Sobre la violencia

TERCERA ENTREGA, BLOQUE 7

SOBRE LA VIOLENCIA

Extracto del Me-Ti, Libro de los cambios, de Bertolt Brecht, introducida por Santiago Alba

“Quien tiene derecho a un fin, también lo tiene a los únicos medios que conducen a él”. Esta frase del filósofo idealista alemán Fichte, en la que cualquier marxista podría reconocer un principio para la acción revolucionaria, delimita con sucinta claridad el marco a la luz del cual hay que juzgar el problema de la violencia. La Constitución española, por ejemplo, reconoce el derecho de todos los españoles a ciertos fines (bienestar, honor, salud, etc.); al mismo tiempo que impide la libre disposición de los medios para alcanzarlos (el Estado se asegura de que nadie pueda ganarse la vida si no es por interposición salarial). ¿Violencia legítima? ¿Violencia ilegitima? La violencia mayor se autoletigima; todas las violencias menores (en relación a lo violencia mayor) deben ser legitimadas desde fuera; pero fuera de ellas no existe sino la violencia mayor, contra la que surgen o a la que cuestionan, en resumen, todas las violencias menores son  ilegitimas -y esto solo porque son menores-. La violencia mayor del Estado se legitima moralmente reconociendo ciertos fines; las violencias menores son deslegitimadas moralmente porque tratan de reapropiarse de los medios. El nivel de los fines es aquél en el que el Estado se vuelve moral y en el que toda alusión a los medios se vuelve inmoral. Pero la lucha es siempre una lucha por los medios: y es ahí donde hay que localizar el ejercicio de una violencia siempre renovada que sólo aparece entre líneas en la Constitución.

En efecto, el Estado no consiste en un ejercicio de violencia mayor puramente deportiva; su propósito no es el de una mera práctica de hegemonía narcisista. Ejerce la violencia y reproduce su hegemonía para garantizar, en todo momento, la confiscación de los medios de producción en unas pocas manos. No es que después de proclamar los fines, no pueda asegurar los medios: es que se asegura, más bien que esos medios sean sólo propiedad de pocos y solo puedan ser empleados para producir mercancías o, lo que es lo mismo, capital. Para ello, sólo excepcionalmente los Estados de los centros capitalistas recurrirán a la violencia explícita o, lo que es lo mismo, política; como no hay que repetir todos los días, salvo eucarísticamente, esa violencia expropiación original por la que se me obliga a aceptar mi condición de mercancía, sino que se nace en ella, como se nace en un cuerpo, la violencia ha acabado por constituir mi identidad y el mercado mi naturaleza. Solo en los países subdesarrollados, la violencia del Estado sigue siendo extraeconómica y, en consecuencia, explícita: allí todavía hay que hacer entrar a los hombres en el mercado a patadas (y las cárceles son muy claramente su contra-espacio: el almacén del excedente humano).

Lo violencia capitalista, pues, no es el resultado de una conspiración de malas intenciones, de ambiciones ilimitadas, de crueldades individuales que, tras haber prestado su servicio a la Historia, se mantendrían hoy (en Occidente) en el silencio, a la espera de un estado de excepción.  Malas intenciones habrá probablemente siempre, dispuestas a servir a cualquier violencia hegemónica. Pero la violencia del capitalismo es una violencia presente y estructural, ejercida sobre todos nosotros incluso cuando el patrón nos invita a un café, la policía se limita a miramos y los políticos no se enriquecen. Frente a esa violencia mayor estructural, toda otra violencia es menor, y secundaria; es una respuesta. Esa respuesta, en cualquier caso, tiene siempre una dimensión individual, al contrario que la violencia estructural que es su causa; hay que elegirla, y es probablemente la única verdadera elección que permite, en algunos casos,  la violencia mayor capitalista. De ahí, en cualquier caso, que esa respuesta pueda ser juzgada desde una aparente objetividad moral, y pueda ser reprimida con facilidad desde la hegemonía armada del Estado.

La violencia, pues, es presente, y estructural. Al situar desde el principia la cuestión en términos de lucha, la intervención del marxismo en el mundo sólo puede ser un combate: combate de la mirada (ese arrancar conocimientos a lo que Althusser llama el “macizo ideológico”) y combate, cuando sea necesario, de las manos. Así, las respuestas electivas a la violencia estructural se diversificarán no menos que el ejercicio de la violencia mayor del Estado en el cuadro de una economía-mundo que distingue  distintos lugares económicos y distintas formas de intervención. En todo caso, si puede haber razones estratégicas para dar prioridad a la mirada sobre las manos, no puede haber ninguna razón moral para rechazar ningún tipo de respuesta. El pacifismo puede ser antropológicamente más sano y muy amable; pero si una intervención es política en la medida en que ilumina el espacio donde se deciden las cosas, el pacifismo no puede ser político y, en consecuencia, no puede ser ni marxista ni de izquierdas. De la misma manera, la condena moral de toda forma de violencia, venga de donde venga, siempre y cuando pueda localizarse una responsabilidad individual, plantea la cuestión en el nivel de los fines, y no en el de los medios, que es el nivel en el que toda violencia es ejercida, y constituye únicamente un embrague ideológico para la violencia mayor capitalista, estructura y presente, que los Estados legitiman y garantizan.

 

Ofrecemos a continuación una selección de textos de una obra del poeta y dramaturgo alemán Bertold Brecht. Escrita en 1.937, El Libro de los cambios imita los tratados de taoísmo chino, a base de parábolas y sentencias, para exponer de un modo sencillo y eficaz, a veces también brutal, algunos principios prácticos del marxismo. Téngase en cuenta en cualquier caso la fecha de producción de estos textos: un momento en que el capitalismo exhibía una violencia explicita y en el que el combate de las manos, en consecuencia, tenía prioridad sobre el combate de la mirada. Sus reflexiones no esclarecen, sin duda, cuestiones de estrategia revolucionaria a las que hoy, en todo caso, solo se puede responder con una gran paciencia, pero contribuyen -lo que no es poco- a desvanecer todas las majaderías moralistas que caracterizan por lo general, incluso desde la izquierda, el tratamiento de este problema. Una concepción moral de la violencia es ilusoria porque olvido precisamente que la violencia es un lugar en el que estamos siempre por anticipado y que ese lugar se llama expropiación capitalista de los medios para alcanzar -como quiere la Constitución- el bienestar, el honor, la salud. Esa es la violencia y sólo puede definirse en términos morales si se habla, como la teología de la liberación, de un “pecado estructural”, lo que es sin duda una contradicción en los términos, aún si retóricamente muy eficaz. Si el capitalismo es un ciclón, de nada sirve condenarlo moralmente, como hizo con el huracán que había asolado sus tierras el parlamento de una pequeña isla de la Melanesia. De lo que se trata es de impedir que sople.

Existe una edición es español de El Libro de los cambios en Alianza Editorial, colección de bolsillo. Los textos que ofrecemos han sido traducidos, sin embargo, de la edición italiana de Einaudi, 1.978.

DIFICULTADES PARA RECONOCER LA VIOLENCIA

 Muchos están hoy dispuestos a combatir la violencia ejercida contra los desvalidos. Pero, ¿saben acaso reconocer la violencia?

 Algunos actos de violencia son fáciles de reconocer. Cuando se pisotea a los hombres por la forma de su nariz o por el color de sus cabellos, la violencia es evidente para casi todos. Asimismo, cuando se recluye a los hombres en cárceles asfixiantes se ve con claridad la violencia de esta operación.

 Pero vemos por todas partes hombres que se nos ofrecen tan desfigurados como si hubiesen sido azotados por vergas de acero, hombres que a los treinta años parecen ya ancianos, y sin embargo ninguna violencia es visible. Hombres que habitan años y años en cuchitriles no más confortables que las prisiones, y de las que hay tantas posibilidades de salir como las hay de salir de una prisión. Cierto que delante de estas puertas no hay carceleros.

 Aquellos a los que se inflige tal violencia son infinitamente más numerosos que aquellos a los que, todos los días, se azota o se arroja en prisión.

NINGÚN PAIS DEBERÍA TENER NECESIDAD DE UNA PARTICULAR MORALIDAD

 (…) Así sucede con la moralidad. El pan y la leche son caros y el trabajo rinde poco o no hay. Entonces los pobres deberían revelar una moral particular no robar. En tales situaciones se oye decir que los pudientes están a favor de la moralidad y no roban e incluso persiguen a aquellos de su propio círculo que han robado. ¿No están, pues, a favor de la moralidad? ¡Pero si persiguen a los que han robado! No, no debe decirse que están a favor de la moralidad, pues cada situación tiene sus particulares imperativos morales que deben ser observados por encima de cualquier otro y que pueden dejar fuera de  la circulación cualquier otro imperativo igualmente válido pero que en este caso impediría la observancia de los primeros. Y en una situación como la que hemos descrito sólo puede decirse a favor de la moralidad aquél que obra para que no sea necesaria ninguna particular moralidad… (…).

 Sea dicho de un modo general: todo país en el que es necesaria una particular moralidad está mal administrado.

INTERROGATORIO DEL HOMBRE BUENO

Acércate: hemos oído decir

que eres un hombre bueno.

No eres venal, pero el rayo

que se abate sobre la casa no es

tampoco venal.

La palabra dicha, la mantienes.

¿Qué has dicho?

Eres sincero, dices tu opinión.

¿Qué opinión?

Eres valiente.

¿Contra quién?

Eres prudente.

¿A favor de quién?

No obras en propio beneficio.

¿En beneficio de quién, entonces?

Eres un buen amigo.

¿Amigo de buena gente?

Escucha: sabemos

que eres nuestro enemigo. Por eso ahora te queremos

mandar al paredón. Pero en consideración a tus meritos

y buenas cualidades

la pared será buena, y te fusilaremos

con buenas balas de buenos fusiles y te sepultaremos con

una buena pala en tierra buena.

MUCHAS FORMAS DE MATAR

 Hay muchas formas de matar. Se puede clavar al otro un cuchillo en el vientre, quitarle el pan, no curarlo de una enfermedad, confinarlo en una casa inhabitable, masacrarlo de trabajo, empujarlo al suicidio, obligarle a ir a la guerra, etc. Sólo pocas de estas formas de matar están prohibidas en nuestro Estado.

SOBRE EL EGOISMO

 Yang- chu enseñaba: cuando se dice que el egoísmo es malo, se piensa en ciertas condiciones  del Estado en el que tiene malas consecuencias. Yo llamo malas a tales condiciones del Estado.

 Cuando los comerciantes venden alimentos corrompidos y pueden pedir altos precios; cuando se puede constreñir a los desposeídos  a trabajar duramente a cambio de muy poco; cuando se obtienen beneficios manteniendo los descubrimientos e invenciones lejos de los hombres; cuando se puede mantener a los miembros de una familia en situación de dependencia; cuando se puede obtener alguna cosa con la violencia; cuando el engaño rinde; cuando los maquiavelos llevan ventaja; cuando la justicia siempre está en desventaja; es entonces cuando se es egoísta. Si no se quiere padecer el egoísmo es necesario, en lugar de hablar contra él, crear un estado de cosas en que no sea necesario.

 Hablar contra el egoísmo significa a menudo querer mantener un estado de cosas que hace posible o incluso necesario el egoísmo. (Si hay demasiada gente y poca comida, o bien mueren todos de hambre o algunos quedan con vida, pero entonces los supervivientes han obrado de un modo egoísta).

 El amor a uno mismo sólo puede condenarse cuando se dirige contra otros. En cambio, puede ser más condenable la falta de amor a uno mismo. Las malas situaciones derivan tanto del amor a sí mismos de unos como de la falta de amor a sí mismos de otros. Quien no se ama lo suficiente; quien no se procura los medios que lo vuelven amable; las mujeres que no se procuran el jabón para lavarse; los hombres que no se procuran los medios para instruirse; quien no lucha por proporcionarse los cuidados que le permitan no quedarse acurrucado en un rincón porque tiene la roña, éstos apestan la comunidad con su sombría presencia.

 Quien se conforma con vivir en un agujero húmedo, se deja curvar precozmente la espina dorsal por las fatigas cotidianas, o está dispuesto a saber poco – éste confiere a la comunidad un aspecto no menos bárbaro que el que le asigna el agujero húmedo para que viva en él, le curva la espina dorsal o le mantiene lejos del saber.

 Si se quiere tener un amor de sí que no se vuelva contra los otros, es necesario tratar de obtener una situación que genere un justo amor de sí. Los que viven en esta situación ayudarán a generalizarla.

SER INJUSTO Y PADECER INJUSTICIA

 Más importante que insistir en lo equivocado de cometer injusticias, es insistir en lo equivocado de soportar injusticias. Sólo unos pocos tienen ocasión de cometer injusticias, muchos en cambio de soportarlas. La piedad hacia los otros que no es piedad hacia uno mismo hay que considerarla menos apreciable que la piedad hacia uno mismo que es, al mismo tiempo, piedad hacia los otros.

CONDENA DE LAS DOCTRINAS ETICAS

 Sobre la famosa frase “ama a tu prójimo como a ti mismo”, Me- ti dijo en una ocasión: si los trabajadores hacen esto no abolirán jamás un estado de cosas en que sólo se puede amar al prójimo si uno no se ama a sí mismo.

 A los trabajadores sus explotadores les predican siempre moralidad: Los predicadores les exhortan a la moralidad, la situación a la inmoralidad. Pero en la lucha contra sus opresores transpiran moralidad por todos sus poros.

SOBRE LOS EJERCICIOS FÍSICOS

 Los tejedores di Sen se cultivaban con gran celo los ejercicios físicos. Me- ti les dijo: me dicen que vuestros patrones han hecho fabricar vuestros telares de tal forma que, a fuerza de tejer, vuestro brazo derecho se vuelve musculoso mientras el derecho permanece flaco y débil. Para combatir esta deformación empleáis vuestro tiempo en hacer ejercicios físicos. Este trabajo que os tomáis en eliminar los efectos del trabajo no se os paga, por supuesto, y es por lo demás, totalmente improductivo. Os propongo darle un mayor sentido haciendo vuestros ejercicios libres de cuerpo y con las armas. ¿No se habrá acaso debilitado también vuestro ojo, y no mejorará adiestrándolo en la mira del fusil? Anudar cuerdas, además, hace más agiles las manos. Y nada es más necesario para vuestras espaldas que saber arrastrarse bajo un carro de combate. Mediante la práctica de deportes apropiados no desaparecerán sólo vuestras deformaciones, sino también las  deformaciones de vuestras máquinas.

MI-EN-LEH DECIA: CONVIENE SER TAN RADICALES COMO LA PROPIA REALIDAD.

Mi- en- Leh insistía siempre sobre la radicalidad y la audacia subversiva de los dominadores. Fíjate – decía- cuántos riesgos afrontan, como infringen todas las convenciones y abandonan sus más sagrados bienes, como no hacen cálculos mezquinos cuando se trata de sacrificarse para obtener beneficios o contener perdidas. Aprended de ellos cómo hay que dominar.

EL PAIS QUE NO NECESITA VIRTUDES PARTICULARES.

 Un país en que el pueblo se puede administrar a sí mismo no tiene necesidad de dirigentes particularmente brillantes. Un país en que no se puede oprimir no tiene necesidad de un particular amor a la libertad. No teniendo que padecer injusticia, no se desarrollará en e1 un particular sentido de la justicia. Si la guerra no es necesaria, no lo es tampoco el valor. Si las instituciones son buenas, el hombre no debe ser particularmente bueno. Pero entonces, es cierto, se le ofrece la posibilidad  de serlo. Puede ser libre, justo y virtuoso sin que ni él ni los otros sufran por ello.

SOBRE EL HECHO DE MATAR

 Los clásicos no establecieron normas que prohibieran matar. Eran los más compasivos de todos los hombres,  pero veían frente a si enemigos de la humanidad a los que no se podía derrotar mediante la persuasión. La entera meditación de los clásicos estaba dirigida a crear situaciones en las que matar no pudiese proporcionar ninguna ventaja a nadie. Luchaban contra la violencia que golpea y contra la violencia que impide e1 movimiento. No dudaban en contraponer violencia a la violencia.

LA COLERA ANTE LA INJUSTICIA

 Me-ti dijo a Lai-tu: te falta cólera ante la injusticia. Sin cólera ante la injusticia no se puede ser un verdadero adepto del Gran Orden. La cólera ante la injusticia es más que la pura condena de la injusticia o que el miedo a participar en ella. Quien no es capaz de encolerizarse ante la injusticia de que ha sido víctima, muy difícilmente podrá luchar. Quien no es capaz de encolerizarse ante la injusticia infligida a otro, no podrá luchar por el Gran Orden. Y la cólera no debe ser una cólera que estalla rápidamente, una cólera impotente, sino más bien una cólera duradera, que sabe escoger sus instrumentos justos. Mi-en-leh y Ka-meh no han obrado propiamente en estado de cólera, pero no habrían obrado jamás como lo han hecho si no hubiesen sentido cólera ante la injusticia.

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2 respuestas a Sobre la violencia

  1. Mario dijo:

    Muchas gracias, muy buena aportación. Tan solo me gustaría preguntar al autor del post sobre un punto, ya que estoy elaborando un trabajo relacionado con el tema y la frase inicial de Fitche me sirve de gran ayuda para describir una tesis: cuál es el origen de tal frase? he buscado su origen y no lo encuentro.
    Gracias.
    Mario

    • Antonio Olivé dijo:

      Muchas gracias a ti y a todos los que nos visitan y nos reportan su ánimo. Lamentablemente hemos estado investigando el origen de la frase atribuida a Fichte y no la hemos encontrado. El autor de la entrada es Santiago Alba Rico. Intentaremos contactar con él y darte una solución.

      Saludos fraternales,
      Antonio Olivé

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