Un cuento sobre el capital

Hola a todas y todos los visitantes de este blog.  A continuación, y como prescripción para quitarnos de encima la astenia capitalista que nos conduce irremediable a un colapso del sistema, nos recetamos una “gragea marxista” en forma de cuento que, además de curioso, es tremendamente instructivo, didáctico.

Esta gragea-cuento forma parte de un tratamiento más amplio elaborado por el doctor (en fiolosofía por la Universitat de Barcelona) Jordi Soler Alomà. Concretamente el tratamiento se llama  “El Capital, de Karl Marx. (Una guía para perplejos)” y toma la forma de archivo pdf de 34 páginas que encontramos en la red (lamentablemente no disponemos de la dirección) y que próximamente intentateremos mostrar. Salud y cuidado con la epidemia capitalista que nos han dicho que es muuuuuuy mala.

UN CUENTO SOBRE EL CAPITAL

Jordi Soler Alomà

Doctor en Filosofía. Universitat de Barcelona

El planeta Ómnium tenía sólo cuatro habitantes. Cada uno poseía una parte del planeta. No tenían necesidades “físicas”, ya que su organismo era un circuito cerrado.

En la parte que habitaba Admetus había unas piedrecitas de color azul, todas de idéntico tamaño y forma, con las que hacía mosaicos en el suelo, lo cual le causaba gran placer estético. Dryads hacía lo mismo, pero con piedrecitas verdes. También hacían otro tanto Nyx, con piedrecitas rojas y Syrinx, con piedrecitas amarillas.

En una ocasión, Admetus soñó que hacía un mosaico con piedrecitas de distintos colores, lo cual le causó una fuerte impresión estética, y se despertó conmocionado. Pensó ¿cómo puedo conseguir piedrecitas de otros colores? Fue a ver a Dryads y le comentó su sueño, que impresionó también a éste. Entonces le pidió piedras de las suyas, de color verde. Dryads le respondió que las tenía que ir a buscar a una cueva, y que ello le llevaría cierto tiempo. Admetus le respondió que podía esperar lo que hiciera falta.

Así que Dryads se fue hacia la cueva, pero por el camino pensó que a él también le gustaría hacer un mosaico de varios colores, y que ya que él le traería piedras a Admetus, éste podría hacer otro tanto. Cuando volvió con una docena de piedras, le dijo a Admetus que quería piedras azules. Admetus estuvo de acuerdo, y le dijo que no tardaría mucho. En media hora estuvo de vuelta con doce piedras azules. Dryads se quedó pensativo. Él había tardado cuatro horas para traer las doce piedras, mientras que Admetus solamente media hora.

Dryads hizo cuentas y le dijo a Admetus que si él obtenía 12 piedras en 30 minutos cada piedra le había requerido 2.5 minutos; mientras que a él, que había tardado 240 minutos, cada piedra le había supuesto 20 minutos. De modo que, en el tiempo en que Dryads tardaba en conseguir una piedra verde, Admetus había conseguido 8 piedras azules. Admetus, apesadumbrado, le dio la razón, y le cambió 8 piedras azules por 1 piedra verde. Se había llevado a cabo la primera transacción económica del planeta Ómnium.

Lo que habían hecho Dryads y Admetus había sido, pues, calcular el valor de sus respectivas piedras en función del tiempo que les había costado conseguirlas. Quedaba establecido, por lo tanto, que:

8 piedras azules = 1 piedra verde

Desde el punto de vista de Admetus, las ocho piedras azules no tenían otro valor que el que hecho de haber invertido cierto tiempo en conseguirlas, mientras que la piedra verde tenía el valor de poder ser usada como elemento innovador en su mosaico: es decir, tenía un valor de uso. En este valor de uso veía Admetus reflejado el valor de sus ocho piedras azules (es decir, el valor de cambio de sus piedras azules se expresaba en el valor de uso de la piedra verde). Esta relación con-fería a la piedra verde la cualidad de ser el equivalente de las ocho piedras azules, es decir, confería a una piedra verde la propiedad de ser directamente inter-cambiable por 8 piedras azules; de ser, por tanto, el espejo donde las piedras azules podían ver la imagen de su valor (de otro modo invisible).

Admetus precisaba, también, piedras de color rojo y de color amarillo para poder terminar el mosaico de su sueño. De modo que visitó a Nyx y a Syrinx, con quienes estableció, respectivamente, que:

                                      4 piedras azules = 1 piedra roja

                                      2 piedras azules = 1 piedra amarilla

Como no tenían, aún, conceptos para referirse a estas nuevas situaciones que se habían creado, llamaron a esta manera de poner las piedras azules en relación con las otras piedras para determinar su valor “forma relativa del valor”, y a la propiedad que tenían las otras piedras de reflejar el valor (de otro modo invisible) de las piedras azules “forma equivalente”. Ahora ya tenían una lista para el valor de las piedras azules:

                                      1 piedra verde

                                      8 piedras azules = 2 piedras rojas

                                      4 piedras amarillas

Llamaron a esta lista “forma desplegada del valor”. Y al anterior procedimiento, para distinguirlo de éste, “forma simple”.

Para simplificar los cambios, ya que ahora todos estaban entusiasmados con sus mosaicos y necesitaban piedras de todos los colores, decidieron que sería más práctico reflejar el valor de las otras piedras en las azules, puesto que tan sólo tenían que invertir el procedimiento que habían usado hasta ahora, de modo que la cosa quedaba así:

                                 1 piedra verde

                                 2 piedras rojas =8 piedras azules

                                 4 piedras amarillas

Así que, a partir de este momento, todas las piedras reflejaban su valor en las piedras azules. Lo que convirtió a las piedras azules en el equivalente universal, de tal modo que cada uno quería acaparar piedras azules para cambiarlas sin ningún problema por las de otros colores. A esta fijación la llamaron “forma dinero”, y las piedras azules empezaron a ser llamadas “dinero”, en vez de piedras azules.

Admetus terminó su mosaico, así que ya no necesitaba más piedras. Sin embargo, los demás aún estaban enfrascados en los suyos. Sucedió que de pronto le entró una pereza monumental, y cuando los otros vinieron a cambiar sus piedras les dijo que ya no tenía en el almacén, pero les propuso un trato: Admetus les permitía entrar en su zona a buscar piedras de color azul pero con dos condiciones. La primera era que lo harían en un horario establecido y la segunda era que depositarían todas las piedras en el almacén de Admetus; éste les daría unos papeles por valor de cierto número de piedras azules; y, como compensación, cada uno de ellos debería hacer una copia de su propio mosaico en la zona de Admetus. Se estableció, también, una cláusula de seguridad: Admetus se podría quedar con la zona del planeta de quien no cumpliera lo pactado. Como los pa-peles de Admetus substituyeron a sus piedras en la función de equivalente, empezaron a ser llamados “dinero” (cuando, en realidad, no eran más que papelitos rectangulares con un número impreso). Al acto de cambiar papeles por piedras lo llamaron “comprar”, y al acto de cambiar piedras por papeles “vender”. El hecho de usar las piedras en el mosaico se llamó “consumo”. El monto de papeles (dinero) que percibían por recolectar piedras recibió el nombre de “salario”.

Admetus se dio cuenta del enorme poder que, sobre los demás, le confería ser el emisor del dinero y el propietario de las piedras azules. Empezó a usarlo para divertirse a costa de los otros. Lo primero que hizo fue comprar todas las piedras amarillas que tenía Syrinx y se las vendió más caras a los otros. Otro tanto hizo con las piedras de los otros colores. Al final, todas las piedras del planeta fueron a parar al almacén de Admetus, el cual las puso en expositores con unos numeritos que indicaban el coste de cada piedra (a ese numerito le llamaron “precio”). Admetus puso unos precios arbitrariamente altos a todas las piedras, al mismo tiempo que bajó los salarios, de modo que a los demás les fue imposible cumplir la cláusula de seguridad, con lo que Admetus se convirtió en el propietario de todo el planeta. Ahora ya lo tenía todo ¿qué más podía querer? Tan sólo le que-daba una pasión: acumular (aunque fuera a costa de someter a los otros a la esclavitud asalariada).

(NOTA: el lector puede imaginar los posteriores desenlaces del cuento.)

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