El reino del todavía

Claudia Korol

“Los comunistas apoyan en todas partes cuanto movimiento revolucionario surja contra el orden social y político existente.” (1)

Estas reflexiones están dedicadas a reconocer el ejemplo de todos los hombres y mujeres que entregaron sus vidas a transformar el orden social y político existente, participando de diversos movimientos revolucionarios. Aspiran a que su sacrificio nos permita rescatar el lema que inspiró a los fundadores del comunismo, como movimiento opuesto por definición original a todo tipo de sectarismo y dogmatismo. Los olvidos de aquel presupuesto, produjeron numerosos desencuentros a lo largo de la historia de combate del proletariado y de los pueblos en los 150 años desde que se redactó el Manifiesto. Apoyar en todas partes cuanto movimiento revolucionario surja, bien pudiera sintetizar en sí mismo un lema fundamental de quienes seguimos aspirando al comunismo como ideal y como meta a alcanzar con nuestro combate.

Cuando se insinúa el retorno de los muertos vivos, y el fantasma que se creía exorcizado amenaza nuevamente el sueño de los pretendidos vencedores, vale la pena volver la mirada para verificar cuál fue el camino recorrido y qué premisas surgen del mismo, que nos permitan ganar claridad en nuestra.

A pesar de las voces que pretenden condenar nuestro pensamiento como obsoleto y caduco, cometiendo el desatino de presentar como “nueva” y “creativa” la apología del capitalismo, quiero sostener a fuerza de necedad (2), tres enfoques esenciales del comunismo, que a mi entender siguen manteniendo absoluta vigencia:

1) El comunismo como proyecto internacional de los explotados y oprimidos del mundo.

2) El comunismo como proyecto de supresión de la propiedad privada y de la explotación del hombre por el hombre.

3) El comunismo como fin de la alienación y de todo tipo de dominación.

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1. El comunismo como proyecto internacional de los explotados y oprimidos del mundo

Mientras en el mundo se celebraba por primera vez el Primero de Mayo, en 1890; Engels escribía en un nuevo prólogo al Manifiesto:

“¡Proletarios de todos los países, uníos!”. Cuando, hace 42 años, lanzamos al mundo estas palabras, en víspera de la primera revolución de París, en la que el proletariado se presentó ya con reivindicaciones propias, sólo pocas voces respondieron. Pero el 28 de septiembre de 1864, los proletarios de la mayoría de los países del Occidente de Europa se reunían para formar la Asociación Internacional de Trabajadores, de tan glorioso recuerdo. La Internacional vivió en total sólo nueve años. Pero la perdurable unión de los proletarios de todos los países establecida por ella, sigue viviendo con más fuerza que nunca: no hay de ello mejor testimonio, precisamente, que el día de hoy. Pues hoy, mientras escribo estas líneas, el proletariado europeo y americano pasa revista a sus contingentes por primera vez movilizados, movilizados como un ejército único, unido bajo una bandera y para un solo objetivo inmediato: la fijación legal de la jornada normal de ocho horas, que ya proclamara el Congreso de Ginebra de la Internacional en 1866, y nuevamente el Congreso Obrero de París de 1889. Y el espectáculo del día de hoy mostrará a los capitalistas y a los terratenientes de todos los países que en la actualidad los proletarios del mundo están unidos efectivamente. !Si solamente estuviera Marx todavía a mi lado, para verlo con sus propios ojos!” (3)

El comunismo nació como un proyecto internacional de los trabajadores de lucha contra el capitalismo. Sin embargo, algunas corrientes reformistas del movimiento obrero, pretendieron utilizar este enfoque universalista, para fundamentar que la revolución en sus respectivos países debía aplazarse hasta que se pudiera realizar a escala mundial. Nada más ajeno al espíritu subversivo que inspiró a los autores del Manifiesto y que los llevaron justamente a definir el nombre de comunista, como reacción frente al aburguesamiento de las corrientes socialistas europeas. Explicando la elección de aquel nombre, decía Engels en el prólogo a la edición alemana de 1890:

“El sector obrero que, convencido de la insuficiencia de las revoluciones puramente políticas, reclamaba una radical transformación de la sociedad, llamábase entonces comunista. Era un comunismo toscamente delineado, sólo instintivo, a veces algo crudo; pero era lo bastante pujante como para engendrar dos sistemas del comunismo utópico: en Francia, el “icariano” de Cabet, y el de Weitling en Alemania. En 1847, socialismo significaba un movimiento burgués, y comunismo, un movimiento obrero. El socialismo era, al menos en el continente, una doctrina de salón; el comunismo, justamente lo contrario. Y como nosotros ya estábamos entonces decididamente convencidos de que la “emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos”, no podíamos dudar un momento cuál de los dos nombres elegir. Desde entonces, tampoco se nos ocurrió nunca modificarlo.” (4)

La batalla por convertir al socialismo primero y luego al comunismo en una doctrina de salón, fue parte de la acción permanente de la burguesía, tendiente a domesticar ideológica y políticamente a las fuerzas sociales explotadas. El desarme ideológico de las fuerzas revolucionarias y su integración en el sistema, fue asistido permanentemente por fracciones de la clase obrera y de la pequeña burguesía que encontraron en el reformismo el apoyo teórico y político para su propia inacción. La creación de una burocracia sindical y política que separándose de los intereses de los explotados y oprimidos pasaron a defender su propia continuidad en determinados espacios de poder, fue sostén material de las corrientes reformistas. La ruptura entre teoría y práctica, fue el camino para intentar despojar al marxismo de su inspiración subversiva. El dogmatismo fue y es un fiel aliado del reformismo.

Una base del dogmatismo es la ruptura de la dialéctica revolucionaria. Por este camino se ha fracturado, por ejemplo, la relación entre contenido y forma de la lucha del proletariado.

Se sostiene en el Manifiesto Comunista:

“Aunque no por su contenido, la lucha del proletariado contra la burguesía comienza siendo, por su forma, una lucha nacional. Naturalmente el proletariado de cada país debe antes que nada ajustar las cuentas con su propia burguesía”.

Las visiones dogmáticas absolutizaron uno u otro término de esta relación dialéctica. Desde enfoques supuestamente internacionalistas, se negaba la especificidad y el compromiso prioritario de ajustar las cuentas con las propias burguesías nacionales; y desde enfoques reductivos nacionalista, se desconocía el contenido internacional de la lucha de los trabajadores. Sistemáticamente, las posiciones revolucionarias más radicales tuvieron que dar batalla por rescatar el enfoque dialéctico original del marxismo; y por recuperar como parte del mismo la interrelación de las dimensiones nacional e internacional de las estrategias socialistas.

Cuando se produjo la Revolución de Octubre, el joven Gramsci no vaciló en llamarla, con alegría, “la revolución contra El Capital”. Lo que el revolucionario italiano saludaba era la ruptura de los enfoques que habían pretendido que la universalidad de la revolución comunista condenaba a las fuerzas socialistas a prescindir de la acción revolucionaria, hasta que se crearan las condiciones para realizar la misma a nivel mundial. Lenin, por su parte, se tomó el esfuerzo, en el fragor mismo de la práctica revolucionaria, de teorizar esta ruptura conceptual, sosteniendo que las transformaciones producidas en el capitalismo, a partir de su desarrollo como imperialismo, creaban la posibilidad de que la victoria del socialismo comenzara en un solo país.

Argumentaba Lenin:

“La desigualdad del desarrollo económico y político, es una ley absoluta del capitalismo. De ahí se deduce que es posible que la victoria del socialismo empiece por unos cuantos países capitalistas, o incluso por un solo país capitalista. El proletariado triunfante de este país, después de expropiar a los capitalistas y de organizar la producción socialista dentro de sus fronteras, se enfrentaría con el resto del mundo, con el mundo capitalista, atrayendo a su lado a las clases oprimidas de los demás países, levantando en ellos la insurrección contra los capitalistas, empleando, en caso necesario, incluso la fuerza de las armas contra las clases explotadoras y sus estados”. (5)

Se puede advertir en esta cita, que surgen de la concepción leninista dos premisas:

1) la posibilidad de que la victoria del socialismo empiece por un país

2) la necesidad de que la misma se extienda, atrayendo a las clases oprimidas de otros países.

Este enfoque, permitió sostener la batalla ideológica contra las tendencias que apoyadas en una visión fatalista del marxismo, negaban la posibilidad de la ruptura revolucionaria, hasta que no maduraran simultáneamente las condiciones en Europa. Y también contra aquellos enfoques que pretendieron interpretar desde un cerrado nacionalismo, que esta posibilidad teórica cuestionaba la teoría marxista de la revolución permanente.

Decía Carlos Marx en 1850:

“Mientras la democrática pequeña burguesía desearía que la revolución terminase tan pronto ha visto sus aspiraciones más o menos satisfechas, nuestro interés y nuestro deber es hacer la revolución permanente. Mantenerla en marcha hasta que todas las clases poseedoras y dominantes sean desprovistas de su poder, hasta que la maquinaria gubernamental sea ocupada por el proletariado y la organización de la clase trabajadora de todos los países, esté tan adelantada que toda rivalidad entre ella misma haya cesado y hasta que las más importantes fuerzas de producción estén en las manos del proletariado.” (6)

Fue en ejercicio de esta concepción marxista, que la obra de Lenin , luego del triunfo de la revolución rusa estuvo dirigida a expandir su influencia en Europa y Asia. La derrota de la revolución alemana, y el aplastamiento sangriento de las sublevaciones obreras producidas en los primeros años del siglo 20 en Europa, fueron los primeros reveses que tuvo que asumir la Revolución de Octubre. No pudo ser, como lo suponían sus líderes, la primera de una sucesión de revoluciones europeas que unificadas pudieran desafiar el ordenamiento mundial capitalista; sino que se vio condenada a resistir, desde su aislamiento, el boicot y la agresión de las restantes potencias capitalistas que veían en el ejemplo de octubre el principal enemigo para su propia existencia.

Cuando el triunfo sobre el nazismo dio una segunda oportunidad a la revolución comunista a nivel mundial, esta fue abortada por los enfoques del nacionalismo gran ruso que constituían la ideología fundante del stalinismo. El internacionalismo fue sustituido por el expansionismo ruso, y en lugar de una estrategia revolucionaria internacional lo que se estableció a partir del avance del Ejército Rojo, fueron regímenes de carácter anticapitalista que actuaron subordinados a las necesidades y los requerimientos de la hegemonía soviética. Los movimientos revolucionarios o nacionalistas que posteriormente desafiaron la política expansionista soviética, fueron condenados y aplastados sangrientamente por el mismo ejército que había actuado como aliado en la lucha de liberación de esos pueblos frente a la dominación nazi.

Posteriormente, la era kruschoveana, no modificó lo esencial del enfoque stalinista, en la medida en que se siguió priorizando el interés geopolítico ruso, por sobre las necesidades de los pueblos y fuerzas revolucionarias de coordinar esfuerzos para impulsar una lucha de liberación de carácter mundial. La teoría de la coexistencia pacífica, trasladada mecánicamente a los movimientos comunistas subordinados a la estrategia soviética se tradujo en una política de no confrontación con las burguesías locales y el imperialismo, en el aquietamiento del impulso revolucionario.

El browderismo fue el sostén ideológico para una política que proyectándose más allá de la guerra antifascista, tradujo la alianza constituida en la Segunda Guerra Mundial para derrotar al nazismo, en una política de convivencia, cuando no de apoyo al emergente imperialismo norteamericano. Esto fue más grave aún en los partidos comunistas que actuaban en países dominados precisamente por el capitalismo hegemonizado por EE.UU., y condujo a una pérdida drástica de influencia y de inserción en el movimiento obrero y popular. Por ese camino, muchos partidos comunistas pasaron a ocupar el lugar histórico que criticaron Marx y Engels a los socialistas: el de reproductores del reformismo y del quietismo en las filas del movimiento obrero.

En el caso de Argentina, el proletariado formado en esa coyuntura histórica, en el segundo proceso de sustitución de importaciones producido en el marco de la Segunda Guerra Mundial, asumió la identidad que lo definiría durante la segunda mitad del siglo 20: el peronismo. El Partido Comunista Argentino, ante la fórmula que polarizó al país: Braden (7) o Perón; quedó contenido en la “alianza antifascista” que reunía a liberales, conservadores, y demócratas junto al apoyo activo de la embajada norteamericana; mientras el peronismo llegaba al gobierno gracias a la identificación de la mayoría de los trabajadores con una propuesta que prometía básicamente: justicia social, independencia económica, soberanía política, antimperialismo, y la existencia de los que habían sido negados hasta el momento por las clases dominantes: los “cabecitas negras” (8) , las mujeres, el interior del país. La suma de estas incomprensiones, desalojó a los comunistas por décadas de su incipiente inserción política y social en el movimiento obrero. Para fundamentar esta situación, se debió recurrir, una vez más a un estrecho dogmatismo, y a un creciente sectarismo. El desalojo de posiciones dirigentes en el movimiento político real, favoreció una cultura de secta. El abandono realizado del antimperialismo, en pos de la “lucha antifascista” produjo en la práctica que el declamado izquierdismo, no se verificara en una práctica de lucha consecuente. Por este camino, en los años 60, los comunistas argentinos no pudieron comprender y menos integrarse en el torrente de luchas revolucionarias que se desarrollaron impetuosas al calor de la revolución cubana. Lejos de “apoyar cuanto movimiento revolucionario surja contra el orden social y político existente”, se condujo a enfrentar a todos estos movimientos considerados, desde un obrerismo sin sustento en la clase obrera, productos de la pequeña burguesía, cuando no directamente agentes del imperialismo (al cual previamente se había renunciado a enfrentar). Años después, en su Diario de Bolivia, el Che escribiría al lado de la fecha 26 de julio: “Rebelión contra las oligarquías y los dogmas revolucionarios”.

Previamente, el mundo se había sacudido una vez más por el triunfo de la Revolución China, basado en el Ejército Campesino conducido por Mao, que no sólo significó un enorme aliento al impulso revolucionario mundial, sino que también implicó una ruptura cultural expresada en el ideal comunista integrado en la tradición asiática, y en la revalorización de las guerras campesinas, frente al obrerismo vulgar desarrollado tanto por corrientes comunistas subsidiarias del pensamiento soviético, como por corrientes trotskistas.

El impacto de la Revolución China, no alcanzó una mayor eficacia, dado que estuvo acompañado de una concepción ideológica que identificó al internacionalismo, con el expansionismo nacionalista chino. En este aspecto, existieron notables semejanzas conceptuales y teóricas entre el stalinismo y el maoísmo, que tenían en el plano nacional su correlato en una interpretación de la lucha por la hegemonía del socialismo, que se traducía en el aplastamiento violento de todas las fracciones revolucionarias que no respondieran verticalmente a sus respectivos liderazgos. Así como en el plano interno estos modelos de conducción política llevaron al enajenamiento del poder popular y a su sustitución por la dominación de un grupo; en el plano internacional promovieron el expansionismo de las grandes naciones que se proclamaban comunistas, y la subordinación a las mismas de los Estados más débiles, tanto del llamado campo socialista, como del llamado “Tercer Mundo”.

En ese mismo tiempo, en el conocido discurso de Argel, el Che cuestionó duramente a las políticas ejercidas por las direcciones soviética y china, que deteriorando el internacionalismo proletario restaban apoyo al pueblo vietnamita en su guerra antimperialista:

“Hay una penosa realidad: Vietnam, esa nación que representa las aspiraciones, las esperanzas de victoria de todo un mundo preterido, está trágicamente solo. Ese pueblo debe soportar los embates de la técnica norteamericana, casi a mansalva en el sur, con algunas posibilidades de defensa en el norte, pero siempre solo. La solidaridad del mundo progresista para con el pueblo de Vietnam semeja a la amarga ironía que significaba para los gladiadores del circo romano al estímulo de la plebe. No se trata de desear éxitos al agredido, sino de correr su misma suerte; acompañarlo a la muerte o a la victoria.”

“Cuando analizamos la soledad vietnamita nos asalta la angustia de este momento ilógico de la humanidad. El imperialismo norteamericano es culpable de agresión; sus crímenes son inmensos y repartidos por todo el orbe. ¡Ya lo sabemos, señores! Pero también son culpables los que en el momento de definición vacilaron en hacer de Vietnam parte inviolable del territorio socialista, corriendo, sí, los riesgos de una guerra de alcance mundial, pero también obligando a una decisión a los imperialistas norteamericanos. Y son culpables los que mantienen una guerra de denuestos y zancadillas comenzada hace ya buen tiempo por los representantes de las dos más grandes potencias del campo socialista.” (9)

La revolución cubana volvió a plantear la necesidad del derrocamiento violento de todas las estructuras que sostienen la dominación; y promovió a su vez, con un nuevo impulso, la revolución continental y mundial. El máximo esfuerzo, la Tricontinental, fue una plasmación concreta de ese impulso revolucionario que desde Europa, se había desplazado al Tercer Mundo. La Tricontinental promovió la coordinación de los esfuerzos revolucionarios de los pueblos de los tres continentes sometidos en el reparto económico y político del capitalismo: Asia, África y América Latina.

El Che Guevara, en su más elaborado esfuerzo de sistematización teórica de la experiencia de la Revolución Cubana afirmaba:

“El revolucionario, motor ideológico de la revolución dentro de su partido, se consume en esa actividad ininterrumpida que no tiene más fin que la muerte, a menos que la construcción se logre en escala mundial. Si su afán de revolucionario se embota cuando las tareas más apremiantes se ven realizadas a escala local y se olvida el internacionalismo proletario, la revolución que dirige deja de ser una fuerza impulsora y se sume en una cómoda modorra, aprovechada por nuestros enemigos irreconciliables, el imperialismo, que gana terreno. El internacionalismo proletario es un deber, pero también es una necesidad revolucionaria. Así educamos a nuestro pueblo.” (10)

Consecuente con aquel mensaje, el Che Guevara fue activo promotor de las luchas revolucionarias en nuestro continente, en Asia y Africa. Hoy sabemos que combatió en el Congo, con las banderas de Patricio Lumumba; y que intentando apoyar el combate heroico del pueblo vietnamita y la resistencia de la revolución cubana, con la apertura de un nuevo frente en América Latina, es que marchó a Bolivia. Ahora podemos constatar, que en aquel casi desconocido episodio de la historia argentina y mundial, la guerrilla de Masetti en Salta, el Che había intentado sembrar las semillas de una nueva internacional revolucionaria, que se construiría en la propia práctica de combate. No es casual entonces, encontrar que entre los protagonistas de aquella guerrilla, junto con los argentinos dirigidos por Jorge Ricardo Masetti, cayó combatiendo en la selva salteña el cubano Hermes Peña, fue detenido el cubano Alberto Castellanos, y participaron en el apoyo logístico el actual ministro del interior de Cuba Abelardo Colomé Ibarra (más conocido como Furry); el también cubano José María Martínez Tamayo (Papi), caído en Bolivia junto al Che, los bolivianos Inti y Coco Peredo, y el loro Vázquez Viaña (caídos posteriormente en Bolivia); y combatientes del Frente de Liberación Nacional argelino.

La derrota de Masetti en Salta, y luego del Che en Bolivia, clausuraron por un largo período ese intento de constitución de una fuerza revolucionaria de carácter continental. 30 años pasaron y hasta el día de hoy las fuerzas revolucionarias hemos seguido fragmentando nuestras fuerzas, y achicando nuestras perspectivas de coordinación revolucionaria tanto en el terreno nacional como internacional. Por ello, al repensar el comunismo, o al intentar sacar experiencias de la historia vivida, es imprescindible cuestionar autocríticamente nuestras prácticas, que llevaron a fuertes distorsiones del concepto internacionalista de la revolución comunista.

Debemos cuestionarnos las prácticas que en nombre del socialismo:

– antepusieron políticas de estado y razones nacionales al esfuerzo por expandir la fuerza de la revolución proletaria en escala mundial

– las que interpretaron al internacionalismo como política de dominación de los centros socialistas mundiales a estados socialistas pretendidamente subordinados

– las que condujeron al aplastamiento militar de las rebeliones populares contra los regímenes instaurados en países que quedaban bajo sus órbitas geopolíticas

– las que determinaron guerras de expansión que agredieron a otros países del mismo campo considerado socialista por la supuesta defensa de fronteras nacionales

– las que consideraron a las organizaciones políticas revolucionarias de otros países como correas de transmisión de las políticas diseñadas en los centros socialistas

Y debemos pensar nuevas formas de recreación del internacionalismo proletario, en el que la lucha revolucionaria de los explotados y oprimidos del mundo pueda ir articulándose como parte de una misma estrategia antimperialista y de lucha por el socialismo. Un internacionalismo proletario que seguramente no se expresará en la formación de una nueva internacional de organizaciones idénticas en el mundo, sino en la conjugación creativa y sin subordinaciones de ningún orden, de la pluralidad de experiencias y de fuerzas revolucionarias que en el mundo van desafiando la omnipotencia imperialista, que confrontan con el poder de la burguesía en cada país, y que sostienen la lucha por el socialismo.

Un internacionalismo proletario que permita renovar la concepción de una estrategia revolucionaria continental y mundial, en la que la defensa de la revolución cubana sea un factor esencial, no solo determinante de una acción solidaria, sino de la iniciativa común que surge de la convicción de que ésta es tarea de todos los revolucionarios del mundo, destinada a afirmar la posibilidad de resistencia y expansión de una cultura de rebeldía y de emancipación. Una estrategia que pueda integrar, el apoyo a los movimientos revolucionarios que hoy desafían con mayor energía la dominación capitalista en sus países, como los compañeros colombianos en nuestro continente; con el apoyo a los movimientos de resistencia más creativos y audaces en la lucha de liberación, como los sin tierra del Brasil, o los zapatistas en México, y la solidaridad activa con los esfuerzos políticos de recomposición de alternativas populares que se afirman en cada región del mundo.

Una estrategia revolucionaria común, que nos permita reinterpretar el mundo, y aprender de las experiencias de nuestros hermanos que luchan en cualquier rincón del planeta. Que promueva articulaciones regionales de los oprimidos, y coordinaciones sociales y políticas que potencien nuestras luchas. Que nos permita globalizar nuestros análisis, nuestras prácticas, nuestras propuestas, para poder ser más eficaces, y asumir nuevas formas de combate contra la globalización impuesta por el imperialismo.

2. El comunismo como proyecto de supresión de la propiedad privada y de la explotación del hombre por el hombre

Expresa el Manifiesto Comunista:

“El rasgo distintivo del comunismo no es la abolición de la propiedad privada en general, sino la abolición de la propiedad burguesa. Pero la propiedad privada actual, la propiedad burguesa, es la última y más acabada expresión del modo de producción y de apropiación de la producción basado en los antagonismos de clase, en la explotación de los unos por los otros. En este sentido los comunistas pueden resumir su teoría con esta fórmula: abolición de la propiedad privada.” (11)

El tema de la supresión de la propiedad privada y del establecimiento de un nuevo modo de producción basado en la propiedad social de los medios de producción, las distintas formas de propiedad social existentes, la hegemonía de la propiedad estatal y su relación con otras formas de propiedad, viene marcando los debates de los proyectos de transición al socialismo; debates que se inscriben en el análisis de la correlación de fuerzas existentes en cada tiempo histórico tanto internamente como a nivel internacional.

La tensión entre el proyecto: la supresión de la propiedad privada; y el proceso que permite avanzar en ese camino ha estado presente de manera conflictiva en todos los procesos revolucionarios desde la Revolución de Octubre.

Lenin señaló, cuando fundamentaba la NEP:

“Después de haber subrayado que ya en 1918 considerábamos el capitalismo de estado como una posible línea de repliegue, paso a analizar los resultados de nuestra nueva política económica. Repito: entonces era una idea todavía muy vaga; pero en 1921, después de haber superado la etapa más importante de la guerra civil, y de haberla superado victoriosamente, nos enfrentamos con una gran crisis política interna -yo supongo que es la mayor- de la Rusia Soviética, crisis que suscitó el descontento no sólo de una parte considerable de los campesinos, sino también de los obreros. Fue la primera vez, y confío en que será la última en la historia de la Rusia Soviética, que grandes masas de campesinos estaban contra nosotros, no de modo consciente, sino instintivo, por su estado de ánimo. A qué se debía esta situación tan original y, claro es, tan desagradable para nosotros? La causa consistía en que habíamos avanzado demasiado en nuestra ofensiva económica, en que no nos habíamos asegurado una base suficiente, en que las masas sentían lo que nosotros no supimos entonces formular de manera consciente, pero que muy pronto, unas semanas después reconocimos: que el paso directo a formas puramente socialistas de economía, a la distribución puramente socialista, era superior a nuestras fuerzas y que si no estábamos en condiciones de efectuar un repliegue, para limitarnos a tareas más fáciles, nos amenazaría la bancarrota” (12)

No es el objeto de este análisis evaluar el programa concreto de la NEP, sino atender al hecho de que su propio autor lo consideraba como parte de un repliegue hacia formas de capitalismo de estado. Es un plan que se fundamenta en una situación histórica concreta, y que atiende a no romper la alianza obrero campesina, como sustento y sujeto de la transformación. Sin embargo, posteriormente a la muerte de Lenin, se le dio a ese programa un carácter universal, como programa de transición al socialismo; olvidando la caracterización que el propio Lenin realizar de capitalismo de estado.

Con estas ideas polemizó posteriormente el Che, cuando en el marco concreto de la Revolución Cubana, batallaba contra el traslado mecánico de las fórmulas soviéticas al proyecto socialista en la isla caribeña. Señalaba entonces:

“Como se ve, la situación económica y política de la Unión Soviética, hacía necesario el repliegue de que hablara Lenin. Por lo que se puede caracterizar toda esta política como una táctica estrechamente ligada a la situación histórica del país, y por tanto, no se le debe dar validez universal a todas sus afirmaciones.” (13)

Las condiciones concretas en que se desenvuelve hoy la Revolución Cubana, han obligado también a “un repliegue” hacia lo que Fidel consideró la “defensa de las conquistas del socialismo”, introduciendo al mismo tiempo formas de propiedad privada monopólica que, como los dirigentes revolucionarios han expresado, generan nuevas y mayores tensiones al interior de la población cubana, y efectos sumamente complejos en la conciencia social.

 

Entiendo que es oportuno analizar estas medidas como parte de un repliegue, y sin analizar en detalle el programa que está ejecutando la dirección y el pueblo cubano, concluir que el mismo está realizándose en condiciones históricas concretas como son el tremendo bloqueo, el descalabro de la economía a partir de la caída de los regímenes del este europeo. No podríamos afirmar que estas medidas encarnan un programa superador en una perspectiva de construcción del socialismo. Ni podríamos darle a estas medidas un valor que excedan lo que hoy son: un plan de emergencia o de salvataje.

En numerosos sectores de izquierda se está fundamentando, sin embargo, un enfoque de programas alternativos, que tienden a relativizar la supresión de la propiedad privada como parte fundamental de sus propuestas. Esto tiende, por un lado, a tranquilizar a sectores de la burguesía a los que se los ve o como aliados, o como posibles sectores neutrales frente a esos proyectos. Surge también la dificultad para concebir un camino propio, alternativo y opuesto al del capitalismo, fundado en una conciencia y en una cultura distintivas de una sociedad basada en los mecanismos de la solidaridad, del humanismo, y de la libertad. Estos debates, pasan a considerar, en segundo lugar, un eje central de la nueva sociedad, como es el fin de la explotación del hombre por el hombre.

Vale recordar en tal sentido la polémica sostenida por Guevara con los partidarios del camino soviético cuando insistía en que

“persiguiendo la quimera de realizar el socialismo con las armas melladas que nos legara el capitalismo (la mercancía como célula económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca, etc. ) se puede llegar a un callejón sin salida.” (14)

O cuando señalaba en el discurso de Argel:

“No hay otra definición de socialismo válida para nosotros que la abolición de la explotación del hombre por el hombre. Mientras esto no se produzca, se está en el período de construcción de la sociedad socialista y si en vez de producirse este fenómeno, la tarea de la supresión de explotación se estanca o aún se retrocede en ella, no es válido hablar siquiera de la construcción del socialismo” (15)

Y volviendo sobre el objetivo de que el fin de la explotación del hombre por el hombre alcanzara una dimensión universal señalaba:

“Tenemos que preparar las condiciones para que nuestros hermanos entren directa y conscientemente en la ruta de la abolición definitiva de la explotación, pero no podemos invitarlos a entrar, si nosotros somos cómplices de esa explotación”. (16)

En Europa oriental se produjo la comprobación práctica de que, tal como él creyó, los regímenes de “socialismo de mercado”, en todas sus variantes, terminaron por ser inviables. Y de que las sociedades que esos regímenes promovieron no eran de transición socialista, sino de estancamiento en una “etapa intermedia” permanente en la cual los mecanismos del sistema disfrazaban la degeneración y abandono de los valores revolucionarios originales, la dominación de un grupo, los callejones sin salida del régimen económico, la inexistencia del internacionalismo ultimado por la razón de Estado y los intereses mezquinos, la marginación de las mayorías respecto a la participación en la política y la economía y el estrangulamiento de la sociedad civil.

En el 150 aniversario del Manifiesto Comunista, es absolutamente necesario reflexionar sobre la teoría básica constitutiva de nuestra identidad que, reiterando, se podría manifestar, según Marx y Engels con una sola fórmula: abolición de la propiedad privada. Y asumir la lucha por un programa revolucionario que, sin desconocer los cambios producidos en este siglo y medio en el mundo, tenga claro que lo que no sólo no ha cambiado sino que por el contrario, se ha consolidado a partir de la contrarrevolución mundial, es el carácter privado de la apropiación de los medios de producción fundamentales, así como también de los medios de comunicación, de transporte, de comercialización.

En este fin de siglo privatizado, los comunistas deberíamos encarnar la batalla por la supresión definitiva de la propiedad privada y su sustitución por formas de propiedad social que den base a una cultura solidaria, colectiva, libertaria, donde la única libertad que se prohiba sea la de un grupo de hombres que explotan a la mayor parte de la humanidad trabajadora.

3. El comunismo como fin de la alienación y de todo tipo de dominación.

Cuando en el Manifiesto Comunista Marx y Engels fundamentaban el programa, realizaron previamente una aguda crítica del conjunto de conepciones y valores que sirven a la burguesía para la reproducción de su dominación. Cuestionaron enfáticamente los conceptos de libertad, de personalidad, de cultura, de familia, de educación, de derecho, de nación sostenidos por la burguesía. Expresaban en el capítulo 2 que:

“La revolución comunista es la ruptura más radical con el régimen tradicional de propiedad; nada hay de extraño si en el curso de su desenvolvimiento rompe de la manera más radical con las ideas tradicionales.” (17)

Y agregaba más adelante:

“En lugar de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clases, surge una asociación en la que el libre desarrollo de cada uno es la condición del libre desarrollo de todos.” (18)

En este concepto se sustenta la batalla del marxismo por el fin de toda forma de enajenación y de alienación. En una entrevista realizada por el periodista Jean Daniel, en 1963, en Argel, el Che declaraba:

“El socialismo económico sin la moral comunista no me interesa. Luchamos contra la miseria, pero luchamos al mismo tiempo contra la alienación.”

El Che estaba recuperando para la teoría de la revolución el concepto original del marxismo como filosofía de la completa emancipación humana.

Cuando un año después batallaba en medio de la polémica económica en defensa del sistema presupuestario de financiamiento, volvía a referirse al tema de la batalla contra la alienación.

“El peso de este monumento de la inteligencia humana (19) es tal, que nos ha hecho olvidar frecuentemente el carácter humanista (en el mejor sentido de la palabra) de sus inquietudes. La mecánica de las relaciones de producción y su consecuencia: la lucha de clases, oculta en cierta medida el hecho objetivo de que son hombres los que se mueven en el ambiente histórico. Ahora nos interesa el hombre y de ahí la cita que, no por ser de su juventud, tiene menos valor como expresión del pensamiento del filósofo: “El comunismo como superación positiva de la propiedad privada, como autoenajenación humana y, por tanto, como real apropiación de la esencia humana por y para el hombre; por tanto, como el retorno total, consciente y logrado dentro de toda la riqueza del desarrollo anterior del hombre para sí como un hombre social, es decir, humano. Este humanismo es, como naturalismo acabado= humanismo y, como humanismo acabado= naturalismo; es la verdadera solución del conflicto entre el hombre y la naturaleza del hombre contra el hombre, la verdadera solución de la pugna entre la existencia y la esencia, entre la objetivación y la afirmación de sí mismo, entre la libertad y la necesidad, entre el individuo y la especie. Es el secreto revelado de la historia y tiene la conciencia de ser esta solución” (20)

Agrega el Che al respecto:

“La palabra conciencia es subrayada por considerarla básica en el planteamiento del problema; Marx pensaba en la liberación del hombre y veía al comunismo como la solución de las contradicciones que produjeron su enajenación, pero como un acto consciente. Vale decir, no puede verse el comunismo meramente como el resultado de contradicciones de clase en una sociedad de alto desarrollo, que fueran a resolverse en una etapa de transición para alcanzar la cumbre; el hombre es el actor consciente de la historia. Sin esta conciencia, que engloba la de su ser social, no puede haber comunismo.” (21)

La experiencia soviética, habla de un progresivo abandono de los enfoques que pensaban la revolución en términos culturales globales. La creatividad que prosiguió a la revolución de octubre fue aplastada a partir del período stalinista que consagró la idea de que la dirección del partido era la poseedora de las claves fundamentales para el desarrollo de la cultura revolucionaria y de la moral comunista. Se consagraron nuevas formas de alienación de los hombres, y el poder proletario fue finalmente usurpado por camarillas burocráticas que se sucedieron en el gobierno modificadas sin intervención popular, a partir de golpes palaciegos en las cúpulas.

Se deformó el concepto de dictadura del proletariado, como dominación de una clase para la emancipación del conjunto de la sociedad, transformándose en dominación de un grupo, productor y reproductor de privilegios; y la enajenación de la historia del conjunto del pueblo. El Estado todopoderoso asfixió progresivamente a la sociedad, y perpetuó el poder de un grupo favoreciendo el desarrollo de una casta burocrática que pudo posteriormente reiniciar desde allí la acumulación capitalista sobre la base del poder mafioso.

La proscripción de partes completas del pensamiento revolucionario, así como de determinadas ramas científicas, la anulación de la creación artística en función de los cánones del llamado “realismo socialista”, fueron configurando nuevas formas de alienación y de dominación. La formación de conciencia revolucionaria, por lo tanto de conciencia liberada, fue sustituida por adoctrinamiento vulgar. La ignorancia fue la base que permitió el vergonzoso desmoronamiento de aquellos regímenes del este europeo.

La incapacidad para genera una cultura opuesta a la cultura de la dominación, terminó restableciendo la dominación capitalista. La ineptitud para crear una cultura que posibilitara la transformación de la vida cotidiana de hombres y mujeres, jóvenes, niños y ancianos, sus relaciones interpersonales y grupales, sobre la base de valores nuevos permanentemente revolucionados, como fruto de la emancipación de la conciencia y de los sentimientos, en una sociedad que no se basa en la explotación sino en la solidaridad, constituyó el comienzo y el final del drama de la primer experiencia humana de creación del socialismo. La persistencia de la cultura capitalista, de sus valores y de sus representaciones en el imaginario social, reproducida en la esfera de la vida cotidiana, en la acción externa imperialista, y a partir de las incrustaciones de capitalismo existentes en la misma sociedad, preparó el terreno de la contrarrevolución mundial y el vergonzoso final de los sueños luminosos y de los actos heroicos que abonaron la historia de este siglo y medio.

Pensar al comunismo en el albor del siglo 21, debe remitirnos entonces como inspiración a aquel humanismo original que impulsara toda la obra creativa de Marx. La búsqueda de la liberación total de la humanidad y de los individuos. Esto significará mayor profundidad teórica, y mayor radicalidad en nuestros proyectos transformadores. Pero sobre todo una práctica que apunte a la violenta transformación de todo el orden capitalista existente, y a la búsqueda de caminos que permitan sostener enérgicamente una permanente revolución de las conciencias que evite el fuerte impacto que ejerce la dominación capitalista, internalizada en nuestras propias vidas. Una teoría y una práctica que rehuyan el dogmatismo, fiel aliado de la dominación; las doctrinas conformadas por certezas reveladas, útiles para una acción propagandística similar a las de las sectas religiosas, pero infecundas para realizar una verdadera transformación social.

El comunismo del futuro deberá aprender de la experiencia de lucha de la humanidad toda, y para ello deberemos integrar nuestras reflexiones, nuestros interrogantes, nuestras búsquedas; partiendo de que se ha multiplicado la práctica revolucionaria tanto en nuestro país como a nivel mundial y la gestación de una teoría revolucionaria eficaz requiere de los aportes que puedan producir todos los que honestamente luchamos por cambiar al mundo.

A 150 años de la redacción del Manifiesto Comunista, tenemos el desafío de devolverle al mismo nombre de comunismo su inspiración original: designación de todo lo subversivo, de todo lo rebelde, de todo lo opuesto a los valores y a las ideas que reproducen la dominación capitalista. Y tenemos la exigencia de que esa inspiración se traduzca en nuevas prácticas políticas, que integren y proyecten una auténtica batalla cultural que revolucione a nuestras propias creencias, a nuestras propias organizaciones y a nosotros mismos, una y otra vez.

“Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Las clases dominantes pueden temblar ante una revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella, más que sus cadenas. Tienen en cambio, un mundo que ganar. Proletarios de todos los países, uníos!.” (22)

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1. Manifiesto Comunista. Carlos Marx. Federico Engels

2. “la necedad de lo que hoy resulta necio/ la necedad de asumir al enemigo/ la necedad de vivir sin tener precio”. Silvio Rodríguez. El necio

3. Id. cita 1. Prólogo de Engels a la Edición Alemana de 1890. Editorial Anteo. 1956

4. Id. cita 2.

5. Lenin. Sobre la consigna de los Estados Unidos de Europa. Obras Escogidas.

6. Carlos Marx. Circular del Comité Central a la Liga Comunista. Marzo de 1850

7. Braden era el embajador norteamericano, que participó activamente en el apoyo a la fórmula electoral de la Unión Democrática

8. Término con que se identificó a la inmigración proveniente del interior del país hacia la capital, que fue base del nuevo proletariado constituido en los años 40.

9. Ernesto Che Guevara. Obras Escogidas. Discurso en la Conferencia de Argel

10. Ernesto Che Guevara. Obras escogidas. “El socialismo y el hombre en Cuba”. Editora Política de La Habana

11. Id. cita 1

12. Lenin. Problemas de la edificación del socialismo y comunismo en la URSS

13. Che. Sobre el sistema presupuestario de financiamiento

14. Che. El socialismo y el hombre en Cuba

15. Id. cita 7

16. Id. cita 13

17. Id. cita 1

18. Id. cita 1

19. Se refiere a El Capital. NR

20. Carlos Marx. Manuscritos Económico Filosóficos de 1844. De. Grijalbo

21. Che. Sobre el sistema presupuestario de financiamiento

22. Carlos Marx. Federico Engels. Manifiesto Comunista.

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