ESPERANZA Y DECEPCIÓN, A LOS CIENTO CINCUENTA AÑOS DEL MANIFIESTO COMUNISTA

En 1998 se conmemoró el 150 Aniversario de la publicación del Manifiesto Comunista. Dentro del maremagnun de congresos, talleres, escritos y demás aparecidos pare conmemorar la efemeride, nosotros destacaremos las jornadas internacionales que organizó la Fundación José Díaz (esto es, la sección andaluza de la FIM). A continuación, la conferencia de apertura a cargo del historiador Josep Fontana:

ESPERANZA Y DECEPCIÓN, A LOS CIENTO CINCUENTA AÑOS DEL MANIFIESTO COMUNISTA

Hoy, a los ciento cincuenta años de su publicación, el Manifiesto Comunista se nos aparece como el testimonio de una gran decepción y de una gran esperanza. Déjenme que glose esta afirmación con la que he comenzado en dos sentidos distintos. Primero, como consecuencia de un análisis de las circunstancias históricas en que se produjo su aparición; después, en cuanto se refiere a nuestra relación personal con el Manifiesto, a nuestra propia experiencia vivida.

Hablemos, primero, de su historia. En junio de 1847 se había constituido en Londres la “Liga de los comunistas”, heredera de una asociación anterior, la “Liga de los justos”, que, abandonando su viejo lema de “Todos los hombres son hermanos”, adoptaba ahora el de “Proletarios de todos los países, uníos”. En los meses siguientes, en medio de una actividad política e intelectual febril, Marx y Engels habían de realizar la tarea, que la Liga les había encomendado, de redactar un programa, y decidieron que no había de ser una simple “profesión de fe”, sino un manifiesto razonado. Sobre la base de materiales reunidos por ambos, Marx elaboró a fines de 1847 el texto del Manifiesto del partido comunista.

Ello sucedía por los mismos momentos en que la revolución de 1848 se había iniciado en París, donde se había proclamado ya la república y se estableció un gobierno provisional del que formaba parte un socialista, Louis Blanc, que puso en marcha la comisión del Luxembourg, una entidad encargada de investigar las condiciones de trabajo, de proponer reformas (como la jornada de diez horas en París y de doce en las provincias) y de arbitrar los conflictos laborales, a la vez que se creaban los “Talleres nacionales”, en los que se esperaba ofrecer trabajo a los 120.000 parados que había entonces.

El Manifiesto, obra de hombres que conocían bien la situación europea, había acertado plenamente al intuir que se aproximaba un gran conflicto. La revolución liquidaría rápidamente a dos de los enemigos citados en la introducción –Guizot y Metternich—y pondría en serios apuros a los otros dos, el papa y el zar.

Pero en sus previsiones Marx y Engels habían tomado tan sólo en cuenta una dimensión del choque que se anunciaba, la del enfrentamiento entre burgueses y proletarios, y lo que acabó estallando en la Europa de 1848 fue mucho más que esto: fue una revolución plural y ambigua que surgía como consecuencia de todas las esperanzas frustradas de los años de la Revolución, de todos los errores acumulados por la Restauración, del malestar engendrado por el desarrollo del capitalismo en su triple vertiente de explotación de los trabajadores industriales, de crisis del viejo sector artesanal y de dificultad por parte de los campesinos para adaptarse a las transformaciones de la llamada segunda revolución agrícola.

La crisis económica generalizó el malestar. Eran los “años cuarenta hambrientos” de Inglaterra, donde los tejedores manuales moría literalmente de hambre, los tiempos de la revuelta de los tejedores de Silesia, que inspiraría a Heine el grito de protesta en que los tejedores lanzaban su triple maldición: a Dios que se había burlado de sus necesidades, al rey de los ricos que había mandado que se disparase contra ellos como si fuesen perros y a Alemania, esa falsa patria donde tan solo florecían la vergüenza y la desgracia, donde toda flor se marchitaba enseguida y donde reinaba la putrefacción. Pero había también, al lado de esto, aunque Marx y Engels no podían percibirlo bien desde su observatorio urbano, el malestar campesino contra los restos del feudalismo, que resultaban especialmente opresivos en la Europa central y oriental, y que explica que los enfrentamientos entre señores y campesinos fuesen mucho más importantes en estos años que los que se produjeron entre burgueses y proletarios. Y había aún, además, el rechazo de la dominación austríaca por parte de italianos, húngaros y checos, o las aspiraciones de democracia y de unión nacional de los alemanes.

El elemento desencadenante, la chispa que hizo estallar el conjunto de estos agravios sociales acumulados, fue la ruina d las cosechas de 1845 a 1847, que agravó las dificultades latentes en la economía europea. El fracaso de la cosecha de patatas, de la que dependía en buena medida la alimentación popular se extendió por toda Europa: subieron los precios de los alimentos y hubo motines de subsistencias por todas partes. Del campo, donde se había iniciado, la crisis se extendería a la industria, a los ferrocarriles y hasta al mismo sector financiero, como consecuencia de las quiebras de empresas que no podían hacer frente a sus deudas y que arrastraban a los bancos que les habían concedido crédito, lo que provocó a su vez el hundimiento de las bolsas.

Nadie podía haber previsto un escenario tan complejo. No lo previeron el zar ni el Papa, Guizot ni Metternich, a quienes la revolución tomó por sorpresa. Y, lógicamente, no lo habían previsto Marx y Engels. Si el inicio de la revolución de París, con las primeras medidas obreristas, parecía entrar en las líneas de su análisis, la suma de los diversos estallidos lo desbordó por completo.

El Manifiesto, redactado con anterioridad al estallido de 1848, contenía una denuncia de la sociedad capitalista, un programa para la lucha a corto plazo y otro, a largo plazo, que era el del establecimiento de la sociedad comunista. El programa de actuación a corto plazo incluía las alianzas en Francia con el partido democrático-socialista de Blanc, en Polonia con quienes sostenían que la revolución agraria era una condición de la emancipación nacional y en Alemania con la burguesía, en tanto ésta actuase de manera revolucionaria, luchando con ella contra la monarquía absoluta, la gran propiedad feudal y la pequeña burguesía.

Nada de esto pudo ponerse en práctica porque el súbito estallido de la revolución lo impidió, de modo que no podemos saber si tales alianzas eran posibles, aunque en algún caso parezca más que dudoso. La diversidad de las protestas que se sumaron llevó a que faltara un objetivo unitario, y ello mismo facilitó que se pudiera dividir y neutralizar a los que las formulaban. Al cabo de un año, en la primavera y el verano de 1849, el gran terror que había conmocionado Europa entera estaba completamente dominado.

Paradójicamente, la gran vencedora de estos movimientos había sido la burguesía. Se eliminaron los restos del feudalismo y se asentaron establemente parlamentos elegidos por sufragio censitario que daban el predominio político a los propietarios, esto es, a los burgueses. Quienes esperaban que 1848 fuese el segundo acto de 1789, un segundo acto que debía llevar la revolución más allá, hacia conquistas de democracia popular, se equivocaron: fue, por el contrario, el final lógico y coherente de 1789, que completó la toma del poder por parte de la burguesía, mientras los trabajadores seguían siendo víctimas de las mismas ilusiones que llevaron a Louis Blanc al fracaso.

Nadie ha analizado más agudamente esta situación que Walter Benjamin, cuando denunciaba “la ilusión que sostenía que la tarea de la revolución proletaria sería la de acabar la obra de 1789, en estrecha colaboración con la burguesía”. “Esta quimera –dice—dominó la época que va de 1831 a 1871, de la insurrección de Lyon a la Comuna. La burguesía, sin embargo, no ha compartido jamás este error. Su lucha contra los derechos sociales comienza desde la revolución del 89 (…). Al lado de la posición enmascarada de la filantropía, la burguesía ha asumido desde siempre la posición abierta de la lucha de clases. Desde 1831 reconoce en el “Journal des Débats”: “Todo fabricante vive en su fábrica como los propietarios de plantación en medio de sus esclavos”.

Este sería, pues, el primer fracaso del Manifiesto, desbordado por la violencia y la complejidad de los acontecimientos de 1848. Y ello explica que durante muchos años fuese un documento prácticamente desconocido. Habiendo sido superado su programa de actuación a corto plazo , lo que había en él de duradero quedó olvidado hasta que, desvanecida la ilusión a que se refería Walter Benjamin, el auge de la Primera Internacional y la experiencia de la Comuna dieron una nueva actualidad a sus elementos más perdurables.

Eran éstos los momentos en que Marx estaba adquiriendo una dimensión europea. El primero de sus textos que se conoció en España, por lo que sabemos, apareció el 31 de octubre de 1869 en el número 14 del periódico barcelonés La Federación. Órgano del Centro federal de las sociedades obreras. Con el título de “¿Qué es la Asociación Internacional de los Trabajadores?” el periódico publicaba “el notable Manifiesto a la clase obrera de Europa que leyó el célebre socialista Carlos Marx en la reunión celebrada el día 27 de septiembre de 1864 en San Martin’s Hall –Londres- y los Estatutos generales y Reglamentos de la ASOCIACIÓN INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES que por esta reunión fueron aprobados provisionalmente, y adoptados en definitiva por el primer Congreso Internacional de Obreros, que en septiembre de 1866 se celebró en Ginebra”. Eran los textos que había traído Fanello a España, quien, siendo como era partidario de Bakunin, no tenía interés alguno en la difusión del Manifiesto comunista.

Que Marx fuese entonces un personaje que podía ser calificado como “célebre” lo demostraría la aparición de una nota biográfica muy elogiosa y de un retrato de ” el doctos Carlos Marx, jefe de la Internacional” en La Ilustración republicana y federal en marzo de 1872, otra cosa es que su pensamiento fuese conocido en España, como se puede advertir en la síntesis que de él se intenta hacer en la citada nota biográfica: “en su bella Das Kapital describe las transformaciones de la propiedad para venir a parar a la forma comunista, citando que la antigua máquina movida a brazo es hoy la máquina de vapor que no funcionaría sin muchos obreros que trabajan en común, apareciendo propiedad, no del que la maneja sino del capitalista que, según él, será reemplazado fatalmente por la Comuna”. Como se ve, no se puede decir que ésta sea una sinopsis afortunada de El Capital, libro del que se han dicho muchas cosas, pero que raras veces habrá sido calificado como “bello”.

El Manifiesto se publicó por primera vez en España en este mismo año 1872, en las páginas del semanario internacionalista madrileño La emancipación, según una traducción de José Mesa, figura clave en la introducción del marxismo en España, quien suprimió, posiblemente oír sugerencia de Lafargue, el yerno de Marx que se había refugiado en España huyendo de la represión que siguió a la derrota de la Commune, el apartado referente al “socialismo alemán o socialismo verdadero” por considerar que se trataba de algo que había perdido importancia desde 1848. La difusión del semanario era, sin embargo, muy limitada, de modo que puede considerarse que el conocimiento real del Manifiesto entre nosotros data de la edición en forma de folleto que El socialista realizó en 1846. Este sería desde entonces el texto marxista más conocido en España, donde, a decir verdad, se leerían poco y mal otras cosas de Marx, como lo demuestra que durante tantos años hayan circulado entre nosotros las traducciones de Roces, sin que nadie pareciera darse cuenta de los disparates que contienen. El capital y las otras obras mayores eran textos más invocados, a modo de jaculatorias, que realmente leídos y entendidos.

Volvamos a la historia del Manifiesto. Cuando, en 1872, Marx y Engels escribieron un nuevo prólogo para una reedición del texto de 1848 señalaban que, aunque muchos aspectos habían cambiado y cuestiones tan importantes como las propuestas revolucionarias concretas e inmediatas que formulaban entonces, la crítica de la literatura socialista y las consideraciones sobre la posición de los comunistas frente a los otros partidos opositores debían cambiar, seguían siendo plenamente válidos “los principios generales” y pensaban, además, que el Manifiesto era “un documento histórico” y que, como tal, no debía modificarse. Convendría, en todo caso, añadirle, cuando fuese posible, una introducción que lo actualizase tomando en cuenta todo lo que habría sucedido desde 1847.

Nunca se haría tal actualización. Tras la muerte de Marx, los prólogos de las nuevas reediciones fueron ya tan sólo de Engels, que no pensaba modificar un texto en que se contenía una idea central que pertenecía en concreto a Marx y que le parecía ser el fundamento mismo de una renovación total de las ciencias históricas. Un principio que Engels formulaba con estas palabras: “en toda época histórica el modo económico predominante de producción e intercambio, y la estructura social que deriva necesariamente de él, constituyen el fundamento sobre el cual se basa la historia política e intelectual de esta época, y únicamente a partir de él puede explicársela; en consecuencia, toda la historia de la humanidad (desde la abolición del orden gentilicio, con su propiedad común de la tierra) ha sido una historia de luchas de clases constituye una serie evolutiva que ha alcanzado en la actualidad una etapa en la cual la clase explotada y oprimida –el proletariado—ya no puede lograr su liberación del yugo de la clase explotadora y dominante – la burguesía—sin liberar al mismo tiempo a toda la sociedad, de una vez por todas, de toda explotación y opresión, de todas las diferencias y luchas de clases”.

Dejando a un lado esta formulación demasiado elemental y primaria de las concepciones históricas de Marx, que no es el tema de que me propongo hablar, ¿qué hay en el Manifiesto que siga siendo válido para un lector de hoy?. En el prólogo a una reedición muy reciente Eric Hobsbawm nos dice que se trata de una obra literaria de una fuerza extraordinaria, que sintetiza grandes problemas en frases contundentes, y que nos ofrece un análisis de sorprendente lucidez de las potencialidades revolucionarias aportadas por la burguesía y el capitalismo, a la vez que la convicción de que estos avances no significan, como todavía quieren algunos, el punto culminante y  final de la historia, sino que están destinados a ser superados.

No ha sido sólo Hobsbawm, sino también otros científicos sociales menos próximos a la tradición marxista, quienes descubren hoy que las predicciones acerca del desarrollo capitalista y la mundialización de la economía que Marx y Engels hacían en 1848 han resultado extraordinariamente lúcidas: que sorprende comprobar hasta qué punto acertaron a prever algunos de los grandes problemas que plantearía esta evolución. A lo que se añade, matizando en seguida el elogio, que fallaron en cambio al prever una crisis inminente del sistema.

A mí me parece que no tiene demasiado sentido hacer este tipo de análisis acerca de la validez actual del Manifiesto. Imagino que el propio Marx se hubiese sorprendido de que alguien pensase que un texto publicado en 1848 pudiese tener utilidad para analizar los problemas de 1998. Hoy, mucho más que en 1872, el Manifiesto es sobre todo un “texto histórico”, un análisis de una sorprendente lucidez de la dirección que iba a seguir el desarrollo capitalista y una advertencia de la necesidad de organizarse y luchar para combatir los aspectos negativos de este desarrollo, sin oponerse por ello al progreso.

Cuando he hablado del Manifiesto como testimonio de una gran decepción y de una gran esperanza en un sentido que debía poder aplicarse a nuestro tiempo y a nuestras vidas estaba pensando en un aspecto muy distinto: en los intentos que en nuestro siglo se han hecho para transformar la sociedad a partir de programas políticos que lo invocaban como referencia. Pienso que ninguna conmemoración actual del Manifiesto puede eludir honradamente la pregunta central y más comprometida: ¿Tiene sentido hoy, después del hundimiento del régimen soviético, pensar que hay alguna posibilidad de construir una sociedad más equitativa y racional que la del capitalismo, conforme a los propósitos liberadores de un documento que se proponía como objetivo inmediato “la conquista de la democracia” y que aspiraba, como objetivo final, a establecer “una asociación en la cual el libre desarrollo de cada cual será la condición para el libre desarrollo de todos”?.

Lo primero que necesitamos hacer es examinar el ejemplo concreto de la sociedad que construyó la Unión Soviética para ver dónde falló, donde se apartó de la línea que podía llevar en dirección a este objetivo final. Me parece claro que el primer momento de esta guerra civil, cuando, en una situación en que coincidían la crisis agraria –revueltas campesinas en el Volga, Ucrania, Siberia y el Caúcaso—son las protestas sindicales y el movimiento de los marinos de Kronsdadt, Lenin, que consideraba que la esencia era la conservación del poder en manos de los dirigentes de la revolución, se negó a aceptar el establecimiento de un sistema que hubiese sido realmente “soviético”, esto es, con consejos elegidos que garantizasen que el poder actuaba de abajo hacia arriba.

El segundo momento, crucial para el futuro del sistema soviético, tuvo lugar a partir de 1928, cuando Stalin abandonó lo que era el gran empeño colectivo de la planificación, en el que participaban hombres de muy diversas filiaciones políticas, para reemplazarlo por esa falsificación que fue la planificación estalinista: un sistema de órdenes emitidas desde arriba, que no tenían otro objetivo que el de conseguir unos fines prioritarios, sin tomar en cuenta ni las necesidades colectivas ni, lo que es peor, los costes sociales.

Cuando se habla del fracaso de una economía planificada se olvida que ésta nunca existió, por lo menos en la forma en que la habían concebido los hombres que trabajaron en este gran empeño en los años veinte, de modo que eso no debería llevarnos a negar la posibilidad de construir algún día una economía más racional que la del capitalismo salvaje en que vivimos –donde las grandes empresas se juegan sus reservas a la lotería de los negocios de derivados–, recuperando el sueño de los planificadores allá donde estos se vieron obligados a abandonarlos, y actualizándolo de acuerdo con las necesidades de nuestro tiempo. Condenando, como hay que condenarlos, resultados de la vía estalinista de crecimiento, que acabó en un tremendo fracaso, no veo que sea necesario renunciar a los sueños y a las esperanzas de edificar un sistema económico más racional, que tenga como objetivo central satisfacer las necesidades humanas y que esté edificado sobre fundamentos de libertad.

Nos conviene recuperar, de entre las ruinas de las viejas esperanzas, aquellos principios que siguen teniendo validez para contrastarlos con un presente que tiene poco que pueda seguir produciendo ilusiones colectivas. Porque, por otra parte, la aceptación sin resistencia de los principios del sistema que ha triunfado, presentado no ya como el mejor, sino como el único posible, tiene consecuencias gravísimas. Estoy pensando, para empezar, en algo que nos afecta a todos, como es el desmantelamiento gradual del estado de bienestar con la consiguiente privatización de servicios sociales como la sanidad, las pensiones y la enseñanza.

Durante doscientos años las sociedades capitalistas crecieron con la perspectiva de propuestas alternativas que parecían amenazar su misma subsistencia y que turbaban las noches de los privilegiados. Fueron primero los revolucionarios franceses, después serían los carbonarios, los anarquistas, los comunistas … NO importa que las amenazas no fueran siempre realistas, sino el hecho de que eran realmente temidas. La necesidad de evitar enfrentamientos sociales que pudieran alentar a los descontentos a intentar el establecimiento de estas formas de organización alternativa permitió que el estado, actuando como árbitro supuestamente interclasista, pero con el fin, en realidad, de conservar el orden establecido, arrancase concesiones a los grupos dominantes para satisfacer a los dominados. El periódico de la Trilateral decía en 1976 que las funciones del estado eran “la promoción externa e interna de los intereses básicos del modo de producción dominante y el mantenimiento de la armonía social”.

El crecimiento del estado, nacido de esta necesidad de satisfacer las demandas sociales, llegó a su punto máximo en los años que siguieron al término de la segunda guerra mundial, no sólo como consecuencia del desarrollo del llamado “estado de bienestar”, sino por el avance en los países industrializados de un tipo de economía mixta que implicaba una política de nacionalizaciones y una fuerte participación del estado en la actividad económica. Como consecuencia de ello, de 1960 a 1995 el gasto de los gobiernos de los países avanzados se multiplicó por dos, acercándose a un 40% de su producto interior bruto.

Esta situación comenzó a entrar en crisis a partir de 1975, con las dificultades económicas de los países industrializados, la incapacidad de los menos avanzados para hacer frente a las grandes deudas contraídas para financiar su crecimiento económico y el abandono del “desarrollismo” como programa para el progreso de los más atrasados, que no sólo han experimentado desde entonces graves retrocesos en sus niveles de bienestar, sino que en algunos casos – Afganistán, Camboya, Liberia, Ruanda o Somalia—han visto producirse incluso el colapso de sus estados.

Lo malo es que desde 1989 ya no hay más fantasmas, como el del comunismo que se anunciaba en la introducción del Manifiesto, que perturben el sueño de las clases dominantes, con lo que no sienten ya la necesidad de hacer concesiones y el estado en sus funciones de árbitro les resulta cada vez menos útil.

Hemos pasado así a una visión minimalista del estado, que lleva a la privatización de muchas de las actividades económicas a su cargo y a desmantelar buena parte de los servicios sociales que proporcionaba. El programa de cambios que el Banco Mundial propone este año para “el estado en un mundo en transformación” insiste en reducir su papel al de “sentar las bases de los fundamentos institucionales adecuados para los mercados”. lo cual significa legitimar su retroceso.

Por primera vez desde 1789, “el modo de producción dominante”, como decía el periódico de la Trilateral, no tiene que temer ninguna amenaza global. En estas condiciones, la “armonía social” importa mucho menos y no es necesario seguir pagándola al elevado precio que costaba en los años de la “guerra fría”. Basta con predicarla desde la escuela, la política y los medios de comunicación, que se esfuerzan por convencernos de que vivimos en el mejor de los mundos posibles, que es, además, el único mundo posible, de modo que hay que abandonar toda esperanza de cambiarlo sustancialmente.

Aunque no hubiera otro motivo para hacerlo, éste bastaría para que no nos abandonásemos a la resignación que parece haberse apoderado de nuestra sociedad e inventásemos nuevas alternativas que puedan convertirse en una amenaza para un sistema establecido que sólo cede ante la fuerza o ante el miedo.

Pero es que pienso que hay otros motivos para hacerlo. A mi, por lo menos, este mundo cada vez más desigual que parece haber condenado definitivamente a la extinción por la miseria a una gran parte de la humanidad que resulta innecesaria para el crecimiento económico del mundo desarrollado, no me gusta. Como no me gusta que en Méjico se extermine en nombre de la democracia a los campesinos de Chiapas o que la población encarcelada de los Estados Unidos se haya multiplicado por cinco entre 1970 y 1994, por citar unos pocos ejemplos que parecen apuntar que el mundo en que vivimos no va tan bien como algunos pretenden. Y no me costaría nada, como comprenderán, hacer una larga lista de otras muchas cosas más próximas a nosotros que tampoco me gustan.

 

 

 

No sé como habrá de ser el programa alternativo que entre todos construyamos para volver a dar vida a un nuevo fantasma que recorra, no sólo Europa, sino el mundo entero. Me parece que, en todo caso, lo primero que hemos de hacer es, sencillamente, negarnos a aceptar que la desigualdad y la miseria sean necesarias o inevitables. E ir componiendo después un catálogo de aspiraciones, para pasar seguidamente a platearnos los métodos para alcanzarlas. Veo, por ejemplo, algunos puntos claros, como el de la capacidad de decisión política lo más abajo posible, lo más cerca de los ciudadanos que se pueda. Y, puesto a pensar en estas cosas, encuentro otras en el viejo Manifiesto comunista que no me importa seguir reivindicando. Pienso que sigue teniendo sentido hoy, como hace ciento cincuenta años, luchar para que la sociedad desigual y violenta en que vivimos pueda ser un día reemplazada por “una asociación en la cual el libre desarrollo de cada cuál será la condición para el libre desarrollo de todos”.

Algo hemos aprendido, sin embargo, en ciento cincuenta años, que significa una ventaja respecto a de los miembros de la “Liga de los comunistas”. Y es que sabemos que no hay que esperar el colapso espontáneo del sistema, porque su capacidad para resistir y transformarse es considerable, como lo es la de mantener contento y engañado al personal. Pero hemos aprendido también a no desesperarnos si no se consigue cambiar el mundo a corto plazo, como cuando Stalin prometía, en medio de las hambres mortales de los años treinta, que el comunismo se alcanzaría en poco tiempo. Sabemos que hay que conquistar los objetivos palmo a palmo, y que cualquier avance, aunque sea parcial, es una victoria que justifica el esfuerzo.

En la pared de la habitación en que trabajo tengo un poema de Bertolt Brecht que me gusta leer de tanto en tanto. Me gusta volver a estas palabras: “Quien todavía esté vivo que no diga jamás: lo que es seguro no es seguro. Todo no será siempre igual. Cuando hayan hablado los opresores, hablarán los oprimidos. El que haya caído debe levantarse, el que haya perdido debe luchar, ¿Quién podrá detener al que conoce la verdad?. Porque los vencidos de hoy son los vencedores de mañana, y el jamás se va a convertir en ahora mismo”.

Hemos de aprender de nuestras decepciones para reconstruir nuestras esperanzas. A los ciento cincuenta años de haberse escrito, el Manifiesto comunista no es un programa para la acción a fines del segundo milenio, pero sigue siendo un ejemplo de cómo el análisis crítico de una realidad social puede convertirse en un programa de acción que, si no consiguió entonces sus objetivos finales, logró, dar sentido de coherencia a unas luchas sociales que hicieron posible que, cuando menos, el mundo en que vivimos sea algo mejor que el de hace ciento cincuenta años. No hay que leerlo, eso está claro, como un catecismo que contenga verdades indiscutibles, sino como el testimonio de unas luchas del que hemos da tomar ejemplo para analizar los problemas de nuestro entorno, con los medios y los métodos mucho más ricos de que disponemos hoy, con el fin de elaborar las estrategias que nos permitan resolverlos.

Josep Fontana

27-28 de mayo de 1998

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4 respuestas a ESPERANZA Y DECEPCIÓN, A LOS CIENTO CINCUENTA AÑOS DEL MANIFIESTO COMUNISTA

  1. Alex Gomez dijo:

    Alguien sabe si este escrito fué publicado en alguna recoplicación del autor o algo así. O bien, ¿cómo se le haría para citarlo de una fuente que no sea internet???
    Gracias

    • tonyoolive dijo:

      Hola amigo Alex. Hemos tratado un poco en responderte porque estabamos investigando, rastreando, aunque no hemos conseguido grandes resultados.

      Desconocemos la existencia de la publicación del artículo. Suponemos (y esto no deja de ser mera especulación) que probablemente si existirán. Ten en cuenta que esta intervención es una ponencia presentada a un congreso realizado en la Universidad de Sevilla, organizado por la Fundación José Díaz en conmemoración del 150 aniversario del Manifiesto Comunista.

      Imaginamos que las diferentes intervenciones en el Congreso se recogerían en unas actas. El problema es que la Fundación ya no existe y no podemos verificar la existencia de la publicación en formaro “tradicional”.

      Saludos.

      A. Olivé

  2. Cova dijo:

    ¡¡Guau!! Creo que es la reflexión más completa y lúcida que he leido en los últimos tiempos.

    • Rafa dijo:

      Y, además, da razones y fuerza para seguir luchando. Este mundo, este “fin de la Historia”, no es justo. Y hemos de gritarlo bien alto. Podemos hacerlo, sin temor a que nos mortifiquen más con el fracaso de la Unión Soviética que no fue, ni por asomo, el fracaso del Socialismo. Pasara allí lo que pasase, el modo de producción capitalista sigue siendo monstruosamente inhumano y nuestra aspiración a cambiarlo por algo mejor es más humana que nunca.

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