¿Por qué el socialismo?

Hola, amigas y amigos de Marx. A pesar de los rigores estivales, no dejamos de trabajar en este proyecto. Lo que empezo siendo una selección de textos va tomando cuerpo. Y como muestra, por un lado, el trabajo ingente de Maese Sonoro reorganizando el espacio y por otro, la aparición de nuevos materiales.

En concreto, a continuación os ofrecemos una curiosidad. Un texto de Albert Einstein. Si, han leido bien, del físico alemán del E=mc2 también tenía simpatía por la cosa. El texto se publicó en la Monthly Review, y claro, en inglés. Hemos preparado una traducción, con lo que ello conlleva de pérdida, máxime si consideramos que ninguno/a nos dedicamos al arte de traducir. A pesar de duplicar el espacio, hemos creido conveniente publicar la versión inglesa y la traducción al castellano de A. Olivé.

Por qué el socialismo?

Albert Einstein

¿Es recomendable para quien no es un experto en cuestiones económicas y sociales a expresar su opinión sobre el tema del socialismo? Creo que por varias razones que lo es.

Consideremos primero la cuestión desde el punto de vista del conocimiento científico. Podría parecer que no hay diferencias metodológicas esenciales entre la astronomía y la economía: los científicos en ambos campos intento de descubrir leyes de aceptabilidad general para un grupo circunscrito de fenómenos para hacer la interconexión de estos fenómenos tan claramente comprensible como sea posible. Pero en realidad estas diferencias metodológicas existen.

El descubrimiento de leyes generales en el ámbito de la economía es difícil por la circunstancia de que los fenómenos económicos observados a menudo son afectados por muchos factores que son muy difíciles de evaluar por separado. Además, la experiencia que ha acumulado desde el inicio del período supuestamente civilizado de la historia humana tiene – como es bien sabido – ha sido ampliamente influenciada y limitada por causas que no son de naturaleza exclusivamente económica.

Por ejemplo, la mayoría de los grandes estados de la historia debieron su existencia a la conquista. Los pueblos conquistadores se establecieron, legal y económicamente, como la clase privilegiada del país conquistado. Se apoderaron de por sí mismos el monopolio de la propiedad de la tierra y designaron un sacerdocio de entre sus propias filas. Los sacerdotes, en control de la educación, hicieron la división de clases de la sociedad en una institución permanente y crearon un sistema de valores por el cual la gente estaba a partir de entonces, en gran medida inconscientemente, guiado en su comportamiento social.

Pero la tradición histórica es, por así decirlo, de ayer, en ninguna parte hemos superado realmente lo que Thorstein Veblen llamó “la fase depredadora” del desarrollo humano. Los hechos económicos observables pertenecen a esa fase e incluso las leyes que podemos derivar de ellos no son aplicables a otras fases.

 Puesto que el propósito real del socialismo es precisamente superar y avanzar más allá de la fase depredadora del desarrollo humano, la ciencia económica en su estado actual puede arrojar poca luz sobre la sociedad socialista del futuro.

En segundo lugar, el socialismo está dirigido hacia un fin ético-social. La ciencia, sin embargo, no puede crear fines y, aún menos, inculcarlos en los seres humanos, la ciencia, a lo sumo, puede proporcionar el medio para alcanzar ciertos fines. Pero los fines en sí mismos son concebidos por personalidades con elevados ideales éticos y – si estos extremos no están muertos, sino vitales y vigorosos – se aceptan y llevado adelante por los muchos seres humanos que, medio inconsciente, determinan la evolución lenta de la sociedad.

Por estas razones, debemos tener en guardia a sobrestimar la ciencia y los métodos científicos cuando se trata de problemas humanos, y no debemos asumir que los expertos son los únicos que tienen derecho a expresarse sobre cuestiones que afectan a la organización de la sociedad.

 Innumerables voces han estado afirmando desde hace algún tiempo que la sociedad humana está pasando por una crisis, que su estabilidad ha sido gravemente destrozada. Es característico de tal situación que los individuos se sienten indiferentes o incluso hostiles hacia el grupo, pequeño o grande, a la que pertenecen.

 A fin de ilustrar lo que quiero decir, permítanme recordar aquí una experiencia personal. Recientemente he discutido con un hombre inteligente y bien dispuesto la amenaza de otra guerra, que en mi opinión pondría en grave peligro la existencia de la humanidad, y me comentó que sólo una organización supranacional ofrecería protección frente a ese peligro. Entonces mi visitante, muy calma y fríamente, me dijo: “¿Por qué estás tan profundamente opuesto a la desaparición de la raza humana?”.

 Estoy seguro de que tan sólo hace un siglo nadie habría hecho tan ligeramente una declaración de este tipo. Es la declaración de un hombre que ha luchado en vano para lograr un equilibrio dentro de sí mismo y tiene la esperanza más o menos perdido de éxito. Es la expresión de una soledad dolorosa y del aislamiento de la cual tantas personas están sufriendo en estos días. ¿Cuál es la causa? ¿Hay una salida?.

 Es fácil plantear estas preguntas, pero difícil contestarlas con cierto grado de fiabilidad. Debo intentarlo, sin embargo, lo mejor que pueda, aunque soy muy consciente del hecho de que nuestros sentimientos y esfuerzos son a menudo contradictorios y obscuros y que no pueden expresarse en fórmulas fáciles y simples.

El hombre es, a un mismo tiempo, un ser solitario y un ser social. Como ser solitario, procura proteger su propia existencia y la de aquellos que están más cerca de él, para satisfacer sus deseos personales, y para desarrollar sus habilidades innatas. Como ser social, intenta ganar el reconocimiento y el cariño de sus semejantes, para compartir sus placeres, para confortarlos en sus dolores, y para mejorar sus condiciones de vida. Sólo la existencia de estas variadas, frecuentemente en conflicto, las cuentas de esfuerzos por lograr el carácter especial de un hombre, y su combinación específica determina el grado en que un individuo puede alcanzar un equilibrio interno y puede contribuir al bienestar de la sociedad. Es muy posible que la fuerza relativa de estas dos unidades sea, en general, establecida por la herencia. Pero la personalidad que finalmente emerge es en gran parte formada por el entorno en el que un hombre pasa a encontrarse a sí mismo durante su desarrollo, por la estructura de la sociedad en la que crece, por la tradición de esa sociedad, y por su valoración de determinados tipos de la conducta.

 El concepto abstracto “sociedad” significa para el ser humano individual la suma total de sus relaciones directas e indirectas con sus contemporáneos y para todas las personas de generaciones anteriores. El individuo es capaz de pensar, sentir, luchar y trabajar por sí mismo, pero él depende tanto de la sociedad – en su existencia física, intelectual y emocional – que es imposible pensar en él, o para entenderlo, fuera del marco de la sociedad. Es la “sociedad”, que proporciona al hombre con los alimentos, ropa, una casa, las herramientas de trabajo, el lenguaje, las formas de pensamiento, y la mayor parte del contenido del pensamiento, su vida es posible gracias al trabajo y los logros de los muchos millones pasado y el presente, todos ellos ocultos detrás de la pequeña palabra “sociedad”.

Es evidente, por tanto, que la dependencia del individuo a la sociedad es un hecho de la naturaleza que no pueden ser suprimidos – como en el caso de las hormigas y las abejas. Sin embargo, aunque el proceso de toda la vida de las hormigas y las abejas está fijado hasta el más mínimo detalle por rígidos, los instintos hereditarios, el patrón social y las interrelaciones de los seres humanos son muy variables y susceptibles al cambio. La memoria, la capacidad de hacer nuevas combinaciones, el don de la comunicación oral han hecho posible evolución de los seres humanos que no están dictados por necesidades biológicas. Esta evolución se manifiesta en tradiciones, instituciones y organizaciones; en la literatura, en actividades científicas y los logros de ingeniería, en obras de arte. Esto explica cómo es que, en cierto sentido, el hombre puede influir en su vida a través de su propia conducta, y que en este proceso el pensamiento consciente y el deseo pueden desempeñar un papel.

El hombre adquiere al nacer, a través de la herencia, una constitución biológica que debemos considerar fija e inalterable, incluyendo los impulsos naturales que son característicos de la especie humana. Además, durante su vida, adquiere una constitución cultural que adopta de la sociedad mediante la comunicación y muchos otros tipos de influencias. Es esta constitución cultural la que, con el paso del tiempo, está sujeta a cambios y que determina en gran medida la relación entre el individuo y la sociedad. La antropología moderna nos ha enseñado, a través de un examen comparado de las culturas llamadas primitivas, que el comportamiento social de los seres humanos puede diferir enormemente, dependiendo de patrones culturales prevalecientes y los tipos de organización que predominan en la sociedad. Es en esto que aquellos que se esfuerzan por mejorar la suerte del hombre pueden basar sus esperanzas: los seres humanos no están condenados, por su constitución biológica, a aniquilarse uno al otro o a estar a merced de un cruel destino, hayan sido autoinfligidas .

Si nos preguntamos cómo la estructura de la sociedad y la actitud cultural del hombre deben ser cambiadas para hacer la vida humana tan satisfactoria como sea posible, debe estar siempre consciente del hecho de que existen ciertas condiciones que no podemos modificar. Como se mencionó antes, la naturaleza biológica del hombre es, para todo fin práctico, no está sujeta a cambios. Por otra parte, los progresos tecnológicos y demográficos de los últimos siglos han creado condiciones que están aquí para quedarse. En las poblaciones relativamente densamente pobladas con los bienes que son indispensables para su existencia continuada, una división del trabajo extrema y un aparato productivo altamente centralizado son absolutamente necesarios. El tiempo – que, mirando hacia atrás, parece tan idílico – se ha ido para siempre cuando los individuos o grupos relativamente pequeños podían ser totalmente autosuficientes. Es sólo una leve exageración decir que la humanidad constituye aún hoy una comunidad planetaria de producción y consumo.

He llegado al punto en que puede indicar brevemente lo que para mí constituye la esencia de la crisis de nuestro tiempo. Se refiere a la relación del individuo con la sociedad. El individuo se ha vuelto más consciente que nunca de su dependencia de la sociedad. Pero él no experimenta esta dependencia como un elemento positivo, como un lazo orgánico, como una fuerza protectora, sino más bien como una amenaza a sus derechos naturales, o incluso su existencia económica. Por otra parte, su posición en la sociedad es tal que las unidades egoístas de su maquillaje constantemente se acentúan, mientras que sus pulsiones sociales, que son por naturaleza más débiles, se deterioran progresivamente. Todos los seres humanos, cualquiera que sea su posición en la sociedad, están sufriendo este proceso de deterioro. Sin saberlo prisioneros de su propio egoísmo, se sienten inseguros, solos, y privados del disfrute ingenuo, simple, y sencilla de la vida. El hombre puede encontrar un sentido a la vida, corta y arriesgada como es, sólo a través de dedicarse a la sociedad.

 La anarquía económica de la sociedad capitalista tal como existe hoy es, en mi opinión, la verdadera fuente del mal. Vemos ante nosotros a una comunidad enorme de productores, cuyos miembros se esfuerzan sin cesar para privar a los demás de los frutos de su trabajo colectivo – no por la fuerza, pero en general en el fiel cumplimiento de las normas que establece la ley. A este respecto, es importante darse cuenta de que los medios de producción – es decir, toda la capacidad productiva que se necesita para la producción de bienes de consumo, así como los bienes de capital adicional – puede legalmente ser, y en su mayor parte son , la propiedad privada de los individuos.

En aras de la simplicidad, en la discusión que sigue llamaré “trabajadores” a todos aquellos que no comparten la propiedad de los medios de producción – aunque esto no se ajusta del todo a la utilización habitual del término. El propietario de los medios de producción está en condiciones de comprar la fuerza de trabajo del trabajador. Mediante el uso de los medios de producción, el trabajador produce nuevos bienes que se convierten en propiedad del capitalista. El punto esencial de este proceso es la relación entre lo que el trabajador produce y lo que es pagado, ambos medidos en valor real. En la medida en que el contrato de trabajo es “libre”, lo que el trabajador recibe está determinado no por el valor real de los bienes que produce, sino por sus necesidades mínimas y por las necesidades de los capitalistas de fuerza de trabajo en relación con el número de trabajadores compitiendo por puestos de trabajo. Es importante entender que incluso en teoría el pago del trabajador no está determinado por el valor de su producto.

El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos, en parte debido a la competencia entre los capitalistas, y en parte porque el desarrollo tecnológico y la creciente división del trabajo fomentar la formación de grandes unidades de producción a expensas de los más pequeños. El resultado de estos desarrollos es una oligarquía del capital privado, el enorme poder de que no se puede controlar eficazmente incluso por una sociedad democráticamente organizada política. Esto es así porque los miembros de los cuerpos legislativos son seleccionados por los partidos políticos, financiados en gran parte o de otra manera influenciados por los capitalistas privados quienes, para todos los propósitos prácticos, separan el electorado de la legislatura. La consecuencia es que los representantes del pueblo de hecho no protegen suficientemente los intereses de los sectores desfavorecidos de la población. Por otra parte, en las condiciones existentes, los capitalistas privados inevitablemente controlan, directa o indirectamente, las fuentes principales de información (prensa, radio, educación). Por lo tanto, sumamente difícil, y de hecho en la mayoría de los casos absolutamente imposible, para el ciudadano de llegar a conclusiones objetivas y hacer un uso inteligente de sus derechos políticos.

La situación que prevalece en una economía basada en la propiedad privada del capital está así caracterizada por dos principios fundamentales: en primer lugar, los medios de producción (capital) son de propiedad privada y los propietarios disponen de ellos como lo consideran necesario, en segundo lugar, el contrato de trabajo es libre. Por supuesto, no hay tal cosa como una sociedad capitalista pura en este sentido. En particular, cabe señalar que los trabajadores, a través de largas y amargas luchas políticas, han tenido éxito en asegurar una forma algo mejorada del contrato de trabajo “libre” para ciertas categorías de trabajadores. Pero en su conjunto, la economía actual no difiere mucho de “puro” del capitalismo.

La producción se lleva a cabo con fines de lucro, no para su uso. No hay ninguna disposición que todos los capaces y dispuestos a trabajar siempre estará en condiciones de encontrar empleo, un “ejército de parados” casi siempre existe.

El trabajador está constantemente en el miedo de perder su trabajo. Dado que los trabajadores desempleados y mal pagados no proporcionan un mercado rentable, la producción de bienes de consumo está restringida, y grandes dificultades es la consecuencia. El progreso tecnológico produce con frecuencia más desempleo en vez de en una disminución de la carga de trabajo para todos. El ánimo de lucro, en relación con la competencia entre capitalistas, es responsable de una inestabilidad en la acumulación y utilización del capital que conduce a depresiones cada vez más graves. La competencia ilimitada conduce a un desperdicio enorme de trabajo, así como al agobiante de la conciencia social de los individuos que mencioné antes.

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WHY SOCIALISM?

by Albert Einstein

Is it advisable for one who is not an expert on economic and social issues to express views on the subject of socialism? I believe for a number of reasons that it is.

Let us first consider the question from the point of view of scientific knowledge. It might appear that there are no essential methodological differences between astronomy and economics:

scientists in both fields attempt to discover laws of general acceptability for a circumscribed group of phenomena in order to make the interconnection of these phenomena as clearly understandable as possible. But in reality such methodological differences do exist.

The discovery of general laws in the field of economics is made difficult by the circumstance that observed economic phenomena are often affected by many factors which are very hard to evaluate separately. In addition, the experience which has accumulated since the beginning of the so-called civilized period of human history has–as is well known–been largely influenced and limited by causes which are by no means exclusively economic in nature.

For example, most of the major states of history owed their existence to conquest. The conquering peoples established themselves, legally and economically, as the privileged class of the conquered country. They seized for themselves a monopoly of the land ownership and appointed a priesthood from among their own ranks.

The priests, in control of education, made the class division of society into a permanent institution and created a system of values by which the people were thenceforth, to a large extent unconsciously, guided in their social behavior.

But historic tradition is, so to speak, of yesterday; nowhere have we really overcome what Thorstein Veblen called “the predatory phase” of human development. The observable economic facts belong to that phase and even such laws as we can derive from them are not applicable to other phases. Since the real purpose of socialism is precisely to overcome and advance beyond the predatory phase of human development, economic science in its present state can throw little light on the socialist society of the future.

Second, socialism is directed towards a social-ethical end. Science, however, cannot create ends and, even less, instill them in human beings; science, at most, can supply the means by which to attain certain ends. But the ends themselves are conceived by personalities with lofty ethical ideals and–if these ends are not stillborn, but vital and vigorous–are adopted and carried forward by those many human beings who, half unconsciously, determine the slow evolution of society.

For these reasons, we should be on our guard not to overestimate science and scientific methods when it is a question of human problems; and we should not assume that experts are the only ones who have a right to express themselves on questions affecting the organization of society.

Innumerable voices have been asserting for some time now that human society is passing through a crisis, that its stability has been gravely shattered. It is characteristic of such a situation that individuals feel indifferent or even hostile toward the group, small or large, to which they belong.

In order to illustrate my meaning, let me record here a personal experience. I recently discussed with an intelligent and well-disposed man the threat of another war, which in my opinion would seriously endanger the existence of mankind, and I remarked that only a supra-national organization would offer protection from that danger. Thereupon my visitor, very calmly and coolly, said to me: “Why are you so deeply opposed to the disappearance of the human race?”

I am sure that as little as a century ago no one would have so lightly made a statement of this kind. It is the statement of a man who has striven in vain to attain an equilibrium within himself and has more or less lost hope of succeeding. It is the expression of a painful solitude and isolation from which so many people are suffering in these days. What is the cause? Is there a way out?

It is easy to raise such questions, but difficult to answer them with any degree of assurance. I must try, however, as best I can, although I am very conscious of the fact that our feelings and strivings are often contradictory and obscure and that they cannot be expressed in easy and simple formulas.

Man is, at one and the same time, a solitary being and a social being. As a solitary being, he attempts to protect his own existence and that of those who are closest to him, to satisfy his personal desires, and to develop his innate abilities. As a social being, he seeks to gain the recognition and affection of his fellow human beings, to share in their pleasures, to comfort them in their sorrows, and to improve their conditions of life.

Only the existence of these varied, frequently conflicting, strivings accounts for the special character of a man, and their specific combination determines the extent to which an individual can achieve an inner equilibrium and can contribute to the well-being of society. It is quite possible that the relative strength of these two drives is, in the main, fixed by inheritance. But the personality that finally emerges is largely formed by the environment in which a man happens to find himself during his development, by the structure of the society in which he grows up, by the tradition of that society, and by its appraisal of particular types of behavior.

The abstract concept “society” means to the individual human being the sum total of his direct and indirect relations to his contemporaries and to all the people of earlier generations. The individual is able to think, feel, strive, and work by himself; but he depends so much upon society–in his physical, intellectual, and emotional existence–that it is impossible to think of him, or to understand him, outside the framework of society. It is “society” which provides man with food, clothing, a home, the tools of work, language, the forms of thought, and most of the content of thought; his life is made possible through the labor and the accomplishments of the many millions past and present who are all hidden behind the small word “society.”

It is evident, therefore, that the dependence of the individual upon society is a fact of nature which cannot be abolished–just as in the case of ants and bees. However, while the whole life process of ants and bees is fixed down to the smallest detail by rigid, hereditary instincts, the social pattern and interrelationships of human beings are very variable and susceptible to change. Memory, the capacity to make new combinations, the gift of oral communication have made possible developments among human being which are not dictated by biological necessities. Such developments manifest themselves in traditions, institutions, and organizations; in literature; in scientific and engineering accomplishments; in works of art. This explains how it happens that, in a certain sense, man can influence his life through his own conduct, and that in this process conscious thinking and wanting can play a part.

Man acquires at birth, through heredity, a biological constitution which we must consider fixed and unalterable, including the natural urges which are characteristic of the human species. In addition, during his lifetime, he acquires a cultural constitution which he adopts from society through communication and through many other types of influences. It is this cultural constitution which, with the passage of time, is subject to change and which determines to a very large extent the relationship between the individual and society. Modern anthropology has taught us, through comparative investigation of so-called primitive cultures, that the social behavior of human beings may differ greatly, depending upon prevailing cultural patterns and the types of organization which predominate in society. It is on this that those who are striving to improve the lot of man may ground their hopes: human beings are not condemned, because of their biological constitution, to annihilate each other or to be at the mercy of a cruel, self-inflicted fate.

If we ask ourselves how the structure of society and the cultural attitude of man should be changed in order to make human life as satisfying as possible, we should constantly be conscious of the fact that there are certain conditions which we are unable to modify. As mentioned before, the biological nature of man is, for all practical purposes, not subject to change. Furthermore, technological and demographic developments of the last few centuries have created conditions which are here to stay. In relatively densely settled populations with the goods which are indispensable to their continued existence, an extreme division of labor and a highly-centralized productive apparatus are absolutely necessary. The time–which, looking back, seems so idyllic–is gone forever when individuals or relatively small groups could be completely self-sufficient. It is only a slight exaggeration to say that mankind constitutes even now a planetary community of production and consumption.

I have now reached the point where I may indicate briefly what to me constitutes the essence of the crisis of our time. It concerns the relationship of the individual to society. The individual has become more conscious than ever of his dependence upon society. But he does not experience this dependence as a positive asset, as an organic tie, as a protective force, but rather as a threat to his natural rights, or even to his economic existence. Moreover, his position in society is such that the egotistical drives of his make-up are constantly being accentuated, while his social drives, which are by nature weaker, progressively deteriorate. All human beings, whatever their position in society, are suffering from this process of deterioration. Unknowingly prisoners of their own egotism, they feel insecure, lonely, and deprived of the naive, simple, and unsophisticated enjoyment of life. Man can find meaning in life, short and perilous as it is, only through devoting himself to society.

The economic anarchy of capitalist society as it exists today is, in my opinion, the real source of the evil. We see before us a huge community of producers, the members of which are unceasingly striving to deprive each other of the fruits of their collective labor–not by force, but on the whole in faithful compliance with legally established rules. In this respect, it is important to realize that the means of production–that is to say, the entire productive capacity that is needed for producing consumer goods as well as additional capital goods–may legally be, and for the most part are, the private property of individuals.

For the sake of simplicity, in the discussion that follows I shall call “workers” all those who do not share in the ownership of the means of production–although this does not quite correspond to the customary use of the term. The owner of the means of production is in a position to purchase the labor power of the worker. By using the means of production, the worker produces new goods which become the property of the capitalist. The essential point about this process is the relation between what the worker produces and what he is paid, both measured in terms of real value. Insofar as the labor contract is “free,” what the worker receives is determined not by the real value of the goods he produces, but by his minimum needs and by the capitalists’ requirements for labor power in relation to the number of workers competing for jobs. It is important to understand that even in theory the payment of the worker is not determined by the value of his product.

Private capital tends to become concentrated in few hands, partly because of competition among the capitalists, and partly because technological development and the increasing division of labor encourage the formation of larger units of production at the expense of the smaller ones. The result of these developments is an oligarchy of private capital, the enormous power of which cannot be effectively checked even by a democratically organized political society. This is true since the members of legislative bodies are selected by political parties, largely financed or otherwise influenced by private capitalists who, for all practical purposes, separate the electorate from the legislature. The consequence is that the representatives of the people do not in fact sufficiently protect the interests of the underprivileged sections of the population. Moreover, under existing conditions, private capitalists inevitably control, directly or indirectly, the main sources of information (press, radio, education). It is thus extremely difficult, and indeed in most cases quite impossible, for the individual citizen to come to objective conclusions and to make intelligent use of his political rights.

The situation prevailing in an economy based on the private ownership of capital is thus characterized by two main principles: first, means of production (capital) are privately owned and the owners dispose of them as they see fit; second, the labor contract is free. Of course, there is no such thing as a pure capitalist society in this sense. In particular, it should be noted that the workers, through long and bitter political struggles, have succeeded in securing a somewhat improved form of the “free labor contract” for certain categories of workers. But taken as a whole, the present day economy does not differ much from “pure” capitalism.

Production is carried on for profit, not for use. There is no provision that all those able and willing to work will always be in a position to find employment; an “army of unemployed” almost always exists. The worker is constantly in fear of losing his job. Since unemployed and poorly paid workers do not provide a profitable market, the production of consumers’ goods is restricted, and great hardship is the consequence. Technological progress frequently results in more unemployment rather than in an easing of the burden of work for all. The profit motive, in conjunction with competition among capitalists, is responsible for an instability in the accumulation and utilization of capital which leads to increasingly severe depressions. Unlimited competition leads to a huge waste of labor, and to that crippling of the social consciousness of individuals which I mentioned before. 

 

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6 respuestas a ¿Por qué el socialismo?

  1. Kixmi dijo:

    Os agradezco que hayáis publicado un texto que no conocía, y mostrado otra faceta de ese gran científico y mejor persona, igual de desconocida para mi, y supongo que para muchos otros. Si sabía del enorme sentido común de este hombre, de su inteligencia y humildad, que al aplicar su enorme capacidad analítica, agudizada por su trabajo habitual, a lo que es la situación social, muy semejante a la actual y diferente a la de otros teóricos socialistas anteriores, llega a conclusiones parecidas a estos. De tal manera que, en algunos párrafos, no podemos distinguir si estamos leyendo a Lenin o al autor de la Teoría de la Relatividad, salvo por el hecho de que la sociedad analizada es una prácticamente idéntica a la actual.
    Para mi, lo que tiene mas valor es mostrar la causa del divorcio entre políticos y sociedad, y de como los medios de información terminan convertidos en instrumentos de adoctrinamiento al servicio del poder económico ( el poder real), dejando en pañales los métodos de la propaganda soviética. Lo mas curioso es que este proceso no es evidente para la mayoría, y en eso consiste su refinamiento. Proceso perfeccionado por décadas de aportaciones de psicólogos, sociólogos, filósofos y profesionales de la comunicación vendidos al poder, y herederos de la linea desarrollada por Goebbels.

    • A. Olivé dijo:

      Gracias a tí, Kixmi. Reconforta saber que nos leeís y os parecen interesantes los textos que compartimos.

      Tienes toda la razón al referirte al refinamiento del sistema de propaganda del capitalismo. Hay unas cuantas fundaciones que emplean a miles de profesionales elaborando argumentarios que se repetirán machaconamente en los medios de desinformación masiva. Y frente a esto, la izquierda alternativa prácticamente tirando aún de “vietnamita” y panfletos. Es una lucha muy desigual, pero se trata de ser “pelotari incansable”.

      Salud

  2. amparo dijo:

    TONIOOLIVE:

    buenas noches ,gracias por contestarme ,pero a mi me huviera gustado, que aunque fueran unas linieas, me hicieras alguna critica del escrito,porque de las criticas se aprende, y yo estoy aprendiendo, ytengo muchas faltas de ortografia como te abras dado cuenta ,pero de las faltas no quiero que me corrijas , solo quiero que me digas que te parece, pues sera un punto de referencia para mi GRACIAS .

    • A. Olivé dijo:

      Buenas noches Amparo.

      Pedirte disculpas por no haber contestado antes. La verdad, me pides una crítica a tu escrito y no puedo hacerte ninguna por que coincido con lo que has escrito, plenamente, blanco sobre negro. Es tal cual lo describes, casi desde la cuna es imposible escapar al sistema capitalista. Con la propaganda día a día bombardeando nuestras cabezas es difícil poder pensar algo diferente.

      Salud

  3. Antonio Olivé dijo:

    Buenas noches Amparo. Gracias por tu intervención. Quisiera, no obstante, puntualizarte lo siguiente: yo no he explicado nada (ya me gustaría a mí), lo explica el gran Albert Einstein. En cuanto a lo del inglés, no es que mitad del escrito esté en castellano y la mitad en inglés. Como muchos/as no dominamos esa lengua, hicimos una traducción (lo que pudimos) y pensamos que se podía poner también el escrito en lengua original, inglés, para todos aquellos que si sepan.

    Un saludo.

  4. amparo dijo:

    TONYOOLIVE:me ha gustado mucho como lo has esplicado,pero cuando en mitad del escrito ,eh visto que estava en ingles ,la verdad ,no lo entiendo .

    HABER si he comprendido algo ,yo se que cuando nacemos ,de la union de nuestros padres el que nace saca su personalidad,pero cuando va creciendo ,empieza a impregnarse de la sociedad en que vive,y en la que estamos capitalista,empezando por el colegio,y sino te sale la loteria ,va el trabajo y enseguida entras a formar parte del sistema capitalista,y entonces tu personalidad te la tienes que guardar, y sino lo haces ya eres un terrorista,o si perteneces a un sindicato ,o al partido de los trabajadores ,pues para que quieres mas,ya no te pierden de vista,con esto quiero decir que pasas a ser de su propiedad y sino,a la puta calle y asi por medio del miedo, pues el capital se hace cada vez mas y mas grande y mas poderoso, y los trabajadores cada vez mas y mas desunidos .

    ASI que entre que los medios de imformacion , hestan comprados y nos cuentan lo que quieren ,como va a
    estar el currante ,su cabeza como una peonza .
    bueno me voy a dormir pues son ya las 2 buenas noches tonyoolive.

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