorio[1]. A diferencia de otros textos de reflexión políticosocial, éste ha sido estudiado y ha dado inspiración no sólo a personas de oficios intelectuales sino a mujeres y hombres carentes casi completamente de instrucción. En el pasado siglo y en toda Europa era leído por trabajadores socialistas, comunistas y anarquistas, pues suscitaba adhesión en todas las tendencias del movimiento obrero. Tuvo traducciones casi inmediatas al francés, al inglés, al polaco, al italiano, al danés y al ruso. Se comentaba en trastiendas y en tabernas, en talleres y en barricadas. Los agitadores bakuninistas lo leían de viva voz a los braceros andaluces. Más tarde sería recordado en las trincheras de las guerras coloniales o mundiales. También ha sido analizado microscópicamente en institutos de investigación; ilustrado, quemado en autos de fe; las policías políticas y militases han desarrollado a lo ancho del mundo el pavloviano reflejo de incautarlo y la prensa de la derecha social el de malcitarlo. Durante siglo y medio ha inspirado la educación histórica y moral no sólo de insurgentes latinoamericanos o asiáticos o de resistentes africanos sino también la de personas que compartían la idealidad emancipatoria en las barbarizadas metrópolis del capitalismo «avanzado».

Que un documento político pueda leerse desde puntos de vista que no son los propios de los eruditos especialistas cuando ha desaparecido gran parte del universo social que lo vio nacer revela que su fondo se refiere a aspectos de aquel universo que han perdurado hasta el presente. La perennidad del Manifiesto comunista se halla en el impulso moral que lo inspira, el aborrecimiento de la injusticia -la injusticia, que ha alcanzado en nuestro tiempo dimensiones exterministas-. Esa perennidad se debe también a la pretensión de orientar la acción emancipatoria mediante el conocimiento crítico, riguroso, de intención científica, no complaciente con la falsa consciencia, con los piadosos deseos.

Y lo más importante: la referencia principal del Manifiesto es la explotación. Específicamente, el modo de explotación de unas personas por otras propio de la edad contemporánea. Pese a los esfuerzos de pueblos enteros, los sistemas sociales de explotación no sólo han sobrevivido al universo del siglo XIX sino que van a perdurar en el del siglo XXI.

El Manifiesto comunista fue originariamente, sin embargo, un texto ocasional, de circunstancias, redactado en vísperas del pleamar revolucionario de 1848[2] con la urgencia de dejar atrás ideas viejas. En él se especificaba una propuesta de emancipación social no limitada a la desigualdad política que los revolucionarios burgueses intentaban eliminar formalmente frente a los poderes estatales absolutos de la vieja Europa: se trataba de liberar a los trabajadores de la dependencia intelectual y moral de la burguesía[3], de poner las condiciones intelectuales para que elaboraran un proyecto social distinto de la reforma de lo existente.

Lo circunstancial del texto muy pronto obligó a sus autores a considerar obsoletas algunas de sus partes y más tarde incluso rasgos bastante centrales de su concepción de los procesos históricos[4]. Esta obsolescencia no ha hecho sino creces y a saltos acelerados, con la experiencia material de lo que fuela Unión Soviética y desde el final de la segunda guerra mundial.

Por ello hoy son posibles lecturas o modos de trabajar sobre el texto de Marx y Engels bastante diferentes entre sí. Por una parte cabe una lectura histórica, que se esfuerce por situar el Manifiesto en la época que lo vio nacer. Pero también es posible una lectura que sea además política, esto es, que se interrogue sobre el modo en que es necesario plantear hoy cuestiones que siguen siendo acuciantes aunque no puedan sostenerse en la forma en que las pensaron Engels y Marx.

Aquí se opta por el segundo modo de trabajar. Que implica ver desde el Manifiesto los problemas del presente, ya que de nuevo es necesario dejar atrás ideas viejas. La lectura histórica -o incluso la lectura filológica interna al pensamiento marxista- no se excluye, pero el punto de vista adoptado principalmente no es éste; las cuestiones que se evocan están determinadas sobre todo por preocupaciones de hoy y no por criterios filológicos. Por la misma razón, algunas de las partes del Manifiesto se consideran directamente irrelevantes para este punto de vista[5].

El estudio se articulará en torno a cuatro grandes apartados. En primer lugar se examinarán las cuestiones relativas a lo que Marx y Engels llamaron reiteradamente «el núcleo» del Manifiesto, su centro doctrinal, al que daban gran importancia. Luego se enfocarán asuntos referentes al análisis de la sociedad capitalista que aparece en el documento para seguir después con los relativos a la concepción de las clases trabajadoras como agente histórico de la emancipación social. Por último se verán algunas cuestiones que no encuentran su lugar temático al lado de las anteriores.

 

1. El «núcleo» del Manifiesto

Las ideas centrales que corren a lo largo del Manifiesto, su «núcleo» según reiterada expresión de Engels[6] son las siguientes:

a) que el modo económico dominante de producción y la estructura social que se deriva de él en una época histórica constituyen el fundamento sobre el que se basa su historia política e intelectual, la cual sólo puede explicarse a partir de esta base; b) que la historia de la humanidad a sido una historia de luchas entre clases explotadoras y explotadas[7]; c) que esa historia de luchas de clases ha alcanzado una etapa en la que la clase explotada y oprimida

-los trabajadores de la era industrial- no puede liberarse sin liberar a toda la sociedad de la explotación y la opresión, esto es, sin poner fin a las luchas de clases.

Merece la pena examinar detalladamente estas ideas centrales del Manifiesto, someterlas a estudio, sobre todo cuando la experiencia pasada muestra que entenderlas sólo a medias y aceptarlas sin sentido crítico ha dado lugar a innumerables dogmatismos, esto es, a la sustitución de un pensamiento vivo de intención científica por la adhesión a una doctrina[8].

El núcleo del Manifiesto contiene las tesis centrales de sus autores respecto del sentido de la actividad emancipatoria. Esas tesis parecen hoy insuficientes, pero la pregunta sobre el sentido de esa actividad es ineliminable, y probablemente haya que encaramarse sobre este «núcleo» para ver más lejos.

 

2. Fundamento y sobreestructura

El primero de los componentes del «núcleo», que es característico del pensamiento de Engels y Marx, aparece reformulado por éste en su «Prólogo» a la Contribución a la crítica de la economía política (1859). Allí se dice, remontándose a exigencias muy primarias de nuestra existencia, que para producir lo necesario para su vida las personas se relacionan necesariamente entre ellas, con independencia de su voluntad; estas relaciones se llaman convencionalmente «relaciones de producción». Se  añade la tesis de que las relaciones de producción corresponden a una determinada fase (histórica) de desarrollo de las fuerzas productivas. Por «fuerzas productivas» hay que entender el arsenal de conocimientos, capacidades e instrumental que han logrado los seres humanos para conseguir bienes a partir del mundo material que han surgido. En dicho «Prólogo» Marx llama al conjunto de las relaciones de producción «estructura económica de la sociedad»; en los prólogos del Manifiesto se habla de «modo económico predominante de producción e intercambio»[9] o de «producción económica». Y se añade que sobre esto, calificado de base real de la sociedad, se levantan la sobreestructura política y jurídica (las instituciones o estructuras organizativas de la sociedad y las relaciones de dominio político) y las formas de consciencia social determinadas que corresponden a la base (histórica) real.

El trabajo de estudio sobre este componente del «núcleo» tiene que iniciarse buscando una comprensión precisa de las varias tesis que lo componen, y proseguir con su examen crítico.

Se trata de tesis muy generales sobre las sociedades humanas, de afirmaciones abarcantes de realidad histórica muy amplia, que por consiguiente sólo tienen sentido («tener sentido» no prejuzga que sean verdaderas o falsas) mientras la reflexión se mantenga en ese plano abstracto y general; si se concreta, hay que especificar y matizar las tesis históricamente.

Así, que los hombres entran necesariamente en relaciones de producción es verdadero siempre, aunque la necesidad es distinta si se está pensando en el carácter social natural del trabajo humano, necesidad entonces análoga a la que hace social el trabajo en otras especies (por ejemplo, el trabajo de caza de los lobos), o en la necesidad de entrar en relaciones de producción cuando los medios para realizarla no se hallan a disposición inmediata de todas las personas, como ocurre en las sociedades que han dejado atrás organizaciones sociales primitivas. Puede decirse que el trabajador esclavo entra en una relación social natural para trabajar, pero para que trabaje como esclavo ha de entrar también en una relación social histórica, no natural, y lo hace empujado no sólo ya por la necesidad natural sino por una compulsión de otro tipo, económico-política, adicional, de cambiantes características históricas.

La correspondencia de las relaciones de producción con la fase histórica de desarrollo de las fuerzas productivas es otra tesis abstracta de las componentes del primer elemento del «núcleo». Puede examinarse desde varias perspectivas; a una de ellas en particular, la que atienda a las fuerzas productivas contemporáneas, se aludirá más adelante[10]. De momento, el estudio puede tener en cuenta las dos cuestiones siguientes:

Primera cuestión: que la «correspondencia» de las relaciones de producción con el grado de desarrollo de las fuerzas productivas ha de verse como un límite a la variedad de modelos de relaciones de producción viables puesto por el grado de desarrollo de las fuerzas productivas, y no como un paralelismo de hechos históricos. Pues grados análogos de desarrollo genérico de esas fuerzas han dado de sí, en sociedades distintas, relaciones de producción históricas diferentes (por ejemplo, esclavistas o de tipo «asiático»[11]. La palabra «correspondencia» que emplearon Marx y Engels para expresar su tesis no era, pues -por decirlo suavemente-, muy adecuada: en manos de lo que podemos llamar la escolástica marxista ha engendrado innumerables estupideces.

Segunda cuestión: que el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, esto es, las capacidades humanas para la transformación de la naturaleza, es función del instrumental y del saber de que disponen las gentes. Ahora bien: el instrumental y el saber forman parte también de la historia intelectual de la sociedad. Habrá que tener esto en cuenta al examinar la relación entre la «base económica» y la «sobreestructura institucional e intelectual».

Además, se da como componente de la «base» material de la sociedad, en el mencionado «Prólogo» de Engels a la edición alemana del Manifiesto de 1883, la estructura social derivada de las relaciones de producción, esto es, las clases sociales correspondientes.

El asunto de las clases merece consideración separada[12]. Y aunque su inserción como componente de la «base» de la sociedad no carece de problemas, de momento completa la visión de los elementos materiales que Marx y Engels veían como fundamentantes de los demás aspectos de la vida social.

Veamos ahora las tesis relativas a la sobreestructura (o «superestructura»), aún en el primer componente del «núcleo» del Manifiesto. Por «sobreestructura» puede entenderse las relaciones de naturaleza política y jurídica, de un lado, y de otro las formas de consciencia social (ideas morales, concepciones del mundo, cosgomonías, saberes, etc.). Si se atiende no sólo al Manifiesto si no también a otros lugares de la obra de Marx[13], parece como si en esta metáfora tectónica se incluyeran, sobre la «base» o fundamento, dos estratos sucesivos: el inferior, integrado por las relaciones jurídicas y políticas, que se articulan en instituciones[14], y el superior, formado por elementos de naturaleza ideal, esto es, que existe fundamentalmente informando los contenidos de consciencia y su comunicación.

Lo primero que se advierte es que cualquier aspecto del método histórico social (no natural), cualquier cosa que se haya dado en la historia como producto del hombre, tiene ubicación en esta metáfora como perteneciente a la base o a la sobreestructura de la sociedad (pero a veces también, como se ha visto, ambas a la vez).

La tesis central de este elemento del núcleo del pensamiento de Marx y Engels consiste en que la «base» fundamenta la «sobreestructura», o que ésta corresponde a aquélla, o que los elementos del ser social determinan sus elementos de consciencia[15]. Dígase como se quiera, la tesis establece una relación entre «base» y «sobreestructura» en la que ésta aparece de algún modo como dependiente de la «base».

 

3. El papel de los factores sobreestructurales

El entendimiento incorrecto de esta última tesis ha facilitado la conversión de cierto marxismo en una escolástica que se caracteriza por atribuir la causación de cualquer aspecto de las relaciones político-jurídicas o de la consciencia social directamente a la «base» económica, evitando además la fatiga de la investigación.

Que no era éste el sentido que daban a la tesis los autores del Manifiesto lo pone en evidencia que en este mismo texto se mencionen dos hechos «sobreestrurctuales» de los que se afirma que han contribuido decisivamente al cambio histórico de la «base» social: el «descubrimiento de América y la circunnavegación de África.

Por ello el estudio ha de empezar por historizar la tesis: su formulación obedece a propósitos en parte de lucha de ideas y en parte de principio metódico de análisis en un contexto cultural caracterizado por el predominio de la metafísica idealista[16] de la filosofía clásica alemana. La especulación idealista de la época invertía las relaciones entre el mundo del que se habla o el que se piensa y el habla o el pensamiento: en ella el ser aparecía determinado por la consciencia, tesis que Marx y Engels, con Feuerbach, rechazaron enérgicamente.

En nuestro tiempo tanto el pensamiento irracionalista, que desprecia los procedimientos de contrastación de hipótesis de los científicos, cuanto el «realismo» positivista, que se atiene a «lo dado» como si no fuera susceptible de cambiar, desempeñar una función social parecida a la de la metafísica idealista en el siglo XIX.

De todos modos, el materialismo expresado en la tesis marxiana de la relación entre «base» y «sobreestructura» se separa bastante del materialismo positivista corriente. El materialismo vulgar prescinde de la historia natural y social, y considera lo que hay bajo la forma de objetos inertes, que se pueden contemplar más bien directamente. Pero los objetos no son así, sino cambiantes históricamente (también los conceptos: por ejemplo, una clase de insectos, o América), tanto si son naturales como producto humano. El materialismo positivista ve sólo una fotografía de su realidad, y tiende a prescindir de lo que lleva de un fotograma a otro. Por eso Marx insiste en construir un modo de concebir los objetos no contemplativo sino práctico (la práctica incluye el trato, la actividad con el objeto, además del momento especulativo), intentando captar el lado activo de lo que hay. Ese intento de no atenerse al ser aparente, sino a su dinámica interactiva, es lo aludido por la pretensión dialéctica[17].

Así, se puede entender que ciertos elementos sobreestructurales objetivados, corno el desarrollo científico alcanzado en momento histórico concreto, entren en la composición de un elemento de la «base», como las fuerzas productivas; o por qué se atribuye capacidad de modificación de la base económica a hecho; sobreestructurales como la comunicación estable con América. Estos no son ejemplos aislados o marginales en la obra de Marx: cuando, en El Capital, éste explica la implantación histórica de las relaciones de producción capitalista, recurre a factores políticos y jurídicos (sobreestructurales) y no sólo a los económicos; también en El Capital, para establecer el concepto económico  fundamental de su modelo explicativo, el concepto de valor; ha de recurrir a factores sobreestructurales[18].

Estos argumentos deberían bastar para evitar una interpretación dogmática de la metáfora sobre las relaciones entre base y sobreestructura. Los fenómenos sobreestructurales sólo se vinculan con la base a través de innumerables pasos intermedios (que en la jerga «marxista» suelen llamarse «mediaciones»). La determinación opera más bien negativamente, como un límite a lo sobreestructuralmente posible dada una base material -ésta abre un abanico de posibilidades aunque sólo una llegue a realizarse por efecto de numerosas interacciones mediadoras-, pero no positivamente, generando concreciones sobreestructurales materializadas directamente a partir de ella.

Como principio metódico, la tesis que se está estudiando tiene una consecuencia para el proceso de análisis de la realidad social, que Sacristán expresaba mediante un lema para la investigación y el estudio: todo lo que pueda explicarse sólo por razones internas a la sobreestructura no debe explicarse por la base. Esto es: la investigación debe proceder en un orden exactamente inverso al del proceso de concreción real.


[1] Hace más de treinta años Manuel Sacristán Luzón elaboró un guión para la lectura del Manifiesto Comunista que constituye la fuente de inspiración -no sólo formal- del presente texto. Aquel trabajo circuló ampliamente en copias mecanografiadas o más tarde ciclostiladas (en una época anterior a los medios de reproducción fotomecánica) entre los estudiantes y trabajadores vinculados a la lucha antifranquista, constituyendo un instrumento de gran valor para su educación social y moral. Las copias de dicho texto que se han conservado presentan interpolaciones, variantes y a veces incluso disparates conceptuales reveladores de un trabajo de «reedición» mecanográfica debido a diferentes copistas y grupos de estudio, y significativos también de su influencia. Desde el punto de vista material el presente trabajo, que se aparta de aquél, es fuertemente deudor del pensamiento de Manuel Sacristán y de su impulso para la renovación de la idealidad emancipatoria. Y pretende ser un pequeño pero afectuoso homenaje a su memoria.

[2] La Liga de los Comunistas, la primera asociación internacional de trabajadores, organización secreta, («clandestina», diríamos hoy) dadas las condiciones políticas, había encargado a Marx y a Engels en noviembre de 1847 la redacción de un programa teórico y práctico, destinado a la opinión pública, en su congreso de Londres. El manuscrito (alemán) con que cumplimentaron el encargo fue enviado a Londres para su publicación a finales de enero de 1848; pocas semanas antes de la insurrección obrera francesa de junio de ese año, la primera que se propuso específicamente derrocar el dominio de la burguesía, se publicó una traducción en París (vid. el «Prólogo» de Engels a la edición inglesa de 1888 y el de Marx y Engels a la edición alemana de 1872).

[3] El capítulo III del Manifiesto, «Literatura socialista y comunista», está destinado específicamente a criticar las manifestaciones de esta dependencia, en el movimiento obrero de su época. Hoy, al menos en el mundo industrializado, tal dependencia, expresada paradigmáticamente por el consumismo, es mucho más profunda.

[4] Así, el «Prólogo» a la edición alemana de 1872, que es relevante para conocer la opinión que de la caducidad del Manifiesto tenían sus autores, señala que las medidas revolucionarias propuestas al final del capítulo II habrían de ser ya distintas en muchos aspectos, al igual que las observaciones acerca de la posición de los comunistas en relación con otros partidos. Estos elementos no se considerarán en el presente texto. Además, en el prólogo a la edición rusa de 1882 del Manifiesto se pone en duda incluso el modelo de desarrollo histórico occidental sostenido en él como base de la transformación revolucionaria.

[5] Así, no se examinarán el capítulo III ni las propuestas con que finaliza el capítulo II, aunque los párrafos finales del presente trabajo han de verse en relación con estas últimas.

[6] Vid «Prólogo» a la edición alemana de 1883 y a la edición inglesa de 1888.

[7] Excluyendo las comunidades primitivas, que poseían en común los medios de producción.

[8] La conversión del pensamiento vivo en un credo, en un conjunto de dogmas, es la condición intelectual de la utilización de ideologemas de raíz marxista como doctrina oficial de Estado, según se ha practicado enla URSS, China, Cuba y otros países. La «dogmática (pseudo)marxista no es sin embargo exclusiva de los Estados: doctrinarios o divulgadores, como L. Althusser o M. Harnecker, han tendido a presentar el pensamiento marxista como una «ciencia».

[9] Por «modos de producción» se significan modelos conceptuales de relaciones productivas que tienen en cuenta la no disponibilidad directa de los medios de producción por todos los miembros de la sociedad; quienes carecen de ellos han de entrar en relaciones no meramente de trabajo sino político-económicas con quienes los poseen (convirtiéndose sus esclavos, sus siervos, sus asalariados, etc.) para poder trabajar y por tanto subsistir. Que se hable de «modo económico predominante de producción e intercambio» en alguno de los prólogos al Manifiesto muestra simplemente que sus autores tienen consciencia de que en una sociedad histórica dada pueden coexistir relaciones reales correspondientes a modos de producción (modelos) diversos (por ejemplo, capitalista y esclavista, como en los USA anteriores a su Guerra Civil). Vid. infra, en el cuerpo del texto.

[10] Vid., infra, «La “base” hoy: una corrección ecológica al Manifiesto», pp. 166-169.

[11] Sobre los modos de producción de tipo «asiático» puede verse K. Marx, Formaciones económicas precapitalistas.

[12] Vid. infra, «Las dos clases únicas», pp. 185-187.

[13] Señaladamente, al mencionado  «Prólogo»  de Marx a su Contribución a la crítica de la economía política de 1859.

[14] Por ejemplo, empresa, familia, esclavitud, Estado

[15] Dicho en términos del mencionado «Prólogo»  de Marx a su Contribución a la crítica de la economía política; la tesis de fondo había sido formulada ya por Marx con anterioridad al Manifiesto, hacia 1845, en los escritos realizados en colaboración con Engels de La ideología alemana, que dejaron inéditos.

[16] Hoy al usar «idealismo, se piensa sobre todo en moral; el idealismo alemán, sin embargo, se entiende mal partiendo de este uso, pues era fundamentalmente epistemológico e incluso ontológico.

[17] 17. La lectura del Manifiesto no es el mejor punto de partida para comprender la problemática

del uso de «dialéctica», en Marx. Como ulterior lectura puede verse M. Sacristán zón, «El trabajo científico de Marx y su noción de ciencia», en  M. Sacristán Luzón, Sobre Marx y marxismo. Panfletos y materiales I, Icaria, Barcelona, 1983. Son ideologemas clásicos de la dogmática pseudomarxista la suposición de que hay una «lógica dialéctica», distinta de la lógica formal, una «ciencia dialéctica» distinta de las ciencias(L. Althusser sostuvo tesis así). La pretensión de apoderarse intelectualmente de la compleja dinámica interactiva de la realidad concreta (lo que Marx llamaba «dialéctica») no puede realizarse al margen del esfuerzo científico, que procede por ensayo y error, rectificando hipótesis, etc.; se avanza en el conocimiento «dialéctico» de lo que llamamos un «objeto» mediante proyectos de estudio que abarquen los conocimientos de ese «objeto» obtenidos desde los puntos de vista de varias ciencias, insertándolo en su «contexto», etc., y tratándolo prácticamente.

[18] Para el primero de los ejemplos de El Capital hay que ver el capítulo del libro I dedicado a «la acumulación originaria»: la violencia política (factor sobreestructural) aparece como agente codeterminante de la cristalización de la «base»; para el segundo ejemplo, en el mismo libro, puede examinarse la construcción del concepto de «trabajo social medio necesario», en relación con la duración de la jornada de trabajo (que depende de algo tan sobreestructural como la combatividad de las clases trabajadoras y de otros factores culturales).

 

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Una respuesta a Leer el Manifiesto Comunista hoy

  1. boontu dijo:

    Thank you.goed om te lees

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