Carlos Fernández Líria: “En ausencia del hombre”

carlos fernández liria: Dado que se trata de un autor español y joven (colaborador del Taller, por cierto), hemos puesto su nombre en minúsculas. En ausencia del hombre pertenece a un capítulo de un libro inacabado. Lo seleccionamos por su relación con una de las Propuestas de ejercicios de crítica. De hecho, Carlos se basó en este texto y el manual de Lapidus y Ostrovitianov para intentar enseñar marxismo a los/las chavales/las del instituto donde daba clase. ¿Por qué hay que abandonar el mito de “el hombre” para pensar la historia, tal como hace Marx por primera vez?.

En ausencia del hombre

El  hombre produce. Trabaja, gasta energía, pero la mayor parte de su trabajo es precisamente trabajo productivo. Trabaja de esta manera, se supone, es él quien lo supone, porque eso le ahorra trabajo en general. Trabaja menos si produce un arco que si tiene que correr detrás de los conejos para alimentarse. De la producción, cada vez más profusa, surge la división del trabajo y el intercambio, el mercado. No se ve cómo podría partirse de otra hipótesis para explicar la producción y, siendo ésta una decisión, ya consciente, ya instintiva o como quiera entenderse, humana, si un día ha devenido a convertirse en una insensata tarea, no se ve cómo podría tratarse de otra insensatez que de una insensatez humana.

Sin embargo, la historia no parece que demuestre que el desarrollo científico-técnico cada vez más potente de la producción haya ahorrado en general trabajo a los hombres. Se apuntan entonces dos tipos de explicación: puede remitirse ésta a un instinto humano, a una especie de ambición por producir siempre más y, por tanto, trabajar siempre más. E l hombre tendría necesidad de producir.  El mismo punto de partida apuntado nos sugería, empero, algo bien distinto: el hombre es un trozo de carne con unas necesidades más que habituales en la biosfera. Si produce no es por necesitar que laproducción por si misma, sino con vistas a una más pronta  y segura satisfacción de sus necesidades. Si además de necesitar comer, protegerse de la naturaleza, reproducirse, el hombre necesitara de algún otro alimento, como el saber o el arte, eso no explicaría en modo alguno su  empeño por hacer de la producción una necesidad. Sus habilidades técnico-artísticas, si primaran sobre la producción, siendo ésta una necesidad suya, estarían sujetas a su voluntas y cesarían al saciarse; y puede darse por seguro que este afán productivo del hombre se sacia mucho antes de ocho horas de jornada laboral. Para la mayor parte de los hombres, en efecto, la producción es un trabajo, y un trabajo productivo sólo tiene sentido si ahorra trabajo en general. Explicar la producción y su progreso por una necesidad humana de producir por producir es propio de una mentalidad infantil QUE TOMA por contenidos conceptuales los que sólo son nombres otorgados a la ignorancia.

Cabe entonces otra posibilidad, no menos desencaminada, pero, inexplicablemente, bastante profusamente abonada entre muchos que se han llamado marxistas. Lo que ocurre, se dice, es que la sociedad es una sociedad de clases, circunstancia que impide aludir a una hipotética “sociedad” en abstracto que produciría como un solo hombre. La división de la sociedad en clases significa que unos trabajen por otros, trabajan más para que otros trabajen menos o simplemente no trabajen. Se produce, en efecto, para ahorrar trabajo, pero para ahorrar trabajo a los demás, a la clase poseedora (de los medios de producción). No obstante, si bien todos estamos acostumbrados a  ver al señor feudal gordo y rollizo comiendo manjares como un cerdo, entre orgías, guerras, torneos, cruzadas y cacerías, mientras su pueblo se mata trabajar en una completa indigencia, l a cosa se asemeja mucho menos a este argumento de Hollywood tan trasparente cuando, en una época de mucha mayor productividad, en la que para obtener mucha más riqueza habría que trabajar mucho menos que antaño, vemos a un pueblo más numeroso trabajar tanto como siempre y a un capitalista envejecido por preocupaciones, con el estómago más lleno de úlceras que de manjares, gimiendo en una comprensible hipocresía por no poder gozar n i  tan siquiera de la tranquilidad que la pobrezaproporciona asus empleados. Es más, contemplamos desastres económicos inexplicables desde una perspectiva meramente humana: en una sociedad en la que todos han trabajado con una perfección de medios capaces crear mil veces más riqueza que antaño, de pronto, aquellos que supuestamente se habían quedado con todo el gran tesoro producido –precisamente era esto lo necesario para explicar porqué, a pesar de trabajarse más y con mayor productividad, la sociedad no era por eso más rica, o por lo menos no lo era en la misma proporción del aumento de la productividad-, aquellos que no hacían supuestamente sino dilapidar el beneficio, se arrojan por las ventanas o se levantan la tapa de los sesos por haber quedado “arruinados”. Todo esto es muy trivial, por supuesto, pero es la trivialidad misma del mito del hombre en la historia. La trivialidad de lo inexplicable se convierte en norma cuando se parte de la hipótesis de que la producción simplemente “origina” beneficio –beneficio para ciertas clases privilegiadas- y se procura explicar ésta en su desarrollo por dicha sed de ganancias tan perturbadoramente interferida entre el hombre y su reto con la naturaleza.

Las crisis de sobreproducción son otro de esos fenómenos chocantes para una mentalidad antropocéntrica: sobran productos. Y en verdad  es raro que para el hombre pueda alguna vez sobrar riqueza. Que esos productos no sobran para el hombre es por añadidura claro cuando precisamente en los tiempos de crisis, una gran parte de la población –que ha trabajado “demasiado”- comienza a sufrir penalidades. Pero sin llegar al caso de las crisis, muchos han apuntado la evidencia de que vivimos en una constante sobreproducción. Producimos lo superfluo e incluso lo perjudicial. Hay muchos obreros trabajando ocho horas al día para producir aquello que no debe durar lo más posible, sino lo menos posible. La mayor parte de los productos del sector consumo no resisten ya la menor prueba objetiva sobre su utilidad, sobre su capacidad de ahorrar esfuerzo a este pobre ser desvalido de la naturaleza –el hombre. Véase el milagroso hallazgo de Ivan Illich, pero medítese un poco sobre qué es lo que podía sorprender tanto a este bienintencionado “sociólogo” en esta perogrullada:

“(Las velocidades), actualmente, crean más distancia de la que suprimen. El conjunto de la sociedad consagra a la circulación cada vez más tiempo del que se supone que ésta le hace ganar. Por su parte, el norteamericano medio dedica más de 1500 horas al año a su automóvil: sentado en él, en movimiento o aparcado, trabajando para pagarlo, para pagar la gasolina y los neumáticos, los pasajes, el seguro, los impuestos. De manera que emplea en suma cuatro horas diarias a su automóvil, sea usándolo, cuidando de él o trabajando en sus gastos. Que conste que aquí no se han tomado en cuenta otras actividades determinados por el transporte: el tiempo pasado en el hospital, en los tribunales o en el garaje, el tiempo pasado en ver por la TV la publicidad automovilística, etc…y este norteamericano medio necesita esas 2500 horas para hacer apenas 10.000 kilómetros de ruta al año; en suma: 6 kilómetros le toman una hora”.

También es bastante absurdo para el hombre que si hay falta de trabajo, no se pueda repartir éste. El paro es algo inexplicable para quien ve en el hombre el origen, el fin y la razón de la producción. En primer lugar es casi una contradicción en los términos que “falte trabajo” pues solo (hace) falta trabajo si falta riqueza; si ya tenemos riqueza es absurdo pedir trabajo, y si falta riqueza no se ve cómo podría “faltar trabajo” en lugar de “hacer falta trabajo”. El que unos se maten a trabajar mientras otros se matan por no tener trabajo es, sin duda, absurdo.

Y es de esta manera que, en apoyo de ese misterioso afán del hombre por trabajar, tiene que venir el instinto de propiedad con vistas a explicar todos estos absurdos. De nuevo, el quid de la cuestión está en que todos aquellos absurdos que tiene que sufrir la clase trabajadora encuentran su razón en el disfrute de las clases que viven sin trabajar. La historia sería así un trágico cuento de buenos y malos. Es la voluntad y las razones del capitalista las que explican todas las sinrazones y miserias de la clase trabajadora.

La realidad es muy distinta según la vio Marx y toda su obra se ocupa de hacer ver cómo esa voluntad y esas razones de la clase capitalista no son tampoco la voluntad y las razones de unos determinados hombres,  de tal manera que un instinto de robo, un instinto o facultad humana de propiedad que llevara a apropiarse del trabajo ajeno no explica absolutamente nada. Si esto no ha sido algo tan claro como el día para cualquier marxista de cualquier tiempo sólo puede explicarse por el hecho de que los que así se llamaran no hubieran leído jamás El Capital o –como ha mostrado Althusser- lo hubieran leído bien mal a través de problemáticas “marxistas” de juventud. No hace falta recurrir a la autoridad de esta conocida advertencia del prólogo a la primera edición:

“Dos palabras para evitar posibles equívocos. No pinto de color de rosa, por cierto, las figuras del capitalista y el terrateniente. Pero aquí sólo se trata de personas en la medida en que son la personificación de categorías económicas, portadores de determinadas relaciones e intereses de clase. Mi punto de vista, con arreglo al cual concibo como proceso de historia natural el desarrollo de la formación económico-social, menos que ningún otro podría responsabilizar al individuo por relaciones de las cuales él sigue siendo socialmente una creatura por más que subjetivamente pueda elevarse sobre las mismas”[1]

 

Basta desafiar a que alguien muestre una sola línea de El Capital que aluda a la naturaleza humana de lo allí descrito a propósito del discurso propio de la sociedad capitalista. Con magistral seguridad Marx progresa párrafo a párrafo en hacer ver cómo el capitalista no dirige la producción ni puede dirigirla. Todo en El Capital nos lleva a concluir que no hay gobierno en la sociedad capitalista, es decir, que “la política de los hombres” por muy poderosa que quiera no puede resistirse a las leyes, las razones y los objetivos de la producción, como las intenciones de una piedra por resistirse a su caída en modo alguno perturban la ley de la gravedad. El análisis de Marx es de tal rigor y minuciosa seguridad que vano sería procurar aquí por una reproducción que ilustrara en cuatro páginas lo dicho en varios tomos; sólo puede recomendarse la lectura misma de El Capital.

Si Marx no estudia al capitalista y al terrateniente como personas no es por una cuestión de método ni por un empeño por situarse en un cierto nivel teórico ideal al que luego habría que reincorporar toda la verdadera riqueza de lo real. Marx analiza un discurso, aquel que rige la producción en la sociedad moderna, en el que el hombre, las personas, no intervienen, así sean “miembros” de la “clase dominante”. En modo alguno se ve que el capitalista intervenga como persona en la dirección de la producción, a no ser que la producción le requiera como tal. Su mismo disfrute personal existe sólo como una necesidad de la producción en lugar de ser ésta por entero una exigencia para el lucro del capitalista. Podría pensarse, en efecto, que siendo el capitalista el propietario del plusvalor, podría a su gusto y voluntad dividir éste en distintas cantidades de rédito, destinado a su disfrute, y capital destinado a la acumulación (reproducción a escala ampliada del capital). Pero si nos aferramos tozudamente a esta hipótesis tan evidente no vemos sino a un capitalista neuróticamente empeñado en un inexplicable fanatismo por la acumulación, es decir, por la producción por la producción, ya que tampoco él se atreve a obtener un rédito de ella como si razonara, en efecto, “mi disfrute es un robo a mi función”:

“(…) Su propio consumo privado se le presenta como un robo perpetrado contra la acumulación de su capital”

 

Y si es cierto que ya llegado a una etapa más desahogada en el ejercicio de esta función, el capitalista comienza ya a razonar: “mi alma caritativa renuncia al disfrute en cierta medida, para permitir la acumulación del capital”, comenzando entonces a ostentar riqueza sin remordimiento ni vergüenza, esto no es sino porque, una vez más, unas razones que no son suyas, sino de la producción y sólo de ella, le constriñen a ello: es preciso que el capitalista muestre su riqueza además de ser rico, tanto más cuanto más lo es, es preciso incluso “un cierto grado convencional de despilfarro”; la ostentación y el derroche son garantías de crédito y carta de presentación en un sistema bancario del que ya tiene necesidad ese círculo tan tautológico y enigmático para el hombre: “la producción por la producción”.

No es otra cosa que esa tautología  estudia El Capital. Busca en la aparente vaciedad de esa fórmula; vaciedad antropológica que demuestra sólo la existencia de un férreo discurso que nada tiene de antropomorfo, así sea el corazón mismo de esa historia que el hombre se empeña en decir que es “la suya”. Ni “producción para el hombre”, ni “producción para algunos hombres, los privilegiados, los poderosos”. “Producción por la producción”.

“La diferencia específica de la producción capitalista. La fuerza de trabajo no se compra aquí para satisfacer, mediante sus servicios o su producto, las necesidades personales del comprador. El objetivo perseguido por éste es la valorización de su capital, la producción de mercancías que contengan más trabajo que el pagado por él, o sea, que contengan una parte de valor que nada le cuesta al comprador y que sin embargo se realiza mediante la venta de las mercancías. La producción de plusvalor, el fabricar un excedente, es la ley absoluta de este modo de producción”.

 

Producción por la producción. En efecto, sólo resta entonces preguntar producción ¿de qué?. Y aquí está precisamente la respuesta que tanto ha de desilusionar al hombre como tal: no se producen alimentos para saciar el hambre, ni sillas para proporcionar comodidad, ni máquinas para ahorrar esfuerzo, ni vinos para satisfacer los más exigentes paladares. O si algo de eso se produce, nada de esto se ve que intervenga en la obra de Marx. No, porque de nuevo, otras necesidades, que remiten todas ellas al desquiciante vacío de la fórmula “la producción por la producción” deciden cuando esos vinos, así hayan sido producidos ya, siendo por tanto riqueza fáctica dispuesta a ser consumida, deben como por milagro, ser mero stock destinado a avinagrarse, y esas máquinas destinadas al ahorro de esfuerzo, convertirse en una fuente del más agotador de los trabajos. Producción, entonces, ¿de qué?.

Aquello que más ha confundido a los intérpretes de Marx es que no se ha sabido ver que la producción capitalista no es producción para el beneficio (plusvalía) sino producción de plusvalía. Justamente, no se producen ni telas, ni alimentos, ni electrodomésticos, ni máquinas…para obtener plusvalía, sino que se produce plusvalía que en principio es lo mismo que sea físicamente trigo o sean misiles. De esta “sutil” diferencia surge toda la enorme confusión que ha de convertir a las relaciones de producción en relaciones humanas, que va a empeñarse en no ver el análisis del modo de producción sino soportado por un determinado concepto de hombre, siendo así las necesidades humanas -tan “materialistas”, tan denigrantes…- el motor y el explicativo más básico de ésta y de toda producción. El Capital mismo sería, de este modo, en el fondo, una antropología –histórica, se añadirá con orgullo-, antropología que por no atender –ya por malicia del autor, ya por malicia del propio hombre, o sea, porque la malicia del objeto de estudio lo exigiera- o no admitir otra eficacia que la realidad económica del hombre, sería por eso mismo, tildada de “materialista”. Es el mejor modo de no entender nada de nada. Una vez más, el remedio es muy sencillo y está en la mano de cualquiera desde hace ya un siglo: no hay más que molestarse en “Lire Le Capital”.

El modo de producción capitalista produce plusvalía. Es decir, que el capitalista no obtiene su beneficio en el mercado, al modo del comerciante, sino que antes de llegar a éste su ganancia ha sido ya producida. El plusvalor es, en efecto, valor, es decir, un producto trabajado, un objeto en el que se ha “cristalizado” una determinada cantidad de trabajo. Es en el mercado donde el capitalista transforma su ganancia, el plusvalor, en capital, siendo así que una sobreproducción no supone no haber “obtenido” o no poder “obtener” el beneficio, sino simplemente el n o poder transformarlo en dinero: lo que supondrá no poder reproducir el capital preciso para la inversión que haría continuar el proceso. Producción, pues, de plusvalía. Producción de una diferencia, la existente entre el valor del producto y el valor de la fuerza de trabajo que en su producción ha intervenido[2]. Lo primordial es que el trabajo invertido en el producto sea mayor que el que es socialmente necesario para mantener vivo y con salud al obrero. Es decir, que el valor del producto sea mayor que el de los medios de subsistencia necesarios para que los obreros que en él intervienen puedan producirlo. Esta diferencia es lo único que produce el modo de producción capitalista. Si no da completamente igual que lo producido sean alimentos, máquinas, armamento, venenos o televisores es porque no sólo es preciso producir esta diferencia una vez, sino, en cada caso, poder seguir produciéndola, o sea, lograr que el capital pueda reproducirse. Para ello es preciso saber qué va a poderse vender y qué no en cada momento y lugar; detalle primordial para obtener el capital en una forma susceptible de ser reinvertida ya sea en escala simple o ampliada. Desde el momento en que el trabajo es trabajo asalariado –lo que presupone que los medios de producción, es decir, las condiciones sociales de trabajo y no sólo “unos” medios de producción- siendo así que misteriosamente el obrero acude al mercado a vender algo que difícilmente podría tener precio al no poder tener valor, siendo como es la fuente de todo valor –el trabajo-, aquello que se comienza a producir en adelante es estrictamente plusvalía; es, agotando toda su definición, es citada “diferencia” y no eso “además de otras cosas” (pan, peines, ropa…etc.). Se producen “objetos” no porque sean “objetos” de tal o cual tipo, ni porque esos objetos “permitan obtener plusvalía”, sino porque ellos son “plusvalía”, del mismo modo que el zapatero sólo produce zapatos, por mucho que produzca también cuero cortado, goma cosida, hilo trenzado. Si al obrero se le paga algo que él ofrece es porque ese algo es una mercancía, pues mercancía es precisamente aquello que aparece en el mercado para ser cambiado por otra mercancía (el dinero, en este caso). Que la mercancía en cuestión no es el trabajo lo muestra muy bien el hecho de que ningún obrero puede irse a mitad de jornada diciendo que le descuenten de su sueldo las horas perdidas, estando en cambio muy claro que no le obligan a trabajar un poco más todos los años porque le paguen a su vez un poco más, siendo evidente para todo el mundo que si suben los sueldos de enero a enero es porque sube el coste de la vida; la mercancía que vende el obrero es, pues, pagada en referencia a “ese coste de la vida”, y se le paga, en realidad, aquello que él consume para poder trabajar. Que no podría, además, ser el trabajo, es claro porque lo que tiene un valor (de cambio) lo tiene por que se ha trabajado, y el trabajo no es nada “trabajado”; precisamente por ser lo que confiere valor (no siendo el valor sino “trabajo cristalizado en un objeto”), el trabajo no podría tener valor a su vez. El obrero, sin embargo, puesto que es pagado, vende, y consiguientemente debe vender algo “trabajado”: su capacidad de trabajo. Y el valor de ésta, como el de cualquier otra mercancía, es medido por la cantidad de trabajo precisa para producirla. La pregunta es ¿cuánto es socialmente necesario trabajar para que el obrero subsista?. Lo que ha de entenderse por “subsistencia” es muy variable, pero en verdad significa en cada caso: para que sea capaz de trabajar satisfactoriamente en la producción de una diferencia entre su trabajo prestado y el trabajo necesario para que lo preste. En absoluto significa otra cosa por el hecho de que esta “subsistencia” incluya el televisor, la dentadura postiza o incluso un chalet en la sierra si se da el caso.

CONTINUARÁ…


[1] “Après de moi le déluge! (¡Después de mí el diluvio!), es la divisa de todo capitalista y de toda nación de capitalistas. El capital, por consiguiente, no tiene en cuenta la salud y la duración de la vida del obrero, salvo cuando la sociedad lo obliga a tomarlas en consideración. Al reclamo contra la atrofia física y espiritual contra la muerte prematura y el tormento del trabajo excesivo, responde el capital: ¿Habría de atormentarnos ese tormento, cuando acrecienta nuestro placer (la ganancia)?. Pero en líneas generales esto tampoco depende de la buena o mala voluntad del capitalista individual. La libre competencia impone las leyes inmanentes de la producción capitalista, frente al capitalista individual, como ley exterior coercitiva

[2] inútil sería reproducir aquí la teoría del valor ni siquiera en sus primeros pasos. Nos remitimos para ello, aparte de a El Capital, por ejemplo, a la brillante exposición contenida en los capítulos II, III y IV de La filosofía de El Capital de F.M. Marzoa. Por lo mismo, vamos a contar aquí solo un cuento: explicitar aquello que presuponemos y aquellos elementos teóricos de los que prescindimos por razones de comodidad nos llevaría tanto tiempo como no prescindir de ninguno.

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Una respuesta a Carlos Fernández Líria: “En ausencia del hombre”

  1. Pasionaria dijo:

    Yo pienso que una fábrica, despues de tener todas sus máquinas instaladas, si no hay trabajadores que las muevan no pueden producir así que el hombre vende su trabajo y lo qie produce lo vende el empresario y lo que saca de capital tiene que tener para pagar a los trabajadores y le tiene que sobrar para comprar más material para que los trabajadores tengan materiales para poder seguir trabajando y también para el desgaste de la maquinaria. Y si después de todos esos gastos si no le queda nada para sacar la plusvalía tiene que hacer trabajar más horas por el mismo dinero al trabajador que venía cobrando. A más horas, más ganancias. El trabajador sigue ganando igual que en un principio y el empresario saca más beneficios a costa del valor del trabajador con lo cual al trabajador se le ha exprimido y de ahí sale la plusvalía. Y de esa forma, ¿de qué nos sirve tanta máquina moderna que hace tantas cosas? ¿Para el descanso del trabajador? ¿O el bolsillo del empresario que a su vez es el capitalismo? Por eso pienso que en un mundo capitalista sólo habrá muchos hambrientos, guerras, muertes de inocentes. ABAJO EL CAPITALISMO y a leer más a Marx que nos tenemos que espabilar, trabajadores del mundo: si no nos hacemos con los capitalistas la plusvalía será siempre para el Capital.

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