El secreto de El Capital de Karl Marx (Una guía para perplejos). 1ª Parte

Amigos, amigas de Marx, lectoras y lectores ávidos de textos y letras aquí estamos nuevamente. Como ya comunicamos, puede que la entrega de materiales del taller Marx desde cero haya finalizado, lo que desde luego no damos por acabada es la lectura y reflexión de El Capital, de K. Marx. También hemos dicho por activa y por pasiva que de lo que se trata es de leer el libro, leer a Marx directamente, sin intermediarios, sin intérpretes; aunque si existen ayudas (apuntes, resumenes, esquemas, artículos…etc.) que puedan facilitar la comprensión del texto, no seremos nosotros los que nos opongamos a su uso racional.

Y siguiendo esa línea argumental (y qué leches!, que ya lo hicimos en anteriores entradas), hoy compartimos un texto que puede contribuir a la comprensión de El Capital. De hecho su autor, Jordi Solé Alomà, nos es conocido porque ya publicamos Un cuento sobre el capital. Cuento que forma parte (concretamente la introducción) del texto que presentamos hoy “El secreto de El Capital de Karl Marx (Una guía para perplejos)”. Es un extenso trabajo que, como otras veces y por cuestiones de operatividad en la presentación y lectura- realizaremos en dos entregas (realmente tres, ya que el mencionado cuento sobre el capital era la introducción), en el que el profesor Solé va analizando diferentes conceptos que aparecen en El Capital.

Que les sea de su agrado.

 

El secreto de El Capital de Karl Marx

 (Una guía para perplejos)

Jordi Soler Alomà

INTRODUCCIÓN

El primer capítulo de El Capital no es, contra lo que unánimemente se cree, un texto difícil por sí mismo. La dificultad principal para su comprensión radica, principalmente, en nuestros condicionamientos ideológicos, o, dicho de otra manera, el problema no está en el texto sino en nuestros cerebros. Exige de nosotros dos esfuerzos fundamentales: ser capaces de ir más allá de las apariencias (ideología) y pensar dialécticamente (lo que nos encontramos delante, aunque parezca estático, siempre es un proceso que, además, ya estaba en marcha cuando entramos a formar parte de él).

Contra la recomendación expresa del propio Marx, que consideraba indispensable la comprensión del primer capítulo (el más importante según él mismo) para poder acometer el resto de la obra, existen autores que, como Althusser, sugieren al lector saltarse esta parte fundamental.

El texto de que tratamos es lo más profundo que ha escrito Marx, y quizás sea lo más profundo que se ha escrito en toda la historia del pensamiento humano. Nos hace vomitar todos los a priori (conceptos ideológicos), todos los estereotipos y prejuicios, con los que funcionamos, y, por tanto, deja nuestra “alma” desnuda ante el juego a que “siempre ya estamos jugando”, cuyas reglas rigen nuestra conducta y nuestra vida como si fuéramos zombis. En otras palabras, nos permite ver la escondida estructura del sistema. Pero esto sólo se consigue mediante un penoso exorcismo ideológico.

Como ya se ha observado, Marx consideraba ¡imprescindible! la asimilación del capítulo primero y, especialmente, la parte que trata de la mercancía (en nuestro cuento las piedras de colores) —sobretodo el análisis de la forma simple del valor— como conditio sine qua non de la comprensión cabal de la obra. Esto se patentiza en expresiones como “El misterio de toda forma de valor está embutido en esta forma de valor simple. Por eso es su análisis el que presenta la verdadera dificultad” [56][i] frase en la que se nos advierte tanto de la importancia como de la dificultad (ideológica) del tema en cuestión, y frase que por sí misma ya es suficiente como para motivarnos a dedicar todos los esfuerzos a comprender, con la inestimable ayuda de Marx, este misterio.

 

Un observador superficial de la sociedad puede preguntar ¿por qué es tan importante el análisis de la mercancía?. La respuesta, que, por supuesto, también nos da Marx en su obra, es que la mercancía, siguiendo con la analogía con el cuerpo humano, es la célula del sistema capitalista (y su estructura[ii] es, como se verá, muy compleja) y porque únicamente conociendo el contenido de la forma de mercancía del producto del trabajo (a través de la comprensión de la dialéctica de la mercancía) podemos saber en qué consiste el dinero[iii] (qué hay detrás de estos papelitos que, como los del cuento, llevan un número) y, con ello, cómo funciona la organización capitalista de la sociedad.

 

Sin embargo, si somos rigurosos, observaremos que las mercancías, en realidad, no existen: existen cosas y posibles usuarios de las cosas. Lo que hace que algo (y en la sociedad capitalista prácticamente todo) aparezca bajo la forma de mercancía es nuestra relación alienada con las cosas.

 

El dinero no es única y simplemente un medio de cambio; es, como quedará demostrado, un elemento fundamental de la ideología[iv] del sistema; un fenómeno que ha adquirido fijeza idiosincrásica[v] y que, consuetudinariamente[vi], se ha investido de la cualidad de tabú (ante el simple comentario de proponer la abolición del dinero se reacciona visceralmente); es una cosa que, sin embargo, posee propiedades sociales y es el mecanismo fundamental de la alienación[vii]humana. Por otro lado, el trabajo, en la sociedad capitalista, no es más que el modo con-temporáneo de la esclavitud, regulada por las relaciones de mercado; el cambio de fuerza de trabajo por dinero es la compraventa de personas (la fuerza de trabajo es la mercancía-persona). Paradójicamente, desde el punto de vista estrictamente mercantil, se trata de un intercambio de equivalentes. El precio de la fuerza de trabajo es, como el de cualquier otra mercancía, el precio que tiene en el mercado, ni más ni menos que como sucedía con los antiguos esclavos, que también eran vendidos en el mercado; en la antigua Grecia, sin embargo, el propietario de los esclavos los debía mantener hasta su muerte, mientras que en el capitalismo la esclavitud es cada vez más precaria. Lo que diferencia la compra-venta de personas en ambos períodos es que la mercancía fuerza de trabajo, cuando es consumida, produce un monto de valor superior al de su precio de coste, y en esta creación de valor la persona consumida tiene arte pero no parte. El proletariado es la gallina de los huevos de oro.

 

LA FORMA DE VALOR

Las mercancías, en rigor, no existen (ya se ha dicho en la introducción). Existen cosas y posibles usuarios de éstas. Lo que confiere a las cosas carácter de mercancía es nuestra relación alienada con ellas. No es de extrañar, en consecuencia, que Marx se refiriera al fetichismo de la mercancía y a la naturaleza suprasensible de sus propiedades.

Marx utiliza el concepto de forma en el sentido originario de la filosofía griega, es decir, como algo eidético, pero, al mismo tiempo, le confiere un contenido psicológico y psicosociológico que lo aproxima al mundo de lo suprasensible, de lo fantasmagórico, de lo patológico: el valor es algo que aparece, que toma forma ante nosotros; esta forma puede ser corpórea o no, pero no deja de ser una proyección de nosotros mismos y de nuestras relaciones en un objeto, sea éste material o espiritual. Es una ilusión intersubjetiva ¡sobre la que basamos todo el funcionamiento de la sociedad! La sociedad tiene su fundamento, consiguiente-mente, en una psicopatología.

Por lo que hace a la mercancía (v. nota 8) no hay que imaginarla como un objeto físico (aunque tendamos irremisiblemente a ello), sino, simplemente, como elemento portador de valor, del mismo modo como el aire porta el sonido (con la salvedad de que éste es un hecho físico, mientras que el otro es de otra naturaleza, cercana al objeto de estudio de los alienistas).

El primer apartado del capítulo primero de El Capital se titula “Los dos factores de la mercancía[viii]: valor de uso y valor (substancia de valor, magnitud de valor”). Aquí nos presenta Marx la mercancía como algo que tiene dos aspectos diferentes: posee propiedades (sean físicas o no) que la distinguen de las otras mercancías, y que le confieren su utilidad o valor de uso (no importa de qué tipo de uso se trate); pero también posee otra cualidad que comparte con todas las demás mercancías: la capacidad de representar valor (enseguida veremos en qué consiste este valor “a secas”).

 La mercancía no es un objeto simple e inocente, sino que presenta una estructura[ix] muy compleja. Como objeto útil y concreto, satisfactor de necesidades o de deseos (el substrato de la mercancía), tiene propiedades que causan ciertos efectos en el usuario, sean efectos físicos (por ejemplo los nutrientes de un bocadillo o los estímulos en el nervio óptico causados por las emisiones de fotones que rebotan en la pantalla sobre la cual se proyecta una película) o psíquicos (por ejemplo el goce de comer el mencionado bocadillo o de ver una buena película, o ambas cosas a la vez). Sin embargo, como depositaria de cierto valor abstracto latente la mercancía tiene propiedades psicológicas (este valor es, en última instancia, ficticio –ya se verá por qué– aunque tenga evidentes consecuencias materiales). Y, por último, la mercancía, como cosa capaz de interactuar con otras cosas análogas, actualizando en esa relación el mencionado abstracto valor la-tente, tiene, además, propiedades psicosociales (véase la figura 1).


 

 ESTRUCTURA DE LA MERCANCIA

Este esquema muestra la mercancía como un conjunto de círculos concéntricos rodeando un núcleo. El núcleo (V.U. o valor de uso) es la cosa tal cual, libre de aditivos, una cosa concreta que satisface determinadas necesidades o deseos. El círculo adyacente (V. o valor) pertenece al ámbito psicológico: la cosa, que no nos es útil para nada, es portadora, sin embargo, de cierto valor latente, por el mero hecho de que nos ha costado un esfuerzo producirla. El círculo exterior (V.C. o valor de cambio) connota el ámbito psicosocial de la relación entre mercancías, a través de la cual, el valor latente se actualiza como valor de cambio en el valor de uso (el único asimilable) de otra mercancía.

Figura 1.

En el segundo apartado, intitulado “Dúplice carácter del trabajo representado en las mercancías”, comprobamos que a los citados distintos factores de la mercancía se les corresponden dos aspectos distintos del trabajo que la ha producido: el mismo trabajo produce, por un lado, utilidad (una cosa útil) y, por el otro, valor (una cosa inútil); por un lado lo concreto, y por el otro, lo abstracto, y que, por tanto, es un trabajo ambivalente: es al mismo tiempo concreto y abstracto (ver figura 2).

 

 

En la sociedad capitalista la actividad productiva alienada se conoce como trabajo. Éste se desdobla en dos dimensiones: a) la de lo concreto y lo útil (en el sentido de poder ser usado no importa para qué) y b) la de lo abstracto y temporizado. La combinación de ambas dimensiones da como resultado la mercancía. 

Figura 2.

Sobre este asunto dice Marx: “Como este es el punto crítico en torno al cual gira la comprensión de la economía política, vale la pena iluminarlo aquí más detalladamente” [49]. O sea que, para Marx, es absolutamente necesaria la comprensión dialéctica[x] del trabajo[xi], es decir, de su paradójica dúplice naturaleza concreta y abstracta. Sobre eso también más adelante entraremos en detalles. Pero pasemos ahora a enfrentarnos ¡a lo más crucial de El Capital!, que es el tercer apartado del primer capítulo, intitulado “La forma de valor, o valor de cambio”.

 

El tema que viene ahora es “A) La forma de valor simple singular o casual[xii]. En este punto es imprescindible atenerse a lo que observa Marx —según hemos visto antes— sobre dicha forma de valor: “El misterio de toda forma de valor está contenido en esta forma de valor simple”; ¿qué significa lo de “el misterio”? Tal expresión hace referencia a lo que ya se ha dicho: que la forma mercancía y, especialmente, la forma dinero, no son simples objetos ni simples relaciones de cambio, sino que pertenecen a un territorio psicosocialmente muy pantanoso en el cual las cosas, como veremos, poseen propiedades sobrenaturales (es decir, sociales). Y sigue Marx: “Por eso es su análisis el que presenta la verdadera dificultad”. Efectivamente, lo más difícil es investigar en el ámbito de lo que de antemano rige la realidad en la que nos movemos y que siempre está ya dado por supuesto; aquello que constituye a priori la realidad… en fin, lo que nunca se cuestiona. Para que podamos ver un objeto como mercancía tenemos que tener interiorizada esta forma, para poder proyectarla sobre el objeto. Si no conocemos las reglas del juego que siempre estamos ya jugando es porque rige la norma consuetudinaria según la cual no se debe indagar acerca de las reglas ocultas. Esta norma consuetudinaria es automática y no somos conscientes de ella. Es uno de los mecanismos de bloqueo que nos dificulta la lectura cabal de este capítulo de El Capital. En este sentido, realizamos un perpetuo acto de fe psicosocial, análogo al que exigen las religiones. De todos los sistemas históricos basados en la explotación del hombre por el hombre, el capitalista es el más sofisticado, por-que esclaviza tanto los cuerpos como las mentes, y es el único en que los esclavos creen ser libres. En otras sociedades los esclavos son conscientes de su estado, y pueden tratar de modificarlo. En la sociedad capitalista, las personas llevamos puesto el cartel de “se vende” y no nos damos cuenta de ello.

 

 

Pero sigamos el hilo de El Capital (empresa para la cual deberemos tener en cuenta, a partir de ahora, dos cosas: la primera es, como ya se ha observado, que Marx emplea el concepto forma en un sentido próximo al etimológico griego[xiii], es decir, como denotativo de las determinaciones intersubjetivas[xiv]  que, de un modo consuetudinario, alcanzan la fijeza idiosincrásica, constituyendo elementos a priori de la praxis —es decir, que, de antemano, confieren un sentido concreto a lo que captamos encajándolo en un marco de referencia: la ideología[xv] . La segunda cosa que hay que tener en cuenta es que Marx, para hacer más palpable la dialéctica de la mercancía, le da todo el protagonismo, al mismo tiempo que le confiere una cierta “subjetividad”.

 

 

Marx elige para su explicación dos cosas relacionadas entre sí: el lino[xvi] y la levita[xvii]. El lino es uno de los medios de producción de la levita, de modo que Marx nos ofrece una mercancía “medio de producción” y un mercancía “normal”. Por otro lado, la levita no es un tipo de mercancía de uso muy común; de este modo, Marx evita la perniciosa familiaridad con un tipo de mercancía como podría ser, por ejemplo, el pan. Lo que Marx pretende es que haya una cierta distancia entre el lector y la mercancía-ejemplo, para favorecer el proceso de abstracción. Si Marx hubiera puesto como ejemplo la harina y el pan, se hubiera expuesto a que las connotaciones excesivamente familiares de ambos objetos interfirieran en este proceso.

 

 

Supongamos que fabricamos lino para vestir a nuestra familia y que hemos producido cierta cantidad de lino extra, que queremos cambiar por una levita, porque su futuro usuario va a asistir a reuniones de compromiso. Calculando el valor (luego veremos cómo) del lino y el de una levita, concluimos, de acuerdo con el sastre, que 20 codos[xviii]de lino valen 1 levita, es decir:

 20 codos de lino = 1 levita

 Esto significa que el valor de cambio de 20 codos de lino es una levita. Pero ¿de dónde sale ese valor de cambio? Es evidente que no es lo mismo la tela de lino que la levita; por tanto, la igualdad 20 codos de lino = 1 levita esconde algo que debe ser común a ambas cosas, pero que no tiene nada que ver con su utilidad ni con sus propiedades físicas. La única propiedad que le queda al lino y a la levita, si hacemos abstracción de las anteriores es la de ser productos de la actividad humana. La tela de lino que hemos producido para cubrir las necesidades de ves-timenta de nuestra familia tiene, para nosotros, un valor de uso, una utilidad, que se satisface con su uso; en cambio, la tela que hemos producido para cam-biar por otras cosas no tiene, para nosotros, valor de uso, tiene otro tipo de va-lor, que establecemos en función del esfuerzo que nos ha costado producirla; este esfuerzo lo medimos en unidades de tiempo. El valor es, por tanto, el tiempo que se suele emplear en producir una cosa, pero, como el tiempo no se puede empaquetar, simulamos que lo empaquetamos en nuestros productos, a este empaquetamiento (gelatina de trabajo, según Marx) le ponemos un número, y de esta guisa, creemos que realmente hemos logrado capturar el tiempo en forma de valor, una cosa tan invisible como el propio tiempo. Ya la más sencilla operación matemática, como la suma, esconde la igualación de cosas diferentes a un tercer término. Por ejemplo, 1+1=2 no es tan evidente como parece; en primer lugar, en el lado izquierdo hay más signos que en el derecho, y también hay más cantidad de tinta; gráficamente, un lado es distinto del otro, etc. Por otro lado, el papel del signo “=” no es absolutamente claro: ¿qué significa “igual a”?¿que es idéntico?¿que es intercambiable? Ni lo primero ni lo segundo es obvio. Estas dos expresiones, “1+1” y “2”, sólo son igualables en función de un parámetro: la cantidad pura (algo que no existe); ambos términos denotan la misma cantidad. Pues bien, la expresión 20 codos de lino = 1 levita iguala ambos términos en función de este parámetro: el valor (algo que tampoco existe); en ambos hay el mismo contenido (imaginario) de valor. Así, pues, 20 codos de lino = 1 levita significa que para producir el lino se ha empleado la misma cantidad de tiempo (de ahí el valor —tiempo “congelado” y “empaquetado”) que para producir la levita. Pero eso, que parece tan simple y tan inocente a primera vista, esconde la “Caja de Pandora” de la Historia.

Sigamos con Marx la dialéctica de la mercancía: llegamos al punto “1. Los dos polos de la expresión de valor: forma relativa y forma equivalente de valor”. La mercancía cuyo valor se expresa encuentra su valor representado como valor relativo. La mercancía con la que se expresa el valor de la otra funciona como equivalente: la primera reviste la forma relativa mientras que la segunda reviste la forma equivalente. Para comprender como se llega a la forma dinero hay que haber entendido en qué consisten estas dos formas previas (cosa que los economistas, en su inmensa mayoría, no hacen).


[i] La paginación hace referencia a la edición OME, aunque por lo acotado del texto se puede seguir con otras ediciones, como la del FCE (Wenceslao Roces) o la de Siglo XXI (Pedro Scaron).

[ii] Entendemos por estructura el conjunto de relaciones entre los elementos de un sistema y entre ellos y su entorno. Para buenas definiciones de “estructura” y “sistema” véase el diccionario de Ferrater Mora o el de Mario Bunge (o, para una visión ampliada, léase la obra de Von Bertalanffy La Teoría General de Sistemas).

[iii] Quien crea que esto es una trivialidad (una actitud bastante frecuente) deberá hacer un gran esfuerzo para liberarse de sus prejuicios. El dinero es mucho más de lo que aparenta y, por cierto, no es eso que llevamos en el bolsillo o en la cartera (eso es un simple símbolo del dinero).

[iv] La ideología es el “cemento intersubjetivo” que nos obliga a padecer una misma visión, cargada de a prioris, de la realidad; la ideología contiene lo idiosincrásico y lo consuetudinario (ver nota siguiente), que se adapta al modo de funcionamiento de la sociedad, mezclados con los dogmas de fe y los presupuestos funcionales y fundacionales del sistema.

[v] Idiosincrasia: conjunto de rasgos que configuran un modo común de ver la realidad de un colectivo.

[vi] Consuetudinario: dícese de lo que es de costumbre.

[vii] Alienación: escisión de la sociedad en (dicho en términos comprensibles) explotadores y explotados unida a la asunción de ese hecho como lo normal.

[viii] La mercancía es simplemente un soporte del valor; una mercancía es, pues, una cosa portadora de valor (puede ser tangible, como un lápiz o una piedra de color, o intangible, como la fuerza de trabajo o una voluntad; puede ser material o “espiritual”). —Ver pequeño glosario para una definición operativa de los conceptos elementales (al final).

[ix] Ver nota 2.

[x] O sea, la asimilación de un concepto que se resiste al análisis convencional por la vía de la ar-gumentación y de la síntesis de lo diacrónico y lo sincrónico.

[xi] Hay que evitar la confusión entre trabajo y fuerza de trabajo, que son dos conceptos diferentes bien definidos y delimitados por Marx en Das Kapital. El trabajo es la actividad productiva alienada en el marco de la sociedad capitalista mientras que la fuerza de trabajo es la mercancía humana objeto de compraventa.

[xii] Marx llama simple a esta forma de valor en un sentido literal: es la menos compleja, y la llama casual porque sólo se realiza en intercambios ocasionales, o sea, que es simple y casual.

[xiii] Marx emplea el concepto de forma en múltiples ocasiones; por ejemplo, lo usa para referirse a la forma de valor, a la forma de mercancía del producto del trabajo, a la forma dinero de la mercancía ¿qué quiere decir? Está usando forma en el sentido filosófico. En este contexto, el concepto de forma se remonta a los orígenes de la filosofía ática (eidos); tenía un significado próximo al de nuestra “idea”, pero en el sentido no de algo construido a partir de lo percibido, sino de algo que regula la percepción. Nosotros proyectamos formas sobre la realidad, que configuramos en función de dichas formas. Son formas que no son inherentes a las cosas, sino que somos nosotros los que las proyectamos sobre ellas, proyecciones que proceden de nuestras relaciones interpersonales alienadas en los objetos; es a eso a lo que Marx se refiere cuando habla de las propiedades sociales de las cosas.

[xiv] Intersubjetivo: relativamente objetivo.

[xv] Ideología: conjunto de criterios con los que una sociedad interpreta y juzga la realidad y se relaciona con ella; en todos los sistemas sociales históricos rige la ideología de la clase dominante.

[xvi] El lino es una planta herbácea, anual, de la familia de las lináceas, con raíz fibrosa, tallo recto y hueco, como de un metro de alto y ramoso en su extremidad, hojas lanceoladas, flores de cinco pétalos azules, y fruto en caja de diez celdillas, con una semilla aplanada y brillante en cada una. De su tallo se extraen fibras que se utilizan para producir la hilaza, con la que se elabora la tela de lino.

[xvii] Vestidura masculina de etiqueta, más larga y amplia que el frac, y cuyos faldones llegan a cruzarse por delante.

[xviii] Medida lineal, que se tomó de la distancia que media desde el codo a la extremidad de la mano.

 

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