Carlos Fernández Liria: “Moriréis como imbéciles” (II)

8. La ciencia, diálogo entre idiotas

Habíamos dejado a Menón firmemente convencido de que la retórica es la única alternativa ante un conocimiento imposible. Sócrates ya se había encontrado con este recurso sofista en otras ocasiones. Su respuesta es siempre invariable: si la retórica pretende convencer, entonces, lejos de dar la razón a los sofistas hay que quitársela de nuevo… pues solo la verdad convence de verdad. LaÚnica verdadera y genuina retórica seria en este sentido la ciencia, la filosofía, precisamente esa filosofía que los sofistas rechazan a favor de la retórica. La retórica sin conocimiento no convence ni persuade: agrada, halaga a los oyentes como el arte del cocinero produce las delicias del paladar sin que por eso haya garantía alguna de que lo ingerido sea comida y no veneno. La retórica sin conocimiento no es ni siquiera retórica: es -hoy podemos decirlo mejor- sencillamente propaganda.

Una democracia basada en la publicidad, en la que gobernaría aquel que más dinero tuviera para comprar su particular propaganda, resultaba por aquel entonces a algunos espíritus como Sócrates o Platón tan insensata y aberrante como aberrante e insensata es hoy nuestra propia realidad. De ser cierta la tesis sofista sobre la imposibilidad del conocimiento, era, no obstante, preciso admitir que, si bien no la retórica, si era la propaganda la verdadera rectora del universo.

¿Y cómo apelar a favor del conocimiento científico cuando Sócrates no ha hecho por el momento sino reconocerse ignorante con una estúpida pero concienzuda perplejidad? Sócrates no ha hecho sino preguntar. ¿Es esto suficiente? Ahora es a Menón al que le toca permanecer boquiabierto.

Sócrates asegura que un preguntar que sea un auténtico preguntar es, en efecto suficiente. Pero ¿qué es preguntar verdaderamente?. Preguntar es querer saber si ES o no ES así, por evidente que sea esto, es, sin embargo, la prueba de que nuestras preguntas cotidianas jamás son verdaderas preguntas. No lo son porque por desgracia se las formulamos siempre a alguien y de ahí que nos conformemos cuando ese alguien nos da su opinión, quizás acertada, quizás desacertada, pero en cualquier caso igualmente alejada del ser de las cosas. Responder que esto me parece esto o lo otro es muy distinto que responder que esto es  así.Lo primero permite una colección de pareceres que en tanto pareceres han de ser igualmente legítimos y por tanto inconfrontables entre si; lo segundo permite una discusión sobre el ser en cuestión.

Mas, ¿cómo son posibles enunciados de ese tipo, enunciados que nombren al ser, enunciados en los que la cópula “ES” sea el objetivo de toda palabra? Sócrates, entonces, recurre a una demostración práctica que por desgracia ha sido siempre muy mal comprendida. Sócrates pregunta a Menón si ha traído a algún esclavo absolutamente ignorante consigo y le hace llamar. El esclavo, sin duda tembloroso ante la naturaleza del servicio que se le iba a exigir, comparece ante los dos sabios con la mirada fija en las cuadriculadas losas del suelo. ¿Sabrías trazar un cuadrado el doble de grande que éste? le pregunta Sócrates dibujando sobre las baldosas. El esclavo era ignorante, pero no debía considerarse ignorante del todo cuando suspirando aliviado agarra de inmediato la tiza y traza lo que en su opinión había de ser el procedimiento correcto. Dobla el lado del cuadrado y lo completa, echándose a temblar ante el inesperado resultado. ¿Qué ha pasado? ¿Cuántas veces más grande te ha salido? pregunta Sócrates. “cuatro…”, se disculpa el esclavo pensando quizás en lo que solía ocurrir cuando metía la pata por cuarta vez en el cumplimiento de algún servicio a su amo. Aún no había entendido que no se trataba aquí de servicios sino de ese particular servicio, el servicio teórico, que solo sale bien cuando se ha prescindido de todo servicio en general con el más absoluto desinterés. “¡Por Zeus, Sócrates, pero yo no sé nada de esto!”, exclama nervioso. He aquí que por primera vez en uno de sus diálogos, Sócrates ha hallado a alguien a su altura, por debajo de toda opinión, en el nivel mismo del pensamiento: alguien que por fin no tiene nada que opinar. Utilizando los cuatro cuadrados, Sócrates sigue formulando preguntas que el esclavo contesta ya con un automatismo que ha perdido toda esperanza de salir airoso con sus pobres o más bien nulos conocimientos geométricos. Finalmente el preciado cuadrado buscado se dibuja “casi solo” sobre la diagonal del primero, mediante una figura que resulta ser una demostración inconsciente del teorema de Pitágoras. Sócrates no le ha enseñado nada, sólo le ha preguntado: y ahora resulta que el esclavo sabía el teorema de Pitágoras. El mismo no se lo cree, pero parece muy seguro de que, en lo sucesivo, cada vez que algún excéntrico amigo de su amo le pida un cuadrado el doble de grande recurrirá al mismo procedimiento. Es ciertamente misterioso ver cómo el esclavo no sólo sabe algo sobre ese triángulo dibujado en el suelo, sino que incluso está ya seguro de saber sobre todos los triángulos del mundo. Ese triángulos del suelo podía parecerle esto o lo otro, grande o pequeño, simpático u horrible, pero ¿como es que le parecen algo triángulos a los que ni siquiera ha visto todavía?. De hecho, mirando más cerca, podría descubrirse que los famosos cuadrados ni siquiera son cuadrados; mirados más de cerca dejan de parecer cuadrados a esos ojitos más atentos: están torcidos, están mal hechos, a esa baldosa le falta una esquina. Pero es que al esclavo esos cuadrados hacia ya tiempo que habían dejado de parecerle nada; desde su primera metedura de pata, había reconocido no tener nada que observar en ellos, nada que decir de lo que le parecían a sus pobres ojos ignorantes. Precisamente por eso, el esclavo deja de pronto de observar desde su punto de vista y comienza, como por milagro, a observar desde el Único punto de vista que no es punto de vista de nadie; comienza a pensar.

Esta milagrosa capacidad de hablar sin punto de vista, está milagrosa capacidad de sustituir el “me parece” por un “ES” la descubrieron los griegos predominantemente en el campo que nosotros llamamos matemático. Pitágoras, estaba claro, no podía tener punto de vista, ni genial ni grosero, sobre los triángulos rectángulos porque estaba absolutamente claro que Pitágoras, como ninguno de nosotros, jamás había podido “ver” un triangulo rectángulo, sino todo lo más unas cuantas chapuzas de tiza trazadas sobre el suelo. Pero seria muy equivocado deducir de aquí que lo que Platón nos está contando en esta ocasión sólo compete a lo que nosotros llamamos “matemáticas”. Las figuras “matemáticas” no pueden verse ni tocarse -puede tocarse una línea “muy larga” pero “y = ax+b” es intocable- pero eso no significa que pensar consista en no ver ni tocar en absoluto ([1]).Sócrates no pretende que el esclavo cierre los ojos para siempre, ni siquiera le obliga a cerrarlos en esa ocasión. Lo único que pretende es que el esclavo reconozca que el, como fulanito de tal, nada tiene que decir sobre los objetos de pensamiento. Pretende que el reconocimiento de que “yo” no sé nada por ser “yo” permita hacerse el silencio absoluto en el cual si alguna palabra ha de surgir ya no ha de ser ni tu palabra ni la mía ni la de nadie, sino la palabra del ser. Que tus ojos ya no sean tus ojos, ni tu tacto sea tu tacto, para que ojos y tacto no revelen ya tus impresiones, sino que ojos y tacto se erijan en alétheia del ser. Sócrates no está enseñando a “hacer matemáticas”; Sócrates está mostrando que es pensar en general. Si Sócrates hubiera formulado una pregunta física al esclavo habría procedido como en realidad procede cualquier auténtico profesor de física: no mires si te parece mucho o poco calor, mide la temperatura. Del mismo modo, llevamos exigiendo desde el comienzo de estas páginas: no queremos saber lo horrible y desagradable que os parece el paro o la guerra, ni siquiera queremos saber por qué os parece tan pernicioso para vuestra sin duda delicada sensibilidad personal; porque nuestro objeto dc estudio no son vuestras simpáticas entrañas; queremos saber qué es el paro y qué es la guerra.

No es que la opinión sea desagradable ni ociosa. Lo que ocurre es que la opinión cambia siempre de tema y hay que saber que siempre cambia de tema. Promete hablamos de las cosas y luego solo habla del ombligo, de tu ombligo. iQuién sabe si no es un ombligo maravilloso, en cualquier caso no es por desgracia el secreto del universo!

9. Almas inmortales

Hemos hablado de un milagro. Al menos eso parecía a los ojos de Menón el que un esclavo absolutamente ineducado se supiera Dios sabe cómo el teorema de Pitágoras. Nadie se lo había enseñado. ¿Cómo ese infeliz pretendía de pronto saber sobre todos los triángulos del mundo si por ahora sólo habia visto uno y bastante imperfecto por demás? Con semejante perplejidad muchos historiadores preguntan cómo puede Marx pretender hablar del modo de producción capitalista en general cuando el solo había barajado los datos propios de la Inglaterra de la época. Para quien jamás ha pensado, el pensamiento siempre seri un misterio insondable o un fantástico milagro, como milagroso pareció a muchos contemporáneos de Newton el que éste fuese capaz de saber que existía Neptuno antes de que nadie lo viera con tan solo trazar numerajos en un papel blanco. Nadie repara en que ese papel en blanco es justamente la definición del misterioso pensamiento que andamos buscando: el “yo solo sé que no sé nada” que permite pensar un planeta cuando tus ojos aun no ven nada en los cielos ni tu imaginación en tu cerebro.

Sócrates se había limitado a preguntar, sin transmitir conocimiento alguno. Alguien dirá que Sócrates deslizaba algo en sus preguntas. Pero yo no puedo transmitir sino lo que es mío. Sócrates solo estaba preguntando y por tanto no estaba opinando nada, luego nada podía transmitir: si algo se colaba en sus preguntas no seria algo que él transmitiera, sino, precisamente, es ese pensamiento que por no ser de Sócrates y no ser tampoco del esclavo, ni de Pitágoras, ni de nadie, está en todos ellos a un tiempo con una ubicuidad eterna por encima de tiempos y espacios. De ahí que Sócrates aproveche para decir que el pensamiento es una vida anterior a toda vida personal, anterior a todos nosotros y que, por tanto, si llega a estar en nosotros es porque de algún modo somos capaces de recordar algo que vivimos antes de ser nosotros mismos, es decir, antes de nacer. Nuestra capacidad de pensar pensamientos que no son palabra nuestra, pensamientos que se piensan a sí mismos, es la prueba de que somos inmortales o eternos. Solo Nietzsche alcanzó a comprender y a valorar algo de esta eternidad de la que Platón habla; y si lo hizo fue precisamente porque al contrario que suelen hacer los eruditos no se puso a pensar sobre Platón -sobre Platón se limitó más bien a echar pestes-, sino sobre el ser y esa particular muestra de gobierno -en realidad completamente platónica -a la que él llamó voluntad de poder. Porque no hay poder con voluntad más que allí donde hay ser, ahí donde las cosas son, es decir, justamente en esa vida del pensamiento en la cual es únicamente posible actuar por primera vez. Sin el pensamiento seguimos viviendo en el ser, pero, por desgracia, ya no actuando en el ser, sino, como antes decíamos, siendo zarandeados a la deriva por sus violentos coletazos.

Sócrates nos habla de la eternidad de este hallazgo griego: definir un concepto es nombrar el ser. Aquel que habla independientemente de todas sus palabras, el pensador, permanece, en tanto que pensador, a una vida que no sólo es anterior a todas las opiniones de los demás, sino incluso a sus propias opiniones: sólo el puede decir “aunque mis ojos no fueran mis ojos, aunque yo no fuera yo, sería imposible ver otra cosa”. Pitágoras, convertido en su teorema, es eternamente falso o eternamente verdadero, pero, en cualquier caso, eterno. Porque la luz de la verdad, como la luz del ser, es, en efecto, la luz de la eternidad. Por cierto, que para evitar aprehensiones, hay que advertir que esta eternidad del pensamiento científico no roba ningún tipo de historicidad a la ciencia: la lucha de lo eternamente falso y lo eternamente verdadero tiene precisamente una historia. ¡La única y verdadera historia que existe!. Claro, que para los que la Historia universal no es más que el conjunto de sus opiniones sobre ella, sumadas a su particular ignorancia –siempre resumida en la socorrida tesis de la inmensa complejidad de la historia-, todo esto de la inmortalidad platónica no les sugiere mucho más que un cielo lleno de angelitos.

La inmortalidad del esclavo era, pues, anterior al esclavo. Había accedido al pensamiento ahí donde era posible saber, e incluso, ver, antes de haber visto. Ni siquiera los triángulos rectángulos de los esquimales eran ya misterio alguno para él: porque el sabia que significaba ser un triangulo rectángulo. Este peculiar saber aquello que siempre se sabe de antemano en las cosas, definición del pensamiento, de la filosofía y la ciencia a un tiempo, fue llamado por los griegos: “ta metematha”, matemática. Es por lo que, finalmente, podemos comprender el friso de la Academia platónica: “No entre aquí quien no sepa matemáticas” significa: “no entre aquí quien no esté dispuesto a dejar de opinar, no entre aquí quien no esté dispuesto a dejar su yo en el umbral”. “No entre aquí quien no sea inmortal”… “no entre aquí quien no sepa que no sabe nada”.

Ahora estamos ya en mejor disposición para horrorizarnos ante nuestras propias Universidades…


[1] L.W.H. Hull, como tantos otros, ni siquiera pone en duda que en todo esto hay “un truco” [cfr. Historia de la filosofía de la ciencia. Cap. 7]de Platón. “El truco no habría dado resultado arguye si el conocimiento buscado (…)hubiera sido la población de Atenas o el nombre del comandante persa de Maratón”. ¡Es sorprendente ver el tipo de conocimientos que este “historiador de la ciencia” considera científicos! Por otro lado, incluso respecto del número de habitantes de Atenas convendría que el esclavo se ocupara también en reconocer su ignorancia -ya le parecieran a él muchos o pocos- y limitarse a contarlos, es decir, una vez más, a ceñirse conceptualmente a la revelación del ser.

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