La cuenta pendiente del sindicalismo

Señoras y señores, dejen sus quehaceres domésticos, la lectura del Quore, Marca, As o similares (si son ávidos lectores) o apaguen el maldito receptor de televisión.

Lo que viene a continuación (en el Taller original, tercera entrega, bloque 5), el escrito de Carlos Fernández Liria, puede provocar efectos secundarios, pero en ningún caso se ha registrado indiferencia. Sin más palabrería,

 

 

LA CUENTA PENDIENTE DEL SINDICALISMO

Texto de Carlos Fernández Liria

 

Se habla a menudo de las cuentas pendientes de la reivindicación sindical. Hoy más que nunca podemos plantear esta cuestión, puesto que desde hace una década las luchas obreras parecen haber entrado tan en crisis como el sistema económico que pretendían combatir, hasta el punto de que muchos dan la impresión de haber olvidado incluso que la clase obrera existió y existe todavía. Ser obrero parece ser casi un accidente, una situación momentánea provisional (tanto más cuanto que la amenaza del paro ha transformado lo que antes era una condición en un privilegio). Los trabajadores contemplan su propia situación -un mundo de trabajadores- trasladada y sublimada por las series de televisión al Más Allá de la sociedad soviética, mientras se imaginan vivir en un mundo libre en el que curiosamente los obreros son invisibles -el sr. Colby, por ejemplo, habla tan alegremente de lo que él produce que uno se pregunta si en sus empresas hay o no otros trabajadores que él mismo y sus abogados.

 

Esta volatización imaginaria de la clase obrera responde, sin embargo, a una realidad: las clases sociales se constituyen en la lucha de clases y es así que el olvido de su lucha supone el olvido de la existencia de la propia clase social. Pero, a mi me hace mucha gracia cuando se habla de lucha de clases como si tal concepto viniera a iluminar tinieblas teóricas, en lugar de ser un problema teórico necesitado de respuesta. ¿Qué es esa lucha? ¿Qué puede pretender? ¿En qué y cómo coincide con la reivindicación sindical?  Hablando de las cuentas pendientes del sindicalismo, es preciso recordar una cuenta pendiente primordial que el movimiento sindical arrastra sin resolver desde tiempos de Marx: un arreglo de cuentas TEÓRICO capaz de decidir en qué puede consistir una acción obrera en el seno de la lucha de clases.

 

Puesto que las clases se constituyen en la lucha, no existe posibilidad teórica de considerar al obrero  como un sujeto capaz de intervenir en esa lucha. Ocurre en este caso un fenómeno que al que la psiquiatría está muy acostumbrada: cuando un sujeto neurótico actúa, incluso cuando un neurótico se esfuerza en combatir su neurosis, no es posible encontrar en ello sino la consolidación de aquello en lo que su neurosis consiste, hasta el punto de que puede afirmarse que el sujeto en cuestión no está constituido sino por las propias estrategias con las que se  autocombate. Parece ser ésta una maldición universal de la subjetividad: todo sujeto no logra expresar, no logra hablar sino la gramática que le constituye y le habla. Todo yo está  malditamente destinado a reencontrarse en todo lo que él ha intentado; incluso en la huida, incluso en la fuga, el mal inicial nos espera al final del camino. Pero no hace falta romperse la cabeza con disquisiciones abstractas ni metafóricas: todos podemos contemplar cómo hace ya mucho que la clase obrera ha aprendido que su bienestar depende del mismo destino que la salud económica de sus empresas. Que, por tanto, la lucha que constituye al obrero es la misma, que constituye al capital, y que en su situación de absoluta dependencia del capital, la suerte de las clases trabajadoras coincide por entero con la suerte del empresario privado. La propia derechización del PSOE depende, como es notorio, de este descubrimiento inevitable, y no de un mero cambio de chaqueta a traición de ciertos oportunistas sin escrúpulos. Los políticos no pueden sino proponer o condenar lo-que-ya-siempre-ha-sucedido-de-antemano y, por poner un ejemplo, una lucha sindical contra el paro, no haciendo sino poner impedimentos y dificultades extras a la valorización del capital privado, no puede en definitiva sino crear más paro aún entre aquellos que dependen a vida a muerte de la suerte de esa valorización.

 

Sin embargo, nosotros no somos tan sólo sujetos del capital. Lo somos en tanto que obreros, pero es que no somos sólo obreros. No precisamente porque además seamos, como diría Sartre, “personas”, “libertad”,  pues es cosa decidida que el concepto de obrero incluye también el concepto de persona y de libertad: la libertad de aceptar un trabajo y sobrevivir como obrero, o de no aceptarlo y sobrevivir como parado. No; además somos sujetos de las supervivencias de otros modos de producción, como el feudal, somos sujeto físicos, sujetos a las leyes de la physis, cuando caemos desde un quinto piso, somos sujetos científicos, sujetos al principio de no contradicción, cuando razonamos, somos sujetos de la experiencia, sujetos de la percepción -que se define precisamente como sujeción a un ver lo que se ve- sujetos en el lenguaje, sujetos en el amor -“esclavizados al deseo, ese amo loco y tirano” (Sófoc1es)-, sujetos, Edipos, en la estructura  familiar, sujetos de la poesía con esa sumisión que permite al artista inmolarse en favor de su obra, sujetos, en fin, de tantas otras cosas más. Marx decía en el prólogo de El Capital que e1 no se había ocupado del capitalista y del terrateniente como personas sino como personificación de categorías económicas. No es que Marx quiera tratarles así, es que el modo de producción capitalista los trata así. Pero si el capital los trata así: si puede tratarles así, es porque los capitalistas, como los obreros, son otra cosa que capital y fuerza de trabajo: que el capital no es la única apertura en la que el ser se determina. El capital domina, el capital se impone, en una multitud de leyes, en una multitud de luces, de realidades y de resistencias que no se derivan del capital.

 

Y son precisamente esas leyes, esas realidades, esas luces, las únicas que pueden luchar –incluso cuando se lucha a punta de bayoneta- contra el capital y contra la dominación a las que éste pretende someterlas. Es por algo más que por una hipóstasis metafórica por lo que ha podido identificarse la revolución. Con la Poesía, con la Libertad, con la Verdad, como si tales realidades inteligibles fueran las verdaderas autoras de la Historia. Es siempre la fuerza de la poesía, la fuerza de lo científico, la fuerza del amor o del deseo, la fuerza de la música, la que exige un lugar en la revelación general del ser, abriéndose camino contra otros desvelamientos del ser que las ignoran o subyugan. Lo característico de esta fuerza de lo ajeno al capital es precisamente su capacidad de situarse en otro tipo de subjetividad que la que el capital constituye, e incluso más allá de todo tipo de subjetividad –el matemático, por ejemplo, es en este sentido psiquiátricamente esquizofrénico, pues las matemáticas no entienden los pronombres personales-. El capital nos interpela como sujetos libres, en tanto que obreros o empresarios, interrogándonos como personas con un nombre propio, y sabemos por ello que toda palabra y toda acción que se pretenda nuestra no será sino una nueva metáfora del poder con la que el capital nos constituye. Ningún sujeto puede luchar contra el discurso en el cual él mismo esta constreñido a reconocerse: un discurso que es la gramática de su propio lenguaje, un discurso, por consiguiente, en el que la rebeldía es función y la desesperación es también plenitud y felicidad. Al igual que los esfuerzos de un sujeto neurótico se desvelan como estrategias de reproducción de su neurosis, del mismo modo, la mera lucha sindical de los obreros, por si sola, jamás hace otra cosa que perpetuar el discurso por el que la clase obrera existe -en una situación, por demás, de absoluta dependencia respecto de las necesidades de valorización de su empresa-. Lo diré más bruscamente: no existe ni puede existir ninguna lucha obrera que sea lucha y sea, a la vez, obrera.

 

Para los más aprensivos recordaré un texto de Marx obtenido en La lucha de clases en Francia:

 

“Marche, un obrero, dicto el decreto por e1 que el Gobierno Provisional que acababa de formarse se obligaba a asegurar la existencia de los obreros por el  trabajo,  a procurar trabajo a todos los ciudadanos, etc. Y cuando,  pocos días después, el Gobierno Provisional olvido sus promesas y parecía haber perdido de vista al proletariado, una masa de 20.000 obreros marchó hacia el Hotel de la Ville a los gritos de ¡Organización del trabajo! ¡Queremos un ministerio propio del trabajo! A regañadientes,  y tras largos debates, el Gobierno Provisional nombró una Comisión especial encargada de encontrar (!) los medios para mejorar la situación de las clases trabajadoras”.  El comentario de Marx no dejará de sorprender a sus intérpretes obreristas: “¡Organización del trabajo! Pero el trabajo asalariado es ya la organización del trabajo existente, la organización burguesa del trabajo. Sin él no hay capital, ni hay burguesía, ni hay sociedad burguesa. ¡Un ministerio propio del trabajo! ¿Es que los ministerios de Hacienda, de Comercio, de Obras Públicas, no son ya los ministerios burgueses del trabajo? Junto a ellos, un ministerio proletario (!) del trabajo tenía que ser necesariamente el ministerio de la impotencia, el ministerio de los piadosos deseos”. Marx comprendió muy bien que la mera lucha sindical por la dignificación de las condiciones proletarias no era sino un aspecto más del orden mismo en el que el capital consiste. Comprendió muy bien que la lucha obrera contra el capital tenía que ser ante todo una lucha contra la clase obrera, una lucha contra la existencia de la clase obrera. Ninguna lucha obrera puede ser revolucionaria. Es lo que deberían tener en consideración todos aquellos que hoy en día no cesan de barajar las más fantásticas hipótesis con el fin de explicar “el actual  relajamiento de las luchas obreras”, como ellos lo llaman. Lo único que ha ocurrido es que los sujetos-obreros han aprendido poco a poco a reconocer que la necesidad de beneficio de su empresa coincide con su propia necesidad de no quedar en paro, y que, por consiguiente, capitalistas y obreros están comprometidos en un único discurso común.

 

El único sujeto-revolucionario posible es, pues, el sujeto-suicida, y su labor revolucionaria, no por casualidad, coincide con la definición platónica de la filosofía; aprender a morir. Un aprender a morir del sujeto en el discurso que le ha constituido, un aprender a morir que es siempre nacimiento a otra apertura del ser, y, si se quiere, sujeción a otra disciplina, a otra palabra, a otro discurso. Por poner el caso: sean cuales sean las leyes de la neurosis obsesiva, por mucho que las intenciones de curación del neurótico no sean sino una estrategia larvada más de su obsesión, siempre quedará el razonamiento, tan sólo siervo del principio de no contradicción, a salvo de cualquier trampa psíquica y de cualquier astucia neurótica. Sean cuales sean tos trucos autojustificativos del lleno ideológico, por mucho que pueda afirmarse que no hay sino una Única ideología, la ideología dominante, siempre quedará el recurso al concepto científico, el recurso a esa puesta entre paréntesis (“epoje”) científica que nos sitúa allí donde nuestra palabra ya no es la palabra del poder precisamente porque estamos seguros de que ya no es nuestra palabra.

 

Tan cierto como que el matemático “aprende a morir” en sus teoremas, es cierto que el poeta desaparece en su poesía, el escritor en su novela, el pintor en su cuadro, el músico en su sinfonía; del mismo modo que es cierto también que el ojo se pierde a veces en el paisaje cuando éste aparece iluminado por la belleza y no ya por el jornal que nos tienen prometido.

No hay ni puede haber sujeto revolucionario. Si alguna fuerza revolucionaria existe será la fuerza de la ~ Poesía, la fuerza del Amor, la fuerza de la Ciencia, la Experiencia, el Arte o la Belleza, y la violencia con que en ocasiones son capaces de responder a la violencia que sanguinariamente las domina.

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2 respuestas a La cuenta pendiente del sindicalismo

  1. Marxiaquelo dijo:

    “No hay ni puede haber sujeto revolucionario. Si alguna fuerza revolucionaria existe será la fuerza de la ~ Poesía, la fuerza del Amor, la fuerza de la Ciencia, la Experiencia, el Arte o la Belleza, y la violencia con que en ocasiones son capaces de responder a la violencia que sanguinariamente las domina.”

    Este texo, tiene una enorme fuerza retórica, sobre todo para gente a la que le gusta la filosofía, pero si nos atenemos al sentido literal de las palabras todo el halo místico en que nos permite reconocernos se desvanece porque; ¿la fuerza del Amor, la fuerza de la Belleza, la fuerza de la Poesía? ¿Qué fuerzas son esas? ¿La fuerza del Bien contra la fuerza del Mal…?, ¿no parece todo esto como un cuento de Hadas?. Aquí el Amor, la Ciencia, el Arte, son considerados como fuerzas místicas sobrenaturales, y no como lo que son, objetos constituidos históricamente que bien pueden contribuir a la perpetuación de una relación de dominio o bien no. No existe el Amor, la Ciencia, la Experiencia, o la Belleza, sino las constituciones concretas de esos discursos a partir de relaciones históricas muy concretas. El final del texto debería ser coherente consigo mismo y proclamar que la revolución solo puede ser obra del Amor universal que haga por fin darse la mano a patronos y obreros.
    Olvida Liria que la única fuerza que puede derribar al capitalismo es la constituida por la clase obrera, y que solo puede hacerlo en la medida que es consciente de sí misma, de su situación de dominación, y por lo tanto, en tanto que se constituye como sujeto. Porque en nombre de la ciencia y del arte o de la moral, las relaciones de dominación pueden pasar perfectamente ocultas, es más, el capitalismo puede proclamarse a sí mismo como adalid de todas ellas.

    Mi conclusión, Liria es un idealista que bien haría en leer a Maquiavelo o a Spinoza.

    • tonyoolive dijo:

      Muy buenas amigo Marxiaquelo. Gracias por visitar este blog y gracias por tu aportación.

      Coincido contigo en el sentido de que la filosofía tradicionalmente se ha dotado de un discurso difícil, oscuro, cerrado. Una especie de jerga impenetrable para incautos neófitos y código para una reducida secta de iluminados. No es anecdótico que en el friso de la Acedemia se invitará a no entrar al que no supiese matemática. Esa crítica se puede extender a la mayoría de textos de Liria que hemos “colgado” en el blog y que corresponden a partes del Taller que se denominan “Textos filosóficos” (y todos ellos tienen el mismo lenguaje, con concepto tales como lo Bello, la Virtud, el Ser, el Ente…).

      En lo que ya no coincido contigo es en la última parte de tu aportación. En defensa de Carlos F. Liria (si es que necesita alguna), creo que tal vez sólo hayas leido este artículo y desconozcas el resto de trabajos disponibles. Si es así, te recomiendo la lectura del “Dejar de Pensar” y “Volver a Pensar” (disponibles en el blog). A Carlos, como al resto, se le podrán sacar muchas aristas, pero no la de ser un idealista ni desconocer la necesidad del paso “de clase en si” a “clase para si” del proletariado con la toma de consciencia de lo que es históricamente.

      Un saludo

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