2.13. Crítica de la Moral (Nietzsche)

Una crítica demoledora de la Moral, a cargo de Nietzsche. El pensamiento marxista parte de lo mismo: la moral como ideología, como instrumento para perpetuar el orden social existente, como producto no de la voluntad, del pensamiento, sino de necesidades sociales. El texto está tomado de la misma edición que el anterior. Es de una vigencia extraordinaria, ahora que el capitalismo muestra sus garras mientras la ideología del humanitarismo y la salud quiere mejorarnos a base de porra.

LOS QUE QUIEREN «MEJORAR» A LA HUMANIDAD

1

Como es sabido, exijo al Filósofo que se sitúe más allá del bien y del mal, que ponga por debajo de si la ilusión del juicio moral. Esta exigencia deriva de una intuición que yo he sido el primero en formular: la de que no hay hechos morales. El juicio moral tiene en común con el religioso el creer en realidades que no son tales. La moral no es más que una interpretación de determinados fenómenos, o, por decirlo con más exactitud, una interpretación errónea. Al igual que el religioso, el juicio moral corresponde a un nivel de ignorancia en el que todavía no ha aparecido el concepto de lo real. La distinción entre lo real y lo imaginario; de forma que en dicho nivel la palabra «verdad» designa cosas qua hoy llamaríamos «imaginaciones». En este sentido, nunca se debe tomar el juicio moral al pie de la letra; en sí mismo no encierra más que un sin sentido. No obstante, como semiótica, ofrece un cierto valor: revela, cuando menos, al que es capaz de verlas, realidades muy apreciables respecto a civilizaciones o interioridades que no sabían lo suficiente para entenderse a sí mismas. La moral no es más que un lenguaje de signos, una sintomatología; hay que saber de qué se trata para poder sacar provecho de ella.

2

Dejo al margen, con profundo respeto, el nombre de Heráclito. Mientras que el resto de la comunidad de los filósofos rechazaba el testimonio de los sentidos porque éstos perciben el mundo en, términos de multiplicidad y de cambio, él rechazó su testimonio porque perciben el mundo en términos de permanencia y de unidad. También Heráclito fue injusto con los sentidos. Estos no mienten ni como pensaban los eleatas ni como creía él; no mienten en modo alguno. Lo que hacemos con su testimonio es lo que introduce la mentira, por ejemplo, la mentira de la unidad, la mentira de la coseidad, de la sustancia, de la permanencia… La causa de que falseemos el testimonio de los sentidos no es otra que la «razón». Los sentidos no mienten cuando nosmuestran que todo deviene, perece, cambia… Pero Heráclito tendrá eternamente razón al defender que el ser es una ficción vacía. No hay más mundo que el «aparente», el «mundo verdadero» no es más que un añadido falaz.

3

¡Yqué delicados instrumentos de observación son para nosotros los sentidos! Pensemos, por ejemplo, en la nariz, algo de lo que ningún filósofo ha hablado aún con veneración y agradecimiento, pese a haber sido hasta hoy el más sensible de todos los instrumentos que están a nuestro alcance. Puede captar unas diferencias tan pequeñas de movimiento que ni un espectroscopio registraría. Si hoy tenemos ciencia es en la medida en que nos hemos decidido a aceptar el testimonio de los sentidos, en que hemos aprendido a aguzarlos más, a robustecerlos, a pensar de acuerdo con ellos hasta el final. Lo demás no es sino un aborto,que o no llega a la categoría de ciencia -como en el caso de la metafísica, de la teología, dela psicología, de lateoría del conocimiento, que es ciencia formal, teoría de los signos, como lalógica, y lógica aplicada, como las matemáticas. En ellas la realidad no hace acto de presencia ni como problema; ni siquiera se cuestiona qué valor puede tener en general ese sistema conceptual de signos que es la lógica.

4

Hay otra cosa que pertenece a la idiosincrasia del filósofo, no menos peligrosa: la de confundir lo último con lo primero. Ponen al principio, como principio lo que viene al final-por desgracia, porque no debería venir nunca-: «los conceptos supremos», es decir los más generales, los más vacíos, el último humillo de la realidad que se evapora. Esto no es, una vez más, sino una manifestación de la forma que tienen de venerar. Lo superior no puede provenir de lo inferior, no puede provenir de nada…

Moraleja: todo lo que es de primer orden tiene que causarse a sí mismo. Se considera que provenir de algo distinto constituye una objeción, algo que pone en entredicho su valor. Todos los valores supremos son de primer orden; ninguno de los conceptos supremos, como el ser, lo absoluto, el bien, la verdad, la perfección, puede provenir de algo; en consecuencia, tiene que  causarse a sí mismo. Pero todas estas cosas no pueden ser desiguales entre sí, ni estar en contradicción consigo mismas. Con esto, los filósofos disponen de su estupendo concepto de «Dios»… Lo último, lo más liviano, lo más vacío es situado con lo primero, como lo que se causa a sí mismo, como el ente realísimo. ¡Qué triste es que la humanidad haya tenido que tomar en serio los dolores de cabeza de esos enfermos fabricantes de telarañas! ¡Y a qué precio lo ha hecho!.

5

Terminemos contraponiendo a esto la forma tan diferente como nosotros entendemos el problema del error y de la apariencia (y hablo en plural por pura cortesía). Antaño se consideraba que la variación, el cambio, el devenir en general constituía una prueba de que lo que está sometido a ello es algo aparente, como el signo de que en ello hay algo que nos induce a error. Hoy, por el contrario, en la medida exacta en que el prejuicio de la razón nos impulsa a conceder unidad, identidad, permanencia, sustancia, causa, coseidad, ser, nos vernos de algún modo atrapados en el error; necesitamos el error; aunque, en base a una rigurosa comprobación, estemos íntimamente convencidos de que ahí radica el error. Con esto sucede igual que con los movimientos de las grandes constelaciones: en éstos el error tiene o nuestros ojos como constante defensa; en lo otro, el abogado defensor es nuestro lenguaje. Por su origen, el  lenguaje pertenece a la época de la forma más rudimentaria de la psicología: caemos en un fetichismo grosero cuando tomamos conciencia de los supuestos básicos de la metafísica del lenguaje, o, por decirlo más claramente, de la razón. Ese fetichismo ve por todos lados agentes y actos: cree que la voluntad es la causa en general; cree en el «yo», que el yo es un ser, una sustancia, y proyecta sobre todo la creencia en el yo como sustancia. Así es como crea el concepto de «cosa». El ser es añadido mediante el  pensamiento y se le introduce subrepticiamente en todas las cosas como causa; el concepto de «ser» se sigue, deductivamente, del concepto de «yo»… A la base está ese enorme y fatídico error de que la voluntad es algo que produce efectos, de que la voluntad es una facultad … Hoy sabemos que no es más que una palabra … Mucho más tarde, en un mundo mil veces más ilustrado, los filósofos tomaron conciencia muy sorprendidos de la seguridad y de la certeza subjetiva en el manejo de las categorías de la razón; sacaron entonces la conclusión de que tales categorías no podían proceder de algo empírico; todo lo empírico, decían, está efectivamente en contra de ellas…

¿De dónde proceden, pues? Tanto en la India como en Grecia se cometió el mismo error: «Debemos haber vivido ya antes en un mundo superior (en lugar de decir en un mundo inferior, lo que habría sido cierto); debemos haber sido seres divinos, ya que tenemos la razón». Realmente, nada ha tenido hasta hoy un poder de convicción más ingenuo que el error relativo al ser, tal y como fue formulado por los eleatas, por ejemplo. Cuenta a su favor con cada palabra, con cada frase que pronunciamos. Incluso los adversarios de los eleatas se rindieron al hechizo del concepto de ser que defendían aquéllos: entre otros, Demócrito, cuando inventó su átomo.¡Esa vieja embustera que es la razón se había introducido en el lenguaje! Mucho me temo que no conseguiremos librarnos de Dios mientras sigamos creyendo en la gramática

6

Creo que se me agradecerá que condense una idea tan esencial y tan nueva en cuatro tesis. De esta forma se me entenderá mejor y suscitaré las contradicciones.

Primera tesis. Las razones por  las que se ha considerado que «este» mundo es aparente constituye más bien el fundamento de su realidad; cualquier otra forma de realidad resulta totalmente indemostrable.

Segunda tesis. Las características que son atribuidas al «verdadero ser» de las cosas son precisamente los rasgos distintivos del no ser, de la nada; el «mundo verdadero» ha sido concebido a base de contradecir el mundo real. Ese presunto «mundo verdadero» es en realidad un mundo aparente por no ser más que una ilusión de óptica moral.

Tercera tesis. No tiene sentido inventar fábulas respecto a «otro» mundo distinto a éste, siempre y cuando no estemos movidos por un impulso instintivo a calumniar, a empequeñecer, a recelar de la vida. En este caso nos vengamos de la vida imaginando con la fantasía «otra» vida distinta y «mejor» que ésta.

Cuarta tesis. Dividir elmundo en «verdadero» y «aparente», ya sea a la manera del cristianismo, ya sea al modo de Kant (en ultimo término, un cristiano perverso), no es más que un índice de vida descendente. El hecho de que el artista valore más la apariencia que la realidad no representa una objeción a esta tesis, habida cuenta de que en este caso «la apariencia» equivale aquí también ala realidad, sólo que seleccionada, reforzada, corregida. El artista trágico no es un pesimista; afirma todo lo problemático y terrible; es dionisíaco…

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