Repensar el Manifiesto Comunista

Aparecido en el nº 53-54 de Realitat

J.L. Rodríguez García1

«A nosotros, como a las generaciones que nos precedieron nos ha sido dada una débil fuerza mesiánica sobre la cual el pasado tiene un derecho».

W. Benjamin

Retornemos, leamos, el MC.

Escribía Enzensberger en un reciente artículo que el manifiesto cuya supervivencia produce más sorpresa es con toda seguridad el publicado por Marx y Engels a comienzos del 48, semanas antes de la insurrección parisina de febrero. De esta manera concluye Enzensberger: «la grandeza y miseria del siglo XIX difícilmente podrían expresarse con más fuerza, y mientras la mayoría de las obras teóricas del pasado -por no mencionar los manifiestos estridentes en las vanguardias- son ahora letra muerta, las vibrantes sentencias de Marx y Engels continuarán sorprendiendo e iluminando el siglo XXI».2

Elogio que puede suscribirse sin timidez alguna, pero no impide, sin embargo, que sea preciso certificar una vez más los desajustes teóricos e infundadas apuestas que atraviesan el Manifiesto Comunista3: previsiones dictadas por el voluntarismo, como las alusiones a la proximidad de la revolución alemana o a la inminencia del desenlace de la lucha de clases4; contradicciones de obvia dureza, como la referida a la constitución de dos únicos bandos sociales cuando, como más adelante se subrayará, el MC se conforma como un texto de confrontación entre las formaciones progresistas; aventuradas deducciones, como la centrada en el hecho de que el obrero «se convierte en indigente y la indigencia se desarrolla aún con mayor celeridad que la población y la riqueza»5; análisis inacabados, como los referidos a temas tan esenciales como los de la abolición de la propiedad privada, o, más estrictamente, de su orientación sojuzgadora, de la familia y de la patria, e, incluso, afirmaciones de calado teórico, como las apuntadas por E. Balibar6, configuran un texto ambiguo, precipitado y realmente incapaz de consolar al receptor que buscara consistencia y densidad en esos «artistas de la destrucción» que, a juicio del recordado Enzensberger, resultan ser Marx y Engels.

Desde luego que los propios autores son conscientes de la obsolescencia del texto. Aunque para situarse en una posición tal se requiera el corrosivo paso del tiempo. Pues si es cierto que, a pesar de las lecciones derivadas del agitado primer trimestre de 1848, de las polémicas desatadas en el interior de la AIT y de la sangrienta e inmisericorde represión del movimiento comunero, Marx y Engels subrayarán en el prólogo a la edición alemana de 1872 que «los principios generales desarrollados en ese Manifiesto aún conservan hoy en día, en líneas generales, toda su corrección»7, sólo una lectura precipitada de los documentos que prologan las sucesivas ediciones podría evitar la desazón y un relativo desconsuelo ante indicaciones que reaparecen con insistencia. Ya en el prólogo alemán del 72 se indica que «en diversos puntos podrían enmendarse detalles» advirtiéndose a propósito de las propuestas con que se cierra el capítulo II, que «actualmente, ese pasaje rezaría de otro modo en muchos aspectos», porque, como se razona a continuación, el envejecimiento ha sido tan inevitable como inapelable. Y la desazón y relativo desconsuelo advertidos se acentúan si se compulsan las conclusiones del original MC y, por ejemplo, el prólogo a la edición rusa de 1882 en el que se incluye la hipótesis del tránsito al comunismo a partir de la propiedad comunal rusa o el prólogo a la edición inglesa del 88 en cuyas páginas se refuerza la confrontación entre los fundamentos del proletariado partidista, interés del documento original, y los propios del aperturismo social y programático que alimenta el espíritu de la AIT.

Entonces, qué resultaría a salvo… Parece indiscutible, en primer lugar, que ese alimento de densidad ética que se convertirá provechosamente en religiosa turbulencia cargada de mesianismo. Heine, testigo privilegiado de la situación dejará constancia en su Lutèce de tan sorprendente fenómeno: pues los comunistas profesan, escribirá el poeta a finales de marzo de 1855, «el cosmopolitismo más absoluto, un amor universal por todos los pueblos, una confraternidad igualitaria entre todos los hombres, ciudadanos libres de este planeta»8 Acaso resulte difícil en la actualidad calibrar la necesidad ardorosa de tal aliento en el corazón del XIX, la urgencia con que se solicitaban certificaciones de la proximidad de la crisis que se soñaba auspiciada por la constitución de una nueva corporalidad política. Pero es innegable que el MC nos sitúa ante un episodio febril que sus páginas agravan con la esperanza terapéutica de una pronta resolución.

Por otra parte, las páginas del MC traducen a nivel esquemático, con la penuria maniquea que es propia de un texto de tales características, el enunciado clave de la lectura marxiana de la aventura histórica conocida y escrita: «la historia de todas las sociedades existentes hasta el presente es la historia de luchas de clases»9, o que, como se reconoce en el capítulo II, «la historia de toda la sociedad existente hasta la fecha se ha movido dentro de contradicciones de clase, diferentemente conformadas en las distintas épocas»10.

Pudiera parecer una escasa herencia. Ni el impulso ético era nuevo, ni, por otra parte, la abstracción exagerada de la tesis capital anima a una sobrevaloración teórica del documento. Escasa herencia, además, desde la perspectiva de un combate dialéctico con el declarado enemigo: sin embargo, la insatisfacción e inseguridad teóricas que provocan la lectura del MC deben ser puestas entre paréntesis, soterradas, pues resulta que el MC no pretende una aventura de esgrima con la burguesía y sus representaciones teóricas, y ni siquiera, como es obvio, un esclarecimiento teórico de las tesis fundantes del materialismo histórico -entendido éste como reflexión sobre el tiempo de los hombres-. Nada más lejos de la realidad, desde mi punto de vista.

De hecho, y para justificar la consideración que acabo de recoger, toda duda debiera suspenderse si se consideran los textos epistolares que Engels y Marx remiten en las fechas anteriores a la redacción del texto del 48. Por ejemplo, puede considerarse la carta enviada por Engels a Marx a finales de noviembre del 47: «creo que es preferible abandonar la forma de catecismo y titular el folleto Manifiesto comunista -confiesa Engels en una carta de finales de noviembre del 47. Y continúa, antes de incluir una apresurada síntesis de los contenidos básicamente teóricos de los Principios del comunismo11: -»como es preciso hablar más o menos de historia, la forma actual no es conveniente»12. La exigencia de hacer pública la política partidaria, que a continuación se reconoce, resulta acaso la indicación más llamativa, junto a esa aparente despreocupación en relación al análisis histórico -hablar más o menos de historia…-, puesto que la consistencia teórica parece haber quedado asentada en La miseria de la filosofía que, según relata el propio Engels a Marx en la carta remitida a finales de octubre al contarle un reciente encuentro con L. Blanc, debe ser considerada «comme notre programme»13. Y por otro lado, debiera parecer clara la consideración que sostengo si se tienen en cuenta las reflexiones posteriores de Engels, recogidas en los prólogos a las ediciones inglesa de 1888 y alemana de 1890 en los que se refuerza el objetivo estrictamente político de Manifiesto.

Ahora bien, ¿qué quiere decirse al subrayar el carácter político del MC? O, si se quiere, ¿qué quiere decirse al afirmar que el MC se gestó en la mente e intención de sus redactores como oferta política? Es preciso abundar en la cuestión para disolver posibles ambigüedades. Pues bien, el MC revela su interés político en un aspecto sumamente restringido, ya que se ofrece y desea cumplir el objetivo de consumar la confrontación interna al poder constituyente, siendo escrito con la pretensión de acelerar su madurez, lo que exigía, ante todo y precisamente, aceptar el reto de discusión con las ofertas reales que, a las altura de mediados de siglo, habían conseguido permeabilizar a las capas populares.

Esto es, debe considerarse el MC como un texto político, sin pretensión teórica excesiva -o acaso nula-, y, es más, como una intervención política que es preciso situar como episodio inspirado por la sospecha de la urgencia de articular un movimiento progresista del proletariado diseminado y que, por lo mismo, según consideración de Marx y Engels, estando en trance de malgastar su capital emancipatorio, exigía ante todo la apertura de tal combate, de una exigente dilucidación entre las ofertas ancladas y dirigidas al movimiento proletario.

¿No bastaría como corroboración de tal impresión la evidente y radicalmente distinta factura que presentan los Principios del comunismo y el propio MC, la distancia reveladora entre un texto de proclamación dogmática, como es aquel, y las páginas polemizadoras de la entrega del 48?

Entonces, la cuestión que quiero plantear se centra en este asunto: ¿era políticamente oportuno, o, más rigurosamente, era correcto situar en territorio prevalente la confrontación interna?

II.

Sin embargo, que deba considerarse el MC como un texto político, como un documento político entendido como discurso de confrontación programática y, aún, cuyo horizonte pretende articular la vocación política del proletariado, no implica una absoluta carencia de fundamentación teórica. El problema es que la misma no se vierte en los principios normalmente destacados por la escolástica marxista, sino, desde mi punto de vista, en un análisis que ha solido pasar desapercibido por sus exégetas, ya sean críticos o entusiastas, y que, en consecuencia, esquiva la reflexión sobre la repercusión política en cuyo esclarecimiento están empeñados Marx y Engels.

Tal fundamental basamento teórico queda recogido en el capítulo 1. No hace referencia tal análisis a la radicalización del conflicto económico y social intrínseco a la dialéctica del capital, sino, más propiamente, a la específica identidad del proyecto burgués por lo que se refiere a su fortuna histórica positiva: nos situamos ante diez páginas de inconmensurable importancia, pues acaso no exista operación de diagnosis tan espectacular como la que Marx lleva a cabo en un prodigio de condensación y clarividencia, que resulta lógico atribuir a su perspicacia si se tiene en cuenta el desplazamiento resultante desde la marcada atmósfera economicista, que predomina en los Principios del comunismo, redactados por Engels para obstaculizar el tono utópico del credo comunista remitido a las secciones de la Liga comunista en septiembre del 47.

¿En qué consiste tal específica identidad del proyecto burgués? Remarcaría las siguientes consideraciones: 1). Por un lado, Marx subraya que «la burguesía no puede existir sin revolucionar permanentemente los instrumentos de producción, vale decir las relaciones de producción y, por ende, todas las relaciones sociales»14. Lo que no sólo afecta a los cánones históricos de la producción material, sino que, como se afirma más adelante, resulta extensible también a la producción intelectual. La tensión del MC deviene transcendental en este punto. 2) Porque Marx, entendiendo que la apuesta por la libertad sirvió de óxido corrosivo de la sociedad feudal, advierte que «las relaciones burguesas de producción y tráfico, las relaciones burguesas de propiedad, la sociedad burguesa moderna, que ha producido, como por arte de magia, medios de producción y tráfico tan ingentes, se asemeja al hechicero que ya no logra dominar las fuerzas subterráneas que ha conjurado»15 y que, en consecuencia, «las armas con que la burguesía ha abatido el feudalismo, se vuelven ahora contra la propia burguesía»16

Ocurre que tal estrategia, que condensa la genealogía desplegada por la burguesía, engendra las palabras voraces que se vuelven contra sus pretensiones. Palabra de Marx: fosforescencia necesaria de los discursos, de los ritmos, de las referencias a lo extraño, de las desavenencias, de las excentricidades. Esto es, potencia milagrosa de producir y fagocitar diferencias, acentos inusuales, que se muestran, incluso en su aspecto irritado, como evidencias últimas del ánimo burgués en favor de la libertad y del reconocimiento del pluralismo. La burguesía, y aquí radica la magnífica advertencia marxiana del MC, y su novedosa aportación -apenas cien líneas…-, se constituye como ecuménico amparo de cualquier respeto y de toda disidencia. Sobrevive revolucionándose, produciendo virus y financiando la inmunización para engrandecer su prestigio y socavar la dureza de los territorios críticos que osan enmendar sus balances. Marx lo intuye es más, burilea contornos con la osadía del visionario, O, qué importa, con la meticulosidad del lector que se ve en la obligación de reconocer que no ha existido rostro definitivamente impío para la estrategia de dominación burguesa.

Este análisis resume la gran aportación y el sentido último del MC, pues llamando la atención Marx sobre la insólita apertura e insolencia del proyecto burgués, que se constituye como semilla exuberante de palabras dispares, de una emulsión incontrolada de sombras productoras de cadencias extrañas, aún bárbaras, pero, en todo caso, inscritas en la urbanidad reconocida de la más abierta pluralidad, se ve necesariamente abocado a considerar que existen proyectos alternativos que son auspiciados y controlados por la propia dinámica del proyecto burgués. De donde, como resultará obvio, se plantea, por un lado, la exigencia de denuncia de tan engañosas propuestas, y, por otra parte, la producción de un corpus teórico y político empeñado en marcar la estricta distancia entre lo que deviene como producto natural del «hechicero burgués» y lo que ya no puede dominar.

Tal análisis es el que determina la necesidad del MC como propuesta política, y, obviamente, dirigido contra las palabras que crecen, según su dictado, como naturales efectos que prueban la brillantez y especificidad del poder constituido o que vendrán a resultar discursos reubicados en el particular archivo de la burguesía. Esto es, Marx pretende en las páginas del MC detectar la profunda inconveniencia de los discursos en apariencia críticos con la lógica del capital y la suficiencia política de la burguesía para proponer la urgencia de un combate que afecta especialmente a la voluntad emancipatoria.

Es sobre tal territorio donde hay que situar el MC: texto orientado a deshilvanar la caótica presencia de las palabras disidentes que han surgido para deteriorar los desarrollos estratégicos de la burguesía. De aquí que los capítulos II y III deban ser leídos como invitación a un debate interno que, por un lado, acata el mandato emitido por el consejo de la Liga de los Comunistas y, por otra parte, sea aprovechado por Marx y Engels para iniciar la aventura selectiva de las palabras proletarias.

Merece la pena detenerse, aunque haya de hacerlo con brevedad, en este punto. Desde luego, la pretensión marxiana apunta a la unificación política y organizativa del proletariado: «de todas las clases que enfrentan hoy en día a la burguesía, sólo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria»17. Su potencialidad discurre entre dos posibilidades que se niegan: Marx reconoce que el resultado positivo de los combates obreros no reside en «el éxito inmediato, sino (en) la cada vez más amplia unificación de los obreros»18, pero certifica a un tiempo que «esta organización de los proletarios en una clase, y con ello en un partido político, vuelve a ser destruida a cada instante mediante la competencia entre los propios obreros». De aquí que aparezca como políticamente urgente la depuración de la diversidad proletaria que, como se desprende de la referencia inmediata, es el efecto o bien de la astucia dinámica de la burguesía, o bien de la inmadurez teórica de la clase obrera.

En consecuencia, Marx se dispone a llevar a cabo la depuración señalada. Se trata del interés que le obsesiona y en tal sentido debe calibrarse la dureza de los juicios emitidos en relación a los contrincantes internos al propio movimiento emancipador. El lumpenproletariado aparecerá dibujado con trazos sumamente negativos, aunque debiera parecer lógica su situación si se toma en serio la advertencia sobre la progresiva indigencia que envuelve la existencia proletaria: «producto pasivo de putrefacción de los estratos inferiores de la antigua sociedad»19, escribe Marx, marginando que tales estratos inferiores, como había observado Engels, son, estrictamente, el terrible embrión del proletariado moderno. Sin embargo, no se trata del combate fundamental, aunque vendrá a alcanzar consistencia en la literatura de Marx y Engels. La polémica central apunta al intento de excomunión de los contemporáneos discursos socialistas que han ido abriéndose camino entre la clase obrera en la primera mitad del siglo. Nada merece respeto. Ni el socialismo alemán, al que Marx considera «tejido con telarañas especulativas, bordado de flores retóricas, embebido en un rocío sentimental cálidamente amoroso»20, juicio que viene a renovar una consideración ya explícita en la carta remitida a Engels el 18 de octubre de 1846 donde considera que la filosofía de Feuerbach «reste la plupart du temps au niveau d’un materialismus vulgaris <humanisé>»21, ni el socialismo burgués, cuya improcedencia se ejemplifica trayendo a colación a Proudhon y su Filosofía de la miseria, texto con el que Marx ha ajustado cuentas y que, como le había confesado a Annenkov, «je prouve le livre en général mauvais et tres mauvais», puesto que se fundamenta en «una philosophie ridicule»22 Tampoco queda en pie el socialismo crítico-utópico, que, sin embargo y significativamente, no recibe dardos en exceso afilados debido, como es obvio, a que no representa un real problema político para Marx.

Conclusivamente, el MC aparece como el texto de la depuración política de la palabra proletaria que sólo aparece como tal, y como capacitada para disentir de la turbulencia burguesa que ha sido capaz de fagocitar a Feuerbach, Proudhon o Fourier y Saint-Simon, y de subyugar al proletariado en harapos, esa lúgubre presencia del ejército de reserva, bajo la condición de su adscripción al ideario que Marx ha diseñado, al menos, en las páginas de La ideología alemana, aún cuando la obra no sea conocida, y de La miseria de la filosofía.

Es preciso introducir en este momento una consideración que acaso pudiera parecer marginal. Porque la preocupación política que situamos como central de las páginas del MC se remonta años atrás. Se conserva ese texto de notable relevancia que es la carta remitida por Marx a Ruge en septiembre del 43 en la que, aludiéndose a los obstáculos objetivos que dificultan la progresión del movimiento, se subraya, no obstante, que «parece existir algo más grave aún que los obstáculos exteriores: se trata de las dificultades interiores al movimiento. Pues si nadie duda sobre <de dónde venimos>, reina por el contrario una confusión enorme en relación al <hacia dónde vamos>»23, cargándose sobre la responsabilidad de Cabet, Demazy o Weitling, sobre su idea del comunismo, que le aparece a Marx como «une manifestation originale du principe de l’humanisme»24, el perezoso surgimiento de una alternativa efectiva.

La constatación de la vieja inquietud marxiana ayuda a entender la explosión culminada en el MC. Pero la preocupación no hubiera apurado su ofensiva sin otra realidad paralela que determina el convencimiento de Marx: y es que resulta que esos idearios que llegan a provocarle auténtica irritación, del humanismo de Weitling al socialismo burgués de Proudhon, se han constituido como el sustrato teórico y como los referentes políticos del movimiento real del nuevo poder constituyente, de esa fuerza social que, con lentitud y entorpecimientos, va fraguándose como una palabra resonante, como praxis diferenciada y marginal a la permisibilidad del poder constituido.

Así, Marx, a la altura del 48, animado y seducido por la cercana agitación polaca y la resistencia de las trade unions, entre otros avatares históricos, piensa que es preciso ejecutar un rápido movimiento de desautorización de las ofertas reales que tejen la criticable consistencia proletaria. Y lleva a cabo la operación desde una situación de inferioridad numérica y organizativa, que recordaría Engels en el prólogo a la edición alemana de 1890, donde habla de una vanguardia «poco numerosa a la sazón». Acaso esto explique su agresividad y, por otra parte, el sorprendente tono conspirativo que enmarcará en buena medida su praxis política hasta la década de los 80.

He subrayado en otro lugar25 cómo se forja entonces la idea del proletariado/saber, que arrincona el pensamiento de una revolución democrática protagonizada por la mayoría de la sociedad civil. Las conclusiones políticas y las repercusiones históricas que se derivan de la consideración marxista respecto a que ha llegado la hora propicia para abrir el combate teórico interno al movimiento obrero son tan inolvidables como transcendentales: pues toda disidencia interna resultará desautorizada y, en suma, se posibilita la aventura hacia el dogmatismo y la operación cainita. Es más, y para no atenuar lo más mínimo la gravedad de lo que se establece, se vitupera, precisamente, el único horizonte al que, por entonces, se remitían las amargadas esperanzas de la aventura popular. Y, muy pronto, junto a los fantasmas bamboleados por el MC, se añadirá la sombra alargada del movimiento libertario.

Es preciso escribirlo sin rodeo alguno: entre las hipótesis del agrupamiento político de la clase obrera y del inmediato esclarecimiento teórico, Marx opta por la segunda opción. Los efectos de tan aventurada apuesta jalonan 150 años de triunfos parciales y desarraigos dolorosos, de confianzas mesiánicas e Irritaciones melancólicas.

III.

Entiendo que Marx y Engels perciben de inmediato que han cometido un craso error. La espontaneidad de la insurrección parisina de junio del 48 y la ofensiva antipopular desatada parecen aconsejar ante todo la conveniencia de un acuerdo que deje a un lado las confrontaciones teóricas. Por eso nacerá la AIT, que, según el juicio de Engels, contenido en el prólogo a la edición inglesa del 88, «debía tener un programa suficientemente amplio como para resultar aceptable para las trade unions inglesas, para los partidarios franceses, belgas, italianos y españoles de Proudhon y para los lasalleanos en Alemania26. Idea que se reitera en el texto que abre la alemana del 90: la AIT tenía por finalidad «la de fundir en un solo ejército a todo el proletariado combatiente de Europa y América. Por ello, no podía partir de los principios fijados en el Manifiesto»27. Redactados los estatutos por Marx, no puede subrayarse, cuando se tiene en cuenta el aperturismo de que hacen gala, que se trata de un organismo de naturaleza distinta a la preconizada desde el MC. Esto sólo es cierto en parte, pues, de hecho, los estatutos reconocen que el objetivo de la AIT apunta a «la defensa, el progreso y la completa emancipación de la clase obrera»28, sosteniéndose en el punto 7 que «en su lucha contra el poder unido de las clases poseedoras, el proletariado no puede actuar como clase más que constituyéndose él mismo en partido político distinto y opuesto a todos los antiguos partidos políticos creados por las clases poseedoras».29

Estamos ante una distinta orientación política, determinada, aunque sea cierto que una tonalidad oscura, por la impresión de que, como comentara Bettelheim, «lo que las luchas de los trabajadores engendran más a menudo no es un proletariado revolucionario, sino una clase obrera animada por una conciencia de clase tradeunionista», debido a lo que puede suscribirse que «la tesis de Marx referente al surgimiento de un proletariado revolucionario parece, por tanto, ser errónea»30. Desplazamiento desde la geografía del MC, marginación de lo que vengo considerando su interés central, y que evidencia un soberano trasfondo teórico: pues, frente a la noción de un poder constituyente nucleado en torno a una vanguardia legitimada por la consistencia teórica que habría de abrirse paso inapelablemente, por ese saber que se postula como necesario por los propios postulantes, la aventura de la AIT y, por otra parte, las reflexiones marxianas que se explicitan en los momentos de efervescencia popular apuntan, más bien, a un poder constituyente ordenado a partir de la federación de las diferencias que pueden suponerse propias del movimiento obrero y, aún más, de los sectores socialmente desfavorecidos o cuya identidad es negada, coyunturalmente, por la estrategia histórica de la burguesía. O, si se quiere, jacobinismo adaptado a las condiciones del capital versus democraticismo radical.

Es sabido que la segunda tesis, que inspira la propuesta de la AIT, reapareciendo una y otra vez en la literatura marxiana, sucumbirá a los encantos de sirena del jacobinismo jerárquico y militarizado. Engels canonizará la densidad de la tesis que alimenta la euforia del MC: «en 1887 el socialismo continental ya sólo era casi la teoría que se proclama en el Manifiesto. Y de este modo, la historia del Manifiesto refleja, hasta cierto punto la historia del movimiento obrero desde 1848. Hoy es, sin duda, el producto más ampliamente difundido y más internacional de toda la literatura socialista, el programa común de muchos millones de obreros de todos los países, desde Siberia hasta California»31. Póngase entre paréntesis las agudas localizaciones geográficas de Engels. Dejémoslo.

Pues si se sugiere en el prólogo de la edición alemana del 90 que «el MC ha tenido vida propia» es ahora, 150 años más tarde, cuando, centrándolo como el texto de confrontación política que abriría profundas heridas en la primaria consistencia del poder constituyente, estamos en condiciones de reabrir la reflexión sobre su extraña actualidad: acaso proclamada estrategia la del MC que deba evitarse, ésa de acelerar confrontaciones y marcar límites profundos entre las palabras críticas emanadas de los territorios críticos. Pues acaso tan sólo la pretensión de acumular <potencia> plantee la hipótesis de que es posible un fuerte deterioro de las estrategias que desembocan en la subsunción real de los sujetos y colectivos.

Terrible lección ésta que telegrafía el MC, pues, a partir de un análisis de aristas de sobresaliente perspicacia, desemboca en una propuesta política -interna al cuerpo social de los explotados y ausentes- que, sin embargo, provocara la deflagración de su capital emancipador.

Notas

1 Profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza. Ha dedicado especial atención a los momentos conflictivos y críticos de la modernidad en obras como Marx contra Marx, Madrid: Endymion, 1996 y La palabra y la espada: genealogía de las revoluciones, Madrid: Talasa, 1997. Poeta y novelista, sus últimas publicaciones son Manos negras, Madrid: Alfaguara, 1996, y Pentateuco para náufragos, Huerga & Fierro, 1998.
2 Enzensberger, H.M. «Artistas de la destrucción», El País, 24 de febrero 1998.
3 Se usará, tanto para las citas del MC cuanto de los prólogos a las diversas ediciones, la traducción recogida en OME-9, Barcelona-Buenos Aires-México, 1978.
4 Cfr. MC, p. 146.
5 Ibid., p. 147.
6 Crf. Balibar, E. «La rectificación del Manifiesto Comunista», en Cinco ensayos de materialismo histórico, Barcelona: Laia, 1976.
7 OME-9, p. 371.
8 Heine, H. Lutèce, Band 19, Berllin-Paris, 1977, p. 16.
9 MC, p. 136.
10 Ibid., p. 155.
11 Recogidos en la OME-9.
12 Marx, K y Engels, F. Correspondance, I, Paris, Editions Sociales, 1977, p. 508.
13 Ibid., p. 494.
14 MC., p. 139
15 15, Ibid., p. 141.
16 16 Ibid., p. 142.
17 Ibid., p. 146.
18 Ibid., p. 145.
19 Ibid., p. 146.
20 Ibid., p. 163.
21 Correspondance, 1, p. 426.
22 Ibid., p. 447
23 Ibid., p. 297.
24 Ibid., p. 298
25 Cfr. Rodriguez García, J. L.: Marx contra Marx, Madrid, Endymion, 1996, especialmente el capítulo III.
26 OME-9, p. 378.
27 Ibid., p.384.
28 Marx, K.: «Estatutos de la AIT», en Obras escogidas, I, Madrid, Ayuso, 1975. p. 372.
29 Ibid., p. 373.
30 Bettelheim, Ch.: «Reflexiones sobre los conceptos de clase y lucha de clases en la obra de Marx». en Repensar a Marx, Madrid: Revolución, 1988. p. 73.
31 OME.9 p. 385.
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