Elementos de reflexión para una alternativa al trabajo asalariado.

Salud amigas/os de Marx. ¿Cómo van esas nieves y esos fríos?. Pues , ya que no se puede estar de aquí para allá, aprovechad este tiempo para el estudio y la reflexión, que buena falta nos hace.

Hoy tenemos una ponencia antigua pero interesantísima. Es un trabajo de Gabriel Fernández realizado en junio de 1995 para la Escuela de Verano de Formación del PCE. Olvidad que es del año 95 e intentad sumergiros en el texto. ¿Dónde quedarón las propuestas de la jornada de 35 horas o del reparto del tiempo de trabajo?.

ELEMENTOS DE REFLEXIÓN PARA UNA ALTERNATIVA AL TRABAJO ASALARIADO

Gabriel Fernández

A partir de principio de los años 70, el proceso de valorización del capital conoció en los países industrialmente desarrollados una baja de las tasas de ganancias, consecuencia de factores socioculturales producidos durante la fase de expansión de la economía iniciada después del final de la segunda guerra mundial. Esos factores se derivaban directamente del modelo taylorofordista de la producción. En reacción al aflojamiento de las tasas de ganancia, el capital inició una nueva etapa en tomo a una reestructuración tanto del capital como del modelo productivo. La internacionalización e integración del capital permitieron políticas productivas y financieras transnacionales; la deslocalización de la producción, merced a la ampliación descomunal del marco de la competencia entre asalariados, permitió optimizar los costes de producción en función de los costes de la mano de obra a nivel internacional; la automatización e informatización de la producción y la telemática permitieron reducir el tiempo de concepción-fabricación-comercialización de los bienes y servicios y por ende acelerar la rotación del capital.

 

Las condiciones de valorización del capital mejoraron merced a las transformaciones de las formas de producir. Pero las formas de vida, la experiencia subjetiva y las formas de socialización, también experimentaron transformaciones. Sin embargo estas transformaciones no se correspondieron término a término y por consiguiente aparecieron tensiones responsables de la crisis actual.

Esta crisis que azota a los ciudadanos de los países industrialmente desarrollados es global. Todos los aspectos de la vida están en crisis: económico, social, cultural. La sociedad, el planeta y finalmente el hombre padecen esta crisis. El trabajo que ocupa un lugar central en el desarrollo de la humanidad como en el de cada individuo, en su forma actual de trabajo asalariado, también está en crisis.

Conviene pues precisar el sentido del concepto de crisis que utilizamos. No solo designa como en lenguaje comente una situación momentáneamente difícil o un cambio muy marcado en algo, sino que, como lo indica su raíz, significa separación y decisión. El desarrollo de un proceso, ya sea natural o social, conoce siempre momentos en que su forma y su contenido no pueden convivir más tiempo. Los dos contrarios que formaban hasta entonces una unidad se separan (momento de la separación), y uno de los dos ha de desaparecer (momento de la decisión), para que el contenido en mutación transite hacia una nueva forma o para que la antigua forma se adecue a un nuevo contenido. La crisis es pues un momento particular en el desarrollo de un proceso en que se dan las condiciones para su paso a una etapa cualitativamente diferente. Pero tampoco se puede descartar que se echen a perder las condiciones de la superación y que siga vigente el viejo antagonismo a costa de la reconstitución de la antigua unidad.

Es importante retener que el concepto de crisis no tiene una connotación negativa como lo sugiere su uso en el lenguaje comente. Al contrario, es un concepto positivo que indica que se abren posibilidades de transformación radical de un proceso antagónico. En este sentido, comprobar la existencia de una crisis no puede servir de lamento. Es el anuncio de un programa de trabajo inseparablemente teórico y práctico que consiste en identificar lo antiguo que resiste, y lo nuevo cuya pujanza hemos de reforzar para facilitar el advenimiento de la transformación.

Lo que sigue quiere cumplir con este programa, aplicado a la realidad del trabajo asalariado. Para caracterizar la forma y el contenido del proceso de trabajo tenemos que examinarlo en tanto que proceso técnico de fabricación de bienes y servicios, así como en sus relaciones con el proceso de valorización capitalista y con el de socialización de los individuos, siendo este último también proceso de subjetivización de la sociedad por los individuos. Esta caracterización ha de conducimos a identificar los elementos que, nacidos del propio desarrollo de la forma asalariada del trabajo, la contradicen y pueden servir de alternativa a la alienación del trabajo.

Empezaremos por exponer las nociones y conceptos de 1) la dimensión económica del trabajo, 2) la organización del trabajo y 3) la psicología del trabajo, y ver las tendencias actuales del modo de funcionamiento de cada uno de estos procesos. En una segunda parte expondremos las relaciones que guardan estos procesos entre sí para entender ya no solo su funcionamiento sino su desarrollo, con el afán de identificar los elementos actuales para una alternativa al trabajo asalariado. La última parte estará dedicada a ver cuales condiciones han de darse para que las posibilidades de transformación, hoy meramente formales, devengan reales. La propuesta central es la de una reducción masiva del tiempo de trabajo asalariado en favor del desarrollo de formas alternativas que rompan con los actuales ciclos de vida y capaces de subvertir las relaciones asalariadas.

A) Análisis del trabajo. 

1. Dimensión económica del trabajo. Los conceptos económicos que nos han de servir para caracterizar el trabajo asalariado, son los de valor y valor de uso de una mercancía, trabajo concreto y trabajo abstracto, productividad e intensidad del trabajo.

E1 objetivo principal de un empresario es conseguir, a partir de una determinada cantidad de dinero, una mayor cantidad de dinero: este es el proceso de valorización del capital. Pero no por eso puede echar de menos la calidad de las mercancías producidas, y más bien todo lo contrario. Si la fuente exclusiva de la valorización es el trabajo, también es verdad que para realizar los beneficios esperados, las mercancías han de tener salida en el mercado. Por eso la calidad de los productos o de los servicios es cada vez más un elemento central en la competencia entre empresas. Si las mercancías han de cubrir necesidades sociales, lo tienen que hacer mejor que las de los demás.

Así pues, los productos tienen un doble aspecto: son soportes para los beneficios empresariales, pero también e inseparablemente son objetos o servicios que cobran una utilidad social. El concepto de valor recoge el primer aspecto. Su realidad es igualar todas las mercancías y permitir su intercambio. La superioridad del concepto marxiano de valor sobre el concepto de los clásicos, es que para Marx la substancia del valor hay que buscarla en las relaciones sociales de producción, y no como lo entendían los clásicos, en el trabajo humano en general. La diferencia está en la atemporalidad del trabajo humano en general, ya que este sena una propiedad natural del hombre desde que es hombre, y por eso, no sujeto a transformación. Esta es una manera de naturalizar y eternizar relaciones sociales históricas, y por consiguiente decidir que es una insensatez plantearse su desaparición. Al contrario, en Marx el concepto de valor recoge el carácter histórico de su substancia y plantea la cuestión de su origen y la de su desaparición. La magnitud del valor de una mercancía la determina el tiempo de trabajo socialmente necesario para su fabricación. Esta es una norma social histórica y no un tiempo de reloj. Pero su realidad es tan apremiante que no hay actividad laboral en la sociedad capitalista que no se enfrente a esa noria y se mida por ella. De ahí su papel organizador de la vida social.

El concepto de valor de uso recoge el segundo aspecto: el de la utilidad social del producto. Su realidad es distinguir todas las mercancías. Pero aquí también hay una dificultad. La utilidad designa dos cosas íntimamente unidas. La primera, que es la que le da su substancia al concepto, es la utilidad social o capacidad históricamente constituida de ser soporte del intercambio, y la segunda su utilidad en tanto que objeto o servicio que satisface una necesidad ajena.

De este análisis se derivan las consecuencias siguientes. La mercancía, y no el producto en tanto que objeto, es la unidad de las dos formas sociales, valor y valor de uso. La forma social concreta de la mercancía es el valor de uso. Su contenido es el valor. La substancia de ese contenido es el trabajo. La medida de la substancia es el tiempo de trabajo socialmente necesario. En el intercambio el cambista hace abstracción del valor de uso de la mercancía, lo que no significa que desprecia la utilidad del objeto puesto que precisamente es lo que va buscando en el mercado. Pero esta abstracción es la que establece la equivalencia de las mercancías por encima de su corporeidad y hace posible el intercambio. Nótese de paso que esta abstracción hace que determinadas relaciones sociales entre los hombres tomen la forma de un cambio entre cosas. Este disfraz necesario para que funcione el sistema, oculta la esencia debajo de las apariencias. Es lo que Marx denomina el fetichismo de la mercancía.

A partir de ahí se puede abordar el estudio del trabajo considerando la fuerza de trabajo como una mercancía más. Su valor es el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir y reproducir esa fuerza. Su valor de uso es la obligación en la que esta el asalariado de venderse a un capitalista para conseguir los medios de vida, y en la potencialidad de trabajo. Sin embargo se distingue de las demás mercancías por dos rasgos: 1) no se produce con vistas al intercambio; 2) no es cristalización de trabajo pasado, sino potencialidad viva de trabajo.

Los dos aspectos de las mercancías se corresponden con dos facetas del trabajo humano. Igual que en el intercambio el cambista hace abstracción del valor de uso, en el intercambio entre trabajador y capitalista este último hace abstracción de las formas concretas del trabajo, reduciéndolas a una determinación muy concreta: el trabajo humano abstracto. Aquí no importan las diferencias. Lo que cuenta es que sean productos del trabajo humano. El aspecto de utilidad de un producto tiene que ver con las particularidades del trabajo, con los gestos profesionales, la habilidad y sabiduría del asalariado. Bajo este punto de vista el producto tiene un autor, o, de cierto modo, una identidad. Dos productos, a pesar de cubrir la misma necesidad, son distintos. Los trabajos que les dieron vida también los son. Ese trabajo diferenciado es trabajo particular, o trabajo concreto. En resumidas cuentas el valor de uso se corresponde con el trabajo concreto, mientras el valor lo hace con el trabajo abstracto.

Sin embargo la actividad laboral es indivisible. El trabajo incorporado en los productos es concreto y abstracto a la vez. Los dos aspectos van emparejados, forman una unidad que define el trabajo asalariado y que realiza la forma moderna de la alienación del trabajo. Consiste en que el trabajo abstracto penetra las mallas del trabajo concreto para doblegarlo y hacer de él el instrumento de la valorización del capital, imponiéndole así mismo sus propias condiciones de existencia. Esto explica por ejemplo que el crecimiento de la productividad sirva para destruir empleo, lo que responde a la necesidad de aumentar los beneficios, cuando podría servir para reducir la jornada laboral sin disminución de salario, en beneficio del trabajo concreto.

Para valorizar su capital, un empresario dispone fundamentalmente de tres mecanismos: la productividad del trabajo, la intensidad del mismo y la duración de la jornada laboral. Es fácil entender que la prolongación de la duración de la jornada laboral significa mayores beneficios para el empresario siempre que se reúnan dos condiciones:

1. el trabajo humano directo ha de ser la fuente principal de los beneficios,

2. el salario, o no aumenta con la prolongación de la jornada, o aumenta menos que la jornada, lo que ocurre con las horas extras.

La realidad de la intensidad del trabajo es fácil entender para quienes la viven. El trabajo cotidiano es una sucesión de actividades inseparablemente físicas e intelectuales. El grado de movilización de esas capacidades es variable según la horas del día, o el día de la semana, etc…, o en función del estado psicológico del trabajador. Intensificar el trabajo, consiste en conseguir constantemente el mayor grado de movilización de la fuerza de trabajo, o sea conseguir de cada trabajador que se fuerce en contra de lo que el cuerpo y la mente le piden. De esta manera aumenta la cantidad de mercancías producidas en una jornada de duración normal. Esta manera de valorizar un capital supone:

1. no aumentar el salario, o al menos no subirlo más que la intensificación del trabajo;

2. contar con la aceptación de los trabajadores mediante el miedo a perder el empleo o mediante la manipulación ideológica. La aceptación es fundamental porque movilizar la capacidad de trabajo depende de la voluntad del individuo.

Estas dos maneras de valorizar un capital tienen un límite objetivo: el desgaste de la fuerza de trabajo. A su vez, tamaño desgaste tiene al menos dos dimensiones. La primera tiene que ver con la necesidad biológica del ser humano de recomponer su propia fuerza física, lo que impone tiempo de descanso proporcional al tiempo de empeño laboral. La segunda es de tipo social. El descanso no solo es la ausencia de actividad, sino actividades extra profesionales consideradas normales. Lo que ocurre es que tal consideración es una norma histórica y social. Las actividades son: practicar deporte, participar en la vida asociativa, dedicar tiempos de vida para la educación de los hijos, para compartirlos con la familia, desarrollar capacidades mediante ocios socialmente reconocidos, etc… Estas actividades de recomposición de la fuerza de trabajo no valorizan directamente el capital del empresario, razón por la cual este no le concede la misma importancia que los trabajadores. Esta diferencia de criterios funda el antagonismo de los intereses económicos.

Al contrario de los dos primeros, la productividad del trabajo es un mecanismo impulsado por la competencia que opone los empresarios entre sí. Pero mucho más que un mecanismo, es una práctica social cuyo contenido viene determinado por condiciones históricas y sociales en las que se desarrolla la guerra económica.

La productividad se mide por la cantidad de mercancías producidas en una determinada unidad de tiempo y de intensidad del trabajo. Decir que la productividad aumenta significa que crece el volumen de la producción mientras ni la duración del trabajo ni su intensidad cambian. La manera de aumentar la productividad es introducir en el proceso de trabajo o una nueva ordenación del trabajo, o un nuevo método de producir con nueva tecnología, o la mayor de las veces las dos cosas a la vez. Pongamos que para fabricar un coche un obrero dedique una jornada de trabajo. Pongamos que después de cambiar las máquinas, el mismo obrero dedique solo media jornada sin aumentar la intensidad de su trabajo. Entonces la productividad ha duplicado. En el mismo tiempo que antes el empresario posee dos coches en vez de uno, pero el sueldo del obrero no ha cambiado. De ahí que los costes del trabajo por coche producido se hayan abaratado. Sin embargo, en el mercado de coches el precio del vehículo sigue igual. El empresario podrá vender sus coches un poco más baratos que los del mercado, pero haciendo que la rebaja sea menor que la de los costes de producción. De estas circunstancias se derivan dos consecuencias:

1. sus coches se venderán con más facilidad puesto que son más baratos que los demás, abriéndose así el mercado para un aumento de su producción;

2. sus beneficios serán mayores no solo porque puede vender más coches, sino porque siendo menor el abaratamiento del coche que el de los costes de fabricación, el beneficio que le deja cada coche es superior al que le dejaba antes de introducir la nueva maquinaria y de duplicar la productividad.

El crecimiento de la productividad es fundamentalmente la manera de competir de los empresarios entre sí.

Esta manera de aumentar el volumen de la producción es favorable a la fuerza de trabajo ya que al no incrementar la intensidad del trabajo, su desgaste no aumenta. Desde el punto de vista del empresario la cosa es distinta. La condición del crecimiento de la productividad es la introducción de nuevas tecnologías, lo que significa nuevas máquinas y luego inmovilización de un capital mayor. Pero ya que el capital inmovilizado no se valoriza, el grado de valorización del conjunto del capital tiende a bajar con el tiempo, lo que contradice su afán de conseguir siempre mayores beneficios.

Los empresarios intentan oponerse a esa tendencia mediante la intensificación del trabajo y la prolongación de la jornada laboral, cuyos límites objetivos pueden ser superados merced a la introducción de nuevas tecnologías. Por esta razón los empresarios utilizan conjuntamente los tres mecanismos de valorización, en distintas proporciones según el grado de resistencia de los trabajadores y del contexto financiero.

La carrera productivista es un rasgo peculiar del capitalismo, y hay que reconocer que este modo de producción permitió a la productividad del trabajo alcanzar niveles altísimos haciendo posible elevar los niveles de vida de la población respecto de las generaciones anteriores. Sin embargo este aspecto constructivo del capitalismo tiene un revés: su aspecto destructivo. La destrucción en este caso afecta la humanidad porque la riqueza del mundo capitalista desarrollado tiene su corolario en la pobreza del 80% de la población del planeta, e incluso en los propios países del capitalismo real, una parte creciente de la población vive en situación de pobreza real. A lo que conviene añadir una explotación de la fuerza de trabajo cuyas pautas ponen en peligro la salud de los trabajadores. La destrucción también afecta la naturaleza porque muchos son los empresarios quienes consideran el planeta y su entorno como una fuente inagotable de energía y materias primas y sobre todo lo tratan como un vertedero capaz de absorberlo todo, poniendo en peligro de destrucción todo el ecosistema.

La forma históricamente dominante del trabajo en los países capitalistas es el trabajo asalariado. Esto significa principalmente dos cosas:

1. los medios de producción son propiedad de la clase de los empresarios. Por lo tanto la ley les otorga el derecho, que también privilegio, de organizar y controlar el trabajo en función de sus criterios particulares. De ahí que sean ellos los únicos responsables de la exposición de los asalariados a los riesgos laborales;

2. en la realidad cotidiana, los criterios particulares de los empresarios son aquellos que les permiten orientar la producción para conseguir el mayor grado de valorización de su capital.

El marco en el que cada empresario intenta valorizar su capital viene caracterizado por dos rasgos:

1. la oposición que lo enfrenta a la fuerza de trabajo, cuyos intereses económicos son incompatibles con los suyos, porque la valorización de su capital se hace a costa de un desgaste de la fuerza de trabajo;

2. la oposición que lo enfrenta a los demás empresarios en la guerra económica y que impulsa cada empresario a ser mejor competidor en aras de una mayor valorización a costa de los demás empresarios.

De esta caracterización se deriva que el trabajo asalariado es mucho más que el intercambio de una prestación laboral contra un salario. En realidad es una actividad realizada en una sociedad divida en clases, en la que una clase detiene los medios de producción y otra, la clase de los trabajadores, se ve en la obligación de vender a la primera su fuerza de trabajo en contra de los medios de subsistencia. Las demás clases de la sociedad se encuentran en una situación intermedia respecto de esta relación de propiedad. La realidad del trabajo asalariado es pues la separación de los productores y de sus medios de producción, separación que se reproduce constantemente porque el proceso de producción no solo consiste en fabricar bienes y servicios para el mercado, sino en producir las condiciones sociales y culturales de la separación de medios del trabajo y productores.

El intercambio de un salario por la fuerza de trabajo presupone la existencia de un mercado donde se cambian mercancías, condición previa para que el trabajo se transforme en una mercancía más. El mercado es un modo de relación social muy anterior al capitalismo. Lo que caracteriza este último es la existencia del trabajo asalariado. La historia del capitalismo muestra que se da de forma dominante desde finales del siglo 18, después de 5 o 6 siglos de maduración. En un primer momento los brotes de capitalismo no se impusieron al modo feudal de producir, pero si dejaron en la sociedad mecanismos sociales, técnicos y culturales que iniciaron un proceso histórico de subversión de las formas de producir, hasta imponer de manera dominante, después de muchos siglos, el trabajo asalariado. La historicidad de esta forma de trabajo implica pues su transformación, y por lo tanto la posibilidad de su desaparición. La consideración de esta historia permite interpretar las tendencias actuales del trabajo como brotes de subversión del trabajo asalariado, poniendo de actualidad la cuestión de su superación.

La relación asalariada tiene pues características permanentes respecto de la propia estructura de la economía capitalista. Es separación entre los individuos concretos y sus medios de producción, lo que en esta sociedad significa que la separación atañe también además de los medios del trabajo, los medios de comunicación social, las formas más avanzadas del conocimiento, y obviamente los productos finales de la actividad laboral. Pero la relación asalariada también es reunión de los individuos y de los medios sin la cual el trabajo es imposible. Ahora bien, es una reunión muy peculiar que reduce los individuos a una simple fuerza de trabajo sin consideración respecto de las cualidades y singularidades de las personas y que niega los proyectos de vida de los trabajadores considerados como máquinas que engendran valor. Esto equivale a considerar el trabajo como la actividad capaz de captar tiempo de trabajo extra transformable en plusvalía.

2. Dimensión técnica del trabajo. El proceso de producción en la sociedad capitalista se compone de dos procesos interdependientes: el proceso de fabricación de los bienes y servicios y el de valorización del capital. Pese a que advengan simultáneamente, es importante distinguir los dos procesos para localizar las contradicciones propias de cada uno y poder examinar sus relaciones. En el primer apartado hemos examinado aspectos del proceso de valorización. A continuación nos interesamos al de la fabricación.

La actividad laboral es constitutiva del hombre, tanto de la especie como del individuo. Ella es la que determina el paso de la animalidad a la humanidad. Marx y Engels se refieren a este proceso de hominización en ‘Ideología Alemana’: «Podemos distinguir los hombres de los animales por la conciencia, por la religión, por lo que queramos. Ellos mismos empiezan a distinguirse de los animales cuando empiezan a producir sus medios de existencia, paso que es una consecuencia de su organización corporal. Produciendo sus medios de existencia los hombres producen indirectamente su propia vida material. »

Lo que mejor distingue la especie humana de la animalidad es el modo de  transmisión de lo que aprenden. El mundo animal solo conoce el modo de transmisión genético. Todos los comportamientos y sabidurías se transmiten de generación a generación por el código genético, sistema bastante rígido, cuya velocidad de evolución es ultra lenta, por lo menos a escala de tiempo humano. Incluso cuando se dan fomas de aprendizaje en vertebrados superiores no hay posibilidad de acumulación de una generación a otra. Un mono que aprende a utilizar un palo para procurarse la comida que sin el no podría alcanzar, lo hace hoy igual que lo hacia el siglo pasado. El hombre en cambio ha forjado mediadores entre él y la naturaleza o entre él y los demás hombres – las herramientas y el lenguaje hablado o dibujado – y los ha ido perfeccionando generación tras generación. Estos mediadores están dotados de propiedades inéditas en el mundo orgánico: las de su acumulación y transmisión emancipadas de los límites estrechos del organismo individual.

En cuanto a los individuos, el proceso de subjetivación que transforma un recién nacido en hombre, no es sino el proceso de apropiación de todos esos mediadores sociales socialmente acumulados, y a través de ellos, apropiación de una parte singular del amplio mundo humano históricamente constituido. La biografía de un individuo se puede definir como su manera de ser en acto, y objetivamente es para él lo mismo que la historia es para las formaciones sociales. La biografía también es subjetivamente interiorización psíquica de las capacidades sociales a través de la práctica. En definitiva la psique humana es una mezcla de naturalidad y de socialidad. La primera impone sus condiciones de posibilidad mediante estructuras neurobiológicas y la segunda es el origen de las funciones superiores mediante las relaciones impuestas a cada candidato a ser hombre. El hombre es pues un ser natural e inseparablemente social.

De ahí la importancia decisiva del estudio de la actividad laboral. En su aspecto técnico es la reunión de dos elementos: los medios técnicos del trabajo y la organización del trabajo, ambos intercondicionados.

Se puede ver la organización del trabajo desde dos puntos de vista principales. Por un lado es ordenación de la producción y por otro lado es regulación de las relaciones sociales de trabajo. La ordenación de la producción está orientada a definir las tareas en cada puesto de trabajo y la división de los trabajadores que le corresponde. Definir tareas es descomponer el trabajo en una sucesión de actividades inseparablemente gestuales e intelectuales, así como establecer procedimientos estandarizados para recomponer, mediante el trabajo concreto, lo que el análisis descompuso previamente. Definir la división correspondiente es decidir de las calificaciones necesarias para ejecutar las actividades elementales del puesto de trabajo y de las condiciones de cooperación entre trabajadores en aras de conseguir una coherencia del conjunto de la unidad de producción.

Este tipo de organización del trabajo descansa sobre una división social históricamente constituida que separa las funciones de concepción y control de la producción por una parte y las funciones de ejecución por otra parte. La gran condición histórica de esta división es la separación de los productores y de sus medios de producir. Desde entonces, la organización del trabajo está orientada a valorizar el capital y a reproducir las condiciones de su apropiación privada, o sea a mantener la división social del trabajo.

La actividad laboral se realiza en medio de una contradicción entre el trabajo prescrito y el trabajo real. La prescripción del trabajo es monopolio de las direcciones de empresa, y corre a cargo de los servicios de métodos o de fabricación, cuales analizan y descomponen el trabajo en una sucesión de tareas donde están previstos los gestos profesionales en cada puesto de trabajo, el tiempo empleado para ejecutarlos, las condiciones de cooperación entre los trabajadores y las relaciones jerárquicas entre los asalariados. Pero en realidad la actividad de los trabajadores no puede atenerse estrictamente a tales instrucciones porque siempre surgen dificultades debidas a la materia, a las máquinas o a las relaciones entre los productores. De manera que cada trabajador se ve obligado a recomponer el trabajo sin cumplir escrupulosamente las prescripciones de los ingenieros de fabricación. La habilidad, la astucia y la inteligencia de cada trabajador en su puesto de trabajo para sacar adelante su tarea pese a todo, tomando la libertad necesaria para jugarse de las prescripciones, define el trabajo real.

Esta contradicción se corresponde con la que existe en el proceso de valorización entre los empresarios, cuyo objetivo es orientar la productividad hacia el crecimiento del capital, y los trabajadores preocupados por mejorar sus condiciones de vida, conservar el empleo y poder darle sentido a sus vidas mas allá del de ser meras fuerzas de trabajo. El trabajo prescrito es trabajo hecho abstracto, substituible, indiferente a la identidad del trabajador y además directamente vinculado al tiempo de fabricación. Su finalidad no es sustituir el trabajo real sino orientarlo hacia lo económico a pesar de su autor, controlarlo y formarlo. Desde el punto de vista de la valorización, lo importante es que el trabajador acepte conformar su trabajo real a la norma del trabajo prescrito.

La contradicción del proceso de valorización en su realidad es una oposición conflictiva entre intereses económicos. Se adueña de la contradicción trabajo prescrito/trabajo real, en si misma no conflictiva, y termina por infundirle su propia conflictividad. De ahí que la organización del trabajo tal y como la define cada empresario, tenga que abarcar la cuestión central de la regulación de las relaciones sociales de trabajo. Esta cuestión desborda ampliamente las relaciones de cooperación establecidas por los colectivos de trabajo en aras de conseguir un resultado socialmente valorado.

La organización del trabajo también concierne, y cada vez más conforme aparecen nuevas técnicas de producción, la reproducción de las condiciones de separación entre productores y medios de producción. La evolución más reciente de las formas de organización del trabajo renueva los conflictos, enfrentando directamente los móviles económicos de la producción con los móviles personales de los trabajadores.

Conviene pues caracterizar los dos tipos de organización del trabajo actuales, la organización fordista y la organización toyotista. Aunque en España estas dos formas de taylorismo no se den en su versión americana o japonesa, es importante destacar sus principios para identificar los factores que intervienen en el desgaste de la salud de los trabajadores y su relación con las transformaciones del sistema productivo y del régimen de acumulación.

El taylorismo, organización del trabajo conocida como ‘organización científica del trabajo’ (OCT), plasmó a principios del siglo XX en Estados Unidos de América bajo la forma de la firma fordiana. Taylor buscaba un tipo de división del trabajo que superara dos obstáculos en el camino de conseguir un crecimiento de la productividad: 1) el poder de los productores sobre su propia actividad laboral, y 2) el carácter empírico de los conocimientos respecto de esa actividad.

El primer obstáculo se debía a que entonces los trabajadores tenían el monopolio de la concepción y la ejecución de su propio trabajo cuya regulación se hacía en función de reglas de oficio. Taylor pensaba que la división de esos dos momentos del trabajo era necesaria para que la concepción recaiga en manos de las direcciones, haciendo posible una organización científica del trabajo. El objetivo no era privar los trabajadores de sus prerrogativas de concepción, lo que es propiamente imposible, sino de fijar una ‘norma científica’ para regular el trabajo en función de reglas económicas.

El segundo obstáculo estaba en que los mecanismos sociales de la movilización, la transmisión y la renovación del saber específico sobre la producción eran propiedad de los trabajadores, lo que limitaba su utilización en aras de una nueva dinámica de la productividad. Para poner un ejemplo, el saber empírico de un profesional de mecánica general no puede competir con la ciencia del mecanizado una vez esta orientada hacia el ahorro de tiempo. La división tayloriana del trabajo tenía que superar esta dificultad.

Para imponer esta forma de división del trabajo, Taylor creó el concepto de tarea. Una tarea es una norma óptima, prescrita, valuable por quien la ejecuta. La valoración consiste en comprobar la calidad del resultado de la actividad, pero también lo que puede ganar el autor de esa actividad en términos de salario. La tarea debe permitir la ejecución de los gestos profesionales, y simultáneamente la adhesión de los productores al modo de relación social impuesto por las direcciones. Con este concepto surge la otra cara del taylorismo, quizás el más importante, la del compromiso social. El taylorismo es ordenación de la producción y compromiso social. Los trabajadores aceptan el crecimiento de la productividad y de la intensidad del trabajo que permite su nueva división a cambio de salarios elevados y que deberán seguir subiendo de manera estructural. Lo importante para Taylor es que el esfuerzo de todos esté orientado a conseguir el crecimiento de la productividad en beneficio de todos de tal forma que la cuestión de su reparto sea secundaria.

El taylorismo se puede definir por seis características:

1. La productividad de una unidad de trabajo depende directamente del tiempo necesario para realizar las tareas de trabajo.

2. La OCT supone la creación de un servicio de métodos y fabricación financiado con una parte del aumento de productividad al que contribuye.

3. El primer paso para ello es acabar con el monopolio del saber obrero sobre la producción lo que permitirá emanciparlo de sus límites naturales.

4. La condición para conseguirlo es la aceptación de un compromiso entre ambas partes, direcciones y obreros.

5. El compromiso prevé que el trabajador ha de conformarse a la norma del trabajo prescrito en su trabajo real.

6. Entonces el crecimiento de la productividad puede surgir de la estandarización de los gestos profesionales adaptados al sistema de máquinas y de la intensificación del trabajo que permite.

El fordismo plasmó a principios de siglo los principios del taylorismo en la industria automóvil en USA. La aportación propia de Ford fue, utilizando la parcelación del trabajo vieja entonces de más de cien años, introducir la repetitividad de la tareas y la descalificación de la fuerza de trabajo, la mecanización con máquinas electromecánicas no programables. Es el sistema del trabajo en cadena, adaptado desde el punto de vista de la productividad a las grandes series muy estandarizadas y poco diferenciadas. El paradigma del fordismo lo resumen estas palabras que se le atribuyen al propio Ford: “Debemos de ser capaces de vender a todos los americanos el coche de su gusto, siempre que les guste negro.” La política de salarios elevados además de garantía para el compromiso social tayloriano también tenía que asegurar la solvencia de un mercado ampliado, condición necesaria para una producción de masa que permitiera el crecimiento de la productividad por efecto de escala.

A partir de mediados de los años 70 las condiciones de competencia entre firmas capitalistas cambiaron substancialmente. Se impusieron los criterios de calidad de la producción y de diferenciación de los productos. Los modos de producción taylorofordistas centrados sobre la cantidad y la productividad individual toparon con límites objetivos, tanto técnicos como sociales, pues la resistencia activa y sobre todo pasiva de la clase obrera era cada vez mayor conforme los empresarios intentaban intensificar el trabajo humano. De ahí que se revelará mucho más adaptado el modelo japonés, nacido inmediatamente después de la guerra a consecuencia de circunstancias muy peculiares.

El toyotismo nació en un contexto de escasez de materias primas, de energía y de mano de obra, al final de los años 40, condiciones impuestas por el campo victorioso al salir de la guerra. Desde el punto de vista de la producción estas condiciones significaban que el crecimiento de la productividad real era vital, porque al faltar mano de obra la intensificación del trabajo humano chocaría con la resistencia de la clase obrera. Pero al contrario de lo que pasó en USA a principios de siglo, en el Japón de entonces era imposible conseguir efectos de escala porque el mercado no tenía la solvencia necesaria. De ahíque el toyotismo rompiera con el principio taylorista que considera la productividad total como la suma de las productividades locales en cada puesto de trabajo, y lo sustituyera por el que considera la productividad total del conjunto del sistema productivo a escala de la empresa, teniendo en cuenta tanto los tiempos directamente productivos como los tiempos de preparación de la producción y de circulación de la materia y de la información.

La escasez de capital disponible obligó la firma japonesa a no fabricar más que los coches realmente vendidos. De ahí la necesidad de orientar todo el sistema de fabricación en función del pedido para adaptar la oferta a la demanda. Las consecuencias derivadas de esa necesidad fueron la obligación de reducir los ciclos de producción de los modelos, y de diferenciar los modelos para reaccionar con la mayor celeridad posible a las fluctuaciones del mercado.

Un conjunto de pautas de ordenación y organización del trabajo, conocido con el nombre de ‘sistema justo a tiempo’, un nuevo tipo de relaciones con los proveedores y un mecanismo de aceptación social constituyen la solución hallada por la firma Toyota. El requisito técnico fue la introducción de máquinas provistas de dispositivos automáticos para detectar averías propias y facilitar una pronta intervención con el fin de maximizar el tiempo de funcionamiento de la línea de producción. Pero este objetivo necesitaba de un trabajador multifuncional, o sea de un operador capacitado para tareas de fabricación, mantenimiento y control. De ahí que se considere que el toyotismo introduce un cierto grado de reunificación de tareas. También requiere un nivel de formación adaptado a la necesidad de representación y comprensión de la producción ya no solo en función de su puesto de trabajo sino del sistema global, porque el grado de cooperación cambia radicalmente puesto que el trabajo de cada uno depende del de todos los demás.

La introducción de microelectrónica en las máquinas elevó el grado de los automatismos. La informática permitió la programación de los robots aumentando el grado de flexibilidad del sistema. Y ahora la teletransmisión numerizada permite programar las máquinas a distancia y en tiempo real, impulsando aún más el proceso de integración transnacional de la producción en función de criterios puramente financieros. Esta evolución técnica ha elevado de forma aguda las tendencias a la multifuncionalidad y flexibilidad de la fuerza de trabajo humana por otra parte cada vez más instrumentalizada y socializada. El tiempo de circulación de la información procedente tanto de la esfera comercial como productiva, es un factor cada vez más determinante tanto de la ordenación como de la calidad de la producción.

Las relaciones con los proveedores tienen dos objetivos: 1) la integración del proveedor en la ordenación de la producción y 2) la garantía de la calidad del aporte del proveedor. Este tipo de relaciones realiza una forma de externalización contratada de la producción hacia una red de proveedores ligados entre si por relaciones de colaboración tecnológica, organizativa y financiera.

Pero el toyotismo fue posible merced a mecanismo de aceptación social. Su contenido es un considerable grado de cooperación e identificación con la empresa a cambio de garantías sobre la estabilidad de un sistema de relaciones sociales entre trabajadores y empresarios: empleo vitalicio, carrera profesional, salarios y promoción por antigüedad, formación permanente.

Dos matices tienen su importancia para entender que el toyotismo nació como el fruto de un conflicto de clases y no por obra y gracia de la genialidad de un ingeniero. Como hemos visto la formación profesional era una necesidad técnica del proceso de trabajo a partir del momento que el requisito para la flexibilidad del sistema productivo es la multifuncionalidad de los operadores en un contexto de complexificación creciente por el grado de integración que permiten la informática y la microelectrónica. Los propios empresarios son los primeros interesados en la mejora constante del nivel de preparación de la fuerza de trabajo, de ahí que no tengan dificultad en garantizar la formación profesional. Por otra parte el contexto de escasez de fuerza de trabajo creó condiciones para la movilidad de la fuerza de trabajo en busca de mejores condiciones económicas y de trabajo. Sin embargo la ordenación del trabajo donde dominaban flexibilidad, multifuncionalidad y sistema justo a tiempo requería cierta estabilidad de la mano de obra. De ahí que no fuese difícil consentir un empleo vitalicio, un salario y promoción a la antigüedad ya que eran condiciones del propio sistema técnico. Pero, y este es el segundo matiz, las condiciones en las que terminó por imponerse el compromiso social fueron más favorables a los empresarios que a los asalariados. Se impuso al cabo de una durísima lucha entre los sindicatos de clase y la patronal, que terminó con ese sindicalismo y su sustitución por sindicatos de empresas más adscritos a la colaboración que a la lucha de clases. El resultado fue la integración de los sindicatos a los objetivos de los empresarios, hasta tal punto que el paso por la jerarquía sindical es hoy obligatorio para acceder a puestos directivos de la empresa.

El toyotismo es la respuesta a un problema clásico de intensificación del trabajo humano que surge en un contexto social e histórico peculiar. Está basado en la automatización flexible de robots teleprogramables con un alto grado de integración en un sistema productivo y financiero, global y transnacional, donde fabricación y pedido se condicionan mutua y constantemente. Este sistema requiere una mano de obra multifuncional con un elevado nivel de movilización e iniciativa para anticipar las averías, y desarrolla dispositivos específicos: la producción justo a tiempo, el tiempo repartido, la estandarización flexible, el sistema kan-ban, un sistema renovado de relaciones con los proveedores. La clave del sistema está en un tipo de compromiso social peculiar conseguido a través de durísimas luchas en las que se enfrentaron sindicatos obreros y patronal.

Pese a las diferencias formales tan fundamentales entre fordismo y toyotismo, la substancia de estas dos formas de organización del trabajo es la misma: el aumento de la productividad del trabajo humano en un marco que asegure su orientación económica hacia la valorización del capital. En este sentido no es de recibo decir que el toyotismo es una superación del taylorismo y menos que la agrupación de tareas es el fin de la división del trabajo humano, porque en los dos casos la división entre concepción y ejecución sigue fuerte y viva.

Dicho esto, ¿cuáles son las diferencias formales y sus consecuencias? La diferencia central está en el cambio de perspectiva de la producción. El toyotismo considera el aparato productivo en tanto que sistema global donde el todo es más que la suma de sus partes. De ahí que todas las preocupaciones tradicionalmente verticales de la producción, ya sean las del trabajo: fabricación, mantenimiento, control, cooperación, ya sean las de la producción de beneficios, estén reunidas en cada uno de los puestos de trabajo. Tanto o más valen los tiempos de preparación de la fabricación como los tiempos directamente productivos. La productividad es una variable global a la que todo ha de medirse. El criterio de la velocidad de ejecución en un puesto deja de ser la primacía de la producción, lo que no significa que haya desaparecido. Antes, todo lo contrario, porque el sistema técnico y organizativo toyotista permite reanudar con la intensificación del trabajo humano. Pero en las nuevas condiciones lo que tiende a dominar es la cooperación, la calidad del intercambio de informaciones, la anticipación de averías, la iniciativa. En una palabra lo que cuenta es el grado de movilización individual del trabajador, es decir de su voluntad y afectividad, o sea su subjetividad.

La cooperación, determinante respecto de la eficacia de la producción, depende totalmente de las condiciones de movilización de la subjetividad. Las direcciones lo entienden perfectamente, que por eso acompañan las modificaciones de la organización del trabajo con discursos ideológicos orientados a movilizarla. Que puedan conseguirlo es otra cuestión de la que hablaremos en el apartado siguiente. Lo cierto es que los patrones mezclan en sus discursos argumentos morales y económicos: ‘para ser competitivos hemos de orientar los esfuerzos de todos en el mismo sentido’, dejando entender que quien no lo hace es un traidor. La clave de los discursos empresariales está en la noción de ‘calidad’, recogida del modelo toyotista, que realiza una fusión entre lo económico y lo ético. Su ventaja es que al referirse a la dimensión ética, es decir a la obligación individual de cada trabajador respecto del cliente que adquirirá el producto a la confección del cual ha participado personalmente, evita hablar de productividad, es decir del aspecto económico de la ‘calidad’, aspecto vinculado directamente a la producción de valor y a la dureza de la vida en el trabajo.

La gestión participativa acompaña y alimenta los discursos ideológicos a través de los distintos grupos o colectivos de trabajadores: grupos de calidad, grupos autónomos, etc… En realidad los empresarios pretenden sustituir el modo de cooperación profesional inventado y controlado por los colectivos de trabajo, en favor de un modo más transparente para las direcciones. La sustitución ha de permitir la difusión de un modelo de relaciones sociales más consensuales y cooperativista que niegue la conflictividad de la organización del trabajo.

3. Dimensión psicológica del trabajo. – El campo de la subjetividad abarca todos aquellos procesos psíquicos que le permiten al individuo construir un sentido a sus actividades a partir de las estructuras simbólicas de la cultura. Son procesos complejos y permanentes de tal forma que ser hombre, mucho más que un estado es una formación permanentemente abierta tanto a los estancamientos como a las transformaciones.

El sentido o significación que adquiere la actividad para su autor, se despliega a la vez en al menos tres ámbitos distintos: el de la actividad en sí misma, el ámbito social y el individual.

  • En sí misma cualquier actividad humana supone para su autor la anticipación mental de sus efectos en la realidad. Antes de ajustar una pieza de madera con el cepillo, el carpintero imagina lo que ha de ser el resultado de su gesto, lo anticipa mentalmente, elabora un plan o un proyecto sobre el cual ajustar su hacer. De esta manera el cepillado cobra significación respecto del pasado de la propia pieza, o sea respecto de todos los gestos acumulados que han transformado la madera del árbol en esa pieza, objeto del trabajo concreto actual. Pero también cobra significación respecto de su futuro, o sea en función del proyecto de trabajo que ha construido el carpintero.

  • En el ámbito social la significación de la actividad productora tiene dos aspectos: el resultado de la actividad ha de tener una utilidad para que los demás reconozcan en el producto la materialización de las capacidades y cualidades de su autor; pero por otra parte el resultado de ese trabajo entra en los intercambios de mercancías donde se objetiva su valor mediante el intercambio, sistema social de valorización de los productos del trabajo que ofrece al productor un sistema simbólico para su propia valoración.

  • Por fin en el ámbito individual la actividad productora tiene una significación simbólica función de la biografía de su autor. Cada cual vive con la cuestión del sentido de su propia vida, y esta cuestión no deja de estar presente en cada momento de la vida. La participación en actividades asociativas, sindicales, políticas o la no participación, la vida familiar y afectiva, contribuyen todas a la formación del sentido de una vida. Igual lo hace la actividad productora. Su carácter simbólico se asemeja al del lenguaje. Lo mismo que una palabra, una frase o el hablar en general, las actividades tienen funciones simbólicas, es decir que representan lo que no son (por ejemplo la palabra ‘caballo’ no es un caballo, sino que lo representa, lo sustituye, y sin embargo en la mente producen efectos similares). Los gestos y relaciones laborales tienen la misma propiedad. De manera que el productor prolonga su ser hablante en el ámbito de las actividades productoras.

Estas consideraciones vienen a decir que la cuestión de la construcción del sentido a través de las actividades productoras es una cuestión central. A su manera lo confirma la ideología patronal cuando propone modelos de identificación empresarial a los asalariados con la intención que estos construyan el sentido más adecuado a la valorización del capital. Pero es un objetivo que choca con los móviles individuales propios, porque cada productor sabe y siente que también ha de ser hombre antes de ser pura fuerza de trabajo.

El análisis psicológico muestra que el sujeto de una actividad está inscrito en muchas actividades simultáneas, y comparte una determinada actividad con otros sujetos que participan a ella. O sea que la construcción del sentido es un trabajo a la vez intersubjetivo e intrapsíquico. Además muestra que el resultado de una acción deviene a menudo el móvil de otra actividad nueva, de manera que tanto la actividad como el sentido de la acción cambian en el transcurso de su desarrollo. De ahí que una actividad pueda cobrar un sentido distinto respecto de un área de vida del que cobra en otra área. La construcción del sentido de las actividades es pues una función psíquica de regulación de la subjetividad. El sentimiento de satisfacción procede de la coherencia entre los distintos ámbitos de significación. La incoherencia en cambio es fuente de ansiedad y resentimientos, pero también es creadora porque insta el individuo a buscar la coherencia entre móviles personales, sociales y económicos. Cuando esa busca es improductiva surgen los fenómenos psicopatológicos, lo que ocurre cuando el trabajador no consigue regular su comportamiento en un campo de su vida mediante la significación que le concede en los demás campos. Las actividades laborales asalariadas impiden a menudo conseguir esa coherencia entre los móviles porque son una síntesis singular de móviles económicos y personales con objetivos sociales y procedimientos técnicos. El trabajo abstracto directamente visible en las situaciones taylorizadas, es cada vez más opaco en el contexto de los sistemas productivos contemporáneos: presente en cada gesto laboral, en cada microdecisión que compone malla tras malla la inmediatez del trabajo concreto, es invisible a una mirada inmediata. Esa masiva e invisible presencia del trabajo abstracto dificulta la busca de coherencia y por eso toma formas psicopatológicas concretas.

Este ejemplo muestra además la importancia que tiene la cuestión de la eficacia de la actividad en la construcción del sentido. Eficacia y sentido están íntimamente unidos por la experiencia. Empresarios y trabajadores tienen puntos de vista opuestos sobre el origen de la eficacia. Para los empresarios está totalmente plasmada en la anticipación cada vez más fina de la organización del trabajo. Pero niegan toda la ingeniosidad necesaria para superar los escollos de la organización prescrita del trabajo. La organización formal estructura la actividad laboral, pero a su vez la actividad la desborda constantemente. La organización real resulta de la realización colectiva de redes informales donde circula la información, permitiendo la especialización de la fuerza de trabajo sin compartimentación de los trabajadores. Esta organización real y no reconocida por las direcciones, es una forma real de solidaridad entre asalariados, necesaria además para la eficacia, y que permite el intercambio implícito de sentidos diferenciados para las existencias humanas. Es una condición de la eficacia del trabajo cooperativo. De manera que nadie puede renunciar a las condiciones de la eficacia sin arriesgar ipso facto su propia identidad.

Las consecuencias psicopatológicas se organizan en tomo a la relación entre sentido y eficacia. A su vez esta relación está vinculada a la cuestión de la identidad. El desarrollo psíquico humano está marcado por la constante busca de identidad. Los actores de la producción mantienen relaciones con lo que podemos llamar su «identidad mercantil». Las mercancías tienen en el orden económico una estructura doble. Su valor corresponde al trabajo humano en general o trabajo abstracto, su valor de uso corresponde al trabajo concreto. Estas correspondencias son las bases para que las mercancías se incorporen en todos aquellos objetos que participan en la circulación capitalista, incluso, y este es un punto fundamental, en la parte de ellos mismos que los productores incluyen en la relación asalariada. Pero como la estructura de la mercancía también desempeña una función simbólica, los productores están inscritos en un sistema de identificación social que trata por igual la producción de los objetos y la de los seres, que iguala el trabajo vivo y el trabajo muerto. Una vez interiorizado, este sistema objetivo de identificación acaba estructurando la imagen que el productor se hace de sí mismo, lo que le conduce a medirse con los instrumentos de la valorización imperantes en la sociedad y que consideran el valor como producción de plusvalía, el hombre como mera fuerza de trabajo, sustituyendo a los motivos personales los móviles económicos. Esta sustitución constituye una forma de alienación al facilitar la interiorización por el trabajador de móviles ajenos en aras de forjar un sentido a su actividad productora. Pero también pueden conducir esos procesos a una apropiación subjetiva de la dimensión genérica del trabajo humano fuera de sus determinaciones capitalistas alienadoras. Esta posibilidad es la base para el surgimiento de la conciencia de clase. Los capitalistas lo han entendido rápidamente quienes han hecho de las relaciones humanas en las empresas un objeto de manipulación psíquica, empleándose a desactivar el potencial de contestación para transformarlo en adhesión a sus objetivos de valorización del capital mediante las nuevas formas de organización flexibles del trabajo. Pero porque es una condición de supervivencia psicológica producir constantemente formas mentales de representación de sus propias actividades capaces de conferirles sentido, este proceso nunca acaba y los capitalistas tienen que manipular constantemente a los productores.

Para el individuo la identidad es como un horizonte inalcanzable porque se desplaza conforme avanza. Siempre por hacer y nunca terminada, la construcción de la identidad soporta la dinámica del deseo de contribución/retribución. El deseo de contribuir con su actividad productora descansa en la necesidad del reconocimiento de la contribución. Ese reconocimiento tiene dos facetas:

  • la primera es la comprobación de la eficacia de la actividad tanto por sí mismo o por los compañeros como por la jerarquía. Es una comprobación informal, socializada mediante las relaciones de trabajo, sobre todo en el trabajo cooperativo. El juicio de los demás atañe la eficacia y la belleza de la actividad.

  • La segunda faceta es la gratitud por el aporte materializado en el resultado de la actividad. El sistema social dominante de gratificación, que no único, es el de la valorización mediante el salario.

Importa notar en esta dinámica que el reconocimiento concierne no una persona sino el hacer de un trabajador. Sin embargo el beneficio para el autor del hacer es puramente simbólico ya que interiorizado, ese reconocimiento deviene un objeto psíquico que participa en el metabolismo de la identidad individual y en la construcción del sentido de la actividad.

La contribución descansa sobre la movilización de una forma peculiar de inteligencia: la inteligencia práctica. Es aquella que utiliza el trabajador de manera espontánea para conseguir colmar lo mejor posible el hiato entre el trabajo prescrito y el trabajo real. Los ingenieros de fabricación establecen normas y procedimientos de trabajo y cooperación que aseguren las mejores condiciones para la valorización del capital. Pero de hecho es imposible para el trabajador ejecutar esas normas y procedimientos al pie de la letra porque en el proceso de trabajo real siempre surgen situaciones imprevistas por las normas. El trabajo real consiste en salirse de las normas y procedimientos sin perder la referencia a lo abstracto de la norma, es decir cumpliendo con la obligación de rentabilidad capitalista. Esa inteligencia específica se diferencia de la inteligencia lógica porque le da prioridad al resultado. Está arraigada en el cuerpo porque su movilización la provoca un desasosiego del cuerpo y su objetivo es recobrar el sosiego. No importa la naturaleza de la tarea para movilizarla, y su funcionamiento responde al criterio de la eficacia. Es una forma de inteligencia creadora, vivida como una necesidad: su impedimento genera sufrimiento.

La contribución tiene además un aspecto más social. La actividad también la constituyen los esfuerzos de interpretación técnica y ética de los hallazgos de la inteligencia práctica, así como los intercambios de opiniones respecto de la actividad propia y de los demás. Para construir esas interpretaciones e intercambiar opiniones respecto del trabajo es necesaria la existencia de espacios públicos de discusión, las más de las veces informales, como son por ejemplo el ir a tomar café juntos, o a comer en el comedor de la empresa o fuera de ella, o encuentros más o menos provocados por motivos que a priori no tienen nada que ver con este motivo. Estos intercambios permiten la construcción colectiva más o menos consciente de reglas que valgan para el colectivo de trabajo y sobre las que descansan las relaciones de confianza. La confianza en este caso es el sentimiento experimentado por cada trabajador de un colectivo que puede prever las reacciones de los compañeros porque existen esas reglas, y que puede contar con el cumplimiento de las tareas de los demás que necesita para llevar a bien su propia tarea. La confianza es el requisito previo a la cooperación. De ahí que los empresarios intenten promover acciones dentro y fuera de las empresas para conseguir establecer relaciones de confianza. A pesar de ese empeño es imposible prescribir la confianza porque depende esencialmente de la voluntad del individuo y sobre todo de la dinámica contribución/retribución.

La faceta de la contribución se organiza pues a partir del hiato entre el trabajo prescrito y el trabajo real que impulsa el trabajador a movilizar su capacidad de colmar la diferencia. Para ello establece relaciones laborales de cooperación fruto de su voluntad. Pero ocurre que su voluntad depende de la confianza que puede tener en el colectivo de trabajo y que descansa fundamentalmente en reglas comunes, tanto técnicas como éticas, elaboradas colectivamente con el tiempo mediante el intercambio, a veces conflictivo, de opiniones en un espacio público informal de discusión.

Negar el derecho a la contribución, romper la dinámica del reconocimiento, o prohibir los espacios públicos de discusión, es tanto como anular la movilización subjetiva del trabajador. La discordancia entre la organización del trabajo y los deseos y necesidades del sujeto es productora de resentimientos. Pero nadie puede vivir sufriendo mentalmente sin arriesgar su salud psíquica. De ahí que los trabajadores que viven estas situaciones de discordancia elaboren sistemas de defensa contra el sufrimiento. Un sistema defensivo es un conjunto de reglas que rige el comportamiento de los trabajadores en un colectivo, y del colectivo con los demás. Son reglas consensuadas colectivamente pero de manera informal, de tipo técnico cuando rigen la profesionalidad de los gestos, y de tipo ético cuando rigen las relaciones interpersonales de cooperación. Su objetivo es doble: garantizar la eficacia de la actividad laboral del colectivo y de cada uno de sus miembros, y suavizar la percepción de la realidad -que provoca el sufrimiento. Esta suavización, que en realidad es una negación de la realidad, es una forma de alienación cuyas raíces atraviesan el proceso de trabajo y van hasta el proceso de valorización. La condición para que cada miembro del colectivo participe en un sistema defensivo es que sea compatible con sus propios mecanismos psíquicos individuales de defensa. La construcción de los mecanismos defensivos, tanto colectivos como individuales, son psíquicamente muy costosos. La eficacia laboral que garantizan y el coste psíquico tan importante explican no solo la estabilidad de tales colectivos, sino también la resistencia que oponen al cambio de sus condiciones de trabajo.

B) Descripción del desarrollo.

1) Relación entre los procesos de transformación. – En el contexto actual el sentido del trabajo está cambiando. La relación asalariada, que tanto dinamismo ha conferido a la producción, se ha vuelto estrecha para contener todas las dimensiones humanas que ella misma solicita. Estos cambios se deben a las transformaciones en las formas de producción y de organización del trabajo, a las transformaciones de las formas de vida, y finalmente a las transformaciones de las formas de ser y de sentir, o sea de la experiencia subjetiva. Como lo señalábamos, estas transformaciones están en interrelación, pero como tienen temporalidades distintas no hay correspondencia término a término entre ellas. Las discontinuidades que genera este asincronismo, son fuente de tensiones que a su vez son el motor de la aparición de nuevas formas de producir, de vivir, de sentir. Antes de entrar en las transformaciones actuales veamos, aunque brevemente, el movimiento de conjunto desde el final de la segunda guerra mundial hasta ahora.

En el periodo que va de 1945 a 1970-75 en los países industrialmente desarrollados, un poco más tarde en España, la vida social se organizó en función de los  imperativos de la productividad en un contexto de producción masiva de grandes series. Las características de esa organización fueron: pleno empleo a tiempo completo, extensión de la relación asalariada con la incorporación de masas obreras sin calificaciones industriales procedentes del campo y feminización de la clase obrera, urbanización galopante con la concentración de las masas obreras en la periferia de las ciudades en viviendas estandarizadas y apiñadas en barriadas obreras, cuya construcción sostuvo financieramente el Estado. Esta organización favoreció la disolución de los lazos de solidaridad tradicionales que se daban en el mundo rural, de ahí que aparecieran los sistemas sociales de solidaridad en sustitución de los primeros: seguridad social que integra un seguro de enfermedad y el derecho a pensiones para los ancianos cuyas condiciones de vida se emanciparon de los vínculos familiares, construcción de jardines de infancia, colegios, hospitales y residencias de ancianos. Un elemento importante fue la escolarización masiva que acompañó la urbanización, y luego la formación superior de una gran parte de la juventud. Este esfuerzo de formación se vio impulsado tanto por las necesidades de la producción y de la productividad como por la conciencia que era un mecanismo de promoción social muy valorado socialmente. La urbanización concentró en grandes ciudades los profesores y los estudiantes permitiendo la organización de las formaciones superiores a un nivel desconocido.

En el ámbito del trabajo dominó la descalificación del trabajo permitiendo la extensión del trabajo asalariado organizado con turnos nocturnos, de manera muy jerarquizada, con un control estricto de los tiempos de ejecución de una actividad repetitiva y aparcelada, efectuada en unidades industriales gigantes. Las calificaciones correspondientes a los oficios desaparecieron en favor de calificaciones que correspondían a funciones internas a la factoría. En una palabra era el reino del trabajo abstracto.

En el campo de la vida subjetiva dominó el desgaste mental mucho más que físico. La organización del trabajo tan rígida no toleraba la contestación y por eso prohibió cualquier desacuerdo verbalizado. Se impuso el silencio porque lo que importaba era la producción y la productividad. Sin embargo ya que la construcción del sentido necesita la mediación de la palabra los productores no pudieron construir el sentido de sus actividades en el trabajo. De ahí que intentaran hacerlo en su vida fuera del trabajo utilizando modos de compensación permitidos por el modo de producción. El consumismo tiene su origen subjetivo en estas circunstancias que también explican las razones de las reivindicaciones sindicales más proclives a pedir subidas del sueldo que mejoras de las condiciones de trabajo. La homogeneidad de las condiciones de vivienda, de trabajo y de aculturación y los sistemas colectivos de solidaridad favorecieron la formación de identidades colectivas fuertes.

Sin embargo cuando llegaron a la vida profesional las nuevas generaciones recién salidas de la universidad, las formas de producir no habían cambiado mucho. Se encontraron con modos de vida estructurados por un sistema productivo taylorizado caracterizados por la hiperfuncionalidad de los tiempos y los espacios de vida, por una ideología del trabajo que el consumismo contradecía. El consumismo era entonces el único modelo capaz de ayudar a construir un sentido a la alienación del trabajo en un universo taylorizado. Los proyectos de vida con los que habían soñado esta nuevas generaciones se organizaban en tomo a móviles personales adquiridos durante los estudios, y no compaginaban con el modelo dominante del consumismo, porque el único móvil personal permitido por ese modelo: el de no trabajar. De ahí los brotes de contestación social más que política del año 1968, debidos esencialmente a las tensiones nacidas de la discordancia entre las transformaciones subjetivas y las del modo de producir. Los PP.CC. de entonces, si bien captaron que no se daban las condiciones políticas de un cambio radical de la sociedad, no tuvieron una clara conciencia del desfase que existía en la sociedad entre las formas de producir, las formas de vivir y los cambios en la subjetividad. No supieron anticipar la crisis política que en parte esta vinculada a los cambios subjetivos y a la fractura de los sistemas de identificación colectivos. Pasados estos brotes, el movimiento de contestación siguió trabajando la sociedad, e incluso se extendió a toda la clase obrera. Las formas de contestación se diversificaron, desde las huelgas organizadas en pro no solo de aumentos de sueldos sino también de reivindicaciones más cualitativas que atañían las condiciones de trabajo y de vida, hasta el absentismo y el sabotaje de la producción. Todas estas transformaciones impusieron a su vez nuevas formas de organización del trabajo.

A partir de los años 1975-1980 la valorización del capital en el marco de la organización fordista entra en crisis. El capital reaccionó reestructurándose de forma masiva: cambió su estrategias financieras, deslocalizó la producción en busca de nuevas fuentes de mano de obra para abaratar los costes del trabajo e introdujo nuevas tecnologías, esencialmente en tomo a la informática y la microelectrónica, permitiendo el paso de máquinas automáticas a robots programables. Estas inversiones masivas en capital se hicieron contra el trabajo ya que el paro subió hasta hacerse estructural. El desarrollo del sector de servicios permitió  absorber una parte de los trabajadores que la industria echaba, hasta que se agotó esta posibilidad. Sin embargo por primera vez en la historia del salariado, su estructura cambió predominando los empleados sobre los obreros. Además el paro masivo, estructural y prolongado reveló hasta que punto la relación asalariada estructura la vida social.

En el ámbito de la producción, los empresarios que supieron darse cuenta de los cambios profundos de la subjetividad de los trabajadores, le dieron una respuesta adecuada a los imperativos de la valorización. Así es como transformaron la organización del trabajo adaptando las formas toyotistas a las economías reales. La actividad concreta de los trabajadores se organizo principalmente en tomo a tareas de vigilancia, anticipación de averías y mantenimiento. Esto supuso una recomposición de las tareas y una multifuncionalidad del trabajador, así como la redefinición de las relaciones con los proveedores a quienes se dejó las tareas más duras, peligrosas y menos cualificadas. Se acompañaron estos cambios de una propaganda ideológica procedente de las direcciones de las empresas, para promover valores éticos que hicieran eco a las preocupaciones de justicia, solidaridad y autorrealización que con tanta fuerza habían sacudido la sociedad, pero que a la vez tuvieran un contenido económico claramente favorable a la valorización. Así es como pensaron los empresarios poder movilizar las capacidades cognitivas y psíquicas de los trabajadores, fuente principal de la productividad en el contexto de los sistemas productivos contemporáneos. Pero como lo hemos dicho, la movilización subjetiva no es prescriptible, y los esfuerzos patronales chocan con la contradicción insuperable en el marco del sistema entre los móviles económicos y los móviles personales. Lo que si consiguieron en cambio durante los años 80 es sustituir el valor de solidaridad por el de caridad, el valor de la individualidad por el del individualismo, la cultura por el mercado de la cultura.

Las consecuencias de las transformaciones de la vida social y de las formas de organización de la producción sobre el hombre tienen cada vez más un impacto sobre la subjetividad. No es que el fenómeno en sí sea nuevo. Pero en las condiciones de hoy ese impacto es más visible que en otras épocas porque el aumento de la productividad conseguido con la disminución de las plantillas y el crecimiento de la intensidad del trabajo pone la organización del trabajo al centro de las preocupaciones de los asalariados. La informatización y la automatización de la producción alejan el trabajador del contacto directo en las operaciones de transformación de la materia, pero en vez de significar esto el fin del trabajo como se lee a veces, esta metamorfosis lo que hace es desplazar el punto de aplicación del trabajo humano. En vez de servir una máquina el obrero de hoy vigila y atiende un sistema integrado de robots en cooperación con técnicos y ingenieros de producción atareados todos a una misma actividad. Los medios del trabajo devienen el objetivo del trabajo humano, y el hombre su propio objeto. De ahí que el sentido del trabajo, construido colectivamente y vinculado directamente al sentido de todas las demás actividades que no sean profesionales, tienda a devenir la condición de la eficacia de los sistemas de trabajo. Los trabajadores confrontados a estos cambios no pueden menos que cuestionar sus relaciones de cooperación. Las máquinas programables en tanto que instrumentos técnicos liberan la mano del trabajador, pero en tanto que artefactos que reciben funciones cognitivas son instrumentos psicológicos que instan cada cual a tomarse por objeto de su propio trabajo. De manera que multiplican las oportunidades para los sujetos del trabajo de arbitrar entre oposiciones donde compiten móviles económicos con móviles personales como son por ejemplo los arbitrajes entre cantidad y calidad, o mantenimiento y gestión, O velocidad y precisión, o seguridad y producción, o costes y eficacia, etc… Los nuevos instrumentos introducen el hombre en un mundo simbólico que aumenta sus responsabilidades y transforma su actividad en trabajo más directamente social. Pero al mismo tiempo la valorización del capital no le concede los medios de ejercer esa responsabilidad solicitada. Estas formas del trabajo introducen directamente en los talleres u oficinas los criterios del mercado y atraen la inteligencia de los asalariados en la zona prohibida de los móviles económicos de la producción, incuestionables según las direcciones de empresa, pero cuestionados constantemente por los actos concretos que componen la actividad laboral actual. Esta contradicción destapa la represión de los móviles económicos y peligra inhibir la construcción del sentido del trabajo.

En definitiva, el proyecto social implícito en estas transformaciones es ahorrar trabajo humano en cuanto surge esa posibilidad, pero no para aligerar el peso del trabajo para los hombres, sino para abaratar los costos de producción. Pero es observable que esta tendencia, si acaba imponiéndose, es en pugna con tendencias contrarias provocadas por ese mismo proyecto. Se deben a que más que nunca, las formas actuales del trabajo humano instan los trabajadores a manifestar su creatividad individual y colectiva, ampliando aún más para cada individuo el contacto social con sí mismo. Exigir silencio a los asalariados sobre la multitud de ideas y acciones, de juicios y arbitrajes que componen la actividad laboral, después de haberlos solicitado, expone el hombre a un aislamiento a la medida de la conminación de la que es objeto. El sufrimiento toma entonces la forma de resentimientos respecto de las empresas y de los instrumentos en los que el hombre se expone sin ganar ningún reconocimiento. El afán por construir un sentido a sus actividades conduce a cuestionar esa contradicción y a buscar las condiciones de la eficacia de la actividad, consiguiendo darle otra salida que la del sufrimiento a la desmovilización que peligra apoderarse de los trabajadores.

2. Elementos de la alternativa. – Todo lo dicho anteriormente viene a demostrar que en el centro del proceso de trabajo está el trabajador con sus capacidades, sus móviles propios, las relaciones que establece con los demás. El acto de producir es un acto de aculturación y de civilización, factor determinante de la socialización de los individuos.

El trabajo asalariado designa no un tipo de actividad sino una clase de relaciones sociales en la que se realiza la actividad laboral. En este marco, la socialización está determinada por el valor, cuyo principio es el ahorro de tiempo socialmente necesario. La observación de las situaciones de trabajo parecen mostrar que este sistema de socialización topa con límites objetivos:

  • La teleinformática permite una conexión directa entre consumo y acto productivo.
  • Disminuye en proporción la utilidad del mercado;
  • La realización mercantil del valor disminuye la velocidad de rotación del capital;
  • Las relaciones con los proveedores cada vez atañen menos los intercambios mercantiles. En cambio el objeto de las relaciones es cada vez más la calidad de los procedimientos de participación en el sistema global de producción y en su ordenación. La sanción del mercado es cada vez más inútil e incapaz de organizar la actividad laboral;
  • En los sistemas integrados y altamente automatizados, el ritmo lo marcan los flujos de materia y de información, de tal manera que conviene muchas veces perder tiempo en la fase de concepción y preparación, o en las tareas de anticipación de averías, para no perderlo en la fase de fabricación. En tamañas circunstancias el ahorro de tiempo humano deja de ser un impulso dinamizador;
  • Por otra parte la condición de la eficacia de estos sistemas desde el punto de vista de la productividad, es la construcción del sentido que toma la actividad para el individuo. Ahora bien, el valor es destructor de sentido en el contexto actual, y juega contra la valorización sin poder dejar de solicitar la producción de sentido que tiende por eso mismo a desbordar el marco del sistema productivo.

La extensión del trabajo asalariado introdujo dos elementos fundamentales en el proceso de trabajo: la cooperación como modo fundamental del trabajo, y el sistema de máquinas en sustitución de la herramienta. La cooperación es elaboración colectiva por los trabajadores de relaciones sociales de trabajo fundadas sobre la confianza recíproca y dirigidas hacia la eficacia. La mayor complejidad de la maquinaria disminuye la sensibilidad del sistema a la habilidad particular de cada individuo y aumenta la importancia de los conocimientos sociales y por consiguiente de la inversión subjetiva de cada asalariado. La extensión del trabajo asalariado ha creado las condiciones de su propia contestación desde dentro del sistema, porque topa con sus límites objetivos.

Esta extensión es contemporánea de la reestructuración caracterizada como lo hemos señalado, por la diversificación de los bienes y los servicios, la obsolescencia acelerada de las técnicas de producción, la mayor mercantilización de los servicios y la ordenación de los sistemas productivos en función del resultado. Esto generó dos problemas. Por una parte se hizo en contra del empleo. La salarización tiende a transformarse, y su forma extrema y contradictoria: el del desempleo, aumento, tanto por la evicción acelerada de las generaciones más ancianas como por la no contratación de las nuevas generaciones. El aumento del paro creó una disminución relativa de la mercantilización de la fuerza de trabajo que contradice la creciente mercantilización de los productos terminales, cuando hasta ahora estos dos movimientos se han sostenido mutuamente. Por otra parte la ordenación industrial descansa cada vez más sobre el valor de uso y contradice la mercantilización creciente de los productos terminales. La consecuencia es que el mercado tiende a ser cada vez más un mecanismo de evicción de competidores y cada vez menos el lugar de la confrontación dinámica de las producciones. De hecho los intercambios entre industrias disponen de dos espacios de validación: un espacio de validación monetaria que impone el orden de la competitividad a través de los mecanismos del crédito, y un espacio de validación técnica por la interconexión de trabajos concretos en el seno de una actividad global. Pero esto significa que el sistema de precios es cada vez más ineficaz, lo que abre una brecha en la referencia – mercado e intercambios – de lo económico.

Tantas contradicciones son el síntoma de que debe haber elementos, aunque embrionarios, de otro mundo.

El aumento estructural del desempleo equivale a la liberación de tiempo a escala de la sociedad. El problema es que en las condiciones de la valorización del capital, la liberación pesa sobre una parte de los trabajadores, estando sometidos los demás a una intensificación del trabajo. En estas condiciones las actividades alternativas que puedan ocupar el tiempo liberado de los parados, no pueden adquirir una utilidad social efectiva porque se vuelven rápidamente la presa del valor peligrando reanimar de esta manera una salarización abaratada. Para que el tiempo liberado sea el tiempo de actividades socialmente útiles tienen que darse varias condiciones:

  • el tiempo liberado tiene que repartirse entre todos los sujetos que aspiren a un empleo, lo que significa que en las condiciones de hoy hay que realizar una reducción masiva del tiempo de trabajo asalariado.
  • las actividades alternativas y asalariadas han de tener los mismos autores para que las primeras teniendo en cuenta la prioridad de la utilidad social, puedan competir realmente con las que responden a las necesidades del valor.
  • además las actividades alternativas y asalariadas han de ser complementarias desde el punto de vista de la producción, del uso del tiempo y del espacio, de los ciclos de vida, en una palabra del desarrollo multifacético del individuo.
  • el modo de financiación de empresas alternativas ha de ser diferente, así como los criterios de juicio de su eficacia social porque la experiencia de las cooperativas obreras demuestra que no pueden competir con las empresas privadas tanto por la cantidad que por la estructura del capital detenido por unas y otras.

Estas condiciones niegan la sanción mercantil de las actividades pero, y esto es importante, sin renunciar al juicio social de utilidad. De cierta manera prolongan la disociación del valor y del valor de uso que el propio sistema productivo contemporáneo pone de actualidad. Son el inicio de la subversión de la relación asalariada, quizás más en su vertiente reunión que separación, porque las formas asociativas pueden adecuarse a fa reunión del trabajo de individuos que ponen en común sus deseos, sus anhelos, sus proyectos y sus realizaciones fuera del control de las direcciones de empresas. También pueden ser el lugar donde se recompongan los tiempos de vida – tiempo de formación, de socialización de proyectos, de ocio y de descanso – que la relación asalariada separa y compone de manera secuencial.

Además las formas asociativas pueden acercar entre sí a grupos sociales que la división del trabajo, y en primer lugar la separación de sexos, separa y opone. Sin embargo este acercamiento no puede ser una unificación mítica, porque los grupos sociales tienen puntos de vista e intereses diferentes que los singulariza. No se puede negar esta singularidad, ni tampoco encerrarse en ella. Por eso las formas asociativas han de ser, para subvertir positivamente la relación asalariada, lugar de confrontación democrática de proyectos alternativos.

  • La separación entre la producción y la organización de la vida social quizás sea hoy día el mayor escollo para las prácticas alternativas. La evolución de los sistemas productivos más modernos apuntan como lo hemos señalado hacia la promoción del valor de uso como vínculo entre producción y vida social. Volver al valor de uso necesita hallar una forma social que exprese un criterio social y objetivo de la utilidad, en competición con el criterio del valor. Los requisitos que ha de cumplir esta forma serían:

  • poder expresar una transformación real de la calidad de vida
  • contener una perspectiva transformadora
  • orientar la producción a todos los niveles, tanto institucionales como en los talleres las oficinas.

Esta sería una forma de socialización de los individuos que no aceptaría la separación del ámbito político del de la producción. La crisis actual de lo político es un signo negativo de que esta forma está brotando. Esta forma podría plasmarse en textos de nivel constitucional que reconociesen la importancia de los derechos ciudadanos para la organización de la vida social. Pero desde ya mismo es importante mimar las experiencias que unifican las dimensiones política y productiva de la vida social como son las que, apoyándose en la movilización en los lugares de trabajo, favorecen nuevas formas de expresión política. Los medios modernos de comunicación pueden favorecer nuevas formas de intervención política. Ya no tiene sentido que la actividad política se reduzca a reuniones de delegados o de cargos públicos, desvinculados de una población cuya pasividad alimentada por la papilla audiovisual pública y privada, es monopolizada por los financieros de la mal llamada industria de la cultura. Por ese camino llegaremos al colmo del sistema, por no decir al planeta de los simios, donde la empresa tendría todas las apariencias de la libertad y la iniciativa comparada al control embrutecedor de los medios de comunicación, cuyo fin en principio es servir la vida pública y sus expresiones culturales. Estas nuevas formas de intervención política que se dan aquí y allá, son formas de democracia directa cuya generalización es capaz de reconciliar los ciudadanos con las formas de democracia representativa. Estas últimas tendrían que dejar la primacía a las primeras y no ser más que modos de consolidación y de cohesión para ellas.

D) Proyecto político alternativo. -Está claro que la condición imprescindible para que todos estos elementos, nacidos de las contradicciones producidas por las transformaciones mis recientes, cuajen en formas concretas de una nueva socialización acorde con las necesidades de los individuos, de la especie y del planeta, es que exista la propuesta política de un proyecto transformador capaz de marcar una perspectiva y de movilizar el entusiasmo. Todo lo dicho anteriormente lleva a pensar que tamaño proyecto ha de promover valores positivos en sintonía con los valores individuales y que den sentido a la vida social de la infinidad de vidas singulares.

La propuesta de una reducción masiva del tiempo de trabajo con compensación integral de los ingresos económicos, es candidata a ser un proyecto político porque plantea todos los problemas a los que nos hemos referido, a condición de no reducirla a un instrumento de lucha contra el paro. Al reflexionar surgen preguntas – si repartimos el trabajo quid de los salarios? qué hacemos con el tiempo liberado? como repartir el trabajo cualificado si falta mano de obra cualificada ? y si no se reparte el trabajo cualificado como evitar la dualidad de la sociedad entre los que acceden a un trabajo cualificado, interesante y bien retribuido y los demás? etc… – cuyas respuestas que hemos tratado esclarecer, hacen pensar que lo que está en juego es la emergencia de un cambio de civilización. De ahí la importancia de mimar las propuestas que han de salvarse de dos dificultades: por una parte tienen lo suficientemente concretas, y tener en cuenta la realidad para ser creíbles y ganarse el consenso mayoritario de la sociedad, factor que a su vez es un elemento necesario aunque no suficiente para su éxito, y por otra parte tienen que apuntar hacia los valores de una nueva sociedad solidaria o sea asumir una utopía concreta.

Obviamente un proyecto político actual ha de estar centrado en la cuestión de la solución al paro estructural. La conjunción de tres elementos hace inevitable una reducción del tiempo de trabajo: 1) una elevada tasa de desempleo que va a seguir aumentando, 2) un crecimiento del número de pensionistas a consecuencia de un doble proceso: el aumento de la esperanza de vida por una parte y la salida de la vida profesional activa más precoz por otra parte, 3) un crecimiento del número de jóvenes inactivos a consecuencia de la prolongación de la fase transitoria hasta entrar en la vida profesional activa. Esta conjunción explica el desequilibrio cada vez mayor entre los activos y los inactivos. La reducción del tiempo de trabajo aparece pues como el elemento indispensable para oponerse a esta tendencia, porque si no se avecina una sociedad dual donde el 20% de los activos tendrán un empleo estable mientras el 80% tendrá que contentarse con un empleo precario, unos y otros financiando la inactividad de una proporción cada vez mayor de personas con edad y deseo de trabajar. Es difícil imaginar una sociedad industrialmente desarrollada en tamaña situación, pero la historia es ingrata y no acaba de mostramos que si todo no es posible existen muchos más posibles de los que el hombre es capaz de imaginar.

La cuestión de la reducción del tiempo de trabajo no solo es de índole económica. Es pues necesario contestar a dos preguntas: 1) cuales son las condiciones del éxito de la reducción del tiempo de trabajo y 2) qué hará la sociedad del tiempo liberado, o sea contestar al problema del cómo y del para qué. La tasa de crecimiento de la economía necesaria para  estabilizar primero y reducir luego el paro es imposible de conseguir. Los modelos económicos utilizados para simular el estado de la economía de Francia al horizonte del año 2000 con un desempleo igual a cero y teniendo en cuenta el aumento de la población apuntan unas tasas de crecimiento anual superiores al 5%. La vía del aumento del crecimiento no es practicable por sí sola Pero frenar la productividad tampoco es posible ni deseable, porque es y siempre ha sido la base sobre la que descansa el desarrollo de las fuerzas productivas y el progreso de las condiciones de vida. Renunciar a la productividad es la victoria de la sin razón: ¿para qué gastar el esfuerzo de los hombres cuando el trabajo que realizan se puede automatizar? ¿Para conservar el empleo y el sueldo? Frenar la productividad solo puede ser una respuesta provisional para reducir  parcialmente y a corto plazo el paro pero en ningún caso puede ser un objetivo para la sociedad. De hecho no queda más remedio que el de utilizar las posibilidades de la reducción del tiempo de trabajo. Pero ojo: la historia enseña que se trata de una respuesta estructural y no coyuntural. ¿ Cuáles son pues las condiciones del éxito?.

Rigaudiat, economista francés que tiene estudiada esta cuestión, distingue entre reducción del tiempo de trabajo defensiva y ofensiva. La primera es una estrategia conservadora: permite conservar el empleo a su nivel actual pero no es creadora de empleo. Consiste en disminuir el tiempo de trabajo sin reducir el volumen de la producción ni compensar la pérdida de salario. Este tipo de reducción responde a una preocupación centrada sobre los costos de producción. La reducción del tiempo de trabajo ofensiva al contrario plantea el objetivo del aumento de la producción. El aumento de la productividad se consigue a través de una utilización más intensa de las máquinas. Menos tiempo de trabajo para los hombres más tiempo de utilización de las máquinas. En esta perspectiva la tasa de utilización de los equipos es determinante. Se considera que en Francia su aumento en un 1% equivale a la creación de 165.000 puestos de trabajo. Cuando se sabe que se estima a 16% las capacidades productivas permanentemente no utilizadas se entiende la importancia de esta variable. Además de crear empleos el otro gran beneficio de esta estrategia es la posibilidad de limitar el volumen de las inversiones en capital fijo lo que es una ventaja en un contexto como el actual donde el volumen de ahorros disponibles es bajo y no subirá substancialmente. Las dificultades que se oponen a esta forma de reducción son por una parte la necesidad de penetrar nuevos mercados para dar salida al aumento de la producción sin él que no hay reducción ofensiva y por otra parte la importancia de las transformaciones de la organización del trabajo que implica la reforma, frente a las formas de trabajo precario inmediatamente disponibles y más fácil de utilizar. A partir de estos dos conceptos Rigaudiat apuesta por un proceso de reducción del tiempo de trabajo que combine las dos formas, la defensiva como respuesta inmediata a un problema urgente de aumento del paro que amenaza con sumergimos totalmente, la segunda como perspectiva de desarrollo que afecta a las estructuras de la sociedad y por eso más progresiva. Pero, y este es el tercer elemento de su propuesta, advierte que a falta de voluntad de los empresarios y dada la debilidad del movimiento social respecto de este tema, la intervención del Estado es central. Propone dos objetivos y cinco principios para esta intervención. Brevemente los objetivos son: fijar e imponer a la sociedad en su conjunto las reglas comunes, esto es un papel regulador. El segundo objetivo está relacionado con el papel económico: observar las regulaciones del mercado y sus consecuencias sobre el empleo para integrarlas en el cómputo de los agentes sin falsear las decisiones económicas. Los cinco principios son:

1) asegurar la neutralidad de los costos de la reducción del tiempo de trabajo anticipando los aumentos de productividad para no desequilibrar las finanzas públicas, 2) velar por la coherencia del sistema de intervención, 3) forjar un sistema incitativo a la reducción del tiempo de trabajo penalizando el empresario que intente eximirse del esfuerzo a costa de los demás agentes, 4) subordinar el sistema de intervención a los objetivos de la reducción del tiempo de trabajo para no instrumentalizarla y darle sentido, y 5) exigir del Estado que asuma sus prerrogativas para jugar en todo momento su papel de agente. Precisión decisiva: la simultaneidad de la aplicación de las reducciones del tiempo de trabajo y de la intervención del Estado.

Observadores procedentes de la ecología política matizan estas propuestas. La reducción del tiempo de trabajo es deseable en tanto que elemento fundamental de conquista de una nueva autonomía para el individuo, y además es posible para responder a las necesidades de las empresas de optimizar la utilización de sus instalaciones y al deseo de los ciudadanos de organizar los ciclos de vida en función de preferencias subjetivas antes que de las necesidades del macrosistema productivo. La condición para que esto no se transforme en su contrario es garantizar el nivel de los ingresos sin costos adicionales para las empresas ni para las finanzas públicas. Para conseguirlo proponen inventar un nuevo sistema de redistribución de las riquezas, el segundo cheque, que consiste en un nuevo concepto destinado a sustituir él de salario para desvincular el reparto de las riquezas de la duración del tiempo trabajado. Es un modelo capaz de revolucionar los modos de pensar y de vivir el trabajo. Cada trabajador percibiría un salario directo correspondiente al acto de trabajar y de producir parte de las riquezas. Por otra parte percibiría una segunda nómina, o ingresos indirectos, correspondiente a las riquezas producidas por las máquinas o por el sistema con mucho menos trabajo. De cierto modo el sistema de reparto ya existe con el pago de indemnización de desempleo. Pero no es baladí el hecho que sean los activos quienes perciban esta segunda nómina y que corresponda a la parte de las riquezas producidas por las máquinas. Las características de la segunda nómina serían las siguientes: 1) no la puede percibir quien no trabaje. Es una condición necesaria para garantizar el reparto del trabajo; 2) no la puede percibir quien trabaje a tiempo completo de hoy por la misma razón, 3) el coste no se carga directamente a la empresa porque al no ser homogéneos los aumentos de productividad hay que evitar la dualidad de la empresas en ricas y pobres. El mecanismo ha de ser un mecanismo de perecuación; 4) ha de ser proporcional al salario directo. No puede ser un mecanismo de igualación de los ingresos, propio de un sistema de contribución porque sino apunta el peligro de ser incitativo solo para los empleos peor retribuidos y menos cualificados privando parte de la sociedad del derecho a acceder a los puestos más interesantes lo que seria una forma de dualismo dentro de la empresa; y por fin 5) es un concepto y no una nómina de papel. Lo que importa es el principio y no su materialización. La otra originalidad de la propuesta está en el modelo de financiación del sistema. Se compone de tres elementos: 1) aumentar la rentabilidad del capital fijo haciendo trabajar más las máquinas, 2) orientar distintamente la masa monetaria destinada a indemnizar el paro cuyo volumen depende del trabajo; y 3) una financiación complementaria correspondiente a los ingresos, a los gastos de consumo, a los ahorros de energía y a otras modalidades por inventar pero siempre vinculadas al deber de solidaridad colectiva.

¿Qué contenidos ha de servir a esta reforma? André Gorz es el gran pensador de estos temas. Según él la ideología del trabajo sostiene fundamentalmente tres valores: 1) en cuanto más trabaja cada asalariado mejor para todos; 2) quien no trabaja perjudica a la sociedad en su conjunto; y 3) el trabajo es el medio del triunfo social y por eso quien no triunfa es responsable de su propio fracaso. Pero con los sistemas modernos de producción cada vez producimos más cantidades de productos con cantidades cada vez menores de trabajo, de manera que deja de ser practicable esta ética del trabajo. Tenemos pues que abandonarla para liberamos del trabajo. Así el trabajo ya no es la única fuente de socialización y de identificación social. La esfera de la libertad está pasando a dominar la de la necesidad. Este cambio de racionalidad económica es lo que va a dar todo el sentido al desarrollo anterior de las fuerzas productivas. La historia no tiene sentido proclama Gorz. El sentido se lo confieren los hombres. Pero al contrario de Marx, que piensa que el desarrollo de las fuerzas productivas no produce por sí solo ni la liberación en el trabajo ni el sujeto histórico capaz de su liberación. Los individuos no luchan en pro de esa liberación en virtud de lo que son, sino en virtud de lo que anhelan ser y aún no son. Pero eso si, comparte con Marx la convicción que el único sentido que le podemos dar al desarrollo histórico es el de desarrollar la totalidad de las capacidades individuales base del completo desarrollo de la individualidad. Pues ya que no podemos liberarnos en el trabajo hemos de liberamos del trabajo para conseguir con el tiempo liberado más  autonomía en actividades no asalariadas. Esta autonomía naciente, amenazada por las industrias culturales y del ocio, es para Gorz el espacio donde ha de prender el proyecto de sociedad de una izquierda renovada al mismo tiempo que es lo que da sentido a la reducción del tiempo de trabajo. Ya que la economía capitalista es incapaz de garantizar para todos el derecho al trabajo económicamente útil y retribuido, es necesario concluye André Gorz: reducir masivamente el tiempo de trabajo y garantizar a todos poder trabajar fuera de la economía.

Otra corriente marxista, aun reconociendo la importancia de la reflexión de Gorz discrepa de su análisis de las fuerzas productivas, insistiendo en que no existen fuerzas productivas en sí. Marx lo escribe en los Grundrisse: “El limite del capital es que todo este desarrollo transcurre de manera contradictoria y que la elaboración de las fuerzas productivas se manifiesta de tal forma que el individuo que trabaja se aliena él mismo; sin embargo esta forma contradictoria es una forma que desaparece y produce las condiciones de su propia abolición. El resultado de todo esto es la doble base en que descansa el desarrollo tendencial y potencialmente universal de las fuerzas productivas – de la riqueza en general – e igualmente de la universalidad del tráfico o mercado mundial. Esta base constituye la posibilidad del desarrollo universal del individuo.” Lo que produce la liberación y el sujeto de su liberación para Marx no es el desarrollo de las fuerzas productivas sino la dialéctica de conjunto del desarrollo histórico del modo de producción, lo que es a la vez más complejo y más realista. Y para más precisión no da esa liberación como asegurada – no hay determinismo – sino como posibilidad de la base a la que conduce necesariamente el desarrollo de esa contradicción. Es importante notar estas diferencias dicen los autores a los que nos referimos – Lucien Seve, Bernard Doray, Yves Schwartz – porque la reducción del tiempo de trabajo no acaba por sí sola con la alienación del individuo. Lo que plantea el desarrollo contrariado de las fuerzas productivas es la superación del antagonismo sin la cual el tiempo libre de unos seguirá siendo tiempo sojuzgado de los demás, la superación de la vieja división del trabajo para dar paso al trabajo directamente social, al trabajo que no necesita del mercado y del intercambio para socializarse. Sobre esta base puede desarrollarse el individuo social en el seno de una formación social donde el tiempo de trabajo deje de ser la base principal de la riqueza. El hundimiento de la producción basada sobre el valor de cambio permite a los individuos volver a apropiarse un tiempo libre mayor en cantidad y calidad despojado de su forma-cosa. Este puede ser el sentido de la reducción del tiempo de trabajo en las dos acepciones del término: la dirección – ir hacia la superación del antagonismo – y la significación – el desarrollo universal base de producción del individuo social integral.

La cuestión de la reducción del tiempo de trabajo plantea un cambio de civilización en todas sus dimensiones. Se está convirtiendo en un punto de identificación fuerte para la izquierda como lo fueron en otros tiempos la cuestión de la laicidad, de la enseñanza o la de la separación del Estado y de la Iglesia. La sociedad ha dejado de escuchar o al menos de oír hace ya años las palabras y los discursos de la izquierda transformadora como lo demuestran una y otra vez los resultados electorales en Europa. Sin embargo esta probablemente dispuesta a escucharla en cuanto le hable de tan ambicioso proyecto porque lo que produce sordera no es la grandeza de la utopía sino el enanismo de la protesta nihilista. Hacerlo mediante propuestas tan concretas y decisivas como las de la reducción del tiempo de trabajo es una oportunidad que no hay que desestimar porque la historia no nos ha brindado tantas como para despreciarla.

Gabriel Fernández, junio 1995.

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2 respuestas a Elementos de reflexión para una alternativa al trabajo asalariado.

  1. amparo dijo:

    EN un sistema capitalista,la maquinaria tiene dueño ¿ no ? pero el trabajador tiene que hacer sus 8 h de trabajo, pero con maquinas saldra mas trabajo y el dueño de las maquinas ,querra los beneficios , y en consecuencias el trabajador ¿que veneficio saca de la alluda de la maquinaria?. porque en este sistema capitalista si trabajas menos horas ,no te pagaran igual como si trabajaras las 8h , yo pienso que la erramienta de trabajo tiene que ser del que la trabaja,porque el que la trabaja es el que le saca el producto y cuando se vende el producto ,segun el veneficio se mira los gastos que se han tenidoy se aparta lo que hay que pagar se guarda un rinconcito para gastos extras y lo demas para jornales de los trabajadores,asi que la modernizacion de la maquinaria NO le ha traido ningun veneficio a la fuerza de trabajo .por favor esplicarme lo que no se.BUENAS NOCHES

    • tonyoolive dijo:

      Buenas noches Amparo,

      tratas un tema tremendamente interesante, el de la introducción de mejoras en el sistema productivo (bien sea por la mejora de las máquinas, la aparición de nuevas tecnologías…etc), y la consiguiente mejora de la productividad.

      Tú te preguntas, y no solo tú, por que las mejoras de productividad siempre “caen” del lado del capital y raramente del lado del trabajo. Si te das cuenta este tema es crucial y condiciona otras propuestas: p.ej. cuando IU defendía la jornada de 35 horas, parte del coste de imponer esa medida se financiaba con las mejoras de productividad que se darían (tal y como se ha demostrado en Francia tras diez años de instaurar las 35 horas, con la creación de puestos de trabajo…etc.). O también en el debate de la contrarreforma del sistema público de pensiones: las mejoras de productividad que se produzcan de aquí a treinta años (cuando los agoreros de la privatización vaticinan problemas) no se tienen en cuenta para las proyecciones.

      Desgraciadamente tal y como planteas, las mejoras en la maquinaria no han aportado mucho a la clase trabajadora. Ese deseo de los antiguos de que las tejedoras hilasen solas no solo no se ha cumplido sino que media humanidad se mata a trabajar y la otra media está en paro forzoso. Si las mejoras de productividad sucesivas que va conociendo el sistema se hubieran repartido más equitativamente sería suficiente con trabajar 6 horas. Lo peor de todo esto es que de nada sirve si nuestro capitalista no consigue vender los productos fabricados y realizar la plusvalía para, una vez más, iniciar el proceso.

      Todo un panorama desolador.

      Un saludo

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