21-N

Supongo que después del 20-N tocaría hacer sesudas interpretaciones de los resultados y repetir los cuatro topicazos apoyado de un gran despliegue de estadísticas, gráficos y demás; pero eso ya lo pueden encontrar ustedes en los medios de desinformación masivos.

¿Qué ha cambiado con respecto al 19-N?. Pero a estas alturas, ¿alguien todavía cree que su voto condiciona algo?.  Para las “almas cándidas y bellas” que no se quieren enterar, es conveniente reiterar una serie de ideas para su uso tópico:

Lo llaman democracia y no lo es. No porque lo digan los del 15-M, DRAE o  los coleccionistas de Panini. Ni tiene la culpa el belga Victor d’Hondt ni la LOREG. Esto no es ni será democracia mientras un minúsculo grupo, los menos (los poseedores del capital) siga gobernando de facto, y dejando para la mayoría una participación limitada.

Participación limitada porque ya no se entiende la democracia como la participación de todos en todo, si no que se circunscribe a la elección de las élites en competición en procesos electorales controlados.

Y decimos controlados porque si en algún caso (y la Historia está ahí) los electores salen por peteneras, los poseedores del capital (los menos) ponen en marcha su arma más mortífera: la huelga general de inversiones que o bien provoca crisis y caída del gobierno o bien virajes a la derecha.

Que reducir la democracia  a través de un proceso decreciente, digamos de jibarización,  y que se limita a representar un sainete dominical cada cierto tiempo cuando la “hoja de ruta” a aplicar está dictada de antemano es, cuanto menos, una canallada política.

Pero no queda ahí la cosa, la introducción del papelito en la urna viene reducida por las leyes electorales que (dicen) realizan la correcta adecuación que debe haber entre el voto y el escaño, o lo que se esté eligiendo. Y es lo que hace que a unos el escaño les cuesta equis y a otros siete equis.

Pero aún hay más. El poder ejecutivo es casi incontrolable: a la mayoría que suelen detentar en el poder legislativo (Parlamento), le une toda la capacidad de dictar reglamentos y la elección de los miembros de los órganos de control.

Para todos los que ya sabíamos esto, ¿qué nos queda?. Nos queda todo, un infinito por hacer. Nos queda un mundo por ganar, un asalto a los cielos. Nos queda empezar una nueva campaña electoral pero de verdad, permanente, no sujeta al tiempo electoral, una campaña de explicar, argumentar, hacer ver, convencer; en resumidas cuentas, en hegemonizar, en construir un nuevo sujeto dispuesto a encabezar la dirección cultural y moral de la voluntad colectiva capaz de transformar la sociedad.

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