A ellas. A ellos.

“Después de todos estos hechos, los camaradas me enviaron a Villalonga, un pueblo de Valencia, para organizar allí el Partido Comunista.

Teníamos aquí un buen camarada, Adelino Pérez, “Teo”. En su casa y en su pueblo todos creían que estaba en Francia. Él escribió a su casa diciendo que era su novia y que me tuviesen allí hasta que él me reclamase para casarnos.

Cuando llegué, me recibieron de mil amores. La familia la formaban el padre, ya mayor, viudo, que se llamaba Adelino Pérez, sus dos hijos, Pepe, soltero y Bautista, casado. La mujer de Bautista se llamaba María Sotoy tenían dos hijas, Pepita con 7 años y Rosa Mari con 5. Era una gente maravillosa. María Soto (cuando escribo estas páginas todavía vive) es la persona más valiente y buena que yo he conocido. Ella era la única que sabía quién era yo y la que me ayudó en todo. Con el tiempo los hermanos también lo supieron y me aceptaron igual. Sólo el padre no supo nada, era un hombre mayor y no queríamos que sufriera: para él siempre sería Paquita, la novia de su hijo Adelino. Él me quería mucho y yo también le quería como si fuese mi padre.

Yo iba con una documentación falsa, según la cual me llamaba Paquita y era de Elda. Así me conocía todo el pueblo.

Las niñas, que eran pequeñas, me llamaban tía Paca y yo las adoraba, estaba mucho con ellas, su madre se marchaba a trabajar al campo porque tenían naranjos y todos trabajaban. María prefería que me quedase con las niñas. Yo las cuidaba y las quería muchísimo, como si de verdad fuesen mis verdaderas sobrinas.

Me quedaba en casa sola, como si fuese de la familia. Arreglaba la casa, compraba y cuando venían procuraba tener la comida hecha, aunque María era la que más trabajaba. Las vecinas me apreciaban bastante y en general el pueblo me veía con cariño. Una de las vecinas era Rosario, joven como yo, y algunas veces fuimos al baile juntas. Y es que procuraba llevar una vida normal para no llamar la atención.

Me gustaba mucho subir con María a una montaña que se llama “La Llacuna”, donde tenían una casita y árboles frutales. Había una higuera y me gustaba, cuando llegábamos temprano, subirme al árbol y coger higos. Algunas veces alguien de por allí me veía y después le comentaban a María “caramba con tu cuñada, viene de la capital y qué bien se sube a los árboles”, después nos reíamos las dos y yo le decía que era más difícil andar por las montañas, de noche, subiendo cuestas con el macuto al hombro.

Allí llegué sin conocer a nadie, lo que me dificultaba la idea de formar el Partido Comunista: pero con María no había nada imposible. Me presentó a la mejor gente que ella conocía, entre ella a una chica llamada Rosa Estruch que estaba en cama sin moverse para nada. Esta mujer había sido la alcaldesa de este pueblo en los años de la República, después la metieron en la cárcel y como consecuencia de las torturas no se podía mover. Era muy inteligente y valiente, en cama y todo ella nos ayudó muchísimo. Por desgracia. murió después en el hospital de la Malvarrosa de Valencia.

Recuerdo que María, para que yo pudiese ver a un determinado camarada, me llevaba a nadar a una acequia que había en las afueras del pueblo, allí se hacían los encontradizos algunos camaradas para poder hablar y cambiar impresiones. Todo era muy difícil en aquellos tiempos. ¡Sin María lo habría sido mucho más!.

Tenía que ir a Valencia a recoger Mundo Obrero y otra propaganda del partido Comunista. Casi siempre quería ir María para protegerme, decía que ella era menos conocida. Siempre recordaré una vez que fue a recogerla y cuando llegó a casa, asustada, me decía: “¡Paquita, qué susto he pasado!”. Resulta que en el autobús en que volvía a casa desde Valencia, iba la pareja de la guardia civil y no había más asientos que uno entre ellos; se lo ofrecieron, ella no sabía qué hacer y por fin, con buen criterio, lo aceptó. Estaba convencida de que descubrirían lo que llevaba escondido. Cuando llegó a casa, abrazada a mí, me decía: “¡Paquita, qué mal lo he pasado!”.

Allí estuve, creo, porque no recuerdo bien, hasta mediados del año 1951. Me volvió a descubrir la guardia civil y antes de que me pudieran detener regresé de nuevo con mis camaradas guerrilleros, que seguían valientemente resistiendo en el monte.

Me descubrieron porque en el cuartel había un guardia civil que era de Elda, la ciudad que según la documentación falsa que yo tenía era la mía. Un día dijo que quería ir a verme y a a conocerme, algo bien sospechoso, así que sin pensarlo mucho y con la ayuda de otros puntos de apoyo, al día siguiente me marché de allí.

De la familia que tan felizmente me acogió en Villalonga, hoy sigue viviendo en el pueblo María, ya viuda. Las dos pequeñas, con las que yo tanto había disfrutado, están casadas, ya con hijos y nietors; la pequñea Mara, viven en Gandía y tiene un hijo, pero yo la conocí cuando todo había pasado porque nació después de salir yo de nuevo hacia el monte. Adelino (“Teo”) mi antiguo “novio”, como le decimos a veces porque son cosas inolvidables, vive en Gandía y está casado con Piedad, una mujer encantadora y luchadora que desde Francia, donde vivía, también desarrolló buenos trabajos para España. Tienen una hija casada en Gandía, Sonia, con las ideas de todos nosotros de liberar al mundo de tanta desigualdad y miseria. Para mí esta familia es igual que la mía y mientras viva siempre tendrán un lugar especial en mi corazón.

A partir de mi vuelta al monte, y después de algún tiempo, cuando la guardia civil se enteró de quién era “Paquita” detuvieron a María, a su marido y al hermano. A ellos los soltaron pronto, pero María estuvo seis o siete meses en la cárcel en Valencia”.

Fragmento extraído del libro “Historia de Celia. Recuerdos de una guerrillera antifranquista”, de Remedios Montero.

Como dijo Celia acerca de mi abuela, yo digo que ellos (Adelino “Teo” y Florián “Grande”) y ellas (María y Reme “Celia”) han sido las personas más buenas y valientes que he conocido. Son un modelo para mí. En apenas dos años se fueron para siempre los cuatro. Mi abuela, María Soto, en el reciente febrero. Aún no puedo recordarla sin llorar.

Maldito 18 de julio.

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Una respuesta a A ellas. A ellos.

  1. Rosa Tupolev dijo:

    Me he emocionado leyendo este post. No conocía este libro (ahora mismo me voy a comprarlo).

    En muchas familias españolas existen historias similares.

    Es necesario que su memoria y legado no se pierda jamás.

    No pasarán camaradas!

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