Carlos Fernández Líria: “En ausencia del hombre” (II)

Por fin. Ya tenemos la segunda parte de este trabajo tan interesante de Carlos Fernández Líria.

En ausencia del hombre (II)

Para que la producción de tal diferencia sea preservada, es preciso contar con multitud de factores que huelga describir aquí cuando ya están endiabladamente descritos fuera de estas páginas. Pero no por ellos la producción es producción de otra cosa. Se produce plusvalía aunque para ello sea necesario producir pan o juguetes para los Reyes Magos.

La producción capitalista, que sólo encuentra sus razones en diferencias de valor y si desciende a preguntarse por valores de uso y caracteres físicos o naturales (utilidad, conveniencia…) es únicamente es la medida en que tales razones de la producción de plusvalía lo exigen, es, por tanto, ajena a todas las cuestiones que el hombre pudiera preguntarse al producir: qué necesidades humanas hay que satisfacer, que cantidad hay que producir, con qué calidad, si tal maquinaria ahorraría o no esfuerzo, etc. … Todos estos temas – y muchos otros- no son requeridos en la producción sino a propósito, sí, de unas necesidades, si no incluso qué necesidades habrá de tener el hombre –ocioso sería ya aludir aquí a la publicidad. Llegados hasta el absurdo –antropológico- claro es que no porque la sociedad necesite de los productos almacenados como stock va a dejar de ser preferible que estos sean devorados por las polillas antes que consumidos; si una empresa ha producido “demasiado” y el capitalista no encuentra cómo transformar sus productos –y por tanto, su plusvalor- en capital, en modo alguno depende del propietario de tal riqueza la decisión de qué hacer con ella. Está claro que para nada quiere éste un stock de un millar de frigoríficos. Pero si un repentino arranque de filantrópica debilidad por el género humano –y el capitalista también podrá ser buena persona, parece probable- le empujara a regalárselos a los trabajadores, sobrevendría la desgracia de que, sin darse cuenta, en lugar de entregar los productos sobrantes estaría regalando aquellos que tenían mercado asegurado. Al fin de cuentas, tendría el mismo stock habiendo regalado en lugar de vendido el resto de la producción. Y si la bondad obliga a la sensatez, ni siquiera habría ganado el cielo con eso. La empresa quebraría y su buena voluntad habría realizado el caritativo milagro de dejar en paro a cientos de familias a cambio de una nevera; eso sin contar su quizás más triste destino personal –hay épocas en que los capitalistas tienen gran propensión al suicidio, perdiendo así su alma además de su fortuna-. Las cosas son desde luego algo más complejas pero las crisis económicas no resultan –para el hombre-, finalmente, menos, sin o más chocantes. La sociedad mantiene con sus impuestos empresas que no sólo no sirven para que nadie obtenga beneficios de ellas, sino que tampoco sirven ellas mismas sino para dificultar la labor competitiva a las que todavía no han quebrado. Los obreros aceptan de buen grado restricciones de salario para que no quiebre su empresa y si no las aceptan oímos a los propietarios quejarse de que los sindicatos son precisamente los que llevando a la empresa a la ruina, arruinarán a los trabajadores cuando estos queden en paro. Se trata, pues, de que no se pierdan puestos de trabajo. Cosa completamente lógica para todos menos para los que habían intentado ver en la producción un fenómeno humano; pues ¿a cuenta de qué ha acabado el hombre por pedir trabajo y no riqueza?, ¿a cuenta de qué es preciso que trabaje en lo que sea y cuando menos productivo sea su trabajo tanto mejor pues el mal ya no es que falta sino más bien que sobra riqueza, razón por la cual las empresas han entrado en crisis?. Se multiplica el área de los servicios para proporcionar nuevos puestos de trabajo y proliferan los uniformes así no valgan para nada, porque de lo que se trata ya no es de buscar riqueza aún si para ello es preciso trabajar, sino de buscar trabajo con tal de que ello no haga aumentar una riqueza que sobra ya por todas partes –hasta el punto de que las empresas han tenido que dejar de producir y los obreros, al perder el trabajo, no tienen ya los medios para consumirla-.

Y las cosas son desde luego mucho más complejas. Pero todos los tópicos hippies, como los signos de admiración de Iván Illich, no se equivocan por lo que describen. Es absurdo, quien lo duda, que el hombre se ocupe ocho horas al día en un trabajo tedioso y ya no pueda utilizar su tiempo libre –que es “libre” precisamente porque el trabajo es tedioso, inhumano- sino en reponerse para poder proseguir con lo mismo a la mañana siguiente, cuando tan unánimemente se había acordado que el hombre no trabaja sino para ahorrar esfuerzo, es decir, trabajo. Es absurdo que los que producen no puedan decidir producir sólo en la medida en que la producción ahorre más esfuerzo del que es preciso invertir en ella. El único problema estriba en el vacío teórico que representa sencillamente denunciar un absurdo, en lugar de conocer el discurso que él encierra; en la completa ociosidad de decir que el hombre está loco, cuando está claro que ni tú ni yo lo estamos (¿quién está loco en ese sentido?) y mucho menos esos supuestamente malintencionados “tecnócratas”, obsesos de la producción por la producción, que claro está que en ningún sitio existen sino en obras tan tristemente célebres como la de Theodore Roszak. Y mucho menos estará la locura y el absurdo en esos pobres capitalistas que ya sólo miran –cuenta les trae en ello- por cómo no llevar la empresa a la ruina reduciendo el ritmo de la producción cuando sólo en la producción está la ganancia que impide la ruina. Empeñarse en que la evidencia de que “la producción produce para la producción”, primando sólo las necesidades de ésta, no es sino efecto de la insensatez del hombre por producir por producir, es ya más ridículo que hacer de la ignorancia una causa, es convertir la ciencia en un manicomio.

Y así, las quejas ante un desarrollo técnico disparatado, que no parece nunca conformarse con nada y al que ya nada le preocupa -¿no? todos lo hacemos, todos nos preocupamos, hasta el presidente de los EEUU lo hace hasta el punto de construir refugios nucleares- han alimentado a muchos literatos entre los cuales los sociólogos y estudiosos del crecimiento son sin duda los menos ingeniosos. No hace falta “estudiar” un absurdo que se denuncia por sí solo; mucho más difícil es explicarlo, aunque, mal que pese, está ya perfectamente explicado en Das Kapital. Producción de plusvalía relativa. Plusvalía relativa que explica también otros “misterios” que han dado tanta propaganda a supuestos “innovadores”, “críticos” de Marx sencillamente por limitarse a describir efectos ahí donde éste había mostrado las causas: el “imprevisto” aumento del nivel de vida de las clases trabajadoras, por ejemplo.

Habiendo de entrada que el aumento de la plusvalía absoluta tenía límites infranqueables (por de pronto no se puede ni idealmente aumentar la jornada laboral por encima de 24 horas), Marx pasa al estudio de la plusvalía relativa. Es sólo desde este punto de vista que queda claro cómo el hombre se plantea unas preguntas y apela y sopesa unas razones que justamente en nada intervienen en la producción, cayendo sus preocupaciones muy allá o muy acá del discurso que verdaderamente opera en el mecanismo productivo –y esto atañe exactamente igual a las preocupaciones del capitalista. El hombre sólo puede ver que una máquina, si ha de ser productiva, ha de ahorrar trabajo, por lo que habría de poder esperar que en la producción de la riqueza precisa se invirtiera en los sucesivos menos horas de trabajo que antes del hallazgo. No obstante, desde el mismo momento que un aumento de la productividad es anunciado, todas las razones que comienzan a operar apuntan en el sentido precisamente inverso, hasta el punto de que –ni mucho menos por necesidad técnica o humana- es preciso comenzar a producir artículos de peor calidad, de más pronto desgaste, para asegurar la renovación del mercado que pueda hacer frente al nuevo ritmo productivo. Así, al hombre no dejará de sorprenderle que la máquina, un amasijo de tuercas y tornillos pueda imponer una ley tanto al obrero como al capitalista; precisamente se suponía a todas luces que la maquinaria “considerada en sí, abrevia el tiempo de trabajo”, precisamente se suponía evidente a todas luces que la maquinaria “considerada en sí, abrevia el tiempo de trabajo”, siendo ya más difícil de preveer cómo es que “utilizada por los capitalistas lo prolonga”. O bien, cómo es que “considerada en sí es una victoria del hombre sobre las fuerzas de la naturaleza, pero empleada por los capitalistas impone al hombre el yugo de las fuerzas naturales”. Si esos efectos inversos a todo lo previsible no dependen de la maquinaria sino de su empleo capitalista, entonces, se apresura a responder siempre nuestro pésimo “lector” de Marx, tal cosa tendrá su explicación en el empleo que los capitalistas imponen a la maquinaria. De nuevo una sutil diferencia: Marx hablaba del “empleo capitalista” y ahora hablamos ya del empleo al que unos determinados hombres (los capitalistas) destinan y constriñen la maquinaria. Un tenue matiz que, como Althusser mostró, da al traste con todo el objeto teórico de El Capital. Como mi condición de profesor de instituto me ha acostumbrado ya a simplificar sin remordimientos, vamos a contar un cuento algo ridículo.

Imaginemos (preenciendo del concepto de capital constante, composición orgánica del capital y otros tantos) que una empresa X da con un hallazgo técnico capaz de aumentar su productividad al doble. Comienza entonces un proceso que tiene dos etapas bien diferenciadas: antes y después de que tal hallazgo se haya generalizado a la competencia. Claro es que antes de que eso ocurra el capitalista produce el doble de productos en el mismo tiempo de trabajo, por lo que, habida cuenta de que es el trabajo la base del valor, podría esperarse que el valor de la suma de los productos fuera el mismo y el valor sólo se impone a través del mercado y está claro que nadie pregunta al comprar, ante dos productos iguales, si se ha trabajado en uno más que en otro, la realidad será que el valor de cada producto, aunque individualmente tuviera que ser la mitad, es para la sociedad el mismo de siempre. El capitalista X venderá, pues, sus productos muy por encima de su valor individual y obtendrá, gracias al subdesarrollo técnico de su competencia, un plusvalor extra. El efecto es el mismo que si la fuerza de trabajo se hubiera desvalorizado enormemente para la empresa X: si antes el obrero ocupaba la mitad de su jornada laboral en producir un valor igual a su salario[1], ahora tarda sólo la cuarta parte[2]. Pero esta edad de oro, lo sabe muy bien el señor X, sólo perdurará mientras la maquinaria en cuestión no se haya extendido a la competencia. Después, cuando esto ocurra, sus problemas habrán aumentado más bien, pues, obteniendo la misma plusvalía que antes de descubrir el hallazgo[3], tendrá ahora que vender el doble de productos que antes si quiere transformar su beneficio en dinero –lo que es sin duda preciso para posibilitar la reproducción de su capital. Además, todas las empresas de la competencia habrán aumentado entonces su productividad al doble, con lo que en el mercado habrá una saturación de productos que pueden superar con mucho la demanda, por mucho que tales mercancías tengan, lógicamente, cada una, la mitad del valor que antaño. ¿Qué se supone que habrá podido hacer el sr. X en el período inmediatamente subsiguiente al de su particular innovación?. Habrá puesto, por supuesto, los medios oportunos para alargar al máximo el período en que la competencia no alcanza aún el mismo nivel de productividad. Habrá escondido, lógicamente, un hallazgo que ya sensatamente debería ser patrimonio de toda la humanidad. Pero, sobre todo, puesto que sabe limitado el espacio temporal en que la competencia permanece ignorante, habrá procurado ampliar esos límites no hacia el exterior solamente, sino también hacia el interior; tenderá a aumentar la jornada laboral, o si esto le es inviable, pondrá más turnos de trabajo, tres, por ejemplo (8 X 3 = 24 horas), lo que se traducirá en efecto muy similar al producido en el hipotético caso de que su competencia tardara tres veces más tiempo en conquistar su nivel particular de productividad. Mientras, su competencia, se estará viendo en no pocas dificultades para transformar su plusvalía en capital: encontrará dificultades en vender sus productos “sin comprender” cómo su ilustre colega puede permitirse el lujo de vender sin pérdidas más barato que ellos. Por la mente de muchos de ellos pasará como por milagro una solución que, por mucho que resulte algo simplista, responde muy bien al problema así simplificado: “si el sr. X produce el doble en el mismo tiempo Dios sabrá porqué, nosotros podemos producir el doble también aumentando el rendimiento ya que no podemos aumentar la productividad; pondremos a trabajar a los obreros al doble de velocidad”. En uno y otro caso, así, el aumento de plusvalía relativa exige y solicita también un aumento de la plusvalía absoluta. Para quien esté empeñado en ver al hombre como respaldando toda esta serie de exigencias, no dejará de chocar eso de que sea el misterioso ente de “la plusvalía relativa” el que pueda “exigir” una cosa u otra. Es más bien, se dirá, el capitalista el que, en su afán de no ver un detrimento en su fortuna, exige a sus compañeros de especie, los “humanos” obreros, el producir plusvalía absoluta. Pero si bien no deja de chocar que no se den excepciones más que por incompetencia o descuido –es decir, precisamente por algo que escapa a la voluntad del capitalista- es preciso además advertir qué pasaría si uno de estos capitalistas repentinamente convertido a la más justa causa renunciara a esas “sus”, tan personales y egoístas, exigencias. Si un firme principio moral impide a los capitalistas competidores acelerar la producción, verán agotado su mercado por el sr. X, y sus empresas sucumbirán al ahogarse en su propia plusvalía, ya incapaz de reproducir el capital necesario para dar continuidad a la producción. Y ya que un almacén no necesita contratar fuerza de trabajo, resultará que el benevolente paternalismo habrá hundido en la miseria del paro a todos sus agradecidos hijitos. ¿Y qué podrá hacer el sr. X que ha tenido la desgracia moral de descubrir una máquina más productiva? ¿Renunciar a su utilización en espera de que sea otro sr. X quien la descubra y lleve su empresa –al fin y al cabo su “gran familia”- a la ruina? ¿Renunciar a intentar alargar al máximo ese breve plazo que la suerte le proporciona para obtener el máximo de ganancia con el que asegurar la vida de su empresa cuando, fatalmente, la situación haya empeorado para él como para todos[4]? No; mejor para todos y no sólo para los ambiciosos planes del capitalista es que éste se deje de problemas de conciencia, olvide incluso el hacer un plan de su ambición, deje por completo de tratarse como persona y no sea sino el brazo ejecutor de una Providencia que le viene impuesta a él como a todos, así sea ésta tan amable de enriquecer su hacienda haciendo trabajar más a los demás. Cuando su invento se haya generalizado existirá en el mercado el doble de masa de productos –sino más- que antes de que la humanidad tuviera la suerte de beneficiarse con la nueva maravilla técnica, doble número de productos que tendrá en total, no obstante, el mismo valor. Habrán bajado los precios a la mitad. Si el producto en cuestión eran mecheros de bolsillo, los obreros tendrán la prueba de cómo la plusvalía relativa permite aumentar el nivel de vida en el hecho de que cuando antes sólo podían consumir uno de estos mecheros al mes, ahora podrán consumir dos sin reservar a este fin una porción mayor de su salario. El aumento del “nivel” de vida es también una necesidad no del hombre, sino de la propia producción. Esa porción de su salario debe comprar los dos mecheros, así el obrero se haya encariñado con el primero de ellos: y si no está dispuesto a ceder, cederá; la publicidad, o el método más sencillo de suprimir la válvula para recargarlos, le obligará a ello. Puede que a él le parezca absurdo e insensato tener que buscar métodos para que haya que tirar mecheros perfectamente en uso todavía por la mera razón de que una maquinaria, en lugar de reducirle la jornada laboral a la mitad sin menoscabo de que él produzca la misma riqueza (los mismos valores de uso), le haya hecho trabajar más o lo mismo con el misterioso fin de que luego sobre riqueza de forma tan flagrante. Pero que ningún hombre encuentre razón para ello no impide, en efecto, que haya razones muy rígidas y coherentes para que tal cosa ocurra. Y estas razones se ha visto que no son ni la insensata locura ni la loca ambición de ningún hombre. Además, de alguna manera, la maquinaria sí habrá “ahorrado” trabajo a la humanidad. La sobreproducción habrá arruinado muchas empresas y, así, el paro, será prueba de ello. De nuevo esa misteriosa “insensatez” impedirá repartir el trabajo excesivo de los que aún tienen trabajo con los que no pueden trabajar, cuando no se ve cómo nadie pudiera salir perjudicado con ello, siendo tan evidente que la humanidad no produciría de esta forma menos sino probablemente mucha más riqueza. La calidad de vida, tanto para quien tiene que agradecer el paro a la máquina, como para el que tiene que agradecer el paro a la máquina, como para el que tiene que ceñirse tediosamente a ella en su trabajo el mismo número de horas que antes de que apareciera, no parece haber mejorado. Tal categoría no es ni tema ni razón de un  discurso que sólo necesita un aumento del nivel de vida para poder reproducir la misma situación[5]. La posibilidad de reinvertir capital en la empresa, en escala simple o ampliada, depende, en este caso, justamente, de que el trabajador, el pueblo en general, goce de dos mecheros en lugar de uno. Por otro lado, es claro que al abaratar los artículos de consumo no se ha hecho sino desvalorizar la fuerza de trabajo, ya que ésta tenía su valor en el de sus medios de subsistencia. Y ésta es, precisamente la definición misma de la plusvalía relativa. El aumento del nivel de vida es sólo una de las formas que toma una necesidad de la producción (y no del hombre): desvalorizar la fuerza de trabajo para poder seguir reproduciendo las condiciones de producción. Una vez más, no hemos salido de un discurso que no va sino de la producción a la producción, sin que necesite del concepto de hombre para poder ser pronunciado.


[1] Tasa de plusvalía = plusvalía / capital variable = 100%

[2] Tasa de plusvalía = 300%

[3] En efecto, el valor social coincidirá ahora con el individual

[4] La situación habrá empeorado en muchos más sentidos del aquí aludido. Estamos jugando, por simplificación, sólo con la tasa de plusvalía y no con la tasa de ganancia y consiguientemente con el factor primordial: la composición orgánica del capital. El tema de la tendencia descendente de la tasa de ganancia, que sin duda resultaría mucho menos ingenuo para nuestros propósitos, no está aún aludido, como tampoco, consiguientemente, al no distinguir entre el Sector I y II de la producción, es posible vislumbrar la verdadera naturaleza de las crisis de sobreproducción.

[5] El problema es, en efecto, que, para poder reproducir el capital, es necesario transforma mucha mayor masa de productos en dinero, es decir, vender mucho más y, de suyo, que el obrero consuma mucho más.

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Una respuesta a Carlos Fernández Líria: “En ausencia del hombre” (II)

  1. Lapidus dijo:

    Necesitaría que me aclaraseis un pasaje del escrito de Fernández Liria que no acabo de comprender. Es la historia de los frigoríficos y el “buen capitalista” que regala a los trabajadores su stock sobrante (es decir, stock que no puede transformar en capital), en el párrafo que empieza “La producción capitalista, que sólo encuentra sus razones en diferencias de valor […]”.

    No comprendo por qué el autor dice que, si el capitalista regala frigoríficos a sus trabajadores, en realidad está regalando aquéllos que tenían mercado asegurado, teniendo después del regalo el mismo stock.

    Si el empresario tuviese una plantilla de mil trabajadores, al regalarles un frigorífico a cada uno se quedaría con un stock de mil unidades menos… Sé que hay algún concepto que se me está escapando en esto. Y ése es, precisamente, el que os pido que me aclaréis.

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