La actualidad de la teoría objetiva del valor (II)

Estimad*s amig*s una vez más por aquí. Hemos podido, no sin esfuerzo, encontrar un hueco para completar el trabajo de Claudio Katz. Si la primera parte fue interesante, la segunda lo es mucho más ya que se centra en los debates y aportaciones de marxistas contemporaneos sobre la teoría del valor. Sin más dilaciones, os ofrecemos la segunda parte.

 

La actualidad de la teoría objetiva del valor (II)

Claudio Katz

 

CUESTIONAMIENTOS HETERODOXOS

La heterodoxia, que con excepción del marxismo reúne a todas las escuelas actualmente críticas de los neoclásicos, cuestiona la teoría objetiva del valor argumentando que esta concepción no toma en cuenta la alta determinación extra-económica que tienen los precios en el capitalismo contemporáneo. Plantea, además, que la categoría de valor tampoco contribuye al análisis de la explotación, porque atribuye este hecho a desigualdades sociales originadas en la distribución del ingreso o en el poder político de los grupos dominantes en la sociedad.

La heterodoxia estima que el funcionamiento de los sistemas económicos depende de su configuración institucional. Por eso considera que el valor es una “noción metafísica” (Joan Robinson) o prescindible para explicar la dinámica de los “regímenes de acumulación” (Boyer). Algunos autores avalan las objeciones neoclásicas, señalando que el “valor-trabajo omite el papel de la utilidad” (Schumpeter) o “ignora al consumidor” (Bunge). En los cuestionamientos más recientes se añade que el valor es un concepto “naturalista” (Milberg) o “esencialista” (Amariglio), porque implica suponer que alguna sustancia misteriosa subyace en el proceso económico. Todas estas críticas convergen en una misma conclusión pragmática: ¿para qué utilizar la noción de valor si ningún empresario la considera para calcular sus inversiones, costos o beneficios?.

Sin embargo, los capitalistas tampoco recurren a los conceptos de “modo de regulación” o “reproducción sistémica” para evaluar si les conviene o no invertir en tal sector, simplemente porque no suelen elaborar teorías a partir de su propia actividad. Quienes deben formular las preguntas que los empresarios no se plantean ni pueden responder, son los economistas. Descartar el valor argumentando que en la actividad económica se opera directamente con precios es lo mismo que impugnar el estudio de la utilidad marginal, la preferencia por la liquidez o las normas de consumo, afirmando que en las transacciones corrientes no se utilizan estas nociones. Cualquier teoría recurre a conceptos abstractos para explicar los acontecimientos concretos y la teoría del valor no es la excepción.

El mérito de esta concepción es explicar cuáles son los procesos que inciden subterráneamente en la persistencia de la explotación, en la formación de los precios y en la dinámica general del capitalismo. Estos fenómenos son desconocidos por los heterodoxos, que interpretan los precios a partir de acciones políticas, decisiones técnicas o propuestas retóricas, como si estos hechos fueran independientes de los acontecimientos económicos objetivos. Al subrayar, además, la gravitación de los condicionamientos institucionales olvidan que estas normas forman parte de la lógica del capitalismo y que no transforman, reglamentan o modifican los precios en un vacío económico. La manipulación extra-económica solo es efectiva en el largo plazo si confluye con los patrones generales de la acumulación.

El concepto de valor es vital para entender las relaciones entre la explotación, los precios y el funcionamiento del capitalismo, porque no alude –como malinterpretan los heterodoxos– a algún tipo de sustancia física o química. Indica, en cambio, que el tiempo de trabajo socialmente necesario es el principio clave para entender todo el entramado de relaciones sociales que determina la dinámica del mercado. El valor es el único enlace cuantitativo entre productos que satisfacen necesidades distintas y actúa como el único cohesionador cualitativo del funcionamiento de una economía mercantil.

La heterodoxia recurre a la teoría del monopolio para impugnar la interpretación marxista de los precios, afirmando que las abundantes evidencias de cartelización industrial o de regulación estatal de las cotizaciones estratégicas (salarios, tipos de cambios, insumos claves) demuestra que los precios no dependen del valor, sino de la acción intervencionista de las grandes empresas. Pero esta fijación concertada de los precios es sólo parcial y no elimina la compulsión competitiva. Si esta concurrencia hubiera desaparecido, la asignación de los recursos ya no sería caótica y el comportamiento de las variables macroeconómicas sería previsible y enmendable por la misma vía regulatoria.

Muchas interpretaciones del “fin de las crisis y del ciclo”, basadas en estas caracterizaciones heterodoxas de un “capitalismo organizado” fueron desmentidas por los desajustes económicos imprevistos de las últimas décadas. La concertación monopólica no puede alterar en el largo plazo el fundamento competitivo de una economía mercantil, que funciona creando beneficios y pérdidas a partir de los cambios en los precios. Ninguna modalidad de la concurrencia puede anular este principio del mercado. Mientras el sistema sea capitalista las regulaciones no podrán preestablecer la marcha de los precios, ni predeterminar su influencia sobre la inversión, el ahorro, la ganancia o la acumulación.

Es igualmente cierto que con el aumento de la escala de las corporaciones, todos los mercados se han fragmentado y jerarquizado. La batalla que libran entre sí las grandes compañías es totalmente distinta a la que individualmente desarrollan contra empresas de pequeña o mediana envergadura. Nuevas formas de “alianzas competitivas” que mixturan la asociación con la rivalidad se están generalizando en la actualidad, recreando distintos tipos de rentas artificiales, basadas en obstáculos a la movilidad del capital. Pero ni estas barreras, ni las plusganancias que las acompañan son permanentes. Están sometidas a la erosión que generan los aumentos de productividad en otras empresas del sector.

La acción de la ley del valor se modifica cuando aparecen limitaciones a la movilidad del capital, pero sin alterar el principio de formación de los precios en base al tiempo de trabajo. Y la vigencia de este principio se expande a medida que el capital penetra en sectores (agrícolas, mineros, artesanales) tradicionalmente excluidos de esta influencia. Cuanto mayor es la concertación entre grandes empresas, mayor es la intensidad de la concurrencia por la obtención de tasas de ganancias diferenciadas.

 

LAS OBJECIONES DE LA ESCUELA DEL EXCEDENTE

La corriente heterodoxa del excedente (también conocida como neoricardiana), que en los años 60 y 70 alcanzó gran predicamento al revalorizar la tradición de la economía política, profundizó la crítica a la teoría marxista del valor planteando que este concepto es “redundante e innecesario”. Señalaron que para explicar y calcular los precios no se requiere ningún conocimiento adicional a las variables distributivas y a las condiciones técnicas (Steedman, Garegnani, Napoleoni, Hodgson). Se inspiraron en el modelo que Sraffa elaboró para refutar al marginalismo rehabilitando la teoría ricardiana del valor-trabajo y buscando demostrar que los “precios de los factores” no pueden deducirse directamente del mercado, sino que se requiere considerar los datos sociales o institucionales que definen al salario o la ganancia. Este enfoque propinó un golpe demoledor a todas las categorías neoclásicas (empezando por la “función de producción”), pero también planteó implícitamente una seria objeción a la teoría marxista, porque si los precios se derivan de las condiciones técnicas y distributivas: ¿Para qué se necesita una teoría del valor?.

Los neoricardianos retomaron, además, otros dos viejos cuestionamientos a Marx. El primero destaca que el concepto de valor desarrollado teóricamente en el tomo1 de “El Capital” fue abandonado en el tomo 3, cuando se recurre a los precios para estudiar concretamente al capitalismo. La segunda crítica es el “problema de la transformación” y señala la inconsistencia de los ejemplos numéricos que Marx utilizó para describir el pasaje de los valores a los precios.

Puntualizan que en estos cuadros se violan las dos condiciones establecidas para que la transformación fuera factible (la cantidad de capital constante debe equipararse a lo producido por el sector de bienes de producción y el total de los salarios debe igualarse a la producción de bienes de consumo). Para los neoricardianos se puede prescindir, por lo tanto, del valor no sólo para interpretar los precios, sino también para explicar la explotación (que derivan del control capitalista de los resortes distributivos), para analizar el excedente (que identifican con el plusproducto físico que se apropian los empresarios) o para comprender el funcionamiento del capitalismo (que asimilan a la reproducción técnico-económica del sistema).

Pero al eliminar el valor, los teóricos del excedente anulan el concepto que unifica toda la lógica general del capitalismo. Sólo esta noción permite demostrar que la técnica, el salario o la ganancia no son variables desconectadas entre sí, sino componentes integrados de un mismo proceso de valorización del capital. Expulsando el valor necesariamente se debe recurrir a los supuestos apriorísticos tan objetados a los neoclásicos. Aunque en este caso no es la tasa de interés lo que se define exógenamente, sino el salario y los requisitos materiales de la reproducción, la explicación de los precios se diluye al convertir a las variables distributivas en el eje de la interpretación. Estas magnitudes se transforman en explicativas de los otros precios, sin ninguna justificación de cómo ellas mismas se determinan en el proceso económico.

Utilizando, en cambio, al valor se puede definir objetivamente al salario por el valor de la fuerza de trabajo y a las condiciones técnicas por el tiempo socialmente necesario para fabricar y reemplazar los bienes de producción.  Al prescindir del valor los neoricardianos reinterpretan la necesidad de la explotación bajo el capitalismo como una posibilidad dependiente de circunstancias político-institucionales. Pero con el mismo razonamiento se podría también caracterizar que el beneficio es una posibilidad, lo que contradice su evidente insustituibilidad en el actual sistema económico-social. En el esquema del excedente nunca se aclara cuál es el origen de la ganancia, porque rechazando el valor desaparece el único nexo que conecta la acumulación de beneficios con la apropiación empresaria de un valor adicional al requerido por los asalariados para la reproducción de su fuerza de trabajo.

La escuela del excedente ignora la dimensión cualitativa y el significado social del valor, pero a veces reformula el concepto en su acepción naturalista como unidades de gasto fisiológico de trabajo (Reati). Utilizando este mismo enfoque concibe al excedente como un sobrante de valores de uso. Pero al reducir el proceso social de la valorización del capital a una acumulación material de bienes se potencia una visión fetichista de todo el proceso económico. Los neoricardianos suponen que las “mercancías se intercambian por mercancías”, sitúan en las condiciones técnicas el secreto de la reproducción, equiparan la plusvalía a cualquier modalidad de sobre-trabajo e identifican la circulación con la acción de un numerario. Toda la red de relaciones coercitivas entre capitalistas y trabajadores (y compulsivas entre los propios empresarios) es presentada como conexiones técnicas de la reproducción. A esta distorsión cualitativa se añaden numerosas dificultades cuantitativas para aplicar esta visión fisicalista del valor al cálculo de los precios, al análisis del dinero o al cómputo de la ganancia. En el primer caso, la estimación directa de los precios en unidades físicas de trabajo incorporado recrea todos los problemas que ya enfrentó Ricardo en esta medición, cuando al ignorar la redistribución de plusvalía no pudo resolver la discrepancia existente entre los precios y la magnitud del trabajo incorporado a cada mercancía. En el plano monetario los neoricardianos utilizan modelos de trueque reemplazando la moneda por numerarios y omitiendo que el dinero es un verificador objetivo del trabajo social que no puede preestablecerse, ni introducirse artificialmente. En la estimación de la ganancia parten de una identificación con el excedente material y esta asimilación les impide evaluar la tendencia de la tasa de ganancia, porque esta investigación requiere distinguir la composición técnica de la composición orgánica del capital y desarrollar los cálculos con las categorías correspondientes al proceso de valorización.

Toda la incomprensión neoricardiana del valor se resume en su rechazo a la distinción metodológica que estableció Marx para estudiar primero al capitalismo en términos abstractos (subrayando la explotación y suponiendo que los precios equivalen al valor) y luego en el plano concreto (destacando la competencia por la distribución de la plusvalía y la diferencia entre precios y valores). Esta separación no es un “enredo filosófico”, sino una forma de remarcar que el eje del sistema es la extracción de plusvalía por todo el bloque de capitalistas y no su redistribución entre los empresarios. Por eso el tomo l de “El Capital” se anticipa y difiere del tomo 3. La validez de la teoría objetiva del valor no depende de la exactitud del procedimiento analítico que Marx utiliza para “transformar” los valores en precios. Centrar la impugnación al valor en este punto carece de sentido, porque la veracidad de esta concepción no puede dilucidarse a través de este cálculo. Como en la realidad empírica sólo existen los precios, lo que está en debate en la transformación es cuál es el mecanismo más apto para ilustrar cuantitativamente la dependencia de los precios del valor. Y esta discusión no puede reducirse a un procedimiento algebraico, sino que exige una evaluación de la totalidad de la teoría del valor como explicación de la explotación, los precios y el funcionamiento y crisis del capitalismo.

 

ACIERTOS MARXISTAS

Al colocar a la teoría objetiva del valor en el centro de la reflexión económica, la concepción marxista contribuye, en primer término, a superar una de las grandes paradojas que rodea al estudio contemporáneo del valor: cuanto mayor es la percepción de su importancia, menor es la atención que se le presta a su análisis teórico. Por eso es muy común la distorsión del significado del término. Cuando se habla corrientemente del “valor competitivo de las empresas”, del “valor agregado” de los países o del “valor estratégico del conocimiento”, nunca queda claro qué definen exactamente estos conceptos. Y mucho más oscuras son las expresiones: el “valor de la producción subió” o el “valor nominal y real de los activos no coincide”. Frente a estas imprecisiones, la caracterización marxista del valor aporta una interpretación muy precisa del concepto.

El enfoque marxista destaca, además, que todas las restantes corrientes del pensamiento económico se fundamentan en alguna otra teoría del valor y que los autores que pretenden descartar esta noción, simplemente ignoran a cuál de estos enfoques adscribe su análisis. Se puede declarar que la noción de valor es “inútil”, pero no se puede prescindir de su uso en cualquier intento de explicación de la lógica del capitalismo. Ni el giro formalista hacia la sofisticación matemática, ni la tendencia pragmática a abandonar las cuestiones sustanciales de la economía han eliminado la gravitación del valor.

Cualquier reflexión relevante sobre el proceso económico replantea la tradicional oposición entre la teoría subjetiva de la utilidad y la concepción objetiva del trabajo. Ningún investigador de la economía puede sustraerse de esta divisoria. La visión marxista destaca, en segundo lugar, que el estudio del valor es la llave maestra para comprender por qué el capitalismo se basa en la explotación. El capital se valoriza con la extracción de plusvalía porque la fuerza de trabajo es remunerada por debajo del valor creado por los asalariados. Esta caracterización refuta no sólo la negación ortodoxa de la explotación ( “el salario corresponde a la productividad”, “el mercado remunera adecuadamente al factor trabajo”), sino también la evaluación heterodoxa de este fenómeno como un acontecimiento apenas potencial y surgido de las desigualdades distributivas.

La teoría marxista puntualiza, en tercer lugar, que el valor es la clave para comprender cómo se forman los precios en el capitalismo en función del parámetro objetivo del tiempo socialmente necesario para la producción de las mercancías. Esta caracterización coloca el estudio del problema en la esfera productiva, contra la pretensión neoclásica de analizarlo como un hecho puramente mercantil. Subraya la centralidad del trabajo abstracto en esta indagación, en oposición a la preeminencia que la ortodoxia le asigna al consumidor y a sus preferencias. Destaca el carácter objetivo de este proceso frente a la interpretación heterodoxa de los precios a partir de las instituciones, las regulaciones o las variables distributivas.

La concepción marxista destaca, en cuarto lugar, que el valor es el pilar de una teoría del funcionamiento del capitalismo, cuya reproducción es periódicamente desestabilizada por crisis, que en última instancia se originan en la competencia por el beneficio y en la ausencia de mecanismos de asignación planificada de los recursos. Esta caracterización desmiente las superstición que los neoclásicos han difundido en torno de la acción armónica de la “mano invisible” del mercado y cuestiona también las alternativas heterodoxas a este mito, basada en atribuirle al estado o a las instituciones un rol de “mano visible”, de “mano evolutiva” o de “reproducción sistémica” del capitalismo.

Finalmente, en quinto lugar, cabe señalar que varios autores marxistas han comenzado a utilizar la teoría del valor como instrumento empírico de evaluación de las tendencias del capitalismo contemporáneo. Para ello han definido el concepto “valor del dinero” (Foley) como una relación entre el producto neto de cada economía y el total de las horas trabajadas (por ejemplo, un dólar es igual a cuatro minutos de trabajo en cierto período de la economía norteamericana), a fin de realizar diversas estimaciones. En otros casos (Ramos) recurren a la relación inversa –denominada expresión monetaria del valor (MELT) – que indica cuánto dinero representa cierta hora de trabajo (por ejemplo, una hora igual a 15 dólares).

Con estos conceptos se han realizado mediciones de la evolución de la tasa de ganancia en el largo plazo y comprobando su relación inversa con el aumento de la composición orgánica del capital. Esta evaluación permite a su vez corroborar la existencia de dos tipos de crisis (periódicas y generales), derivadas de las contradicciones internas del proceso de valorización (Freeman). Con las mismas herramientas se ha elaborado –en otros estudios– una “labour aproppiation ratio” para medir comparativamente la evolución del poder de compra de cada hora de trabajo en distintas regiones del mundo. Este cálculo confirma el impresionante aumento de la dolarización de ingresos registrado en las últimas décadas entre los países desarrollados y los periféricos. El ensanchamiento de esta brecha en términos de la capacidad adquisitiva de las horas de trabajo constituye una evidencia del intercambio desigual y del imperialismo contemporáneos, en base a la teoría objetiva del valor (Freeman).

 

DEBATES MARXISTAS

Existen por lo menos tres temas de la teoría objetiva del valor de intenso debate actual entre los marxistas: la resolución lógica del problema de la transformación, la comprobación empírica de la correlación entre los valores y los precios y el significado político del valor. Inicialmente algunos marxistas (Sweezy) aceptaron la búsqueda de una solución matemática de la transformación en base al diagnóstico de teóricos ricardianos (especialmente Bortkiewicz) que atribuían la falta de correspondencia de los cuadros de Marx a un error de cálculo, originado en la computación de los insumos en valor y de los productos en precios. Esta caracterización condujo a varios intentos algebraicos de corrección del “error” basados en la introducción de un “coeficiente de transformación” uniformador de los insumos y de los productos en términos de precios. El artificio resolvía las incógnitas del sistema respetando las igualdades exigidas para la reproducción, pero distorsionaba toda la concepción de Marx porque, en lugar de ilustrar cómo los precios surgen del valor, planteaba un modelo centrado en los precios, omitiendo su dependencia analítica respecto de los valores. La profundización de este camino con el auxilio de ecuaciones desagregadas, formalizaciones matriciales y coeficientes técnicos en unidades de trabajo directo e indirecto acentuó la tendencia a prescindir por completo del valor.

Otros autores (Meek) retomaron, en cambio, la hipótesis histórica que Engels dejó planteada al afirmar que en el origen del capitalismo existió una coincidencia de los precios con los valores que se fue disolviendo con la formación de los precios de producción. Esta convergencia de los valores y los precios en la “producción simple de mercancías” desapareció con la redistribución de la plusvalía y el desarrollo de ganancias diferenciadas de los sectores industriales. Pero otros autores (Moseley, Smith) consideran que la “producción simple de mercancías” es un artificio puramente lógico que jamás existió y que apunta sólo a a ilustrar la dinámica de la acumulación. Señalan que toda la secuencia de valores, precios de producción y precios de mercado expuesta en “El Capital” sigue un orden exclusivamente lógico, tal como ocurre también con el estudio de la reproducción simple y ampliada. El problema de la transformación no parece resolverse en el plano histórico. La ley del valor operó sin dominar nunca en las sociedades precapitalistas y difícilmente podría haber actuado durante ese estadio como patrón de fijación de los precios.

Otro enfoque distinto plantean los partidarios de la corriente “temporalista” (Carchedi, Freeman, Kliman) que intentan una resolución lógica de la transformación, resaltando el impacto de las redistribuciones de plusvalía en la formación de los precios. Se oponen a buscar “coeficientes de transformaciòn” y consideran que los ejemplos numéricos de Marx no presentan a los insumos en valor y a los productos en precios, sino que ilustran dos momentos temporalmente distintos de la formación del precio en el proceso de la reproducción. Señalan que en la transformación aparece la secuencia cronológica de los precios finales variando en cada ciclo productivo, en función de precios de reposición cambiantes. La transformación registra, por lo tanto, una adaptación de los precios a los valores sociales efectivamente realizados de las mercancías a partir de sus valores potenciales. Se trata de una ejemplificación de cómo se adecuan temporalmente los precios a los cambios en la productividad y en las necesidades sociales.

Esta línea de pensamiento ha convergido parcialmente con autores “antidualistas” (inicialmente Wolff, Callari y Roberts, en la fusión con los temporalistas Freeman, Kliman, McGlone, Ramos) que plantean que los valores y los precios forman parte de un mismo sistema analítico que no puede subdividirse, ni debe resolverse mediante artificios algebraicos, como creyeron los intérpretes tradicionales de la transformación. Para indagar simultáneamente las dimensiones abstractas y concretas de los procesos estudiados y evitar interpretaciones esencialistas (el valor como sustancia metafísica) o empiristas (sólo importa la realidad observable de los precios) hay que considerar el problema en un sólo sistema. Este es el tratamiento que originalmente planteó Marx en varios ejemplos numéricos expuestos directamente en precios transformados y que no incluyen las columnas intermedias de plusvalía y valor introducidas posteriormente por los intérpretes dualistas.

Otros autores (Foley, Lipietz, Dumenil) han propuesto una “nueva solución” del problema dela transformación incorporando conceptos operativos (por ejemplo, el “valor del dinero”) que toman en cuenta la forma concreta que asume el valor ya transformado en precios (1 dólar es igual a 4 minutos de trabajo), sin considerar cómo se desenvolvió esta conversión. Este enfoque evade la resolución analítica del problema, estimando que la redistribución de la plusvalía en la formación de los precios no es una caracterización que requiera ser probada.

Los partidarios de cada uno de estos enfoques debaten, además, cómo realizar el cómputo del valor creado en cada período. Para los partidarios de la “nueva solución” esta magnitud corresponde al producto neto y por eso se debe tomar en cuenta exclusivamente el capital variable (los cuatro minutos que, por ejemplo, igualan a un dólar involucran solamente al trabajo vivo). La corriente antidualista propone, en cambio, incluir en esta estimación a todo el capital constante, considerando junto al nuevo valor creado el valor transferido a lo largo del período. Por su parte el temporalismo plantea registrar no solo el capital variable y constante, sino también todo el acervo de capital. Esta discusión surge a partir de los distintos abordajes que se plantean frente al problema de la transformación.

Un segundo campo de debate es la corroboración empírica de la teoría del valor y la consiguiente dependencia de los precios del tiempo socialmente necesario para la producción de mercancías. Algunos autores (Reuten) se oponen a intentar esta demostración argumentando que al proceder a este cálculo se identifica al valor con una sustancia física observable, olvidando que expresa exclusivamente una relación social de explotación entre capitalistas y asalariados. Pero esta objeción no aclara cuál es la incompatibilidad entre reconocer esta dimensión cualitativa del trabajo abstracto y buscar instrumentos para medir el tiempo de trabajo. La teoría marxista del valor incluye una ley interpretativa de los precios, cuya corroboración exige recurrir al cálculo porque si se renuncia a la conmensurabilidad del valor, el concepto queda situado en el universo de las entidades ideales. No hay que olvidar que la teoría tuvo su origen clásico en la finalidad práctica de utilizar al trabajo como instrumento de estimación de las cotizaciones de los terrenos y de registro de las ganancias y las pérdidas en términos reales. Apuntó a encontrar una forma de contabilización del trabajo social, que facilitara la organización de la producción.

Algunos teóricos (Negri) plantean que el cálculo del valor se ha vuelto imposible en la actualidad, porque la producción se ha “desmaterializado” y el crecimiento económico depende de los incrementos en las calificaciones y de la productividad, aportados por la subjetividad incuantificable de los trabajadores. Pero incluso sin abrir juicio sobre el alcance real de esta transformación virtualista del capitalismo contemporáneo, no existe ningún obstáculo para mensurar la nueva influencia laboral de la subjetividad evaluando los costos de formación y reproducción de la fuerza de trabajo calificada.

La forma de corroborar empíricamente la dependencia de los precios del valor ha sido desarrollada por varios autores (Shaik, Valle Baeza, Cockshott, Cotrell) utilizando la matriz insumo-producto. Consideran que las cifras representativas del trabajo contenido en cada segmento industrial que aparece en el input de estas tablas puede identificarse con el valor creado en estos sectores y que las magnitudes que figuran en los ouputs equivalen a los correspondientes precios de producción. Se han realizado numerosas estimaciones con matrices de diversos países y se han obtenido altos coeficientes de regresión. En otras estimaciones se han tomado elementos diferentes (electricidad, petróleo, acero) como base de cálculo, para demostrar que la baja correlación observada en estos casos confirma la concordancia empírica de los precios con los valores en base al trabajo.

Estos intentos de hacer operativa la ley del valor constituyen un aporte reconocido por todos los marxistas, aunque está en debate si el criterio elegido es el adecuado, porque Marx a diferencia de Ricardo no consideraba que los precios constituyen aproximaciones directas del valor. Por eso introdujo categorías intermedias indagando la redistribución de la plusvalía en función de la composición orgánica de los capitales intervinientes. La búsqueda de proporcionalidad directa entre precios y valores utilizando coeficientes integrados verticalmente no contempla esta redistribución. Si los precios son expresiones del valor porque incluyen no solo el trabajo incorporado, sino también el valor transferido a las mercancías (como adición o sustracción), entonces más que probar la correspondencia de los valores y los precios habría que demostrar que su divergencia es coherente con las diferentes composiciones orgánicas de los capitales involucrados en este ejercicio. En lugar de coincidencias se tendría que analizar la lógica de esta desviación. También es controvertible si corresponde considerar al valor como un indicador registrable en la correlación de los insumos con los productos.

El tercer aspecto del debate es el significado político del valor. Todos los marxistas coinciden en que este concepto no se refiere a “valores” morales, éticos o familiares, ni tampoco a un principio jurídico de equidad. Para los marxistas el valor representa un criterio de estudio de la lógica del capitalismo. Pero la relación entre este análisis objetivo y la interpretación de la acción subjetiva de las clases sociales es un tema de aguda discusión.

Mientras que algunos autores (Mandel, Carchedi, Husson) caracterizan correctamente a la teoría del valor como un pilar de las leyes del capital que determina el marco de condiciones, posibilidades y límites en que se desenvuelve la lucha de clases, otros analistas (De Angelis) interpretan que el valor es una “noción política”, cuyo sentido es conceptualizar la resistencia de los trabajadores frente a las imposiciones de la burguesía. Este enfoque restringe la teoría a la función de proveer argumentos en favor de la lucha contra la opresión social, omitiendo que su sentido básico es estudiar leyes, hipótesis y principios, mediante una investigación relativamente autónoma de las modalidades o las coyunturas de la lucha de clases. Si el análisis de los precios, la acumulación, o la tasa de ganancia se desarrolla exclusivamente en función de las contingencias de la lucha social se pierde el encuadre de la lógica del capital que requiere este estudio.

Este mismo problema aparece en la caracterización de la ley del valor como representativa de “una teoría de la esperanza” de los asalariados frente a la “debilidad del capital para lograr la subordinación del trabajo” (Holloway). En esta acepción la teoría parece asociada a una secuencia de éxitos sindicales, políticos o sociales de los trabajadores, lo que desvirtúa que su finalidad es analizar los mecanismos que permiten la reproducción del capital en base a la extracción de plusvalía. No existe ninguna relación directa entre la rebelión popular y la ley del valor. Tan sólo puede afirmarse que la insubordinación de los trabajadores tiende a socavar el funcionamiento normal de la acumulación, especialmente cuando la intensidad de esta lucha conduce a formas de regulación estatal generalizadas de los precios. En general, la ley del valor funciona normalmente en base a la subordinación de los oprimidos y no en los momentos de ruptura de este sometimiento.

Existe finalmente un terreno de discusión de la ley del valor –que se ha debilitado sensiblemente en los últimos años– y que está referido a la forma en que se transforma o se extingue este principio durante la transición del capitalismo al socialismo. El debate entre quienes postulan su perdurabilidad (Lange) o su progresiva desaparición (Rosdolsky) ha pasado a segundo plano desde la implosión del ex “bloque soviético”. Pero esta controversia no es accesoria, ni prescindible. Al contener una interpretación de la explotación, una explicación de los precios y una caracterización del funcionamiento del capitalismo, la teoría marxista del valor también incluye una propuesta de emancipación basada en el socialismo. La actualización de la concepción incluye, por lo tanto, una renovación de este proyecto liberador.

 

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