Miseria de los zapatos

 

La miseria de los zapatos, “This misery of boots”, es un breve folleto de H.G. Wells que, publicado en 1907, conoció un gran éxito. Fue editado muchas veces y constituyó una de sus contribuciones más influyentes a la difusión del socialismo, que él concebía como una sociedad bien ordenada que pondría fin a despilfarros y desgastes inútiles y a los fracasos del hombre corriente y desgraciado, por el que sentía una gran simpatía. Disfrútenlo.

 

“Miseria de los zapatos”

Herbert George Wells

No tiene sentido, decía uno de mis amigos, reflexionar sobre los zapatos”. A mí, sin embargo, siempre me ha gustado mirarlos y reflexionar sobre ellos. Tengo la extraña idea de que las cuestiones más complejas se podrían comparar con los zapatos, y quizás por esto los zapateros son tan a menudo filósofos. Quizás el destino me ha dado esta convicción. Gran parte de mi infancia la he pasado en la cocina de un sótano; la ventana daba a un pasillo encajonado y cerrado por un enrejado, delante de la ventana de la tienda de mi padre. De manera que cuando miraba por la ventana, en lugar de ver -como los niños de una educación superior- la cabeza y el cuerpo de la gente, veía su base. Y conocí a toda clase de tipos sociales, simplemente como zapatos y, más exactamente, como suelas de zapatos. No fue sino más tarde, y no sin estudio, que ajusté a estas bases cabezas, cuerpos y piernas.

Se paraban junto a la tienda botines y zapatos (sin duda alguna con la gente encima): finos y pretenciosos botines de mujer: buenos o malos, unos nuevos y en buen estado, otros desgastados por la marcha, compuestos o para componer; calzados de hombres, bastos o finos, zapatos de goma, de tenis, zuecos. No vi zapatos amarillos, no estaban de moda aún; pero vi almadreñas. Los zapatos venían y convergían en la ventana, y el desarrollo emocional de estos dúos se expresaba por la agitación continua o por los puntapiés.

… Esto puede, en cierto modo, explicar que me preocupe de los zapatos.

Pero mi amigo creía que no había por qué pensar en los zapatos.

Mi amigo era un novelista realista, y un hombre al que había abandonado toda esperanza. No sé cómo la esperanza había salido de su vida; alguna enfermedad sutil del alma había terminado por quitarle toda iniciativa y la fe en el porvenir, y ahora intentaba vivir los años de ocaso que se abrían delante de él, en una especie de confort libresco, rodeado de cosas que parecían apacibles y bellas, cuando no pensaba en las que son penosas y crueles. Nos cruzó un vagabundo que arrastraba su pierna por el camino.

“Talón torcido”, dije cuando le hubimos pasado; “por estas carreteras mal empedradas nadie va con los pies descalzos”. Mi amigo hizo un gesto hosco y hubo un pequeño silencio entre nosotros. Los dos pensábamos; después de un rato cuando comenzamos a hablar de nuevo, y hasta que se hartó, hicimos el recuento de la miseria de los zapatos.

Estábamos de acuerdo en que para la mayor parte de la gente de este país, los zapatos son constantemente una fuente de aflicción, una causa de sufrimiento de malestar, de disgusto, de inquietud. Para hacernos una idea concreta de la cosa, intentamos estadísticas arriesgadas. “A esta hora”, dije, “una persona de cada diez en estas islas sufre por sus zapatos”.

Mi amigo pensó que más bien era una de cada cinco.

“En la vida de un hombre pobre o de la mujer de éste y más todavía en la vida de sus hijos, esta miseria de los zapatos se presenta y se repite de año en año y de día en día”.

Hicimos una especie de clasificación de estos males. Hay el mal de los zapatos nuevos. Están hechos de materiales malos, impermeables al aire y, como suele decirse, “pesan en los pies”.

No están hechos a la medida. Mucha gente se compra zapatos hechos; no pueden pagarse otros, y con la dócil filosofía de la pobreza, los llevan para “hacerse a ellos”. Tienen el pulgar y el dedo pequeño apretados, el empeine del pie oprimido e inflado; y como una especie de acompañamiento crónico de estas presiones, los callos y todas sus miserias. Los pies de los niños están verdaderamente torcidos por este método de adaptar al ser humano a la cosa; y como consecuencia de todo esto, a mucha gente le da vergüenza dejarse ver con los pies descalzos. (Yo tenía la costumbre de invitar a la gente que venía a verme en los días calurosos a jugar al tenis sobre hierba con los pies descalzos -una cosa deliciosa-, pero me di cuenta que muchos estaban molestos al pensar que tenían que exponer dedos torcidos y callos, y otras desgracias de este género).

El tercer mal de los zapatos nuevos es que están mal hechos y con malos materiales, crujen y hacen un insolente comentario sobre el paso de la gente. Pero estos males son pequeños al lado de los que aparecen cuando los zapatos han sido usados. Es entonces cuando aprietan seriamente. De estos males de los zapatos pasados, mi amigo y yo , antes de que él abandonase la partida, habíamos contado tres clases principales:

Existen las diversas clases de irritaciones debidas al roce: la peor, sin duda alguna, es la del talón, cuando algo va mal en la caña, cerca del talón. Cuando era un chiquillo, he tenido que soportar eso días y días, pues no había otros zapatos para mí. Después está la irritación que se produce cuando la plantilla interior del zapato se pliega, muy parecida a la que conocen los pobres por los calcetines zurcidos a menudo y a la ligera. Y después tenemos la irritación de los zapatos hechos que se han comprado un poco anchos o un poco largos, para evitar las apretaduras y los callos. Al cabo de poco tiempo se hace un pliegue a lo ancho de la parte vacía en la parte de delante, y cuando el zapato se acartona por la humedad o por alguna otra causa, la base de los dedos se pellizca. Así, por más que haga, no se librará de ello. Tengo también un recuerdo muy vivo del roce de los nudos que se hacen para arreglar los cordones que se rompen -pues no siempre se pueden comprar cordones nuevos- y que se notan por dentro. Y finalmente el roce de la lengüeta que se pliega.

Después están las miserias que proceden del desgaste de la suela. Está la torcedura del tobillo porque ya no hay tacón y la sensación de que no se está seguro: igualmente la desagradable sensación de que no se tiene buena presencia de espaldas, que mucha gente debe soportar.

Me es casi siempre penoso andar detrás de las chicas jóvenes que van a su trabajo, que tienen que andar mucho para ir y volver y usan mucho sus zapatos, porque sus tacones parecen estar siempre torcidos. Las jóvenes deberían estar siempre bonitas; y la mayor parte podrían estarlo si no fuese por sus pobres pies torcidos, la gracia de sus andares echados a perder y esa especie de desviación de columna vertebral, todo lo cual me afecta y hace que me ponga furioso con un mundo que las trata así. Y después están los clavos que salen, los clavos de los zapatos. Se esfuerza uno en marchar valientemente, con la esperanza de encontrar pronto un rincón tranquilo y un momento favorable para remachar su clavo. En tercer lugar coloco en este capítulo la suela que golpea. Mis zapatos terminaban siempre por ahí; gastaba primero la delantera y la suela se volvía de delante hacia atrás. Cuando se anda se pone a raspar el suelo. Se dan pasos fantásticos para evitar esto; uno se siente horriblemente avergonzado. Al final hay que sentarse descaradamente en el borde del camino y cortar lo que sale.

Nuestra tercera clase de miseria fue la de las grietas y vías de agua. Sobre todo son sufrimientos morales, la humillación de ver esta horrible abertura entre la parte que cubre los dedos y lo alto de los zapatos, por ejemplo; pero además hay que relacionarlo con los enfriamientos, los catarros, y una larga serie de consecuencias desagradables.

Hablamos también de la miseria de sentarse a su trabajo (como lo hacen tantos escolares en Londres todos los días de lluvia) con la suela de los zapatos gastada y agujereada, que ha cogido agua, y de constiparse…

Y de estos ejemplos, mi pensamiento iba a otros. Hice un descubrimiento. Siempre había censurado a la gran masa de pobres londinenses por no pasar los domingos y días de fiesta en hacer buenas marchas, el mejor de los ejercicios. Me había permitido decir un día a Margate: “¡Qué idiotas son todos estos jóvenes que no paran de dar vueltas alrededor de los quioscos de música, en lugar de corretear por las colinas de Kent!”. Pero me he arrepentido de estas palabras. ¡Grandes correrías!. Sus zapatos le hubieran hecho daño. Sus zapatos no hubieran resistido. Lo comprendí todo.

Pero mis palabras iban más lejos. Ex pede Herculem, dije: estas miserias de los zapatos no son más que un ejemplo. Los vestidos que lleva la gente no son mejores que sus zapatos, y las casas donde viven son muchos peores, ¡Y pensar en el triste almacén de ideas, con errores y prejuicios, donde sus pobres espíritus han sido ahogados por su educación!. ¡Piense en la manera que esto les abruma y les irrita!. Si alguien expusiera la miseria de estas cosas… Piense un momento en los resultados de una alimentación pobre, malsana, mala; en los ojos, en las orejas, en los dientes mal cuidados!. ¡Piense en la cantidad de dolores de muelas!.

“¡ Le digo que no hay que pensar en esas cosas!”, gemía mi amigo, con acento de desesperación; y no quiso oír nada más a ningún precio…

¡Y pensar que en otro tiempo había escrito libros llenos de estas mismas preguntas, antes de que la desesperación le hubiese hundido!

Conozco una persona, otro de mis amigos, que puede atestiguarlo, que ha conocido todas las miserias de los zapatos y que, ahora, las ha superado, pero no las ha olvidado. Una buena oportunidad, puede que ayudada de una cierta habilidad por su parte, le ha elevado de la clase donde uno se compra sus zapatos y sus trajes de lo que queda de 280 pesetas por semana, a aquella donde se gastan de 30.000 a 40.000 pesetas al año (1) en vestirse a veces se los manda hacer a medida, los guarda en un armario conveniente y tiene gran cuidado con ellos; de manera que sus botines, sus zapatos, sus zapatillas no rozan, ni aprietan, ni crujen, ni le hacen daño ni le incomodan, ni le molestan nunca, y cuando extiende sus pies delante del fuego no le recuerdan que es un pobre diablo, buscando su endeble vida en las sobras del mundo. Se imaginarán que tiene todas las razones posibles para felicitarse y ser dichoso, viendo que han llegado los días buenos después de los malos. Pero, tal es la rareza del corazón humano, no está contento en absoluto. El pensamiento de que tantos están peor que él en esta cuestión del calzado no le da ninguna satisfacción. Sus zapatos le hacen daño por mandato.

La cólera que ha conocido otras veces, sufriendo él mismo, cuando arrastraba tristemente los pies a través de la animación alegre de los barrios elegantes de Londres, metidos en zapatos que le hacían daño, la siente igualmente viva ahora que anda bien a gusto, por entre gente de la que sabe, con una inexorable clarividencia, que sufren de una manera casi intolerable. No tiene la optimista ilusión de que las cosas van bien para ellos. La gente estúpida que ha estado siempre acomodada, que ha tenido siempre buenos zapatos, pueden pensar así, pero él no. En cierto sentido el pensamiento de los zapatos le enoja más que antes. Antes estaba descontento de su suerte, pero descontento sin esperanza; pensaba que los zapatos malos, los vestidos feos y modestos, las casas enmohecidas, formaban parte de la naturaleza de las cosas. Ahora, si ve a un niño que llora o refunfuña y tropieza en el pavimento, o a una vieja campesina arrastrarse penosamente a lo largo de un sendero, no ve ya en ello la garra del Destino. Su cólera está iluminada por el pensamiento de que hay locos en este mundo que hubieran debido prever e impedir esto. No maldice más el destino, sino la imbecilidad de los hombres de Estado y de la gente poderosa y responsable, que no han tenido ni el coraje ni la valentía ni la intención de cambiar la mala organización que nos da estas cosas.

No crean que insisto sin razón sobre la buena suerte de mi segundo amigo, si les digo que antes estaba siempre fastidiado y con el ánimo triste, que cogía resfriados a causa de sus malos trajes, sentía vergüenza de su apariencia sórdida, que sufría con sus dientes mal cuidados y con una alimentación mediocre, tomada a malas horas, con la casa fea y malsana de donde vivía y con el aire corrompido de ese barrio de Londres, con cosas que en verdad, están muy por encima del poder de un pobre hombre sobrecargado de trabajo el poder remediarlas, si no se le ayuda… Y ahora todas estas cosas enojosas han salido de su vida; ha consultado dentistas y médicos, no tiene casi días ensombrecidos por resfriados, no tiene absolutamente ningún dolor de muelas ni indigestiones.

Mi intención, al contar la buena suerte de este hombre afortunado, no es otra que demostrar que esta miseria de los zapatos no es una maldición inevitable lanzada sobre la humanidad. Si puede escapar uno, los demás también. Sería completamente abolida, si se considerara con interés. Si usted sufre, o, lo que es más importante para la mayor parte de los hombres, si alguien a quien usted quiere o sufre por los zapatos, porque le hacen daño o porque son muy feos y no puede hacer nada para remediarlo, es simplemente que le ha tocado el lado malo de un mundo mal gobernado. No todos están en el mismo caso.

Y esto que he dicho de los zapatos es verdad respecto a todas las otras pequeñas cosas de la vida. Si su mujer coge un resfriado fuerte porque sus zapatos son demasiados finos para la estación, o no tiene ganas de salir porque está muy mal vestida; si sus hijos están afeados por bultos, o por trajes sucios, viejos y que no son de sus talla; si es taciturno y dispuesto a pelearse con cualquiera no acepte creer la pesada broma de que ese es el triste destino de la humanidad. Esas gentes que usted quiere viven en un mundo mal repartido del que solo conocen el lado malo, y todas esas desgracias son la demostración cotidiana.

Y no diga: “Es la vida”. No crea que esas miserias son el resultado de una maldición inevitable. La prueba de lo contrario la vemos claramente Hay gentes, no más merecedoras que otras, que no sufren ninguna de estas cosas. Puede tener la idea de que usted no merece más que una vida miserable y pobre en la que sus zapatos le harán siempre daño; pero ¿es que los niños, las jóvenes y toda la multitud de pobres y honestas gentes no merecen nada mejor?

Una posible discusión

Ahora, supongamos que alguien discute lo que estoy diciendo. Espero que nadie me negará que gran parte del sufrimiento de nuestro mundo civilizado (no digo todo, sino solamente una gran parte) proviene del conjunto de miserables insuficiencias de las que he cogido el más simple ejemplo en esta miseria de los zapatos. Pero creo que mucha gente estará dispuesta a asegurar que estos sufrimientos sean inevitables. Dirá que es imposible que todo el mundo tenga lo mejor; que de todas las buenas cosas, comprendido el buen cuero y los buenos zapatos, no hay bastante para todo el mundo: que la gente de clase baja no debería quejarse de su vida miserable e incómoda, sino considerarse dichoso por vivir, teniendo en cuenta lo que son, y que no es bueno enfrentarse contra cosas que no pueden cambiar ni volverse mejores. Estos argumentos no pueden ser desechados sin más; es muy cierto que todo el mundo no puede tener lo mejor; y está dentro de la naturaleza de las cosas que ciertos zapatos sean mejores y otros peores. A algunas personas -sea por pura casualidad o por la fuerza de su poder- les caerán en suerte los zapatos superiores, el cuero más fino y el corte más elegante. Nunca he negado eso. Nadie sueña con un tiempo donde todos tendrán exactamente zapatos igual de buenos; no predico una igualdad tan infantil, tan imposible. Pero va mucha distancia de reconocer la necesidad de una cierta vanidad pintoresca e interesante en esta cuestión de calzado, a admitir que la mayor parte de la gente no puede esperar nada mejor que estar calzados de una manera a menudo penosa, incómoda, malsana o muy fea de ver. Es algo que me rehuso por completo a aceptar. Hay el suficiente buen cuero en el mundo para hacer buenos y bonitos zapatos y calzado para todos los que tengan necesidad, bastantes hombres desocupados, y bastante fuerza y máquinas para hacer todo el trabajo requerido; bastantes inteligencias sin empleo para organizar la fabricación de zapatos y su distribución a todo el mundo. ¿Dónde está el obstáculo?

Hagamos la pregunta de otra manera, Vemos por un lado -puede juzgar por sí mismo, en cualquier lugar “chic” de Gran Bretaña- gente mal calzada, incómoda y penosamente, zapatos viejos, podridos, horribles; por otro lado, vastas extensiones de terreno en el mundo, con posibilidades ilimitadas de ganado y de cuero, y mucha gente que, sea por fortuna, sea efecto de una crisis en los negocios, están sin hacer nada. Y nos preguntamos: “¿Por qué no poner esta gente a la obra para hacer y distribuir los zapatos?

Imagine que usted mismo intenta organizar algo de esta especie de Empresa de Zapatos gratuitos, y considere qué dificultades encontrará primero. Primero tiene que buscar el cuero. Imagínese partiendo hacia América del Sur. Por ejemplo, para buscar el cuero: para comenzar por el principio, se pone a matar y a desollar un rebaño de ganado. Enseguida es interrumpido. Su primer obstáculo se presenta en la persona de un hombre que les dice que el ganado y el cuero son suyos. Usted explica que tiene necesidad de cuero para la gente que no tiene zapatos convenientes en Inglaterra. Le responderá que le importa un rábano lo que usted quiere hacer con ello: antes de cogerlo, tiene que comprarlo; este cuero es de su propiedad privada, el ganado y el suelo donde pasta el ganado. Si le pregunta que cuánto quiere por su cuero, le dirá francamente que todo lo que pueda sacarle. Si por azar, es una persona de una bondad de carácter completamente excepcional, podrá quizás discutir con él. Podrá exponerle que este proyecto de dar a la gente excelentes zapatos era magnífico y pondría fin a muchas de las miserias humanas. Hasta puede ocurrir que simpatice con su generoso entusiasmo, pero creo que le encontrará de piedra, en su resolución de sacar por su cuero todo lo que pueda pagarle, haciendo el máximo esfuerzo. Supongamos que ahora le dice: “Pero, ¿cómo ha llegado a poseer este suelo y este ganado, de manera que esté entre ellos y la gente que los necesita, sacándoles este provecho?”. O bien comenzará a contarle una larga serie de desatinos, lo que es más probable, se enfadará y rehusará responder. Siguiendo sus dudas en cuanto a la justicia de su propiedad sobre estas cosas, podrá admitir que merece un salario razonable por el cuidado que ha tenido del terreno y del rebaño. Pero los ganaderos son una raza violenta y brutal, y es dudoso que pudiese ir lejos con su proposición de un salario razonable. Tendrá que comprar el cuero de este propietario a buen precio – dejándole que saque todo lo que pueda- si quiere continuar su proyecto.

Bien; entonces tendría que traer este cuero hasta aquí, y para ello le haría falta expedirlo por ferrocarril o por barco, y de nuevo se encontraría con gente sin deseo ni voluntad de ayudarle en su proyecto, obstruyendo su camino, resueltos a sacar de usted hasta el último céntimo en el curso de su negocio de proveer a todo el mundo de buenos zapatos. Vería que el ferrocarril es una propiedad privada, de uno o varios empresarios, y que cada uno de ellos no estaría satisfecho con un simple salario en relación con sus servicios. También ellos estarán decididos a exigir de usted hasta el último céntimo. Si hiciese encuestas sobre la cuestión, probablemente encontraría que los verdaderos propietarios del ferrocarril y del barco son compañías de accionistas, y que el interés obtenido en esta etapa sobre los zapatos del mundo pobre va a llenar los bolsillos de ancianas señoras en Torquay, de pródigos en París, de “gentlemen” bien calzados en los clubs de Londres, todos ellos gentes distinguida.

Bueno; por fin su cuero está en Inglaterra; ahora quiere hacer los zapatos, Lo lleva hasta un centro de población, invita a los obreros a venir, instala talleres y máquinas en un terreno inocupado, y se lanza en un furor de industria generosa, a hacer zapatos… ¿Me comprende usted? He aquí que un propietario se adelanta, reclama este terreno como su propiedad, pide un alquiler, una suma enorme. Y descubre que sus obreros no pueden tener una casa a menos de pagar también un alquiler -cada pulgada del país es propiedad de alguien, y un hombre no puede cerrar los ojos durante una hora sin el consentimiento de algún propietario-. Y el alimento que comen, sus zapateros, los vestidos que llevan, han pagado todos por ello tributo y beneficio a propietarios de tierras, de coches, de casas, tributo sin fin, más allá del justo salario del trabajo que ha sido realizado por ellos…

Podríamos continuar así. Pero usted comienza ahora a ver una parte al menos de las razones por las cuales todos no tenemos buenos y cómodos zapatos. Habría bastante cuero, y ciertamente hay bastante trabajo y suficientes inteligencias en el mundo para organizar esto y una infinidad de otras cosas buenas. Pero la institución de la propiedad privada de la tierra y de productos naturales, el obstáculo de esas reclamaciones que le impiden utilizar el suelo, o de desplazar los materiales, y que es necesario comprar a precios exorbitantes, he aquí lo que obstaculiza el camino. Todos estos propietarios se pegan como parásitos a su negocio y a cada nueva etapa; y cuando tenga estos buenos zapatos en Inglaterra se dará cuenta de que cuestan alrededor de 25 francos el par, un precio fuera de los medios de la mayoría de la gente. Y no le parecerá mi imaginación demasiado extravagante, si le confieso que cuando pienso en todo esto, y miro en la calle los zapatos de los pobres, y los veo cortados, deformes y muy feos, veo también muchos pequeños fantasmas del suelo, propietarios de todas clases, pululando como sanguijuelas bajos sus pobres pies heridos y cansados, cogiendo mucho y no dando nada, y que son única causa verdadera de todas estas miserias.

Y pensamos, ¿es eso una cosa necesaria e inevitable?. He aquí la pregunta clave. No hay ningún otro medio de arreglar las cosas que dejar a estos empresarios exigir lo que reclaman, y chupar de la vida del pueblo común el confort, la fortaleza de ánimo, la dicha. Porque naturalmente no se contentan con que los zapatos sean insuficientes y malos. Las exigencias y los beneficios de los propietarios del suelo y de los inmuebles, son las que hacen nuestras casas tan pesadas, sórdidas y caras, que hacen que nuestras carreteras y nuestros ferrocarriles tan molestos e incómodos, que roen nuestras escuelas, nuestros vestidos, nuestra comida: los zapatos no han sido más que un ejemplo de un mal universal.

Ante esto, mucha gente dice que hay cosas más interesantes que hacer, y que el mundo podría ser infinitamente mejor en todos estos aspectos, más feliz y mejor que nunca ha sido, negando que existe la propiedad privada en todas estas cosas universalmente necesarias. Dicen que es posible que el suelo sea puesto en explotación, y que las cosas comunes y necesarias, como el cuero y los zapatos hechos, sean surtidas, y realizados una serie infinita de otros servicios de interés general, no para el provecho de unos individuos sino para el bien de todos. Proponen que el Estado tome el suelo, los ferrocarriles, los barcos y otras muchas empresas a sus empresarios que no las usan más que para usurpar al pueblo medio para sus estériles gastos privados, y deberían por el contrario administrar estas cosas generosa y esforzadamente, no para la ganancia sino para el servicio. Consideran que la verdadera raíz del mal es esta idea de lucro. Esta penosa aflicción por los zapatos no es más que un símbolo típico para los socialistas y para la gente que tiene la esperanza  de llegar a un cambio en el mal estado de las cosas actualmente.

¿El socialismo es posible?

No pretenderé ser imparcial en esta materia y discutir como si mi opinión no estuviese fundada sobre la cuestión de saber si el mundo sería mejor, suponiendo que se pudiese abolir la propiedad  privada respecto al suelo y a muchas otras cosas de utilidad general. Creo que la propiedad privada  de estas cosas no es más necesaria e inevitable que la propiedad privada de nuestros  semejantes, o de los puentes y carreteras.

La idea de que todas las cosas puedan ser reclamadas como propiedad privada pertenece a las edades sombrías de la humanidad, y no es solamente una monstruosa injusticia, sino un  inconveniente todavía más monstruoso. Supongamos que todavía admitimos la propiedad privada de las carreteras, y que todo aquél que posee un pedazo quiere negociar con nosotros antes de que podamos pasar en coche. Diría usted que la vida no se podría soportar. Pero realmente, es un poco de esto lo que pasa hoy día cuando tomamos el tren, y es completamente así para aquellos que tienen necesidad de un trozo de tierra donde vivir. No veo que haya más dificultad en organizar el cultivo del suelo, las fábricas y demás cosas de este género, para el bien general público, que las carreteras y los puentes, el correo y la policía. No veo ninguna imposibilidad al socialismo dentro de estos límites.

Abolir la propiedad privada de estas cosas sería abolir toda esta nube de parásitos cuya ansia de beneficios y dividendos es un obstáculo para una gran cantidad de útiles o seductoras empresas  y hace que sean costosas e imposibles. Supondría esto abolirlas; ¿pero sería esto un mal?

¿Y por qué no coger esta especie de propiedad a los que poseen?. Antiguamente, no solamente los esclavos han sido explotados por sus amos, sin compensación o casi sin ella, sino que la historia  de la humanidad por horrible que parezca, presenta incontables casos de amos de esclavos  renunciando ellos mismos a sus derechos humanos. Quizás piense que es una injusticia y un robo apropiarse de la gente. ¿Pero no es éste el caso?. Suponga que viese muchos niños en una guardería infantil, tristes y desgraciados, porque uno de ellos, que ha sido muy mimado, ha cogido todos los juguetes y pretende guardarlos y no dejar ninguno a los otros… ¿Es que no desposeería a este niño, por muy sinceramente convencido que estuviese de que su manera de obrar era justa?.  De hecho, es esta la posición del propietario hoy día. Pensaré quizás que los propietarios, del suelo  por ejemplo, deberían ser pagados y no despojados, Pero como encontrar el dinero para pagarlos quiere decir poner un impuesto sobre la propiedad de alguien, cuyos derechos son quizás mejores, no logro ver dónde está la honestidad de este proceder. No se puede dar propiedad por propiedad más que comprando y vendiendo; y si la propiedad privada no es un robo, entonces es no solamente el socialismo, sino el impuesto ordinario el que lo es. Pero si el impuesto es un  procedimiento justificable, si pueden tasarme (como lo estoy) por los servicios públicos a razón de una peseta y más por cada veinticinco que gano (2), no sé por qué no se le pone un impuesto al propietario del suelo, de la mitad, de las dos terceras partes o de todo su terreno si hace falta, o al accionista del ferrocarril de diez o quince francos sobre veinticinco de obligaciones.

En todo cambio es necesario que alguien salga perdiendo; cada progreso en las máquinas y en la organización industrial priva a pobres gentes de su renta, y no veo por qué tenemos que ser tan singularmente solícitos con los ricos con los que no han producido nada en toda su vida, cuando son obstáculo para el bien general. Y aunque niego el derecho a la compensación, no niego que se  llegue a él probablemente. Cuando se trata de método, se puede muy concebir que nosotros podamos dar al propietario compensaciones parciales y hacer toda clase de concesiones para evitar ser crueles a su manera de ver, en nuestro esfuerzo de poner fin a las mayores crueldades de hoy.

Pero, una vez puesta aparte la justicia de la causa, mucha gente parece considerar el socialismo como una vana quimera, porque dicen que “va contra la naturaleza humana”. Se nos dice que todos aquellos que poseen una pizca de propiedad, en tierras o en acciones, o en alguna otra cosa, se opondrían vivamente al advenimiento del socialismo, y como esta gente tiene todo el tiempo y toda la industria del mundo, y toda la gente capaz y enérgica tiende naturalmente a entrar en esta clase, no habrá nunca una fuerza eficaz que instale el socialismo, Pero esto refleja una concepción muy pobre de la naturaleza humana. Hay sin duda muchos ricos de alma oscura y baja que odian y temen el socialismo por razones puramente egoístas; pero sin embargo es muy posible ser propietario y al mismo tiempo desear ver al socialismo establecido.

Por ejemplo, el hombre de mundo cuyos negocios privados conozco mejor que nadie, el segundo amigo de que he hablado, el propietario de todo ese buen calzado, da tiempo, fuerza y dinero por acelerar esta esperanza de socialismo, a pesar de que paga un impuesto sobre la renta de 1200 francos por año y posee títulos y tierras por varios millones de libras. Y esto no lo hace por espíritu de sacrificio. Cree que viviría feliz, y más a gusto en una organización socialista, donde no le sería necesario agarrarse a este salvavidas de la propiedad individual. Encuentra -y mucha gente de su posición piensa de la misma manera- que es una recriminación perpetua de una vida de confort y de agradables ocupaciones, el ver tanta gente, que podrían ser para él amigos o simpáticos socios, detestablemente mal educados, alojados, con los zapatos y los vestidos más abominables, y con el espíritu tan detestablemente falseado, que no quieren tratarlo como a un igual. Le parece que es el niño mimado de la guardería; se siente avergonzado y menospreciado, y como la caridad individual no parece que empeora las cosas, está dispuesto a dar gran parte de su vida y a perder si hace falta su pequeña posesión alegremente, para cambiar el estado de cosas actual de una manera inteligente.

Estoy convencido de que hay mucha más gente mucho más rica e influyente que piensa del mismo modo. Lo que me parece un obstáculo grande para el socialismo, es la ignorancia, la falta de valor, la estúpida falta de imaginación de la gente pobre, demasiado tímida y demasiado vergonzosa y torpe, para considerar algún cambio que les salve. Pero a pesar de esto la educación popular prosigue y estoy casi seguro que en las próximas generaciones encontraremos socialistas hasta en los suburbios (Slums) (3).

La gente desprovista de imaginación que posee algún trozo de propiedad, algunas hectáreas de terreno o algunos miles de francos en la Caja Postal de Ahorros, opondrán sin duda la resistencia pasiva más tenaz, y son, me temo, junto con los ricos insensibles, con los que tendremos que contar como nuestros enemigos irreconciliables, y que constituyen los pilares inconmovibles del orden actual.

Los elementos bajos y perezosos de la “naturaleza humana” están y estarán, lo admito, contra el socialismo, pero no son toda la “naturaleza humana”, ni siquiera la mitad. ¿Y cuándo, a lo largo de la historia del mundo, la bajeza y el miedo han ganado una batalla?. Es la pasión, el entusiasmo; la indignación los que forman el mundo según su voluntad, y no me explico cómo alguien puede recorrer las calles apartadas de Londres o de cualquier otra gran ciudad de Inglaterra, sin llenarse de vergüenza y resolverse a poner fin al estado de cosas bajo y horrendo que esto deja ver.

Y no creo que sea sostenible el argumento de “la naturaleza humana” contra el socialismo.

Socialismo significa revolución

Entendámonos bien sobre este punto: Socialismo significa revolución, cambio en el curso de la vida cotidiana. El cambio puede ser muy gradual, pero será muy completo. No se puede cambiar el mundo y al mismo tiempo no cambiarlo, Encontraréis socialistas a medias, o al menos gente que se dice socialista, que dicen que no, y que juran que algún extraño cambalache a propósito del gas municipal y del agua es el socialismo, y que acuerdos celebrados en los pasillos de la Cámara entre conservadores y liberales son el medio de abrir la era de la salvación. ¡Es como denominar a la lámpara del techo de una sala de conferencias la gloria de Dios en el cielo!. El socialismo quiere cambiar, no solamente los zapatos que lleva la gente en los pies, sino también los trajes que tienen, las casas que habitan, el trabajo que hacen, la educación que reciben, su posición, sus honores y todo lo que poseen. El socialismo quiere hacer un mundo nuevo del viejo.

Este mundo no puede ser establecido más que por la resolución manifiesta, inteligente y valerosa de una gran multitud de hombres y mujeres. Es necesario ver claramente que el socialismo significa un cambio completo, una ruptura con la historia, con muchas cosas pintorescas; desaparecerán clases enteras. El mundo será otro completamente, con otras casas y otras gentes. Todos los oficios, todas las industrias cambiarán, la medicina se practicará en otras condiciones; las profesiones del ingeniero, del sabio, del actor, del sacerdote, las escuelas, los hoteles, tendrán que experimentar un cambio interno tan completo, como el de una oruga que se vuelve mariposa.

Si esto les da miedo, más vale que sea ahora que más tarde. Es necesario cambiar el sistema entero si queremos terminar con estas miserias horribles que hacen que nuestro estado actual sea detestable para todo hombre y mujer dotados de inteligencia.

Es este, y no menos, el fin de todos los socialistas sinceros, el establecimiento de una organización nueva y mejor, por la abolición de la propiedad privada del suelo, de los productos naturales y de su explotación, un cambio tan profundo como hubiese sido la abolición de la propiedad privada de los esclavos en la Roma o Atenas antiguas. Si pedís menos que esto, si no estáis dispuestos a luchar por esto, no sois verdaderamente socialistas. Si tenéis miedo de todo esto, tendréis entonces que acomodar vuestra vida a una especie de felicidad personal y egoísta, dejando las cosas como están, y concluir con mi otro amigo que no hay que reflexionar acerca del calzado. La idea dominante sobre la que debemos insistir es que el socialismo es un proyecto práctico o de sentido común, para cambiar nuestra idea convencional sobre lo que es o no es propiedad, y para reorganizar el mundo una vez revisados estos conceptos. Unas cuantas personas, encontrando que es demasiado claro y directo, se han esforzado en exponerlo de una manera magnífica y oscura; le dirán que la base del socialismo es la filosofía de Hegel, o que se confunda en una teoría de la renta, o que es algo que hay que hacer con una especie de hombre intratable que se llama el Superhombre, y toda clase de cosas brillantes, absurdas y molestas.

En lo que respecta al pueblo inglés, parece que la teoría del socialismo se ha subido a las nubes, y que su práctica ha descendido a las alcantarillas, y es conveniente advertir a la gente que intente informarse que ni las fórmulas de arriba, ni la tarea de abajo, son otra cosa que accidentales acompañamientos del socialismo.

El socialismo es un gran proyecto, pero simple, claro y humano; sus fines no serán alcanzados por el hombre culto ni por la habilidad, sino por la resolución clara, la abnegación, el entusiasmo y la colaboración leal de grandes masas de gente.

Lo importante es, en consecuencia, sacar a las grandes masas de su confusión intelectual y de la indecisión de hoy. Supongamos que usted simpatiza con lo dicho en este folleto, y que, como mi segundo amigo, encuentra que la penosa indigencia, la grave miseria de gran parte de los hombres de nuestro mundo vuelven casi intolerable la vida en las condiciones presentes, y que es en el sentido del socialismo donde está la sola esperanza de un serio remedio.

¿Qué tenemos que hacer?. Evidentemente esforzarnos lo más posible en hacer de los demás socialistas; organizarnos nosotros mismos con los demás socialistas sin pararnos a mirar cuestiones de clase o pequeños detalles de doctrina: hacernos oír, dejarnos ver, como socialistas efectivos, donde y cuando podamos hacerlo. Tenemos que pensar en el socialismo, leer y discutir sobre él. Tenemos que confesar nuestra fe abierta y francamente. Debemos rehusar ser llamados liberales o conservadores, republicanos o demócratas, o cualquier otra apelación ambigua. Debemos crear y unir por todos los lados una organización socialista, un club, un grupo, sea lo que sea, de manera que nos hagamos notar. Para nosotros, como para los primeros cristianos, predicar nuestro evangelio es nuestra suprema esperanza. Hasta que los socialistas pueden ser contados por millones, no habrá gran cosa de lograrlo. Cuando estén ahí, un nuevo mundo será nuestro.

Ante todo, si tuviera un consejo que dar a un camarada socialista, le diría: “Aférrate a la idea simple y esencial del socialismo, que es la abolición de la propiedad privada en todo aquello que no sea lo que un hombre ha ganado o fabricado, No compliques tu causa con sistemas. Y ten presente en tu mente, si es posible, una especie de talismán que te mantenga en este evangelio esencial, fuera de la turbación y de las luchas que suscitan las discusiones cotidianas”. Por mi parte, tengo como he dicho al principio, un interés especial en el calzado, y he aquí mi talismán: la imagen de una niña de diez a once años, mal alimentada, pero más bien guapa, sucia, y con las manos endurecidas por rudos trabajos, su pobre cuerpo gracioso de niña cubierto de malos harapos, y en los pies gruesos zapatos usados que la hacen daño. Y en particular pienso en sus pobres tobillos delgados y en sus pies que arrastra, y todos esos fantasmas de poseedores y de accionistas de los que he hablado acompañando su martirio, con sanguijuelas pegadas a sus pies.

Deseo ver cambiar en el mundo la causa de este estado de cosas y no me preocupo de los  obstáculos que se presentan en el camino ¿Y usted? He aquí un sencillo ejemplo brutal para ilustrar lo que he dicho. Es un extracto de una carta de un obrero a mi amigo, Sr. Chiozza Money, uno de los escritores mejor informados acerca de los problemas de trabajo en Inglaterra:

“Soy bracero, y gano regularmente 30 chelines por semana (425 pesetas). Soy el feliz (¿) padre de seis hijos que están bien. El año pasado compré veinte pares de zapatos. Este año, hasta hoy, he comprado diez pares, por dos libras (340 pesetas), y, sin embargo, mi mujer y cinco de los niños no tienen más que un par. Yo tengo dos pares, y los dos calan; pero ahora no veo la ocasión de comprar nuevos. Debo decir además que mi mujer es una excelente ama de casa, y que yo mismo soy un hombre de lo más sobrio. Tanto es así, que si pusiese a un lado lo que gasto de superfluo en un año, no tendría para comprarme un par de zapatos con ellos. Pero he aquí lo que quería decir: “En 1903, mi salario era de 25 s/l. D. por semana, y tenía entonces ya mis seis hijos. Mi vecino de descansillo hacía y remendaba zapatos. No tenía trabajo, y esto duraba meses. Durante este tiempo los zapatos de mis hijos necesitan repararse, y yo necesitaba remendarlos tal cual. Un día pensé que estaba remendando zapatos de un lado de un muro, y que mi vecino no tenía trabajo del otro lado, y hubiera tenido necesidad de la obra que estaba obligado a hacer yo  mismo”.

El muro era una organización comercial de la sociedad basada en la propiedad individual del suelo y de los productos naturales. Estos dos hombres estaban forzados a trabajar para propietarios, o de ningún modo. La comida primero, más el alquiler, y los zapatos, si puede, cuando todos los propietarios están pagados…

Notas

(1) Cálculo a partir de datos actualizados. Es más significativo relacionarlo con el nivel español de la época.

(2) Impuesto sobre rendimientos del trabajo personal. El IRTT es actualmente de cerca del 14% sin mínimo exento.

(3) El libro está escrito en la Inglaterra de principios de siglo.

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4 respuestas a Miseria de los zapatos

  1. Andrés I. dijo:

    Estaba buscando hace mucho este texto. Muchas gracias por publicarlo. Justamente lo buscaba para un pequeño grupo de formación inicial socialista que estamos armando para un grupo de chicos. Como queremos empezar de 0, la intención es empezar con los textos más sencillos posibles, así leímos el Mercado de Bellamy, y como veo que tienen un trabajo más que importante de formación, quería preguntarles si se les ocurre cuento o literatura breve para recomendarme. Muchas gracias, saludos dsde Buenos Aires, Andrés.

    • Antonio Olivé dijo:

      Buenas tardes Andrés I.,

      gracias a ti por visitar nuestro blog. Obviamente ponemos a tu disposición no solo este texto, si no el resto de materiales que os puedan interesar.

      Por otro lado, felicitarte por poner en marcha un grupo inicial de formación socialista. Según nos indicas, el grupo partiría de un nivel 0 o inicial. Nos faltaría saber la edad de la gente que conforma el grupo, si parten de un nivel de conocimientos generales homogéneos o hay muchas diferencias en el grupo…etc. Está bien empezar con textos sencillos (los participantes pueden trabajarlos individualmente y con posterioridad, realizar una puesta en común o una jornada de trabajo colectiva). No estaría de más que trabajaran textos filosóficos –en el blog se encuentra un apartado dedicado al tema-, para acostumbrarse a la forma y lenguaje de esos textos.

      Por último y en relación a literatura breve, nosotros recomendaríamos El derecho a la pereza (de Paul Lafargue) y el Manifiesto comunista. Otros textos breves pero bastante pedagógicos –en cuanto a la explicación de la acumulación original-, son El gran olvido del sr. Peel y Un cuento sobre El Capital, todos ellos disponibles en nuestro blog.

      Saludos fraternales

  2. Dany dijo:

    Tony, gracias por este folleto. Magnífico. Sensacional.

    Yo pensaba que H.G.Wells era un genial escritor de ciencia ficción (La máquina del tiempo) pero no sabía que también era filósofo y soñador… como yo… ¿como nosotros?

    Muy animosa su visión de la aplicación del socialismo hasta transformar el mundo de oruga a mariposa:

    “Todos los oficios, todas las industrias cambiarán, la medicina se practicará en otras condiciones; las profesiones del ingeniero, del sabio, del actor, del sacerdote, las escuelas, los hoteles, tendrán que experimentar un cambio interno tan completo, como el de una oruga que se vuelve mariposa.”

    Y muy potente su consejo en un grito:

    “Aférrate a la idea simple y esencial del socialismo, que es la abolición de la propiedad privada en todo aquello que no sea lo que un hombre ha ganado o fabricado.”

    Gracias por esta buena lección, Tony. ¿Podríais colgar relatos “ejemplares”, didácticos, en los que la lucha de clases haya dado ventaja al oprimido sobre el opresor? El hermoso mito de David contra Goliat.

    El gran George Orwell describió en “1984” nuestras tres clases básicas como Altos, Medianos y Bajos y cómo cambiamos cabezas pero no sistemas. Y ese esquema parece encajar bien en nuestra larga historia humana, dejando como insignificante nuestro reciente invento de capitalismo /socialismo.

    Bueno, mejor os dejo, no quiero contagiaros la depre. Buenas noches, amigos,

    ¡A por la República!
    Dany

    • tonyoolive dijo:

      Muchísimas gracias por tu comentario, Dany. Nos encanta que nos indiquéis lo que os gusta o no, lo que os resulta útil, aburrido…etc. de los materiales del blog. De hecho, no tendría mucho sentido lo que estamos haciendo si, al otro lado, no hubiera lectores y existiese interacción.

      Sí, Wells además de todo lo que dices, fue también un socialista premarxista (un fabiano) que tomó partido por “los de abajo” y que sufrió en sus propias carnes las dentelladas del capitalismo. Una mirada a su biografía da cuenta de las calamidades padecidas que aparecerán posteriormente reflejadas en alguna de sus obras. Independientemente de lo anterior, las respuestas, las soluciones que ofrece no dejan de ser insuficientes, como las del resto de socialistas utópicos (Fourier, Cabet, Saint Simon).

      En cuanto a lo de relatos ejemplares, ¡qué más nos gustaría a nosotros/as que la Historia estuviera plagada de episodios donde el oprimido aventajara al opresor!. Pero la realidad es otra, y las experiencias donde “los de abajo” solos o en alianza con otras clases hayan podido imponer su programa, son más bien escasos. No obstante, nos ponemos manos a la obra e intentaremos buscar algo.

      De Orwell y su inquietante “1984” nada tengo que añadir.

      Salud y república.
      Antonio Olivé

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