2.13. Crítica de la Moral (Nietzsche)

En este autor hay algo que lo entronca con la revolución que Marx provoca en el pensamiento. Todo debe ser pensado, hasta lo más alto, que resulta ser lo más fosilizado. Pretendemos leer a Nietzsche desde una perspectiva marxista, es decir, como un brote furioso de crítica de la mentira, de la ideología.  Este fragmento de La razón en la filosofía es de los más claros. Está tomado de El ocaso de los ídolos, cómo se filosofa a martillazos, traducción de F.J. Cantero Moreno, en la editorial Busma. Esta obra estupenda se encuentra a menudo en la oferta de libros a veinte duros en las calles.

LA «RAZON» EN LA FILOSOFIA

¿Que qué es lo que pertenece a la idiosincrasia del filósofo?. . . Pues, por ejemplo, su carencia de sentido histórico, su odio a la idea misma de devenir, su afán de estaticismo egipcio. Los filósofos creen que honran algo cuando lo sacan de la historia, cuando lo conciben desde la Óptica de lo eterno, cuando lo convierten en una momia. Todo lo que han estado utilizando los filósofos desde hace miles de años no son más que momias conceptuales; nada real ha salido con vida de sus manos.

Cuando esos idólatras adoran algo, lo matan y lo disecan. ¡Que mortalmente peligrosos resultan cuando adoran! Para ellos, la muerte, el cambio, la vejez, al igual que la fecundación y el desarrollo, constituyen objeciones, e incluso refutaciones. Lo que es no deviene; lo que deviene no es… Ahora bien, todos ellos creen, incluso de una forma desesperada, en lo que es. Pero como no pueden apoderarse de lo que es, tratan de explicar por qué se les resiste. «Si no percibimos lo que es, debe tratarse de una ilusión, de un engaño… ¿Quién es el que engaña? ¡Ya está!, exclaman alegres: ¡es la sensibilidad! Los sentidos, que son tan inmorales también en otros aspectos, nos engañan respecto al mundo verdadero. Moraleja: hay que librarse del engaño de los sentidos, del devenir, de la historia, de la mentira. Moraleja: hay que negar todo lo que da crédito a los sentidos, a todo el resto de la humanidad; todo ello es «vulgo». ¡Hay que ser filósofo, ser momia, representar el monótono teismo con mímica de sepulturero!  Sobre todo, hay que rechazar esa lamentable idea fija de los sentidos que es el cuerpo, sometido a todos los errores lógicos, posibles, cuya existencia no sólo ha sido refutada; sino que resulta imposible, pese a que el muy insolente actúa como si fuera real…»

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