Yo no quiero trabajar

No me gusta trabajar. Mejor dicho, me da asco. Hablemos sin medias tintas: si me expreso con propiedad y evito eufemismos o circunloquios, lo odio. No lo soporto, me repulsa, me da agonía. La garganta se me atasca con arcadas en cuanto entro por la puerta de la fábrica, o de la oficina, o del supermercado. Todas las puertas al trabajo me parecen iguales: me engullen, me mastican, me agotan y me escupen con la promesa de hacer lo mismo al día siguiente. La angustia aumenta proporcionalmente a las horas de curro que llevo encima, que transcurren lentamente mientras pienso en la enorme cantidad de cosas que podría estar haciendo en lugar de pringar: ver a la familia, charlar con los amigos, leer un libro, dar un paseo hasta la farola, estudiar lenguas muertas, dibujar un plátano, pensar en la mona de pascua o simplemente darme un barrigazo por ahí, disfrutando de mi aburrimiento. La náusea llega a la máxima expresión cuando, a fin de mes, reviso mi nómina y compruebo que, de nuevo, se me paga lo mínimo para poder recuperar fuerzas y continuar trabajando otro mes más. Todo este rollo del curro asalariado, de la ética del trabajo, esa cantinela de que hay que trabajar para ser un buen ciudadano no me convence. Es una tomadura de pelo. Si trabajar es un derecho, yo no lo quiero. Renuncio.

¿Qué trabajando se aprende? Yo aprendo más leyendo. ¿Trabajar es sano? Que se lo digan a los novecientos y pico currelos que la espichan todos los años en el desempeño de la faena, aquí en España. ¿Forma el carácter? Más bien lo corroe; conozco a pocos que vuelvan del curro contentos y queriendo más. ¿Cultiva valores humanos? Difícilmente, repitiendo continuamente las mismas rutinas con el único objetivo de ejecutarlas más rápido, siendo casi imposible establecer lazos de solidaridad con compañeros con los que sólo tienes diez minutos para café, sabiéndose en el punto de mira de la próxima reforma laboral o de la extinción del contrato basura de turno.

A la actual crisis económica también le repulsa lo suyo, el trabajo. Con cada encuesta de población activa hay más gente sin empleo. ¿Pero no nos machacan constantemente con que hay que trabajar más y mejor para superar la crisis? Entonces, ¿por qué hay más y más paro a cada minuto que pasa? Es evidente: si trabajar fuese tan necesario para mejorar la economía, no habría en España más de cuatro millones de desempleados. Estarían todos trabajando desesperados, haciendo horas extraordinarias por un tubo, olvidándose de la cara que tienen sus amigos, su familia, olvidándose del color que tiene la luz del día, ¿verdad? Pero no es así: hay cuatro millones y medio de súbditos en España buscando un puesto de trabajo. Y no lo encuentran. Luego no falta trabajo. En realidad, sobra.

Legalmente, además, el trabajo es una entidad contradictoria. Una especie de Santísima Trinidad económica. Según el artículo 35 de la Constitución Española, el trabajo es un derecho y un deber. Así, sin más explicaciones. El trabajo es el único “derecho” que, simultáneamente, también es “deber”. Pero veamos. Si es un deber, no tengo la posibilidad de elegir ejercerlo o no, luego no es un derecho. Y si es un derecho, podría decidir si quiero o no quiero trabajar, con lo que no sería un deber. Pero no. El curro es, a la vez, derecho y deber. Con lo que el derecho va de viaje: porque lo quiera o no, tengo el deber de trabajar. La Constitución me obliga. La conclusión de todo este galimatías es que el trabajo da, también, dolor de cabeza.

Así que, si el trabajo es una verdadera porquería que no aporta al ser humano ningún crecimiento cultural, social o personal; es claramente perjudicial para la salud; cansa; supone una actividad legalmente contradictoria; y además hay un exceso enorme, un sobrante que llega a varios millones de personas en este país y en el mundo… ¿Por qué mierda seguimos teniendo necesidad de trabajar?

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Una respuesta a Yo no quiero trabajar

  1. Perplejo dijo:

    Interesante entrada. La verdad es que hay toda una metafísica del trabajo. Una suerte de religión, incluso. Y los sindicatos también han sucumbido a ella. Es un absurdo que viene de antiguo. Ya lo puso de manifiesto Paul Lafargue (el yerno de Marx) en su magnífico “El derecho a la pereza”, que además es bastante divertido.

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