El Manifesto hoy: las clases fundamentales

Malos tiempos para los trabajadores europeos. O para la mayor parte de ellos, que asisten atónitos a la oleada de recorte casi cotidianos. Tiempos de contrarrevolución conservadora que ha impuesto sus valores, ha hegemonizado a las poblaciones y marcha triunfante sin importarle quien va quedando en el camino de la competitividad y el beneficio ininterrumpido.

El ideal de unos estados unidos europeos se va diluyendo frente a una Europa a varias velocidades. La insolidaridad de unos y otros acrecenta el euroescepticismo del resto. Mientras, la tragedia griega se va desarrollando en los diferentes actos que la troika europea ha previsto ejecutar, por encima de quién haga falta y sin analizar que son las mismas políticas aplicadas el origen del problema.

Frente a esto, una vez más, “Marx desde cero” aconseja formarse, leer, comprender para poder combatir, luchar y convencer. En cómodas grajeas de fácil y dosificada lectura ofrecemos un tratamiento contra el mal del capitalismo y un remedio contra los efectos secundarios de la campaña electoral: seguid leyendo las propuestas que vamos realizando. Concretamente hoy toca un texto que profundiza sobre el Manifiesto Comunista, presentado al Congreso Internacional sobre Marx por José Cademartori, presidente del Instituto de Ciencias , vinculado al PC de Chile.

Que disfruten la lectura.

Antonio Olivé.

 

El Manifesto hoy: las clases fundamentales

José Cademartori

BURGUESES…

La nota de Engels a la edición inglesa de 1888 del Manifiesto Comunista es oportuna para el debate sobre la actual etapa del capitalismo. Viene a ser la definición clásica, mal entendida por unos y olvidada por otros. Se refiere a los conceptos de burgueses y proletarios, empleados a lo largo del Manifiesto: los unos “la clase de los capitalistas modernos, que son los propietarios de los medios de producción y emplean trabajo asalariado”; los otros, “los proletarios, la clase de los trabajadores asalariados modernos que, privados de medios de producción propios, se ven obligados a vender su fuerza de trabajo para poder existir”. Clases antagónicas, no las únicas, pero sí las decisivas de la sociedad contemporánea que poco han cambiado en su relación mutua, desde que fueran identificadas hace siglo y medio.

Desde las revoluciones del 48 los capitalistas fueron triunfando en un país tras otro, en un continente tras otro, dejando atrás a aristócratas y terratenientes. Un gran mérito del Manifiesto fue haber identificado a los asalariados modernos, como nueva clase social, en disputa con la burguesía por el poder político. Se cumplió el pronóstico marxista de que el mayor enemigo de la burguesía sería, en adelante, el proletariado.

A fines del siglo XIX con el desarrollo de la banca, la formación de los monopolios, la Bolsa y el sistema financiero, se conformó la gran burguesía, en la cúspide del poder económico. Las sociedades anónimas y los gerentes profesionales liberaron a sus dueños de la marcha diaria de sus negocios. Sus ocupaciones se reducían a formar parte de los directorios y a cobrar dividendos, intereses o rentas de sus posesiones; reinvertir sus ganancias en nuevos negocios, dentro y fuera del país, especular en la bolsa o en operaciones comerciales, efectuar alianzas o disputar con sus competidores. Debido a la magnitud y diversidad de sus ingresos alrededor del mundo, los grandes capitalistas están cada vez más ajenos a las necesidades de sus connacionales, aunque no pierden de vista a los gobiernos. La producción, a menos que sea monopólica, rinde poco y lento, en comparación con la especulación financiera que va desde la compraventa de empresas, inmuebles, acciones y monedas, hasta “derivados”, cada vez más aleatorios como las “opciones” y “futuros”. La ocupación de la gran burguesía de fin de siglo es el casino financiero global. Para esta “producción de dinero por el dinero”, son determinantes los contactos políticos y gubernamentales, la información privilegiada, el consumo suntuario y el soborno. Marx había advertido la tendencia de la burguesía a convertirse en clase parasitaria, rasgo revelado a fines del siglo pasado por Veblen, Hobson, Lenin y otros. El parasitismo adquiere nuevas dimensiones en este fin de siglo.

 A lo largo de ciento cincuenta años, por encima de todas sus vicisitudes, la burguesía se ha mantenido frente a las clases subordinadas, como una clase para sí, consciente de sus intereses comunes frente a su gran enemigo, lúcida en su rol dominante en la economía y la política mundial. Clase para sí. Es lo que el proletariado, entre avances y retrocesos, trata de lograr.

Después que el Manifiesto hiciera su radiografía histórica, la burguesía prefiere ocultarse, actuar en la sombra. Acepta cuando más que se la denomine con algunos nombres inocuos como ” empresariado”, “empresa privada” “sector privado”, “mercado”; no les agrada que se les llame capitalistas. En la propaganda, la gran burguesía se presenta como protectora de los medianos y pequeños capitalistas; en la práctica trata constantemente de eliminarlos del mercado, o someterlos a sus dictados. En los momentos de peligro es la defensora de la propiedad privada “en general”, cuando a lo que se aferra es a la propiedad burguesa de los medios de producción, o bien a sus monopolios. Agrupada por ramas se presenta como “gremio”, aunque tales gremios tienen por objeto combatir a los trabajadores o al estado. La burguesía aprecia el lenguaje de los economistas neoliberales donde aparece como una masa anónima e indiferenciada de “actores”, o “agentes” que, de una manera anónima y en igualdad de condiciones, decide en los mercados. Los grandes empresarios niegan cínicamente que actúen como actores políticos, cada vez que defienden sus intereses comunes de clase, acusando a la clase obrera de actuar políticamente, cuando ésta se une para defender los suyos.

No hay científicos o políticos ingenuos que hoy ignoren la existencia de la burguesía como uno de los dos polos de la contradicción fundamental del capitalismo. Pero son pocos los que están dispuestos a reconocerlo abiertamente, pues ello los obliga a definirse entre ambos bandos y eso tiene consecuencias personales. Están los que hacen la apología de las transnacionales, los conglomerados o los monopolios. Otros, en nombre del realismo o el posibilismo, exhortan a todos a someterse a su poder. Una manera de escamotear la presencia de la burguesía es separar política de economía, tratar a las cúpulas del Estado, como si no tuvieran ninguna vinculación con la gran burguesía. Los políticos centristas y los socialdemócratas de derecha pueden criticar por separado al gran capital y a los partidos de derecha, pero niegan que sean las dos caras de la misma moneda, cuya misión es mantener la sumisión del proletariado. Condenadas por el fin de las ideologías, las categorías de derecha e izquierda vuelven al debate de la mano de Bobbio, aunque no todos comprendan su relación con la lucha secular entre las clases fundamentales. La causa de esta reposición es la polarización política ocasionada por la creciente desigualdad social propia del capitalismo transnacional.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la burguesía tomó conciencia de que el fantasma que recorre el mundo, tenía carne y hueso y amenazaba su existencia. Cerró filas detrás de los norteamericanos y emprendió la cruzada anticomunista. Se refería no sólo a la amenaza soviética sino también a las revoluciones nacionales y populares de cualquier inspiración. Como dice el Manifiesto, motejó de “comunista” a sus opositores, entre los que incluyó a los movimientos obreros, campesinos o de capas empobrecidas, aunque no pretendieran derrocar el capitalismo sino reformas sociales, políticas o la independencia nacional.

A fines de los años sesenta, las dos grandes clases estaban entrabadas en intensos combates con victorias y derrotas para unos y otros en distintos escenarios. La Revolución Cubana, los golpes de Estado en Indonesia, Egipto y Brasil, la guerra de Vietnam, la descolonización en Africa, los Mayo del 68, fueron hitos de esta lucha mundial. La asunción de la Unidad Popular en Chile por vía electoral, el giro a la izquierda en varios países latinoamericanos, la revolución de los claveles, los triunfos guerrilleros africanos, la efervescencia obrera en los países ricos y la emergencia de nuevos movimientos sociales contestatarios y la derrota norteamericana en Vietnam, llevaron a la burguesía a concluir que se estaba viviendo un momento muy peligroso , una reducción creciente de su esfera de dominación, una crisis de gobernabilidad. En los años 80 vino a favorecerla la crisis terminal de los Estados socialistas autoritarios.

El golpe de estado en Chile y sus masivas y brutales represiones abonaron el terreno para la siembra neoliberal. Fue la primera experiencia de aplicación práctica y sistemática de la doctrina friedmaniana. Sus tempranos resultados convencieron a la burguesía anglosajona, agrupada en torno a Tatcher y Reagan que había llegado la hora de pasar a la ofensiva. Efectivamente, durante los ochenta, el capital fue de victoria en victoria, haciendo retroceder las conquistas obreras e implantando su nuevo modelo. Derrotado el imperio del mal, proclamó el fin de la historia. Se merecía un sueño tranquilo, después de ochenta años de sobresaltos.

Como resultado de su victoria temporal la burguesía mundial revive la euforia de otras épocas. Forbes y Fortune muestran cómo se acumula, año tras año, la riqueza de los billonarios a quienes las revistas del corazón se encargan de humanizar. Los norteamericanos encabezan los rankings, seguidos a cierta distancia por japoneses y alemanes. Entre los tres concentran más de los dos tercios del poder económico de los super ricos, mientras sus transnacionales se adjudican la mayor parte de las ganancias. Llama la atención el ingreso al exclusivo club, de nuevos multimillonarios, asiáticos y latinoamericanos, entre los que destacan la poderosa burguesía china ” de ultramar” y los grupos mejicanos y chilenos. Los listados incluyen tiranos, viejos monarcas, reyes del petróleo, traficantes de armas y narcóticos, afortunados licitadores de empresas estatales privatizadas, nuevos monopolios de las comunicaciones y la informática.

Bell y Tofler inventaron la teoría del post capitalismo. Drucker la caracteriza como la decadencia del capitalista individual, sobrepasado por los anónimos, “inversionistas institucionales”. Un fenómeno nada nuevo, donde los grandes magnates se ocultan tras viejas y nuevas sociedades administrativas. Es la antigua manipulación de dinero ajeno de millones de personas, ahora reforzada con los fondos de retiro de los trabajadores, utilizados como fuente de lucro y poder de los grupos financieros. Aunque los trabajadores “poseen” importantes paquetes accionarios en grandes conglomerados, no disponen libremente de su propiedad, no deciden en qué se invierten sus fondos, obtienen siempre un beneficio menor al de sus administradores y generalmente son sujetos pasivos en las pérdidas y bancarrotas.

Igualmente ajena a la realidad es la teoría de que el capital cede su lugar al “nuevo recurso del conocimiento”; por el contrario, el capital es el que somete al conocimiento a su servicio. La información es cada vez más una mercancía. La magnitud del capital sigue siendo la medida del poder y la globalización la hace más importante que nunca. La competencia intensificada en el mercado mundial, las economías a escala planetaria obliga hasta los más poderosos grupos capitalistas a alianzas con algunos de sus competidores foráneos para alcanzar posiciones monopólicas.

La burguesía acrecentó su base social al atraer a políticos de centro y de izquierda, intelectuales, dirigentes sindicales, funcionarios públicos que renegaron de sus posiciones para abrazar la ideología neoliberal. Tal deserción en masa en Europa y América Latina, ejerció notoria influencia en la correlación de clases. A ello se suman los nuevos tecnócratas y consultores de variadas nacionalidades, reclutados como personal de confianza en las numerosas colonias de las transnacionales, alrededor del mundo.

Aunque la clase capitalista ha incrementado sus filas, continúa siendo una reducida minoría en cada nación. A partir de la estadística oficial, la categoría de los “empleadores”, con algunos ajustes, sirve para aproximarse a una medición. En los países desarrollados se puede estimar alrededor del 5%, en Estados Unidos, menos. (1) En el capitalismo menos desarrollado, podría alcanzar hasta un 10%. (2) Al mismo tiempo, dentro de la clase, una ínfima minoría concentra la mayor parte de la riqueza. En los Estados Unidos, el 1% de la población posee el 40% del patrimonio total. Ese mismo 1%, según Clinton, tiene más que el 90% de los norteamericanos. Por todas partes se ensancha el foso entre los capitalistas y los que viven de su trabajo. La propiedad obrera, en acciones, fondos de retiro, viviendas propias, cuentas de ahorro, etc., está contrarrestada con hipotecas, tarjetas de crédito, adelanto de sueldos etc. La verdad es que, a escala mundial, la situación es como la denunció el Manifiesto: ” Os horrorizáis de que queramos abolir la propiedad privada. Pero en vuestra sociedad la propiedad privada está abolida para las nueve décimas partes de sus miembros.”

Desde fines del siglo pasado, la burguesía buscó el poder monopólico de las nuevas tecnologías. A través de duras reglas internacionales sobre propiedad intelectual, ese monopolio se hace más lucrativo para sus dueños y más costoso para los usuarios. Se apresta a controlar la comunicación planetaria y colonizar la luna, apoderarse de los genes de la humanidad, plantas y animales. A la vez despoja a los indígenas de sus tierras o a los estados de sus últimas reservas minerales, bosques y territorios remotos, como en la Patagonia o las selvas tropicales. No desdeña seguir utilizando el trabajo semi esclavo, especialmente en Asia y África y la súper-explotación de mujeres y niños. Condena, pero comparte las ganancias del tráfico y lavado de drogas, armas, prostitución y órganos humanos. La confusión entre negocios y política, el crecimiento de las mafias y la corrupción, juego en el que participan hasta las más poderosas transnacionales de todos los países, nunca habían sido más descarados que ahora.

La herencia colonialista de la burguesía fue mostrada por el Manifiesto y profundizada por Lenin y otros pensadores marxistas. El carácter imperialista de las potencias capitalistas se ha mantenido a lo largo del siglo. La burguesía transnacional refuerza sus aparatos armados, amplía la OTAN hacia el Este, mantiene bases, ejércitos y flotas aeronavales por todo el mundo, conserva sus arsenales atómicos, reanuda la carrera por nuevas armas “inteligentes”, lleva a cabo intervenciones militares “humanitarias pacifistas o democráticas”, cercos militares y operaciones contra gobiernos adversos. Las instituciones supranacionales, desde el FMI y el BM, pasando por la recién creada OMC, ex GATT, el papel de gendarme que asumió el Consejo de Seguridad, el G-7, más un sinnúmero de encuentros periódicos de políticos y hombres de negocios donde se acuerdan nuevas reglas internacionales, revelan que, bajo la batuta norteamericana, la globalización marcha hacia el gobierno planetario, hacia la dictadura del capital transnacional.

Pese a su adhesión formal a los derechos humanos, la burguesía recurre al terror, cuando lo estima necesario para mantener su dominación. Niega o distorsiona los crímenes o los minimiza como excesos de los aparatos armados. En Chile, el gran capital estimuló la represión, mientras sus líderes espirituales guardaron silencio. Es cierto que el sector mayoritario de la Iglesia defendió a los perseguidos; pero una influyente minoría apoyó a la dictadura, sin ser reprobada por el Vaticano, justificó las persecuciones como “derecho natural de la autoridad” y la violencia contra los no creyentes porque “el error no tiene derechos”. Los capitalistas latinoamericanos unánimemente estimularon los golpes de estado y se sirvieron de las dictaduras, con el respaldo de las transnacionales. Los gobernantes de las grandes potencias tratan como aliados a sangrientas tiranías de África, Cercano Oriente y Asia. En la transición, las burguesías locales llaman a la “reconciliación” entre víctimas y victimarios, favorecen la impunidad de los criminales. Quieren preservar intactos los ejércitos y las policías para volver a usar las armas si sus adversarios de clase desafían su poder.

Desde que tomó el poder, la clase adinerada ha mantenido una posición doble frente a la democracia. Ha reclamado para sí los derechos políticos para conquistar o reconquistar el poder, pero los niega o los restringe al proletariado. En el presente siglo ha utilizado, alternativamente, la dictadura o la democracia, según su conveniencia. Desde los sesenta, cuando la Trilateral reconoció que la gobernabilidad se encontraba en peligro, la burguesía sostiene una persistente ofensiva contra los derechos democráticos. Por esa época, Rockefeller recomendaba establecer regímenes militares en América Latina. Caídas las dictaduras, la doctrina de Santa Fe considera a los ejércitos y los aparatos judiciales como “el gobierno permanente”, con más poder que el “gobierno transitorio” formado por las autoridades elegidas. El capital exige el recorte de las facultades de los parlamentos en favor del Ejecutivo y de las tecnocracias, recomienda reformas electorales que bloqueen a los partidos obreros y populares. A este propósito sirven entre otras contrarreformas, la liquidación del sistema proporcional y su reemplazo por los sistemas uninominales o binominales ; la reestructuración de las circunscripciones ; el establecimiento de privilegios electorales para los bloques mayoritarios, en perjuicio de las minorías ; altas barreras electorales para excluir las corrientes antisistémicas, limitaciones al derecho a ser elegido, dificultades a la participación de los ciudadanos en las elecciones y en las decisiones de gobierno.

En resumen, es necesario reconocer a la burguesía de fines de siglo como una fuerza poderosa y compacta, decidida a afianzar su poder político a nivel planetario. Identificar sus estrategias, seguir sus pasos, contraponer la alternativa, es condición indispensable para derrotar al capitalismo y construir la nueva sociedad a que aspira el proletariado. El abandono de esta actitud vigilante conduce a la derrota. Justamente, una señal premonitoria del entreguismo del grupo dirigente del ex – PC italiano, eran sus tesis de los años ochenta, donde el capitalismo era calificado de “avanzado”; desdibujando el carácter expoliador de la burguesía, de los monopolios, o la penetración de las multinacionales norteamericanas en Italia; se omitía la lucha de clases, la cuestión del poder, el momento de la ruptura, del cambio de un sistema por otro, se borraban las diferencias entre reformismo y revolución. Uno de los trágicos errores ideológicos cometidos por los comunistas soviéticos fue aceptar que Gorbachov y su grupo sustituyeran el enfoque de clases tanto a escala internacional como nacional. Tal fue “la doctrina del Nuevo Pensamiento” que reemplazó la defensa de los valores del proletariado, por los “humanitarios universales”, como si ambos fueran incompatibles o como si la burguesía defendiera esos valores. Se abandonó la lucha de clases, al entregar el control de los medios de comunicación estatales a quienes, disfrazados de partidarios consecuentes de la Perestroika, lo utilizaron para combatir al socialismo, como objetivo. La falta de escrúpulos humanitarios, propia de la burguesía, se hizo patente cuando Yeltsin, con el aplauso de Clinton, después de reclamar democracia y libertades, disolvió a cañonazos el Poder Legislativo ocasionando una masacre, para imponer su autoritario poder neoburgués.

 

…Y PROLETARIOS

La aclaración de Engels está impregnada de la idea de que la propiedad privada de los medios de producción es la línea divisoria entre las clases. Es cierto que no basta la socialización de los medios de producción para arraigar el modo socialista, como lo demostró el derrumbe del sistema soviético. Pero, la negativa a considerar la trascendencia del control sobre los medios de producción conduce a la imposibilidad de un socialismo sin propiedad social. Mientras ciertos políticos vinculados a la clase obrera afirman que no importa quién controla los medios de producción, la burguesía le da la razón al Manifiesto al luchar sin vacilaciones contra el “estatismo” en tanto cualquier tipo de propiedad estatal ; a la vez exige la privatización de todas las empresas estatales y servicios públicos.

El proletariado, desprovisto de los medios de producción, se ve obligado a vender su fuerza de trabajo para vivir. En la definición del Manifiesto siempre se incluyó tanto el trabajo manual como el mental, cualquiera sea la actividad económica y el tipo de empresa, pública o privada, grande o pequeña. La aproximación cuantitativa al proletariado es la categoría censal de “obreros y empleados”, a las cuales hay que restar la capa de ejecutivos y cuadros superiores que pertenecen a la burguesía y la de mandos medios que constituyen la clase media asalariada. En los países desarrollados, el proletariado de los años setenta se calculaba en alrededor de 75% de la población activa, (Reino Unido, Francia) llegando a más de 80% en algunos casos (Suecia, Estados Unidos) Para los noventa las cifras sobre asalariados indican que estas proporciones seguían aumentando.(3) No es correcto, por tanto, afirmar que en los países ricos la clase obrera disminuye en número, por el contrario, se mantiene o aumenta. Nada tienen que ver con el marxismo los cálculos que incluyen en la clase media a la gran masa de los empleados administrativos, vendedores, técnicos, docentes y otros profesionales, ignorando como se proletarizan por sus remuneraciones, jornadas, condiciones y contenido del trabajo y por sus relaciones con los patrones. Tampoco es correcto excluir de la clase, a los cesantes o semi cesantes, condición normal del capitalismo.

El Manifiesto pronosticó que “los asalariados modernos” se multiplicarían con la expansión del capitalismo. En su época, salvo en Inglaterra, en los demás países europeos y Estados Unidos y, con mayor razón, en el resto del mundo, la clase obrera constituía una minoría de la población. Su espectacular crecimiento y el correspondiente proceso de reducción de las antiguas clases pequeño burguesas rurales y urbanas, se ha revelado como ley general del sistema. Los estudios para Chile, país de capitalismo medio, muestran proporciones que fluctúan alrededor del 65%, similares a las de México y Brasil, a juzgar por las cifras de asalariados. (4) En Asia y África donde la masa de la población es campesina, los asalariados van desde un 14% en India, 18% en Nigeria, 30% en Indonesia hasta 40% en Egipto. (5) Desde luego, las cifras oscilan a lo largo del tiempo. El modelo neoliberal tiende a disminuir la asalarización y hace crecer a los trabajadores por cuenta propia, pequeños y microempresarios, muchos de ellos ex obreros y empleados cesantes, todos muy próximos a la masa proletaria, por sus condiciones de vida y la explotación de que son objeto.

En este siglo y medio, el proletariado al cual se dirigía el Manifiesto, si bien se convirtió en la clase mayoritaria en los países desarrollados y medios, se redujo a una minoría de la clase obrera mundial. En los últimos treinta años hasta 1995, la fuerza de trabajo aumentó en los países ricos en 110 millones, mientras en los subdesarrollados creció en 1037 millones.(6) Se puede estimar que el 70% del proletariado mundial vive en Asia, América Latina, Africa y el Medio Oriente. En los países de nueva industrialización, los obreros fabriles están adquiriendo peso social y en algunos, presencia política independiente. (Corea del Sur, Brasil, Sudáfrica, India, México) En Asia se trata de obreros de reciente incorporación, provenientes del campo, con una alta proporción de mujeres y niños, muy explotados bajo fuerte represión, con incipiente conciencia de clase. Hay quienes sacan falsas conclusiones mirando cómo desciende el número de trabajadores manuales de la industria en los países ricos, sin ver cómo aumentan en las áreas en vías de desarrollo.

En el último tercio del siglo, los cambios más importantes son el incremento de la desocupación y del trabajo precario, – temporal, de jornada parcial, subterráneo o ilegal, a comisión y a domicilio – que, sumados dan cuenta de más de un tercio de la clase. Mientras la burguesía sigue a la ofensiva contra los sindicatos y las leyes laborales, la precarización sigue expandiéndose. La automatización y el traslado de producción y servicios a las áreas geográficas de mano de obra más barata, está afectando ya a empleados administrativos, personal de oficina, mandos medios, trabajadores de la cultura, técnicos y profesionales. Automatización y trabajo semi esclavo, nuevas y viejas formas de extracción de plusvalía, contribuyen al incremento de la pobreza en todo el mundo. La cesantía y el trabajo precario perjudicaron el nivel y calidad de vida de la clase obrera en funciones, en términos de rebaja de salarios, aumento de las jornadas de trabajo, intensificación de los ritmos de producción, pérdida de conquistas sociales. Los países de acumulación acelerada, con índices de desempleo menores y hasta cierta reducción de la pobreza absoluta, exhiben mayores desigualdades en los ingresos, en acceso a la propiedad, y a servicios como la educación, la salud, la recreación.

El desempleo crónico y la precarización, “la competencia” entre ocupados y desocupados por el puesto de trabajo “socava”, como lo advierte el Manifiesto, la unidad y organización de la clase. Pero, no hay aquí dos clases distintas, ni tampoco una subclase. La condición real o potencial de explotados por el capital les es común. Tampoco es inamovible la aguda discriminación en que se encuentran los obreros temporales y los de tiempo parcial. Como lo demostró la paradigmática huelga de los 300.000 trabajadores de la United Parcel Service, los parciales pueden reducir la precariedad al contar con el apoyo de los permanentes. La experiencia de lucha irá demostrando a unos y otros que la división creada por el capital perjudica a ambos. Pero, se necesitarán luchas y cambios a nivel macro, nacional y mundial, para encarar su solución.

No menos trascendentes son los cambios que ha experimentado el proletariado en su composición por género y etnia. En los países ricos cerca de la mitad de la clase activa son mujeres. Ellas constituyen una proporción mayor que los hombres en las filas de los desocupados y también en las de los pobres. Este cambio afectó las relaciones entre los sexos, en el trabajo y el hogar, generando tensiones no asimiladas aún en muchas naciones. Eliminar los prejuicios que dentro de la propia clase impiden la emancipación femenina, luchar de conjunto contra las discriminaciones y por su mayor participación en la lucha social y política es ahora una condición para la recuperación y renovación de las fuerzas del proletariado. Otro tanto cabe anotar en el tema de las etnias. Están las antiguas diferencias nacionales o étnicas que conviven en un mismo país, las migraciones que se desplazan de uno a otro confín de la tierra. Más de 100 millones de trabajadores laboran en países extranjeros. Marchamos hacia clases obreras, multiétnicas y multiculturales, dentro de estados heterogéneos. Superar el odio, los prejuicios raciales, comprender y defender los derechos de los inmigrantes, es otra condición indispensable para la elevación a nuevas alturas de la conciencia de clase.

Necesitan también un nuevo enfoque los temas relativos al papel de la “gran industria” y las concentraciones fabriles señaladas en el Manifiesto como condiciones indispensables para el despertar de la conciencia proletaria. Las concentraciones proletarias jugaron su papel a lo largo del siglo XX, incluso en procesos revolucionarios europeos. Pero el descenso del papel económico y político de la antigua industria ha dado paso a otras concentraciones del nuevo proletariado, sea de la misma o similar producción en otras regiones geográficas y centros urbanos, o por la aparición de la electrónica, informática, ingeniería genética, laboratorios tecno-científicos, hospitales, universidades, centros financieros, audiovisuales, de comunicaciones, transportes y comerciales. Estos cambios y aún otros, como cierta tendencia a la descentralización y desconcentración geográfica que impulsa el capital transnacional, plantean nuevas vías y, por lo mismo, nada de fáciles, de formación de la conciencia de clase. En una palabra, ahora el conocimiento, la información, los nuevos medios de comunicación, el debate sobre los valores morales y políticos y la lucha organizada reemplazan el rol de las antiguas concentraciones fabriles, como formación de la conciencia de clase. Es lo que corresponde al paso de un proletariado semi-analfabeto a otro con educación media. Del mismo modo, pasan a tener mayor relevancia los barrios, comunas, suburbios o ciudades proletarias, aunque sólo sean comunas dormitorios, pues allí, la densidad habitacional, la concentración de la pobreza, la convivencia social, los problemas comunes, las campañas político-electorales y la congregación de jóvenes desempleados, facilitan la toma de conciencia. La conquista por los partidos obreros de los gobiernos comunales y regionales ofrece nuevas oportunidades para el desarrollo político de la clase.

El movimiento sindical, en todas sus vertientes ideológicas, ha sufrido las consecuencias de las derrotas de la izquierda. La recuperación de las raleadas filas sindicales es indispensable para elevar la influencia política de la clase. Mientras siga vigente el implacable modelo neoliberal, la lucha económica en el marco local, del sitio de trabajo y aún de ramas, tienen escasas perspectivas de triunfo. La burguesía cambió de estrategia económica frente al proletariado. Privilegió la desocupación en lugar de la inflación como arma para reducir el salario real. Ahora, la burguesía ha impuesto una relativa estabilidad monetaria en vez de la inflación de antaño. Los trabajadores ya no obtienen reajustes reales y se quedan atrás en el reparto de las ganancias de productividad. A duras penas pueden defender el salario nominal. Con razón concentran sus preocupaciones en la estabilidad del empleo, las nuevas tecnologías, la jornada de trabajo, la capacitación, la educación, la salud, la calidad de la vida urbana, las reformas laborales. Se trata de asuntos de carácter global o nacional. Por eso, la huelga local, aislada por el reajuste monetario tiene poco éxito. Sólo las grandes huelgas que reúnen a miles, decenas de miles o millones de trabajadores pueden imponer las reivindicaciones proletarias. Al ser impulsadas por grandes masas, se transforman en políticas y son afrontadas como tales por la burguesía. El viejo sindicato corporativo, cerrado y autosuficiente es cosa del pasado. El movimiento sindical está obligado, quiera que no, a ser político, tomar posiciones nacionales y globales, frente al modelo económico, frente al poder político y al de las transnacionales, plantearse una alternativa programática. Para jugar su papel de defensa de la clase, tiene que asumir mayor independencia frente a patrones, partidos y gobiernos. Asimismo el avance de la globalización crea condiciones favorables para acentuar el carácter internacionalista de la lucha que el Manifiesto Comunista señaló con tanta razón. La formación de uniones internacionales de sindicatos, de sindicatos de multinacionales y las eurohuelgas indican pasos acertados hacia la unidad mundial de la clase.

La gran heterogeneidad que caracteriza al proletariado contemporáneo es el precio que paga al llegar a ser clase fuertemente mayoritaria. Heterogeneidad en remuneraciones, intereses materiales, condiciones de trabajo y estilos de vida, nivel educacional y cultural, valores, composición por género y etnia, preferencias políticas. Eso no le impide ser el portador de los nuevos valores humanos y sociales, como justicia social, solidaridad, cooperación, comunidad, nacionalidad y fraternidad, opuestos a la desigualdad, el egoísmo individual, la codicia, la competencia despiadada que son los valores de la burguesía. Los partidos obreros están obligados a tener muy en cuenta esa variedad, en su lenguaje, propuestas, tácticas y formas de lucha. La organización sindical, con vistas a superar su actual debilitamiento, está urgida a mantener alianzas con diversos sectores, dentro y fuera de la clase. Es muy grande el potencial de la alianza con los estudiantes y la intelectualidad. Su desinteligencia en momentos decisivos lleva a la pérdida de oportunidades revolucionarias ; con los campesinos e indígenas, sobretodo en el Tercer Mundo ; con los desocupados, con los no sindicalizados, con los trabajadores por cuenta propia, desde taxistas hasta vendedores callejeros ; con los jubilados, pequeños y hasta medianos empresarios, todos afectados por el modelo neoliberal. También con los movimientos femeninos, ecologistas, por la paz y el desarme. Aún más, en determinados momentos decisivos, el movimiento sindical necesita contar con la gran mayoría de la población. En la actualidad, cuando las redes de producción y servicios son más interdependientes y vulnerables, las huelgas y otras formas de lucha pueden causar severos trastornos a la vida cotidiana de amplios sectores. La burguesía, con sus poderosos medios de comunicación trata de desprestigiar y aislar a los que luchan, por lo cual tiene enorme importancia la batalla por la opinión pública. En el gran frente contra la transnacionalización y el neoliberalismo, caben muy amplios sectores sociales, partidos políticos, de izquierda y de centro, ciudades y regiones enteras que van cayendo en el abandono, estados que van siendo reducidos a la impotencia, naciones condenadas a perder su identidad.

Ciertamente la burguesía emplea el modelo neoliberal como un arma poderosa contra el proletariado. No sólo lo golpea a través de nuevas formas de dispersión, segmentación, atomización y leyes que reducen sus derechos y conquistas. También lo debilita, sobornando a los sectores más individualistas, mientras empuja a los peor pagados o marginados hacia la ultraderecha, o fomentando la apatía, el racismo, las acciones desesperadas. El neoliberalismo y la globalización logran, en algunos casos, someter a las cúpulas sindicales; pero las bases repudian este maridaje y surgen nuevos movimientos sindicales clasistas, como en Argentina y México; o bien se operan relevos en la dirección de las antiguas centrales, como en el sindicalismo norteamericano (transportistas, empleados públicos, sectores de la AFL-CIO) que se oponen a la política de libre comercio de Clinton. Es el momento de nuevos esfuerzos por la independencia, la unidad sindical y política, a nivel nacional e internacional.

Finalmente, es necesario reflexionar sobre la relación entre la clase obrera y la democracia. Los excesos y deformaciones a que dio origen la dictadura del proletariado en los países del este llevan a la conclusión que este concepto fue mal interpretado interesadamente por sus cúpulas burocráticas. Oponer la dictadura del proletariado a la democracia burguesa resulta tan absurdo como contraponer la dictadura de la burguesía a la democracia proletaria. Para el Manifiesto, la democracia es el régimen de gobierno de la mayoría y por tanto del proletariado, en tanto es la clase mayoritaria. Donde no lo es aún, lo será, en alianza con otras clases trabajadoras. Para el Manifiesto de lo que se trataba en esencia, era reemplazar el poder de la burguesía, cualquiera fuera la forma que adoptara, por la dominación del proletariado. En cambio, ésta sólo podría ser democrática.

Sólo en una minoría de los estados del mundo prevalecen formas más o menos pacíficas y legítimamente legales de democracia burguesa. Está por verse, hasta que punto ellas serán preservadas por la burguesía ante el peligro de perder su dominación. Al menos, en un caso paradigmático, el de Chile con el Golpe de Estado del 73, la burguesía simplemente “pateó el tablero”, sin esperar el veredicto de las urnas. En la gran mayoría imperan regímenes dictatoriales, despóticos o autoritarios con apariencia legal. La primera tarea es derribarlos, asegurar la vigencia de los derechos humanos y establecer las libertades políticas. En cada país, las formas de lucha dependerán de las circunstancias.

NOTAS

(1) LACALLE, Daniel. Clases sociales y Capitalismo. Ediciones Endymion, Madrid, 1990. PERLO, Victor. Superprofits and Crisis. p,26,50. International Publishers, New York, 1988.

(2) Para Chile, país de desarrollo medio, Merino (1973) De Ipola y Torrado(1976) y Cademartori(1989) le asignan 4, 5 y 7% respectivamente. Ver nota (5)

(3) WESTERGAARD, John y RESLER, Henrietta. Class in a capitalistic society. A study of contemporary Britain. penguin,1976. La fuente anterior y las referidas a Francia, como también a Italia y España están en LACALLE Daniel. …op cit, pags 32,46 y 99. Para Suecia, NADEL S.N. Contemporary capitalism and the middle classes. Progress Publishers, 1978. Para Estados Unidos, PERLO, Victor..op cit , 26.

(4) MERINO J. Connotación empírica de las clases sociales en Chile. Boletín del Instituto Central de Sociología no 4, Universidad de Concepción, 1973 y J.CADEMARTORI. La Economía Chilena, . pag 69 editorial universitaria,1968 y Los cambios en la estructura de clases bajo el fascismo. Boletín del Exterior, Partido Comunista de Chile, 1986.

(5) WORLD BANK. A World at Work, 1995, pag 147, en base a datos de la OIT.

(6) WORLD BANK. A World…op cit, pag 9.

Esta entrada fue publicada en Actualidad y Reflexiones y etiquetada , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s